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martes, 23 de marzo de 2010

Despertar, de Kadmillus Haimrich

Una mañana cualquiera de pronto dejó de ser cualquier mañana. Sus ojos se abrieron de repente pero su cuerpo quedó atónito, inmóvil. Intentó indagar en su mente qué sucedía y por qué se había despertado de tal forma. Por algunos momentos, estuvo solamente reconociendo los objetos que con el movimiento de sus ojos alcanzaba a abarcar, sin mover un músculo más que los que permiten la rotación de los globos oculares. Su respiración se normalizó, era insonora y lenta, cosa que no coincidía con su actividad mental, agitada y raramente inquieta. Habían pasado ya varios minutos y él, sin más, lo descubrió.

Después de buscar en su cabeza la razón de tal sobresalto matutino, que no fue un sobresalto propiamente dicho, pues no consistió sino en la apertura repentina y total de sus ojos (sin el sacudón de cabeza o la aceleración de la respiración o el saltito horizontal del cuerpo que comúnmente acompañan ese episodio) y decidir que todo estaba confuso, pero organizadamente confuso, decidió hacer un recorrido por otros lugares. Se trasladó al fondo de las cobijas y notó que sus pies estaban bien, apenas movió un poco uno o dos dedos levemente, y prosiguió sin moverse. El recorrido lo guiaba su mente, el conocimiento de sí mismo. Los genitales le dolían un poco, pero asumió que el sexo de la noche anterior podía causar ese dolor, como en otras ocasiones. No sentía frío y sus manos estaban bien. Sus mediocres conclusiones se rompieron con un sonoro pero seco glup!: tragó. Volvió a pensar en el aún desconocido motivo de su abrupto despertar, pero estuvo divagando largo rato en pensamientos que le hacían agua en pocos segundos, de esos que pronto se difuminan y se transforman en otros que pertenecen a un orden extrañamente lejanísimo.

Entre cansado y aburrido por no precisar aún una respuesta que le convenciera, pues no había tenido sueños particularmente perturbadores, ni estaba demasiado tarde para empezar sus quehaceres de ese día, intentó inclinar su cabeza hacia el frente, como intentando sentarse, y encontró en su pecho lo que alguna vez fue una hermosísima maraña de crespos cortos y rojizos. Por eso tal vez no había podido brincar, pensó, y se sumergió en una serie de hipótesis nuevas basadas en su nueva explicación. Ningún resultado lo alcanzó a convencer lo suficiente, y, por el contrario, cada incompletitud lo motivaba más y más a darse una respuesta satisfactoria. Casi que empezaba a divertirle el ejercicio. Su mujer, de la que hace algún tiempo se había empezado a sentir extrañamente distante, emitió un sonido, un extraño gemido que ya había dejado de parecerle encantador.

La habitación era significativamente más grande que muchas otras de su estilo. Había sentido mucha suerte de haber encontrado un lugar como ese por no tan alto precio. Un baño absolutamente equipado y suficientemente espacioso remataba la escena. El suelo estaba cubierto por un interesante tapete grueso y de largos pelos color marrón al que estaba desde siempre prohibido agredir con los zapatos. Una pared absolutamente vacía frente a una cama de un tamaño incitadoramente amplio y de una altura increíblemente baja pero con un espesor considerable invitaba al ventanal del fondo, que de piso a techo había carecido siempre de persianas o cortinas. Minimalista, cómodo, íntimo. Del otro lado una suerte de escritorio de lectura dejaba empolvar una computadora que desde que la había conocido a ella había dejado de usar. Algunos libros se apilaban en los rincones de los espacios más suyos. Esa mañana el cielo estaba despejado, azul, y el sol brillaba agradablemente; el prístino lugar estaba bellamente iluminado.

De nuevo algún pensamiento furtivo le hizo una comba y le recordó que andaba inútilmente en busca de una explicación. Algo, nunca pudo precisar qué, tal vez ese pensamiento, lo hizo detener su tiempo por un momento, al parecer había algo que podía parecer un escondite de más de una respuesta. Paralelamente, su pijama de pantalón y camisa a cuadros en un tono verdoso le resultó profundamente perturbante y deseó arrancársela de un tirón. El pasado, allí había hecho click algo, así que después de estirar un poco las piernas, todavía dentro de sus cobijas, emprendió el viaje con un suspiro que de nuevo inquietó un poco a su mujer. El detalle del pijama era uno que decididamente llevaría consigo. Pero cuando estuvo allí, a puertas de los recuerdos, no supo qué buscar; su pijama, claro. Antes no usaba pijama, de hecho, nunca había usado pijama. El contraste le asustó y decidió que era un buen indicio. El recuerdo de sus propios ojos abriéndose tan de repente en una mañana, que ya no era cualquier mañana, lo motivaba a seguir un rastro.

