sábado, 27 de febrero de 2010

Cuento de Navidad n°0, de Fernando Álvarez

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Esta historia la contó un muchacho de Patricios, el Colorado O'Henry, y, si bien no me imagino cómo puede haber visto lo que cuenta que vio, habría que creer que es cierta, porque este muchacho nunca fue de exagerar, mucho menos de mentir. Él me dijo que transcurría en Navidad así que podría decirse que es una de esas historias que se llaman precisamente así, historias de Navidad.
El lugar donde empieza es un bodegón, en Río de Janeiro, pequeño, de cinco o seis mesas. Las paredes están recubiertas de azulejitos azules. Las mesas son de hierro, redondas, las desvencijadas sillas hacen juego.
El bar está en una esquina, en la zona sur, en la parte vieja de la ciudad que está entre la rodoviaria y el puerto. Alrededor hay casitas modestas.
Explotan fuegos artificiales y las luces y el ruido irrumpen de cuando en cuando en el interior.
Una sola mesa está ocupada por un parroquiano, un hombre ya grande, de alrededor de 70 años. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata negra.
Detrás del mostrador está el dueño del bar, descendiente de japoneses.
El parroquiano bebe cachasa y habla solo.
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El parroquiano murmura para si: - ¿Cómo se llamaba? ... ¡Qué linda que era! ... ¡Preciosa! Bien carioca ... Qué lomo ... y qué gomas ... ¿Cómo se llamaba? ... Mayra no era ... ¿Cómo se llamaba? ... No, Maia tampoco ... ¡Qué cosa! ... - toma un trago de cachasa, se sacude, después se acomoda y dormita.
El dueño se acerca y lo zamarrea: - ¡Eh! ¡Argentino, nao dorma!
El parroquiano se sobresalta, finalmente señala el vaso y pide: - ¡Mais um! -. El dueño duda, finalmente trae la botella y sirve.
- ¡Salud! ¿Cómo no te avivaste de poner una tintorería?
El japonés se cabrea: - ¡Fala em portugueis!
- Hace unos días que no tengo ganas - contesta el viejo.
De pronto se escucha el ruido de unas puertas de auto al cerrarse e irrumpen en el boliche tres chicos y una chica, todos de alrededor de 20 años. Los varones van a comprar bebida al mostrador y la chica se sube a una mesa y se pone a bailar. Los chicos empiezan el batuque y la chica se saca la remera. Todos están muy excitados. El viejo, a quien nadie mira, empieza a cantar a gritos "Soplando en el viento"; se para y, tambaleando, se acerca a la chica y le agarra una teta. Los varones saltan y lo echan del bar a los empujones. El japonés aprovecha, echa a todos y baja la persiana.
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Los chicos enojados le pegan al viejo, lo tiran al piso y le dan un par de patadas más, después suben a un auto y se van. El viejo se levanta y camina al garete, tambaleante.
- No entienden, yo en una época supe hacer algunas estatuillas de arcilla. Me gusta la forma de la teta ... ¿Cómo se llamaban aquellos dos? ...
En la calle no hay gente. Él camina hasta que tropieza con el pie de un chico que está sentado en un rincón oscuro: - Perdón.
El chico irritado trata de sacárselo de encima: -¡Vai embora! -, le dice. Pero el viejo sin prestarle atención se sienta a su lado. El nene se pone a aspirar de una bolsita de plástico. El viejo sigue con sus rollos: - ¡Maysa! ... ¿Así se llamaba? Qué linda que era ... Yo tenía algo que hacer ... ¿qué era? ...
El chico empieza a dar señales de sentirse mal y el viejo no lo registra.
- ¿Cómo me olvidé? ¿Adónde me desvié?
El chico se va agarrándose de las paredes, tropieza y cae pero consigue levantarse y se aleja.
- ¿Qué me desvió? ¿O fui yo el que miró para otro lado?
Un mulato cruza la calle y encara al viejo.
- ¿Vocé vio a um meninho?
El viejo mira al costado y ve que el chico no está.
- Estaba acá. Debe haber ido para allá - señala.
El mulato camina en la dirección contraria a la que señaló el viejo.
- Siempre lo mismo, hablo y es como si pasara un carro ... ¿Cómo era que ...? ¿Adónde vivía?
Se escuchan tableteos de ametralladoras y ritos, después una explosión.
El viejo se despierta sobresaltado.
- Así no voy a poder dormir, mejor me voy.
Se para, se eleva y desaparece en el cielo.
Desde abajo se podía escuchar la voz del viejo a la distancia.
- No era Maysa, ¿cómo era? ...
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Así me lo contó el Colorado O'Henry, y yo lo repito tal cual; puede ser un poco exagerado, pero estoy seguro de que lo esencial es cierto porque el Colorado no es ningún mentiroso.
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