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viernes, 18 de marzo de 2011

En el agua, de Fernando Alvarez

Esas cosas

Cada vez hay menos patos...antes rendía cazar, ahora....

Te pasabas la noche, pero ya como a las 4 y media, cinco, cuando empieza a clarear pasaban y los veías ahí, a la primera luz. La bandada de sirirí vuela en v así que es fácil tenés que tirar apuntando un poco antes del primero y si tenés suerte caen tres o cuatro.

Todavía me río cuando me acuerdo que le dije al Cachilo que lo que pasaba era un pato y el boludo le tiró a un murciélago. ¡Que boludo que era!. Yo en esa época cazaba dos o tres veces por semana, caía a casa con 15 o veinte patos. ¡Patos para toda la familia!. Hasta para la hija de puta de mi suegra, tome Hermelinda, llevesé un par de patos. Nunca me quiso la vieja de mierda. No sé, se piensa que soy un pelotudo. Agarraba los patos como con asco, como si le fueran a contagiar los piojos. ¿Y qué quería, qué se los regale pelados? pelotuda hija de puta.

Me hubiera gustado verla a ella con el agua en la cintura y las patas enterradas en el barro, con los mosquitos que se te meten por todos lados ¿y para que?, para que cuando le regalás un pato ponga cara de oler mierda .

A mi siempre me gustó el deporte, si en las olimpíadas hubiera tiro al pato o pesca yo competía. No te voy a decir que ganaba, pero podés ponerme unos porotos.Me acuerdo cuando le gané al Cachilo ese concurso en el muelle del club. Los dos lo fundamos “El manguruyú” así se llama el club. Que se yo, queda más autóctono que “El moncholo” o “El amarillo” o “El surubí” incluso. El surubí es medio mersa. Le podríamos haber puesto “El dorado”, pero acá hay poco dorado. O “El pacú” pero pacúes ya casi no quedan ... como los patos.

La Clara nunca me entendió, yo me podía pasar la noche esperando que pasen los patos o que pique un pacú, y llegaba contento a casa al otro día, ella apenas se despertaba para ver que traía. Me gritaba que me bañe y seguía durmiendo.

El Cachilo dejó de pescar poco tiempo después que yo le gané el torneo, me acuerdo que era invierno y hacía mucho frío, el río estaba bajo porque desde el muelle había como cinco metros hasta el agua. Era de pesca variada, como hacía frío no salía nada y él sacó un armado de ocho quilos ni bien empezaba como a eso de las dos de la tarde. Pasaban las horas y nadie sacaba nada, hasta que cinco minutos antes de las seis yo saqué un armado de ocho quilos doscientos… ¡a las seis terminaba!

Yo creí que el Cachilo había dejado de pescar porque nunca me iba a ganar¿cómo iba a saber?

Lo que no entendía, que después até cabos, era porque él me insistía que sería lindo tener un rancho en la isla, si él ya no iba a pescar. Y cazando era un tarado.

Cuando compramos el rancho a medias vino una o dos veces, pero después dejó de venir.

¿Cómo me iba a imaginar?

¡Cómo me gustaría que hubiera sirirí! Al menos si no puedo dormir podría ir a cazarlos, aunque no sé, tampoco tengo muchas ganas de ir a meterme en el agua. ¿A quién le iba a llevar los patos?

Lo que más extraño cuando me acuerdo es la risa que tenía, aunque hacía mucho que no la escuchaba reirse. Como cinco o seis años…

sábado, 3 de julio de 2010

Encuentro, de Fabricio Laino Sanchís

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Dos miradas se cruzan, un par de ojos encuentra al otro. Ambos se detienen para contemplarse. La noche perpetua de estos lugares propicia el encuentro fortuito. De alguna manera se sienten atraídos. No es, desde luego, una cuestión de empatía; pero tampoco se trata de la simple consecución de un impulso libidinal. Ni siquiera se han visto; mejor dicho, no han visto a quien porta esos ojos. Estos son lo que importa, lo único que existe en esa vorágine intermitente de imágenes y sonidos. Los dos fijan su mirada en la retina ajena, como si cada uno pudiera reconocerse allí, en esa inmensidad azul o negra. No pueden comprender lo que sienten, pero es tan fuerte que parece trascender tiempo y espacio. Las luces se difuminan, los ruidos y la música se fusionan en un único sonido inconcebible, los cuerpos se esfuman: para cada mirada sólo queda la del otro, y nada más que la del otro.