Ahí, echado sobre su cama bajo la cabeza de su mujer, con un bigote que realmente no le había gustado nunca y un rastro gris de capilaridades reproductoras de barba que cubría una amplia zona de su cara, se encontraba él pensando en qué tanto había cambiado, como su pijama, de algunos tiempos a esa mañana. Sacó una mano de las cobijas y la puso bajo su cabeza. Sus palabras ya no eran las mismas tampoco, y la forma en las que las usaba había cambiado también. Ahora tenía además una relación estable con una dama bella y sensual, lo que le pareció también un poco extraño, pensando en pretéritos ya lejanos. La mano derecha, que ahora sostenía su cabeza, le recordó tiempos en los que su cabello también había sido diferente. Lo conservaba un poco largo, pero cuidadosamente largo, sin que tocara nunca la espalda. Los objetos físicos seguían dándole pistas, pues la rabia que sentía estaba extrañamente relacionada con el pánico que le había causado haber abierto sus ojos así, como en esa mañana cualquiera.

Su bicicleta ya estaba absolutamente en desuso, y el cuarto oscuro del segundo piso se había ido construyendo lentamente en un desván que refugiaba, entre otras barbaridades, un árbol de navidad plástico desarmable. Sus ojos se movían de lado a lado como buscando en el lejano techo de la habitación una respuesta. Una vaga desesperación hizo, por fin, que su respiración abandonará el ritmo que llevaba, lento y placentero. De alguna forma conocía desde ahora su respuesta. Su voz había cambiado, y la auto-censura hacía parte de su protocolo de comportamiento. Pero una extraña pulsión de masoquismo lo llevó a saber de mil formas más lo mismo. La desesperación se convirtió en asco. Ahora era diplomático, conocía por experiencia propia las corbatas y ser políticamente correcto no le resultaba ya tan irónico, sonreía al portero porque sabía que así era más posible que lo dejara entrar sin someterse a los dispositivos de control, usaba la camisa por dentro del pantalón y pensaba con frecuencia en las desgracias del mundo.

Ella tampoco tenía la culpa, pero extrañaba eso que le había despertado; la coquetería, las ganas, la aventura, parecían cosas de otros tiempos. Quiso profundamente estar solo entre sus cobijas, sin pijama. Echarla a ella, desempolvar su bicicleta y sacar algunas fotos en algún parque para después hacer lo propio en el cuarto oscuro, pero lo supo sencillamente imposible. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su boca se secó y un escalofrío recorrió su tórax. Su mujer empezaba a despertar, pero su mirada seguía clavada en el techo blanco y lluvioso. Su respiración estaba muy próxima a los sollozos y su mujer giró la cabeza para mirarlo, como todas las mañanas. Sus orejas ya guardaban algunas lágrimas que habían escurrido por sus pómulos. Ella le preguntó cómo estaba, tras un borroso hola. No lo alcanzaba a ver bien. Él sólo pensaba en los zapatos tenis de otros tiempos y en algún acogedor árbol en el qué recostarse a leer en soledad por muchas horas seguidas, sin presiones para comer o volver a casa. Todo estaba claro, había crecido, no se había dado cuenta de cuándo había empezado a ser un ‘adulto’. Sintió miedo y un poco más de asco, está vez de sí mismo, de saberse tal cosa. Suspiró una vez más antes de bajar su mirada para responderle a su mujer.

Esa mañana, en ese momento, dejó de ser una mañana más y pasó a ser, junto a muchas otras, una mañana menos, una más como adulto, como escarabajo, como un asqueroso bicho que se lo había estado comiendo por dentro hasta manifestarse en una sorpresiva apertura de ojos una mañana cualquiera. Muchos años después aún habría de recordar esa mañana, nunca como una mañana cualquiera, y habría de seguir afeitándose sin mirar mucho su rostro en el espejo. Esa mañana, un otro Gregorio despertó también sintiendo y descubriendo que algo no estaba igual, que algo no estaba bien. Tras un pretexto idiota pero comprendido por su tolerante pareja, decidiría bañarse solo para llorar y vomitar un poco, pero al salir, encontraría que ella ya había decidido qué ropa debía usar ese día. Evidentemente sus zapatos tenis no estaban al pie de la cama. Era un adulto.

Entonces terminó ese largo y último suspiro asesino de lágrimas y, mientras su mujer se quitaba algunos intrusos bucles rojizos de su rostro, decidió rendirse ante sí mismo y sólo atinó a decirle entre una sonrisa llena de diplomacia y costumbre, te amo.

