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jueves, 22 de abril de 2010

Cuento de Navidad n°4, de Fernando Álvarez

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No sé en qué momento me apareció el recuerdo. Una historia que lejanamente en el tiempo me fue contada ... el que me la contó, ¿quién era? ¿cómo la conocía? No lo sé. Sin embargo, la memoria me devolvió aquel cuento. Tal vez fuera por el calor o por la sensación de agobio.
La recordé una noche que caminábamos los cuatro - el Colorado, el Inglés, el Tano y yo - por Los Patos hacia Avenida Caseros. Íbamos en busca de un bar con aire acondicionado. Hacía un calor pesado, denso, más o menos como el que hace en Navidad.
No tuve que hacer mucho esfuerzo para que me escucharan, porque ninguno tenía ganas de hablar.

"¿Saben lo que es un "bendito"? Es casi un rancho. Solo un ala de techo sostenida por unos troncos, sin paredes. Se usa en el campo. Esta historia transcurrió ahí. En las cercanías de una ciudad el litoral.
En ese lugar vivía una familia: marido, mujer y diez o doce hijos. Todos trabajaban temporariamente en la recolección de legumbres. Era nochebuena, habían comido el acostumbrado guiso inventado. No había más luz que la que daba una luna en cuarto creciente y un montón de estrellas.
El sonido de las chicharras se había apagado, los mosquitos picaban a destajo; como todos estaban muy acostumbrados, no se inmutaban por eso.
A lo lejos, sobre el horizonte, se veía el reflejo de la luz de la ciudad y de vez en cuando algunos fuegos artificiales.

"Mirar al cielo iguala a los hombres, pero vaya uno a saber en qué piensan cuando lo hacen. Los chicos y la madre se acostaron en sus jergones y quedó el padre solo en el patio de tierra.
Pasó un buen rato y el hombre empezó a sentir que los ojos se le cerraban por el sueño. Antes de acostarse sacó el bolsillo doce caramelos Sugus, se acercó a las rotosas zapatillas de sus hijos y dejó uno en cada par. Después se acomodó junto a su mujer y se durmió.
Pasó un buen rato, los chicos entre cuchicheos se levantaron; sólo los dos menores se quedaron dormidos.
Fueron a las zapatillas y cada cual comió su caramelo.
Los dos mayores, entre risas quedas, desenvolvieron también los tesoros que estaban en las zapatillas de los que dormían y los comieron. Después tomaron del piso un poco de caca de gallina y la dejaron a cambio ..."

Mis amigos no emitieron ningún comentario. Entramos en el bar. El súbito fresco y el olor de café me cambiaron el ánimo.