De golpe, una luz se apaga, un cuerpo se desplaza, algo se interpone. Las formas recuperan su contorno, la melopea se disuelve en versos y voces y melodías. Todo vuelve a su lugar. El ensueño ha terminado; los ojos han desaparecido. La vida continúa, con la esperanza de volver a encontrarlos.
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jueves, 27 de mayo de 2010

En la esquina, de Fernando Álvarez

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Estamos solos en la esquina. Carpincho levanta el brazo y el ómnibus se detiene. Él sube de un salto, saca el revólver y pega el grito. Paso por detrás de él, intentando desenganchar mi arma que se ha trabado en el cinturón. Cuando emboco el pasillo lo veo, y el corazón se me para. En uno de los lugares del fondo el Negrito está de pie, tiene una pistola y nos apunta. Siento que un escalofrío me sacude.
En ese momento se escucha un trueno.
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Los gritos de los pasajeros aturden. Doy media vuelta y salto por encima del cuerpo del Carpincho. Está tirado en el piso con un feo agujero en la cabeza. Se ha visto obligado a desparramar sus sesos a la sanfansón sobre el astillado parabrisas.
Se golpea mi cabeza contra el parante de la puerta, trastabillo en los escalones y caigo a la calle. Me levanto y corro.
- ¡Negro, acordate de cuando choreábamos juntos! - suplico, y no sé si estoy hablando a sólo pienso.
- No me va a tirar, no va a matar a su cuñado -, casi rezo. - Si aparece otro policía estoy sonado; este es el único que está casado con mi hermana.
No sé de qué me río, pero me río.
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Un golpe en la espalda me tira de cabeza contra un cantero.
... Es extraño, miro la sangre que corre y a mí mismo como si me viese desde arriba. Veo que el Negrito se acerca y mira mi cuerpo. En eso está cuando una linda mina que no es mi hermana baja del colectivo, corre, llora, lo abraza y lo besa. Todo junto. ¡La cornea a mi hermana! No me enojo; tengo la sensación de que aunque quisiera no podría enojarme. Sin saber hacia dónde, empiezo a moverme. Alcanzo a ver que un pasajero le da la gorra al Negrito mientras me alejo y me desimagino. A medida que me desdibujo descubro que soy luz y agrego claridad a esta soleada, hermosa mañana de primavera.
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miércoles, 17 de marzo de 2010

El oficinista, de Conrado Negrin Barcellos

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Odio esa planta. No me gustó cuando llegó aquí en un principio y menos me gusta ahora. Detesto la evolución que tuvo. Se la puede ver ahí, toda crecida, con sus flores de invierno, con todo su verde. Pareciera burlarse de mí.

A veces pienso que es sólo una pobre planta, un ser vivo que, como todos, no tiene la entera responsabilidad de ser como es. Justo después, me recuerdo que no hay que andar sintiendo así por la vida, generando pensamientos negativos que se retroalimenten. Entonces le doy alguna posibilidad de reivindicarse.
Pasan dos o tres días como máximo y me vuelve a hacer lo mismo, lo de siempre. Llego a la oficina antes que nadie, como es constumbre, y la tengo ahí, mirándome con esa cara de planta de mierda, en su masetero francés, sobre su ventana toda iluminada. Me genera una ira tan grande. Unas ganas indescriptibles de tirarla de una vez por todas desde este puto onceavo piso que tan linda vista tiene. Lo habría hecho hace mucho tiempo si no fuera de Juampi. Así que me consuelo gritándole por unos minutos mis mejores insultos, aprovechando que el resto del mundo aun no se muestra.