*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.

jueves, 4 de marzo de 2010

Detrás de una imagen, de Inés Kreplak

.
"Qué cosa de repente se me ha
ido el suelo y está el vacío esperándome
nada me puede atajar nada firme
adelante mío no es que me caiga
se me ha ido el suelo y lo voy a seguir.

No te asustes, no, no te asustes
si ves que como respaldo lo tengo al viento
y no queda nada bajo mis pies
me voy a pique nomás
y aunque rompa el aire de un tajo,
no es que me caiga, es que voy pa' abajo
a tocar el fondo de lo que
soy de una vez."

[
A pique, Juan Quintero]


Un vidrio empañado por dentro, repleto de gotas por fuera. Detrás, un paisaje uniforme, recto, desolado. Plantas verdes, verdecitas, marrones y marroncitas. De vez en cuando algún árbol flaco, con algunas ramas semidesnudas, solitario en medio del llano.

Al lado del vidrio, del lado empañado, yo. Sobre el vidrio, yo, borrosa, empañada, llena de gotas sobre mi cara y casi casi espectral; por momentos con alguna planta verde o marroncita en lugares poco previsibles como bajo mi pera, o detrás de mi nariz. Pensaba, mientras me encontraba con mi imagen, si con tanta distorsión me presentaría ante el mundo. Si la desfiguración estaba siendo tan notoria en este caso. Podía también haber momentos en los que semejante distancia entre la realidad y la representación tuviera lugar entre lo que uno piensa y lo que transmite. Seguramente pasaba seguido, imperceptiblemente, la mayoría de las veces y en la mayoría de los casos. En algunas circunstancias una se encuentra con su imagen, se encuentra con lo que es, y no con lo que quisiera ser, allí la imperceptibilidad desaparece y lo que surge de pronto es una gran decepción.

¡Uf! ¡Qué densidad! Se supone que simplemente estaba viajando a visitar a mis tíos abuelos que viven en el sur, que me invitaron a pasar una semana con ellos por las vacaciones de invierno. Hacía mucho que no los veía y estaban viejitos, había que aprovechar el tiempo que quedaba. Viajar siempre me ponía reflexiva, en general era una persona analítica, metida para adentro, pero muy observadora; de hecho me la pasaba catalogando, en las diversas muestras, las fallas que tiene el ser humano, lo cual no me hacía del todo feliz, pero al menos me alejaba de mi propia realidad. Y ahora me encontraba sentada desde hacía más de medio día en un mismo lugar, observando y padeciendo, en parte en mi cara y en el resto de mi cuerpo (el que no estaba reflejado en el vidrio), y en parte en mis sentimientos, donde sea que queden, la soledad y la desolación del horizonte. Sufría también el aroma a tristeza que se sentía en ese colectivo, y eso me hacía reflexionar aún más, sentir en carne viva lo que significa tener una melancolía flor de piel. ¿Flor de piel? Que término tan poco mío. ¡Qué estoy diciéndo! Una flor de piel. Trato de imaginármela, pero me la imagino fea, una flor dura, carente de la delicadeza y suavidad, desprovista de belleza y perfume. Una flor de mí.

En ese momento decidí levantarme de mi butaca. Noté por primera vez que tenía un compañero de asiento, lo vi sobresaltado por mi exabrupto. Estaba tan compenetrada en mis pensamientos que no sólo no había sentido que tenía una persona al lado, sino que tampoco me di cuenta de que podía molestar a alguien con mi intempestividad. Pedí perdón, algo nerviosa, pero desinteresadamente. No lo miré. Caminé por el angosto pasillo figurándome una y otra vez la flor más fea de todas, la visualizaba de diversos modos. Todos se me escurrían rápidamente, por suerte. El tapizado de los asientos de los que me iba sujetando, el movimiento del micro, los pozos en la ruta, los ronquidos de algunos pasajeros, las luces del camino, el olor a baño químico distraían mis sentidos, ni hablar del sabor amargo de la tristeza que traía en la boca desde mi asiento. Fui al baño. Las puertas de los baños de los micros siempre son difíciles de abrir, me parecía demasiado trabajo intelectual para semejante desesperación. Por terca terminé utilizando más fuerza de la necesaria para abrir esa puerta, que chocó contra la pared y volvió a cerrarse. Escuché un "¡shh!". Pensé sólo insultos, no dije ninguno. Abrí la puerta nuevamente, esta vez con algo más de maña, y entré al baño. Recomendación: si estás viajando en un micro de larga distancia y por mirar el paisaje llano, uniforme, infinito recordás todas tus tristezas y decidís levantarte para terminar con esa sucesión de pensamientos angustiantes, nunca, pero nunca, pero nunca (a menos que te guste el masoquismo) ... ¡nunca decidas ir al baño del micro! Desde la entrada se siente un olor que pone a prueba a cualquier estómago, mezcla de producto de limpieza barato con el paso de sucesivas personas que se dirigieron a aquel cubículo para orinar-defectar-devolver ... bueno, en definitiva todos sabemos para qué sirven los baños, pero seguro que no es el lugar más adecuado como centro de rehabilitación.
No hice mucho hincapié en el tamaño de aquel reducto, prefería no pensar en que estaba encerrada en un micro, incapaz de correr hasta ganarle a la desesperación y que sí o sí ella quedase atrás. Raudamente salí de aquel lugar. Me había distraído al menos un poco: parece que las cosas horribles ajenas, de nadie (o de todos), pueden ocultar las propias. Ya no visualizaba la flor horrible. Ya no visualizaba la flor-yo.