domingo, 4 de abril de 2010

Cuento de Navidad n°3, de Fernando Álvarez

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El Inglés tiene un puesto de venta de libros usados en el parque que está frente a la cárcel de Caseros. Ese día no había clientes, así que cuando me vio me propuso que nos sentáramos en un banco bajo un árbol. Era mediados de diciembre, el sol te derretía ... El aspecto de la cárcel vieja era decadente y el de la nueva, ese delirante rascacielos, era dantesco. Extremidades de seres humanos colgaban de los espacios entre reja y reja en las ventanas que daban a la sombra; sus dueños seguramente trataban de capturar algo de aire y asomaban afanosos su nariz al espacio exterior. Todo esfuerzo por respirar aire puro me parecía vano; desde donde yo estaba, a cien metros, podía oler el tufo de los miles de cuerpos que se derretían detrás de esas paredes.
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"Verá, mi amigo, - me dijo - todo depende del punto de vista ... Tomemos como ejemplo un piano y tres obreros. Al piano se lo quiere subir a un departamento; un obrero está en la terraza con los aparejos haciendo subir el piano, otro está en el departamento donde se lo quiere introducir, y el tercero está al nivel del piso y fue el que lo despachó, por así decirlo. Los tres lo ven distinto al piano. Es el mismo, pero es distinto, ¿comprende? - El Inglés se quedó mirándome, después movió suavemente la cabeza hacia arriba y hacia abajo mientras hacía con los labios un gesto que parecía querer decir "¡qué notable!"
"El lugar donde estamos es un observatorio privilegiado para ver el piano desde todos lados. Esto es, podríamos decir, un observatorio Picassiano, desde donde podemos ver la nariz y la nuca de alguien al mismo tiempo ... Solo estoy dando un par de vueltas, pero si tiene paciencia y espera que lleguen el señor Colorado y el señor Tano va a escuchar una historia de Navidad totalmente atípica, porque empieza en otoño ..."
- ¡Qué calor! - se escuchó decir al Tano a nuestra espalda.
- Llegan a tiempo, estaba por contar una historia de Navidad que me resulta interesante. Como bien sabrán, no todas lo son. - Esa patada fue directa al hígado del Colorado, con el cual entablaban por entonces una sorda lucha para ver quién contaba mejores cuentos.
De todas maneras el Colorado dejó pasar la alusión porque él cree que es un caballero.
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"Ustedes sabrán que en el edificio de la cárcel nueva que vemos aquí enfrente los presos están ordenados de acuerdo con su peligrosidad, desde los menos problemáticos en los primeros pisos a los más peligrosos en el último. Esto se hace, supongo, por una cuestión de seguridad, dado que, si quieren escapar, los del último piso la tienen mucho más difícil. Ya que no son ángeles, precisamente.
"Como recordarán, el año pasado vivimos el invierno más frío del siglo. Cuando instalé el puesto de venta de libros a mediados del otoño me sorprendió grandemente que los familiares de los del último piso fueran los que más vinieran a comprar, y si bien algunos compraban biblias, vendía mucha poesía e incluso filosofía. Recuerdo que mi primera clienta pidió un libro de Novalis. Y no soy prejuicioso pero la señora en cuestión no tenía el aspecto de alguien amante de los románticos alemanes. Al día siguiente cuando la vi aparecer de nuevo supuse que venía a devolvérmelo. Para mi sorpresa le escuché decir, "¿Tiene algo de un tal Olderin?"
Con el tiempo vino por más, y lo mejor del caso para mi modesto negocio es que me traía otras clientas. Lo último que ella me compró fue un texto de Heidegger; al marido le habrá dado por la fenomenología supongo.
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"A los sucesos que ocurrieron allí y que llevaron al desalojo de ese piso e incluso llevarán a demoler la cárcel los pude reconstruir con una mezcla de sospechas, testimonios y adivinación:
debo confesar que me intrigó tanto esta afición por la lectura que fui a ver a un vidente merecedor de mi confianza. Quería entender qué pasaba. Quiero decir, lo de las biblias era sencillo de entender, para una mente simple la espiral descendente "hacer el mal-arrepentirse" es "lógica". Pero lo otro ...
También debo decir que el primer modo en que me lo expliqué fue que se estaban drogando mucho, pero eso, amén de simplista, no cerraba. A las pruebas me remito, cada vez más gente se inyecta con lo que encuentra y proporcionalmente cada vez menos gente le da por la lectura de semejantes próceres. Y la explicación del adivino, qué sé yo ... si bien es muy poco pudorosa me pareció que era verdadera, porque ni siquiera le llegué a contar por qué motivo iba que apenas atravesé la puerta de su consultorio me dijo: "Es el metano." Así me dijo, sin agua va. Por supuesto que no entendí de qué me hablaba. Le dije que no venía por ningún encendedor ni por una cuestión de algún escape en la red de gas. Pero él me aclaró que los presos estaban teniendo un proceso de intelectualización acelerada producto del gas metano.
- Perdón, pero sigo sin entender - le contesté.
- Es simple: estamos en otoño, hace ya mucho frío y no se abren las ventanas, el aire caliente tiende a subir; dentro de esa cárcel de muchos pisos viven miles de presos y guardiacárceles."
