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domingo, 6 de marzo de 2011

Tango, de Fabricio Laino Sanchís

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En un viejo bodegón que aún no ha sido descubierto por ningún avezado operador turístico, una pareja baila el tango. La orquesta sigue la guía de un quejumbroso bandoneón. El hombre tiene paso indeciso, ya ha trastabillado en un par de firuletes. Algo le pesa en los hombros. Los ojos de La mujer lo advierten y se regocijan. Es una presa fácil. Ella es una experta; ha ganado y lo sabe (lo cree). Busca con su mano, con las suaves yemas de sus dedos, la mejilla de su víctima, mientras clava sus pupilas en lo profundo de su alma. Él las rehuye, pero lo pueden. Flaquea. La derrota parece insalvable, cuando algo lo despierta. No por nada es él quien rodea con el brazo (tembloroso, pero fuerte al fin). Yergue la cabeza y aprieta a su compañera contra el pecho con una convicción inusitada. Ella, que había bajado la guardia (festejo anticipado, grave error) queda estupefacta. Se han vuelto los tantos: el punto se vuelve banca. La mujer cae sumisa en los brazos de su cazador. Es una presa fácil. O lo sería, si no fuera por... Ay, el orgullo. Ambos lo necesitan para salvarse, y para seguir luchando sacrifican la posibilidad de la victoria. Es preferible no ser derrotado a vencer. Así, nuestra pareja perpetúa, en cada compás, en cada suspiro, esta infructuosa disputa de altanería, que se pierde en la memoria del tiempo, sin comienzo, sin final.

El bandoneón, en tanto, sigue gimiendo sus penas. Buenos Aires se lo agradece.

jueves, 25 de febrero de 2010

Tormenta, de Sergio Cohen

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Y esperan que mienta.
Que diga que sé
cuanto gané y perdí,
cuanto les traje y cuanto me llevé
cuantas veces huí,
cuantas veces amé.
Ni siquiera puedo decir
que ha llovido lo suficiente
para forzar mi mente
a hablar sin contradecir
los silencios de un corazón
marcando un pulso acelerado.
Aunque en verdad no haya razón,
si ya no llueve,
si ya ha parado.
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jueves, 18 de febrero de 2010

Tanto, de Sergio Cohen

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Tanto

Tanto cargué sobre mis espaldas.
Creía que mientras más cargara
más hombre sería.
Llevaba a cuestas
increíbles logros y brutos desaciertos.
Hombres y mujeres, gigantesca y pequeña gente
caminaba sobre mi lomo fatigado
debatiendo, rememorando o celebrando
aquel pasado siempre presente

De pronto un día,
para mi horrorizada sorpresa,
de entre medio del tumulto
vi asomarse
dos primordios de alas.

En un principio, nadie reparó en ellos
pero poco a poco,
habrá sido incomodidad o desconcierto,
mi espalada se fue despoblando,
toda esa ilustre historia, esos altísimos saberes,
me abandonaron paulatinamente,
hasta quedar prácticamente solo, yo, con mis primordios,
y un par de amigos ausentes.
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Las alas nunca crecieron,
hace falta aclararlo,
pero mi espalda, agradecida,
día a día me lo recuerda:
Tanto cargamos y tan poco nos llevamos
que en vez de cargarlo detrás,
adelante es mejor buscarlo.
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viernes, 12 de febrero de 2010

365, de Kadmillus Haimrich


Y vi sus rostros alejándose
pero eran mis pies los que se movían,
cada uno con las emociones mudas
estampilladas ciegamente en los rostros que contenían las lágrimas,
esas lágrimas.

Y vi mis pasos yéndose
mientras quería no dejarlos más,
deseando poder llevarme siempre esas miradas
y así irme yéndonos y no sólo irme.

Recuerdo la forma en que miré sus rostros
que pronto se convirtieron en cuerpos
formados al final del principio de mi trayecto
y no puedo detener desear estar en ese instante
de nuevo, una vez más, por un momento más.

Buenos deseos, buenas partidas, promesas de reencuentros, sonrisas y abrazos fuertes como los golpes más fuertes que nos suele dar la existencia.
Todos sentires hipócritas, que escondían simplemente ese deseo infame de arrancarnos mutuamente de ese irnos,
de ese partir de allí,
de esa inefable mirada que se pierde entre mis pasos y sus manos ondeando, allá.

Recuerdo y veo de nuevo sus olores,
siento sus brazos en mi torso nervioso
y tembalndo de nuevo quiero, con todo mi cuerpo,
un beso más, un abrazo más,
un no te vayas más.
E irme de nuevo.

Ha pasado, pero recuerdo y siento ese frío que recorrió mi cuerpo
al sentirme abandonado, por fin, a mi suerte y pasos,
al albedrío del fracaso inmanente de emprender el camino,
al perderme en los pasos que no se deciden más.

Recuerdo esas miradas, allí y las ausentes,
que me dijeron lo que las palabras no se atreven,
lo que no son capaces.
Pero ahora no hay con quién compartir ese sentir
que quedó allí, nacido agonizante muerto y enterrado para siempre en ese eterno y efímero momento,
en el eterno suspiro que fue partir y darme cuenta de la ausencia de mí que es su ausencia.

Y así dejaste de estar, y tú y tú y él y ella y ellos también;
así dejaron de estar, estando;
y así dejaron de estar, yo;
y así dejé de estar en sus ojos y en sus voces;
y así he estado estando, dejando de estar.

Miles de pasos han sido ya sin mí,
suyos y míos,
pero ya no nuestros.
No hubo más nosotros, absolutamente otros,
en la ruptura nos inventamos de nuevo
y, para mí, simplemente, no es suficiente;
necesito esas miradas, contenedoras mentirosas de lágrimas imposibles,
esos brazos que no me sueltan más
y que aprietan fuerte mi partida y me exprimen en el acá que pronto dejará de ser.
Que ahora ya ha dejado de ser,
que ya no será más,
que fue, ¿qué fue?.

Y vi sus rostros alejándose
pero son mis pasos
los que se siguen,
interminablemente,
alejando.


*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.