En segundo lugar, al trabajo, casi siempre llega Mara, que a pesar de venir temprano tiene esa apariencia de estar tan apurada y nerviosa. Desde el día en que la conocí, unos cinco años atrás, hasta hoy no la vi sonreír ni una vez. Me gusta cuando llega. Si bien toda la energía que aporta al lugar es de lo más negativa, me identifico con ella. Estoy pensando en reclutarla para que se sume a mi plan de revolución personal. Pero tal vez sea un poco floja.
Esta mañana, más o menos a las 7:45 o 7:47, entró por la puerta, se sirvió un vaso de café frío del día anterior y lo tomó en dos tragos largos. Solo después se acercó a saludarme. Lo hace por compromiso, preferiría no tener que hacerlo pero así funciona la oficina. El odio está permitido y todos se saludan.
Sé que no le caigo muy bien porque una vez se lo pregunté. Me dijo que no era personal, pero que un tecnócrata como yo jamás podría llegar a simpatizarle. No entendí lo que quizo decir. Aun así me pareció justo.

Exactamente a las 7:55 entraron Carlitos y Vera Goldman, que como siempre intentaron aparentar haberse encontrado en el camino, lo que a nadie nunca le hace desviar de la evidente realidad de que han estado cogiendo toda la noche. Se les ve en las caras. En esas ojeras, en esas sonrisas cansadas, mezcladas con una sensación de tranquilidad y confianza. Claramente se aman. Vera no podría admitirlo. Si Raúl se enterara los echaría sin titubear. No quiere relaciones afuera de la oficina y es bastante estricto en ese sentido. Por eso todos llevamos nombres falsos, para no fomentar el interés ni la amistad. Imagino que a Carlitos no le importaría demasiado, que preferiría entregarse a su amor sin medir las consecuencias. Se ve que es un romántico. Algo de noble lleva. Aunque no deja de tener un pésimo gusto. Lo quiero lejos. Es un hombre terriblemente apestoso. Si no son sus pies, es la boca, si no es su saco es el pelo. Su compañía es espantosa. Solo una mujer tan fea como Vera podría tolerarla. Jamás conocí pareja tan horrenda.

Entre las 7:58 y las 8:03 terminaron de llegar los demás. Primero Juampi, una persona muy alegre a la cual la timidez no pareciera surtirle efecto alguno y que, aparte, tiene la costumbre de hacer toda clase de chistes constantemente. Ni bien entró a la oficina saludó a todos uno por uno haciendo comentarios de rutina y se acercó a Carlitos para decirle, "maestro, ¿qué te pasó en la cabeza? Preferible que el peluquero te sacara una oreja a dejarte así, eh ... no, mentira, te estoy jodiendo, te queda bien. Estás con más facha que nunca." Carlitos le respondió "es lo que hay" y ahí acabó la conversación.
Da la sensación de que para Juampi la vida misma fuera un chiste.
Debo admitir que alguna u otra vez me ha hecho reír, y que lo considero relativamente creativo. Es solo que no lo puedo tolerar mucho tiempo. Sé que no es un hombre mal intencionado y que en parte no lo puede evitar, pero su exceso de humor incoherente me termina dando dolores de cabeza. Son demasiados chistes, y no todos ellos graciosos o con sentido. Lo que me gusta de él es que bromea con todos. Incluso con Mara, a quien irónicamente apodó "cara de feliz cunpleaños". Ella lo odia con toda su alma. Dudo si lo mataría o no de tener la oportunidad de salir impune.
Después de Juampi, llegó Violeta. Una vieja cascarrabias insatisfecha con su pasado y resentida con su presente. Todos la detestamos. Excepto Juampi, que bromea con ella y de vez en cuando la hace reír o enojar. Es una auténtica chupasangre, una criatura rebalsada de veneno siempre dispuesta a morder. La mujer con la capacidad de reconocer defectos ajenos y señalarlos más aguda que nunca he visto.
Ni bien completo el grupo, comenzamos con nuestras distintas tareas rutinarias, las razones por las que a cada uno de nosotros le pagan. Pero solo con el grupo completo, pues a ninguno se le ocurriría hacer nada productivo antes de ver sentado al resto en sus sillas acolchonadas, con esas ruedas que se deslizan por la alfombra como patín sobre hielo.