El inglés hizo allí una pausa, su piel amarronada se sonrojó.
- Lo voy a decir de una vez: lo que me dijo fue que los presos del último piso vivían en una nube de cuescos.
La carcajada del Tano fue un alarido, y aunque yo por naturaleza soy menos expresivo y el Colorado seguía en señorito no pudimos menos que sonreír y preguntar, "¿Qué cosa?"
- El adivino fue algo más grosero; me dijo que, como es vox populi, los intelectuales viven en una nube de ... pedos - al inglés se le achicó la voz al decir esto - y por ello los presos estaban siendo objeto de una estimulación acelerada de sus apetencias cognitivas. Me dijo también que esto seguramente se les iba a pasar en la primavera cuando abrieran las ventanas, y en eso tampoco se equivocó. Pero lo que no adivinó era cómo ese año en particular se iban a fusionar las ideas forjadas en los meses de frío con las arrastradas durante años de existencia más procaz.
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"La primera manifestación de lo que vendría se dio el 15 de junio. José "Ñandubay" Olmedo se subió a un banquito e improvisó una arenga que recibió el apoyo de sus, a la sazón, reflexivos compañeros de infortunio. Dijo algo así: "La pobreza que destruye a los pueblos que están al sur del ecuador se debe a que festejamos mal la Navidad. La Navidad es un rito que refiere al nacimiento, por eso en el norte se festeja en el solsticio de invierno, como una invocación a la tierra en el momento en que se la ve yerma, para que nazca de ella nuevamente la vida. Es contradictorio que festejemos el nacimiento cuando está por cosecharse: festejamos el nacimiento cuando se aproxima la muerte. Compañeros, propongo que seamos una avanzada y que empecemos a celebrar el nacimiento como esperanza. La Navidad del sud es el 21 de junio. ¡Propongo que armemos el arbolito!"
Los presos en menos que canta un gallo armaron uno. Yo tuve una afluencia extraordinaria de clientes, porque todos querían regalar libros.
El primero que puso el grito en el cielo fue el cura del penal, porque la novedad le había caído como una patada debajo de la sotana. En el festejo medio que se caldearon los ánimos porque el cura empezó a hablar de herejía y Ñandubay lo fulminó con un seco "¡No sea ignorante!"
El cura se ofendió a muerte y no desaprovechó la oportunidad de rezar en voz alta por el retorno a la grey del Señor de las ovejas descarriadas (y de maldecir por lo bajo a esos sinvergüenzas herejes), así como de presionar al director de la cárcel para que trasladara a varios, sobre todo a Ñandubay, cosa que el director no estaba dispuesto a hacer porque por él podían festejar todo el año Navidad mientras lo hicieran en paz y no se anduvieran matando, como era su costumbre.
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En agosto, para el veranito de San Juan, hubo indicadores preocupantes. Se abrieron un par de días las ventanas y eso coincidió con un sermón poco feliz del cura, en el que se dedicó a lanzar advertencias sobre lo caliente que resultaría el fuego del infierno, con miraditas por demás elocuentes en dirección a los presos que simulaban no prestarle atención. Uno que se sintió particularmente molesto sacó una navaja que guardaba en un bolsillo oculto del pantalón, pero otro al que todavía le duraba el efecto del metano lo detuvo.
Al día siguiente la tormenta de Santa Rosa trajo el frío y todo volvió a sus carriles. Ñandubay llegó a una reflexión que creyó importante mientras estaba sentado en el retrete. Pensó de pronto que la historia es un perro que se muerde la cola y se quedó allí un rato largo no sé si profundizando el pensamiento o disfrutando de la sobredosis. Hubo además enconadas polémicas alrededor del tema del no Yo y otros por el estilo, pero como ustedes comprenderán discutiendo estas cosas no hay ni muertos ni heridos. A veces alguno menos evolucionado dejaba escapar una bofetada, pero los demás intervenían y todo quedaba ahí.
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En noviembre las ventanas empezaron a estar abiertas todo el tiempo y el gas metano a dejar de hacer efecto en los presos. Se manifestaron algunos roces ... El 8 de diciembre el cura dio un sermón acerca de la Virgen, de la necesidad de llegar virgen al matrimonio, de los que morían en pecado e iban a dar con sus huesos al infierno. Un preso, al que le decían "Freddy Mercury" y que después de no pocas polémicas se cambió el apodo por el de "Ney Mattogrosso", creyó que estaba aludiendo directamente a su romance con un tal "Pibe Ametralladora" y le revoleó con un zapato mientras le gritaba: "¡Fascista!" El cura se puso rojo de rabia y mirándolo a Ñandubay empezó a gritar, "¡Hereje! ¡Vos y tus compinches son herejes!"
Es comprensible, él no sabía nada del gas metano.
El primer sillazo lo desmayó.
Después del motín quedaron 15 presos y dos guardias muertos, una recua de heridos y un cura incandescente conectado a las luces de un árbol de Navidad del que no lo pudieron despegar."
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El inglés me miró y me dijo: - Es como le dije al principio, depende de dónde se mire. Por ejemplo, desde mi punto de vista hubiera sido conveniente para todos que a la cárcel le hubieran puesto aire acondicionado.
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domingo, 21 de marzo de 2010