Volviendo a mi asiento me prometí evitar el autocastigo; debía llegar a Choele-Choel, el pueblo de mis tíos abuelos, lista para bajar las escaleras radiante, cargada de energía y paciencia para recibir no sólo muchos apretones de mejillas, tiradas de orejas, abrazos de esos que te hacen chocar las costillas unas contra otras, sino también para poder repetir con una sonrisa la respuesta a una pregunta formulada reiteradamente. Al llegar a la fila donde se encontraba mi asiento, miré por primera vez a mi compañero. Estaba durmiendo, era alto y muy flaco, sus piernas largas se descuajeringaban casi artísticamente para poder entrar en aquel lugar. Dormía con la boca abierta, pero esta vez eso no me pareció ridículo y antiestético como siempre. Más bien me pareció normal: estaba durmiendo, relajado; hasta sentí algo de envidia. La paz de los demás, cuando son capaces de transmitírmela, me conmueve. Lo estaba mirando demasiado, dudaba si debía saltarlo y así llegar a mi asiento sin despertarlo, corriendo el riesgo de clavarle un zapatillazo en el hígado, o despertarlo para que se corriera y me dejara pasar. Era admirable lo que él había hecho con sus piernas, no quería quebrar semejante armonía, pero conociéndome, mejor era romper con el arte y que me acusen de reaccionaria, que herir alguna parte de su cuerpo por torpeza. Tosí bajito. Nada. Volví a toser, un poco más fuerte. Nada. Sutílmente me acerqué unos pasitos hacia él. De repente sentí el ventarrón del aire acondicionado sin escalas ni interrupciones directamente sobre mi piel; estornudé, dejando escapar en aquel estornudo mi alma (y algunas cosas más). Otra vez quebré su paz de manera abrupta. A veces me parece que la vida me hace chistes muy previsibles: estornudar por primera vez en toda la travesía justo en el momento más inoportuno me parecía un gag gastado, ineficaz, pero lo peor de todo es que esto no era ficción. Otra vez pedí perdón, esta vez sí mirándolo a los ojos. No contestó, solo puso cara de estar llenando con saliva su boca pastosa.

Me acomodé en mi asiento. Tenía miedo de mirar de nuevo hacia la ventana. Largos segundos miré el tapizado del asiento de adelante; pispeaba de reojo la ventana y rápidamente volvía la cabeza a la posición inicial. Así estuve largo rato. Mi compañero había vuelto a dormirse y sus piernas se habían podido ubicar casi tan armónicamente como antes. El leve vaivén del colectivo lograba funcionar como una mecedora no tan placentera, aunque debo confesar que, a pesar de todas las alteraciones que venía sufriendo en mi cabeza desde la salida de la ciudad, el sueño estaba logrando hacerse sentir en mí. Olvidé por un momento todo lo ocurrido anteriormente y, de manera espontánea, volví a mirar hacia la ventana. Durante largos segundos no pensé ni noté nada. Quizás fuera eso producto del sueño. De repente pude divisar mi imagen frente a mí, otra vez distorsionada, deforme, fea. Detrás ahora predominaba la oscuridad, con alguna que otra luz a lo lejos, sobre el cielo. Mi imagen entonces ya no tenía plantas bajo las orejas ni detrás de la nariz. Esta vez mi reflejo tenía compañía. Cerca de mí, casi superpuesto, un hombre dormía plácidamente. Pensé que mi Reflejo al menos ahora no se sentiría tan solo, ni tan feo, ni tan triste. Eso me alegró. En ese mismo momento descubrí que mi Reflejo se ponía más lindo, más armonioso, que brillaba sobre el vidrio mojado por fuera y empañado por dentro.
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