El trabajo es muy sencillo. Nosotros somos lo que aquí llaman "acomodadores". Nuestra función es ordenar por fecha y orden alfabético distintos documentos o quién sabe qué. Sobres que tienen un nombre, una fecha, y nosotros acomodamos en distintos cajones. Son exactamente 27 cajones por mesa y persona, uno por cada letra. Los mismos son vaciados periódicamente y a cambio recibimos una nueva pila de sobres a la mañana siguiente. En cuanto al contenido de estos sobres, no tenemos permitido preguntar. Sabemos que de abrir alguno estaríamos en graves problemas. En varias oportunidades se me ha cruzado por la cabeza hacerlo, a veces la curiosidad se vuelve demasiado tentadora. Por eso tengo mi plan. Aquí hay muchas cámaras y los guardias de seguridad tienen la única responsabilidad de vigilar las distintas oficinas por intermedio de ellas. Son tipos serios. En una época nos hacían trabajar con ellos al lado, espiándonos a cada rato. Era bastante incómodo. En ese entonces, Raúl, nuestro superior directo, que solo viene una vez por semana, nos informó que a él le habían dicho que para que pudiéramos trabajar más a gusto, y por lo tanto más eficientemente, esos hombres armados, vestidos para la guerra, iban a empezar a observarnos a través de un número de cámaras que nunca nos fue revelado. Hoy en día, nos hacen usar armas incluso a nosotros. No entiendo del todo por qué, pero al llegar al edificio cada mañana nos dan una a cada uno, que es devuelta sin excepción antes de abandonar el predio. Todos aquí andan armados. Desde porteros a empleados de limpieza, e incluso Raúl, que a pesar de su actitud severa y su rol misterioso, sospecho fuertemente nunca se atrevería a desenfundar su pistola. Lo único que tengo claro de este lugar es de que se trata de alguna clase de mafia. No sé si del gobierno o privada, pero sí muy importante. Aun no me acostumbré a vivir con la duda. Pero el sueldo es tan alto que hace que acepte este trabajo tan absurdo. Y también tengo mi plan.

A eso de las 9:53 o 9:54, después de rápidamente haber terminado con su trabajo del día, Vera tomó su abrigo, su bolso y se despidió del grupo, caminando naturalmente a través de la puerta de entrada y salida, en dirección a quién sabe dónde.
Carlitos la miró desaparecer como si fuera la última vez que iba a verla. Con los ojos cargados de emoción y rebeldía. A mí me gustó que se fuera. No me agrada la energía que se genera cuando ellos están juntos. En cierta ocasión pensé que podía ser alguna suerte de celos pero mirándolos mejor descarté la posibilidad. Vera es demasiado fea y Carlitos demasiado apestoso para generarme algún tipo de afinidad.

Poco después, a las 10:05, a Juampi le tocó por primera vez un sobre cuyo nombre empezaba con la letra "X". Pareciera algo irrelevante, pero eso es algo que aquí no sucede muy a menudo. No es que haya mucho para decir al respecto, pero como le sucedió a él, armó un alboroto. En seguida empezó a hablar fuerte y hacer chistes sobre cualquier otro tema. La novedad rompió con la monotonía de su silencio. Gracias a eso, todos nos distrajimos, y con Mara cruzamos una mirada. Tan solo un par de segundos. En seguida intentamos continuar con lo nuestro, mientras Juampi no dejaba de molestar. Pero yo no pude hacerlo muy concentradamente. No conseguí sacarme mi plan de revolución personal de la cabeza. Pensé en si decirle a Mara o no. En cómo podría reaccionar. Seguramente diciéndome que soy un loco y contándoles a todos. O quizás sin tomarme en serio, ignorándome como de costumbre. Pensé un poco en las consecuencias, en las probabilidades de salir victorioso o satisfecho. También pensé en si me animaría a seguir con el plan sin arrepentirme en algún momento. Cuando estaba convenciéndome de que sí, me distraje con esa puta planta.

