domingo, 21 de marzo de 2010

Cuento de Navidad n°2, de Fernando Álvarez

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Estábamos tomando unas cervezas con pickles y chucrut en el bar del alemán Tomasselli, ahí enfrente al parque, hacía calor, y el Tano arrancó a hablar con la boca llena; es de los que hacen mucho ruido al comer.
- Esta historia es verdadera, no como las que cuentan ustedes; el que vivió todo es un tío abuelo mío que vive en Trieste.
Resultaba un poco agresiva la introducción, pero nos dispusimos a escuchar.
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"Se llamaba Carlo y todo empezó cuando él tenía nueve años. Era el hijo menor de una familia judía tradicional de la ciudad, vivía en un palacio renacentista de esos de treinta habitaciones que ahora son hoteles.
Era la víspera de Navidad, y si bien ellos no la festejaban como si fuera el Yom Kippur, de todos modos él dice que ponían el arbolito, las pelotitas de colores, las quirnaldas y toda la boludez. Así que puede considerarse por derecho un cuento de los que nos interesan. Ese 24 de diciembre era muy frío, como 48 grados bajo cero; ustedes saben -está probado científicamente- que la gente de los países del norte resulta ser tan feliz porque pueden comer guiso de mondongo para Navidad.

"El asunto es que estaban albandando los garbanzos cuando golpean a la puerta de la casa de Carlo y él sale a atender.
La que llamaba era una mujer pobre; blanca, eso sí. Tenía como cuatro o cinco chicos alrededor y pedía ropa de abrigo a cambio de unos huevos de codorniz que llevaba. Seguramente era gente de campo de los alrededores, que habían estado juntándolos para que no les diera vergüenza pedir. Una mucama que había salido también a atender fue a consultar a la madre de Carlo y ésta le dijo que le regale ropa que ellos ya no usaban, y la mucama lo hizo.
La puerta se cerró y todo podría haber quedado allí pero a Carlos se le ocurrió una idea, corrió a buscar a su amigo Doménico, que eras hijo del mayordomo se la contó rápidamente. Corrieron los dos entonces detrás de la mujer que seguía su peregrinar y la alcanzaron como a las dos cuadras.
- Mi mamá dice que le dé los huevos - dijo Carlos. La mujer sorprendida se los dio. Ellos, a la vista de la pobre mujer y de sus hijos, se dedicaron con entusiasmo a tirar los huevos hacia el cielo y ver como se estrellaban en la mitad de la calle.
Pasó el tiempo, él creyó haber olvidado aquel episodio.

"Cuando ya era un joven llegó el nazismo. A los padres de Carlo se los llevaron a un campo de concentración, donde los mataron después de robarles hasta los dientes de oro, pero él alcanzó a escapar, se unió a la guerrilla de Tito y fue tal su valor e inteligencia que llegó a comandante de la columna Patisaninsky Surelevich, que era una de las más importantes.
Él cuenta que durante todo ese tiempo no tenía miedo de que lo agarren los alemanes o los nazis croatas y lo torturen y maten por judío o por partisano. Solo temía que apareciera la campesina y lo acusara de haberle pedido los huevos para romperlos. Así le había quedado en la cabeza aquella maldad gratuita de su infancia ... ¡lo que es la conciwencia!
Por supuesto que él trató de justificarse de distintos modos; incluso llegó a pensar que había salvado de la vergüenza a la mujer porque ella proponía un trueque y le habían respondido como si fuera una mendiga. De todos modos estas explicacioners lo aliviaban por poco tiempo, unos días después ya se había olvidado de la justificación y todo volvía a empezar.

"Y siguió así mucho tiempo, tanto que pasó la guerra y él, como partisano titista de la primera hora, integró el gobierno, ocupó cargos importantísimos; después pasó mucho más tiempo, murió Tito, y los yugoslavos empezaron a agarrarse a los tiros.
Fue en ese momento de plena efervescencia de los nacionalismos que él, que en definitiva era una buena persona, quiso calmar las aguas y su ocasional interlocutor le respondió - ¡No rompás los huevos! ¡Vos decís eso porque sos tano!
Es el día de hoy que no sabe cómo vió todo claro. Hizo las valijas, se fue a Trieste y puso una trattoria. A la noche él hace un número, toca la verdulera y canta Se parliemo de lo' carnicero, Funiculí, funiculá y esas cosas. ¿Me creés si te digo que la especialidad de la casa son las tortillas?"
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Se produjo un largo silencio ... tan largo que parecieron dos.
- ¿No les gustó? - osó preguntar el inconsciente.
- Ese no es un cuento. Un cuento tiene un final, no un chiste. - dijo con algo de desprecio el inglés.
Sin embargo yo lo veo. Si todos tenemos en la familia un revolucionario rompehuevos que terminó de animador de cantina, ¿o no?

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