Cuento de Navidad n°2, de Fernando Álvarez

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Estábamos tomando unas cervezas con pickles y chucrut en el bar del alemán Tomasselli, ahí enfrente al parque, hacía calor, y el Tano arrancó a hablar con la boca llena; es de los que hacen mucho ruido al comer.
- Esta historia es verdadera, no como las que cuentan ustedes; el que vivió todo es un tío abuelo mío que vive en Trieste.
Resultaba un poco agresiva la introducción, pero nos dispusimos a escuchar.
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"Se llamaba Carlo y todo empezó cuando él tenía nueve años. Era el hijo menor de una familia judía tradicional de la ciudad, vivía en un palacio renacentista de esos de treinta habitaciones que ahora son hoteles.
Era la víspera de Navidad, y si bien ellos no la festejaban como si fuera el Yom Kippur, de todos modos él dice que ponían el arbolito, las pelotitas de colores, las quirnaldas y toda la boludez. Así que puede considerarse por derecho un cuento de los que nos interesan. Ese 24 de diciembre era muy frío, como 48 grados bajo cero; ustedes saben -está probado científicamente- que la gente de los países del norte resulta ser tan feliz porque pueden comer guiso de mondongo para Navidad.

"El asunto es que estaban albandando los garbanzos cuando golpean a la puerta de la casa de Carlo y él sale a atender.
La que llamaba era una mujer pobre; blanca, eso sí. Tenía como cuatro o cinco chicos alrededor y pedía ropa de abrigo a cambio de unos huevos de codorniz que llevaba. Seguramente era gente de campo de los alrededores, que habían estado juntándolos para que no les diera vergüenza pedir. Una mucama que había salido también a atender fue a consultar a la madre de Carlo y ésta le dijo que le regale ropa que ellos ya no usaban, y la mucama lo hizo.
La puerta se cerró y todo podría haber quedado allí pero a Carlos se le ocurrió una idea, corrió a buscar a su amigo Doménico, que eras hijo del mayordomo se la contó rápidamente. Corrieron los dos entonces detrás de la mujer que seguía su peregrinar y la alcanzaron como a las dos cuadras.
- Mi mamá dice que le dé los huevos - dijo Carlos. La mujer sorprendida se los dio. Ellos, a la vista de la pobre mujer y de sus hijos, se dedicaron con entusiasmo a tirar los huevos hacia el cielo y ver como se estrellaban en la mitad de la calle.
Pasó el tiempo, él creyó haber olvidado aquel episodio.

"Cuando ya era un joven llegó el nazismo. A los padres de Carlo se los llevaron a un campo de concentración, donde los mataron después de robarles hasta los dientes de oro, pero él alcanzó a escapar, se unió a la guerrilla de Tito y fue tal su valor e inteligencia que llegó a comandante de la columna Patisaninsky Surelevich, que era una de las más importantes.
Él cuenta que durante todo ese tiempo no tenía miedo de que lo agarren los alemanes o los nazis croatas y lo torturen y maten por judío o por partisano. Solo temía que apareciera la campesina y lo acusara de haberle pedido los huevos para romperlos. Así le había quedado en la cabeza aquella maldad gratuita de su infancia ... ¡lo que es la conciwencia!
Por supuesto que él trató de justificarse de distintos modos; incluso llegó a pensar que había salvado de la vergüenza a la mujer porque ella proponía un trueque y le habían respondido como si fuera una mendiga. De todos modos estas explicacioners lo aliviaban por poco tiempo, unos días después ya se había olvidado de la justificación y todo volvía a empezar.