Ahora estoy viendo a quién matar primero, si a Carlitos o a Juampi. Decidí no proponerle a Mara unírseme, y matarla también. No podría permitir el riesgo de que ella me difame, tratándome como a un loco o diciéndoselo a todos. Creo que eso me rompería el corazón. Tal vez por estar enamorado de ella. No lo sé. No es momento de romanticismos.

Es ahora. Me paro, tomo el revólver, y le disparo a Carlitos instintivamente. La bala se mete en su pecho, hundiéndose con una suavidad tal que me viene ligeramente a la memoria la imagen de un clavadista saltando al agua de cabeza, y la puntuación de un diez. Se cae de su silla, y junto con él algunos sobres que se cubren rápidamente con sangre. Creo que ya lo maté; si sigo con esta eficacia, las balas de mi pistola me bastarán para matar al resto del grupo y no tendré que tomar otra prestada. Como esperaba, la puerta de entrada y salida se cerró ni bien disparé, haciendo caer la misma barra rectangular de acero que cae a mis espaldas cuando me toca salir último de la oficina. Van a esperar que nos matemos los unos a los otros para ahorrarse el trabajo. A ninguno lo dejarían vivir después de esto. Acabo de sentenciarlos a todos.
Violeta me dice que soy un hijo de puta e intenta sacar su pistola. No le doy tiempo y le disparo justo en el ojo derecho. Continúa viva en el suelo, revolcándose de dolor, gritándome desesperadamente una y otra vez, "hijo de puta". Camino hacia ella y le doy el tiro de gracia. Esta vieja bruja se va con su sarcasmo ácido a pudrirse al infierno.

Juampi está escondido debajo de su mesa como un perfecto cobarde. Es una suerte que haya matado primero a Carlitos, seguramente él hubiera dado más resistencia, aunque sea para volver a ver a Vera. Mara está callada. Me mira con cara de espanto y llora silenciosamente. No parece tener intención de moverse de su silla o de decir palabra alguna. Voy dando pasos largos hasta la mesa de Juampi. Ahora no hace chistes. Está rogando por su vida, tomándose los tobillos con las manos, formando una imperfecta y temblorosa bola de miedo. Por un momento llega a conmoverme un poco. Entonces me dice que no siga con esto, que estoy loco. No puedo dejar que me difame así, yo loco no soy. Le pego un medido disparo en la frente. Se le forma un pequeño agujero y golpea la cabeza contra el suelo. La sangre empieza a brotar de la herida lentamente, dejando una mancha roja en la alfombra que no hace más que incrementarse.
Me queda Mara. Me le acerco. Le digo: "es una pena que no te simpaticen los tecnócratas como yo, podríamos haber sido una buena pareja. Creo que estoy enamorado de vos". Le vacío los cuatro cartuchos restantes en el pecho. Está tirada en el suelo, muerta. Pero sus lágrimas siguen fluyendo. Se mezclan con su sangre. Mi amor por ella es mayor que nunca.
Siento un olor a gas muy intenso. Van a matarme cómodamente. Tan solo abriendo una llave o apretando un botón. Tengo que apurarme, si no todo habrá sido en vano.

Con esfuerzo me dirijo a la máquina de café. Detrás de ella hay un sobre que en una ocasión con mucho cuidado conseguí ocultar. Está lleno de polvo. En el momento en que vi el nombre, me llamó tanto la atención que tuve que esconderlo e idear este plan para poder mirarlo tranquilo. Le saco el polvo. Se lee claro Delfín azul 11/07/1989. Lo abro. En él está escrito "Juguete del hijo de Romeo Costello en el cual fueron trasladados 500 gramos de heroína pura de Suecia a Venezuela. Para más información, ver la fecha de Romeo Costello."
No puedo evitar sentirme insatisfecho. Esperaba algo más. Quizás algo más poético, o aunque sea más extenso. El gas no me deja pensar claro. Estoy perdiendo fuerzas. No puedo estar parado. Me dejo caer en la alfombra, sentado. Me acuesto. Miro a la izquierda, mis ojos se están cerrando. Ya falta poco.

Lo último que veo es esa planta, haciéndome lo de siempre, poniéndome esa cara de planta de mierda en su masetero francés. La odio. Si tan solo no fuera de Juampi. ¿Qué digo? Estoy delirando, Juampi está muerto. Creo que yo también.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El premio, de Maximiliano Iozzi

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Lucas encendió la computadora. Mientras esperó que cargara Windows, leyó la primera página de la sección cultural del diario que siempre acostumbraba leer y encontró esta nota:

"El escritor argentino Lucas Almada fue el ganador del XII certamen literario de relato breve Villa de Colindres."

Sonrió y el pecho se le infló como un pez globo, mientras abría el procesador de texto para continuar escribiendo el último capítulo de su próxima novela. En la pantalla se leía:

... Gustavo escuchó que golpeaban la puerta; preguntó, "¿quién es?" - "Carta para Gustavo Bertola", dijeron del otro lado. Abrió confiadamente y recibió una puñalada mortal en su vientre.

Lucas cerró los ojos cansados de escribir y se acercó a la heladera, de donde sacó una cerveza helada, mientras tocaban a la puerta. Cuando preguntó quién era, se le congeló la sangre al escuchar, "carta para Lucas Almada." Pero mientras sonreía pensó, "lo malo pasa sólo en mis libros"; abrió la puerta y un puñal lo atravesó, desangrándose sobre la alfombra que decía Home Sweet Home.

miércoles, 26 de agosto de 2009

El crimen, por Liliana Salistre

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Quiero contarles mi crimen, lo único realmente importante, trascendente que hice en mi estúpida vida, y que sin yo quererlo me llevó a la muerte. Por eso lo puedo contar. No pongan esa cara de espanto, o sí, porque el lugar innominado, espantoso donde estoy es el cementerio: un cajón que se va deshaciendo, mientras me pudro en este no ser, que es el morir. Y pensar que le dicen “pasar a mejor vida”.

Creí ser inteligente con mi vida de jolgorio, putas y tragos mientras el “otro” idiota me mantenía, esa rata de escritorio que pagaba mis cuentas, yendo todos los días a trabajar a una oficina; levantándose muy tempranito, acostándose también tempranito mientras yo me divertía: elegía la mejor, la más linda prostituta, y cuando estaba lo suficientemente borracha, le hacía lo que sobria no me hubiera permitido.

Todo comenzó cuando conocí a mi mujer, tan bella vivaz y alegre, pero esquiva. Debí casarme con ella para poder tenerla en mi cama todas las noches. Confieso que creí estar enamorado, tan adorable me parecía. Muy poco tiempo tardó en mostrar su lado oscuro.

La casa era un asco, me negaba su cuerpo muy a menudo, me humillaba; su lengua viperina era temible, soez, asquerosa.

Vicente Holgado, “el otro”, mi parte más sana y aburrida, (el cual sólo hablaba en español, algo muy raro, muchas veces no logré entenderlo). Olvidé contarles que soy francés y viví siempre en París. Bueno, Vicente, la conoció al final, después del “accidente”, cuando la paralítica pretendía gobernar el mundo y sobre todo a mí desde su patética silla de ruedas. Ocurrió que un día que no me permitía tocarla, aduciendo un falso dolor de cabeza, me llevó al límite de mi paciencia, forcejeamos, según ella la empujé por las escaleras, no recuerdo bien, siempre lo creí un accidente, pero deseaba su muerte y tal vez lo hice, ahora ya no importa.