"Y siguió así mucho tiempo, tanto que pasó la guerra y él, como partisano titista de la primera hora, integró el gobierno, ocupó cargos importantísimos; después pasó mucho más tiempo, murió Tito, y los yugoslavos empezaron a agarrarse a los tiros.
Fue en ese momento de plena efervescencia de los nacionalismos que él, que en definitiva era una buena persona, quiso calmar las aguas y su ocasional interlocutor le respondió - ¡No rompás los huevos! ¡Vos decís eso porque sos tano!
Es el día de hoy que no sabe cómo vió todo claro. Hizo las valijas, se fue a Trieste y puso una trattoria. A la noche él hace un número, toca la verdulera y canta Se parliemo de lo' carnicero, Funiculí, funiculá y esas cosas. ¿Me creés si te digo que la especialidad de la casa son las tortillas?"
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Se produjo un largo silencio ... tan largo que parecieron dos.
- ¿No les gustó? - osó preguntar el inconsciente.
- Ese no es un cuento. Un cuento tiene un final, no un chiste. - dijo con algo de desprecio el inglés.
Sin embargo yo lo veo. Si todos tenemos en la familia un revolucionario rompehuevos que terminó de animador de cantina, ¿o no?

jueves, 11 de marzo de 2010

Cuento de Navidad n°1, de Fernando Álvarez

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Cuando el Colorado O'Henry dijo la primera palabra, yo supe que iba a contar un cuento de Navidad. No fue por la palabra en sí, a la que no recuerdo con exactitud, tal vez fue "quizás" o quizás fue "tal vez". Supongamos que fue esta última. Creo que tuvo que ver con que era de noche, llovía a cántaros, las calles eran un río y estábamos en un bar en el límite de Patricios, el Las Palmas que está en Caseros y Vélez Sárfield, del otro lado de la avenida empieza Barracas.
Pero mejor voy al asunto. El Colorado miraba cómo llovía, el inglés, el tano y yo mirábamos aburridos un partido de la liga italiana por televisión, no sé si era de la A, de la B o de la C, para como juegan es lo mismo. Sin mirarnos, dijo "tal vez no siempre el amor devuelve amor", o algo así.

Dejamos de mirar el televisor.
- Fíjense que hay mucho lugar común con el tema del amor ... - siguió - Yo conocí un muchacho de acá nomás, de Balvanera, que estaba muy enamorado, Cacho Lafuente se llama, hace bastante que no lo veo. Después de mucho tiempo de andar de a salto de mata, había conseguido un buen conchabo, era algo riesgoso pero ganaba mucha plata. La mujer, despejado el panorama económico, había empezado a pedirle un hijo. El problema era que uno de los dos no era fértil, nunca me enteré cuál. La mujer sufría mucho por esta situación. Es sabido que la mujer sufre más en estos casos. A él también la idea le gustaba: enseñarle a jugar a la pelota al nene y todo eso, pero sobre todo quería complacerla.
Él, en tren de comentar anécdotas del trabajo, le contaba de algún recién nacido y sin querer acrecentaba el deseo de la mujer. Creo que se llamaba Viviana. La cuestión es que le prometió que iba a conseguir un hijo. Lo que no podía garantizar, como es lógico, es si iba a ser nena o varón.
Resulta que la noche del 23 de diciembre fueron "de operativo", así le decían ellos, a un departamento en Coghlan o Colegiales, por allá ...

- ¡Qué barrios que no me gustan! - disgregó el inglés y tomó un largo trago de cerveza. El Colorado lo miró con cara de pocos amigos, si hay algo que detesta es que interrumpan un cuento. Y más si el que cuenta es él. Siguió después de un silencio intencionado y una mirada reprobadora.
- Cuando llegaron los recibieron a balazos, bala va, bala viene hasta que uno que iba con él consiguió meter una granada adentro y se acabó la resistencia, la puerta saltó de cuajo, entraron al living-comedor y encontraron lo que quedaba de una pareja joven.
Se pusieron a revisar para ver qué se podían llevar, porque a esos evidentemente no los iban a poder interrogar. Eran como treinta tipos cargando lo que quedaba sano, cuando uno de ellos que había ido al placard, que es donde la gente guarda la plata además de la ropa, se encontró con un nene de nueve años y, lo mejor de todo para Cacho, una morochita con una panza de nueve meses de embarazo. Lo de morochita era importante porque él era un pinche y jamás hubiera podido aspirar a un nene rubio, por ejemplo. Así que los sacaron a patadas en el culo del placard y a la embarazada la empujaron para que rodara por las escaleras.
Cuando Cacho vio que llegaba estropeada pero viva a la vereda se tranquilizó, le habrá parecido una buena señal o algo así. Los cargaron en los camiones junto con el calefón, la heladera y esas cosas y los llevaron.
Él quiso ir con ella para cuidarla, ¡ya imaginaba la cara que pondría su mujer cuando llegara con el bebé! ... Bueno, la hago corta, el asunto es que a la embarazada la hicieron parir antes de meterla en un tambor con cemento junto con el nene de nueve años y tirarla al río y Cacho, ilusionado, se fue a ver al Coronel para pedir al recién nacido. Había sido varón, para colmo, y se lo veía bien oscurito. Estaba emocionado. Imagínense, ¡iba a ser papá!

El Coronel no estaba, así que pidió hablar con el Mayor. Lo hicieron pasar apenas salió un Sargento que él no conocía y sin muchas vueltas pidió el pibe.
El Mayor mucho no lo tragaba porque él, como tantos otros, estaba allí por la plata, mientras que ellos, los de carrera en la Fuerza, aunque también se llevaban plata, estaban ahí por ideales. Así que con bastante desprecio le dijo que no se lo podía dar porque ya se lo había dado a ese Sargento que acababa de salir.
Cacho quedó de cama. ¡Al día siguiente era Navidad y él sin el regalito!
Salió desolado y tomó unas copas en un bar por ahí. Después se animó y volvió a la casa. Le contó todo a su mujer y se acostó a dormir la mona.
Al día siguiente ella había se había ido. Tiempo después me enteré que ella estaba viviendo con un Cabo y que tenían una nena morochita, nunca supe si natural o adoptada.
Cacho nunca se recuperó, siguió trabajando, pero chupaba mucho y al final era un peligro. Un día se le escapó un tiro y le metió un balazo en el culo a un compañero que iba adelante.
Así que se quedó sin trabajo. Con lo que había juntado compró un quiosco y ahí sigue, tiembla tanto que los pibes tienen que abarajar las monedas cuando les da el vuelto.

El Colorado se calló y nos quedamos mirando la noche detrás de la ventana.
En el bar apagaron el televisor y por un momento quedó todo en silencio.
Afuera la lluvia seguía como si nada.
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sábado, 27 de febrero de 2010