Fue peor, su parálisis la volvió histérica y morbosa, siéndolo ya antes, su perversidad llegó a términos insospechados. Me pedía, (exigía en realidad), que me fuera de putas y al volver quería todos los detalles; desde la elección de la mujer y paso por paso, todo lo que le había hecho; a veces no le resultaba suficiente y muchas, inventé posturas y acciones repugnantes, de las que no era capaz (y eso que era capaz de muchas, pero insuficientes para ese despojo que se masturbaba frente a mí sin pudor).

El tiempo pasó, no había ya diversión en esas noches, siempre lo mismo; los mismos bares, las mismas mujeres, idénticas borracheras, una rutina que me tenía harto, tanto como lo estaba Holgado de su oficina, sus papeles y sus horarios.

Pero ella no me permitía descansar, me obligaba, amenazando siempre con mi intento de matarla y su decisión de denunciarme, si no hacía lo que deseaba.

Yo sabía que habían pasado demasiados años para que la tuvieran en cuenta y las discusiones eran tan feroces, que decidí acabar definitivamente con ella, matarla de una vez por todas. Estaba demasiado viejo para seguir soportando tanta iniquidad.

Aunque de joven llegué a creer que era divertido, para ser sincero, hasta llegué a disfrutar de su locura. Confieso que transpiraba de placer cuando le contaba, ella pedía más y aunque inventara, lo sentía real, y el verla en su impudicia me llevaba al paroxismo.

Ya no más, creo que tanto desgaste, sumado a los años, todo tan reglamentado, tan rutinario, me superó y además Vicente se había jubilado y el dinero no alcanzaba para nada.

Todo llevaba a la necesidad de su muerte. Quería descansar, fumarme un puro en mi sillón favorito, con un solo trago de vez en cuando, dormir de noche; me hacía falta el sol, el día o terminaría por enfermarme.

Preparé todo, lo planifiqué bien. Le diría a la policía que la había llevado de paseo en el auto y que se había desbarrancado cayendo al mar desde una colina, donde jamás la encontrarían, (pensaba enterrarla) y tirar al mar sólo la silla, la maldita silla de ruedas.

Tomé una de sus viejas medias de seda natural, que hacía siglos no usaba, me acerqué despacito, por detrás, se la puse al cuello y apreté, la silla giró bruscamente y sentí que en su último estertor, me clavaba las tijeras (que siempre llevaba sobre la falda, ¿cómo pude olvidarlo?), mientras me desgarraba las entrañas seguí apretando.

Ahora estoy contando esto desde mi tumba, en la que me acompaña Holgado, horrorizado de que toda su vida, haya sido sólo un subproducto de mis necesidades.


Relato escrito a partir del cuento de Juán José Millás La memoria de otro.

sábado, 15 de agosto de 2009

El micromercado de las palabras, de Silvia Shapiro

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Mi mañana comienza muy tranquila ya que he dispuesto vivir en el microcosmos de mi microemprendimiento.

Me tomo el micro que me traslada al microcentro y eso produce en mí una alegría imposible de transmitir ya que por razones de fuerza no micro no debe hacerse de público conocimiento por peligro a resultar micronizado mi microproyecto y ¡adiós a la microfotografía!

Sigo la ruta de la microfilmación, hoy el microbio está listo para su microcopia; aunque no sea redituable para mi microeconomía, el microbiólogo micromanipulador quiso cobrarme por la microproducción, a pesar de ello, apareció con su microscopio y anunciando por micrófono expresó no haber encontrado en su microcircuito el microchip que acompaña a la microcinta. Me dije: ¡Qué microencefálico!
¡Ahora a generar el microclima para mantener el microbio hasta la próxima microoportunidad!

En medio de la microdecepción por frenar mi microemprendimiento visualicé a micrómetro de distancia el generoso microondas y me tomo microminutos para tomar un microcafé mientras terminaba de escribir mi microrelato.

Y pensar que intentaba sólo por hoy no pensar en MACRO.

La microproducción:

La microfilmación del microbio por el famoso microbiólogo logró favorecer la microeconomía de mi microemprendimiento en microminutos a micrómetros del microcentro. Las micropartículas microfilmadas beneficiaron mi microimaginación al escribir un microcuento.


*Silvia Shapiro es docente, toma los cursos presenciales de narrativa.

Ensayo velado, de Silvia Shapiro

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Mientras toma forma una iniciativa legislativa para prohibir el uso de burkas en Francia, el presidente galo, Nicolás Sarkozy, condenó ese atuendo típico de las mujeres musulmanas.

"La burka no es un signo religioso, es un signo de subordinación, un signo de envilecimiento, me gustaría decirlo de forma seria", dijo Sarkozy. "No será bienvenida en el territorio de la República Francesa".

Con estas palabras, el jefe de Estado respaldó a los legisladores que quieren eliminar a las burkas de su país. Francia es la nación con más musulmanes de toda Europa (alrededor de 5 millones).

Las expresiones de Sarkozy serán porque ¿la gripe H1N1 no llegó a Francia?
Las mujeres musulmanas que lucen burkas, ¿no se contagian la gripe?
¿Qué secretos guardan debajo de ese atuendo?
¿Qué secretos no pueden develar?

En otros lugares del mundo cuesta descubrir otros temas:
Acá, en Argentina, desde que se instaló la gripe A, si no nos mata la humedad, el proceso, el terrorismo, el corralito, el dengue, la pobreza, nos mata la gripe A.

Acá en Buenos Aires, se han cambiado además de los hábitos y abstinencias sociales el uso de la mejor arma para la defensa personal el gel en alcohol; no puede faltar en tu cartera, ni al recibir a alguien en tu casa: le abrís la puerta y pssss, le apuntás con el gel pssss, psss y terminás rociando el ambiente con Lysoform.

Acá, en Buenos Aires, desde que se instaló la gripe A, la belleza no se ve, es invisible a los ojos o tal vez al acertijo: ¿qué hay debajo de ese barbijo?


*Silvia Shapiro es docente e integra uno de los talleres presenciales de narrativa

lunes, 27 de julio de 2009

El café congelado, de Silvia Shapiro

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Todo está desierto.

El río Eufrates se está secando como tantos otros en el mundo.

Calles desoladas.

Nadie se anima a salir.

Tarde suspendieron las clases, los teatros cerrados, pan-demia, pan-ico, pan-tomima del casi te beso, casi te saludo, casi salgo, casi nos vemos.

En ese casi , casi no te conozco, entre viejos y nuevos hábitos a los que te tenés que acostumbrar, parecemos seres automatizados , duros como robot, almidonados como los guardapolvos de los 70, movimientos fríamente calculados, por nuestra salud y la de los nuestros, pensás que de continuar esto seguirás sola en la vida.

Imaginate que te presenten a alguien, ¿cómo harás para saludarlo? ¿con la mano, con un leve roce en la mejilla o ¿¡le pasarás un poco de alcohol antes de…acercarte?! Previamente rociado de lysoform: él y su auto.

O será él quien imponga los requisitos para el encuentro: guantes descartables, campera descartable que le pedirá a su padre médico…y si se gustan mucho… y perciben cierta atracción fatal…pero ¡ni piensen en concretarlo en la primera cita! Por un tiempo tu preocupación acerca de otros contagios u otros peligros quedarán gentilmente desplazados por la abstinencia de sexo.

En estos tiempos de cólera el amor queda en un segundo o tercer plano.

Los encuentros se tornan muy acotados: nada de lugares multitudinarios, nada de viajar en subte, nada de tocarse, uno nunca sabe con quién estuvo la persona que acabás de conocer, nada de mostrar confianza porque perdés. Nada de placeres, nada de nada.

Le buscás el lado positivo al asunto: igual aún no terminé la facu, es muy buen momento para abocarme al estudio, preparar esos finales que todavía no rendí y adelantar al máximo, tal vez entonces, cuando termine de rendir , en uno o dos meses, el virus amaine y sus deseos de verte también.

El amor en los tiempos de la gripe A h1n1

*Silvia Shapiro es docente, toma el taller presencial de narrativa.