Cuento de Navidad n°0, de Fernando Álvarez

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Esta historia la contó un muchacho de Patricios, el Colorado O'Henry, y, si bien no me imagino cómo puede haber visto lo que cuenta que vio, habría que creer que es cierta, porque este muchacho nunca fue de exagerar, mucho menos de mentir. Él me dijo que transcurría en Navidad así que podría decirse que es una de esas historias que se llaman precisamente así, historias de Navidad.
El lugar donde empieza es un bodegón, en Río de Janeiro, pequeño, de cinco o seis mesas. Las paredes están recubiertas de azulejitos azules. Las mesas son de hierro, redondas, las desvencijadas sillas hacen juego.
El bar está en una esquina, en la zona sur, en la parte vieja de la ciudad que está entre la rodoviaria y el puerto. Alrededor hay casitas modestas.
Explotan fuegos artificiales y las luces y el ruido irrumpen de cuando en cuando en el interior.
Una sola mesa está ocupada por un parroquiano, un hombre ya grande, de alrededor de 70 años. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata negra.
Detrás del mostrador está el dueño del bar, descendiente de japoneses.
El parroquiano bebe cachasa y habla solo.
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El parroquiano murmura para si: - ¿Cómo se llamaba? ... ¡Qué linda que era! ... ¡Preciosa! Bien carioca ... Qué lomo ... y qué gomas ... ¿Cómo se llamaba? ... Mayra no era ... ¿Cómo se llamaba? ... No, Maia tampoco ... ¡Qué cosa! ... - toma un trago de cachasa, se sacude, después se acomoda y dormita.
El dueño se acerca y lo zamarrea: - ¡Eh! ¡Argentino, nao dorma!
El parroquiano se sobresalta, finalmente señala el vaso y pide: - ¡Mais um! -. El dueño duda, finalmente trae la botella y sirve.
- ¡Salud! ¿Cómo no te avivaste de poner una tintorería?
El japonés se cabrea: - ¡Fala em portugueis!
- Hace unos días que no tengo ganas - contesta el viejo.
De pronto se escucha el ruido de unas puertas de auto al cerrarse e irrumpen en el boliche tres chicos y una chica, todos de alrededor de 20 años. Los varones van a comprar bebida al mostrador y la chica se sube a una mesa y se pone a bailar. Los chicos empiezan el batuque y la chica se saca la remera. Todos están muy excitados. El viejo, a quien nadie mira, empieza a cantar a gritos "Soplando en el viento"; se para y, tambaleando, se acerca a la chica y le agarra una teta. Los varones saltan y lo echan del bar a los empujones. El japonés aprovecha, echa a todos y baja la persiana.
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Los chicos enojados le pegan al viejo, lo tiran al piso y le dan un par de patadas más, después suben a un auto y se van. El viejo se levanta y camina al garete, tambaleante.
- No entienden, yo en una época supe hacer algunas estatuillas de arcilla. Me gusta la forma de la teta ... ¿Cómo se llamaban aquellos dos? ...
En la calle no hay gente. Él camina hasta que tropieza con el pie de un chico que está sentado en un rincón oscuro: - Perdón.
El chico irritado trata de sacárselo de encima: -¡Vai embora! -, le dice. Pero el viejo sin prestarle atención se sienta a su lado. El nene se pone a aspirar de una bolsita de plástico. El viejo sigue con sus rollos: - ¡Maysa! ... ¿Así se llamaba? Qué linda que era ... Yo tenía algo que hacer ... ¿qué era? ...
El chico empieza a dar señales de sentirse mal y el viejo no lo registra.
- ¿Cómo me olvidé? ¿Adónde me desvié?
El chico se va agarrándose de las paredes, tropieza y cae pero consigue levantarse y se aleja.
- ¿Qué me desvió? ¿O fui yo el que miró para otro lado?
Un mulato cruza la calle y encara al viejo.
- ¿Vocé vio a um meninho?
El viejo mira al costado y ve que el chico no está.
- Estaba acá. Debe haber ido para allá - señala.
El mulato camina en la dirección contraria a la que señaló el viejo.
- Siempre lo mismo, hablo y es como si pasara un carro ... ¿Cómo era que ...? ¿Adónde vivía?
Se escuchan tableteos de ametralladoras y ritos, después una explosión.
El viejo se despierta sobresaltado.
- Así no voy a poder dormir, mejor me voy.
Se para, se eleva y desaparece en el cielo.
Desde abajo se podía escuchar la voz del viejo a la distancia.
- No era Maysa, ¿cómo era? ...
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Así me lo contó el Colorado O'Henry, y yo lo repito tal cual; puede ser un poco exagerado, pero estoy seguro de que lo esencial es cierto porque el Colorado no es ningún mentiroso.
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