miércoles, 22 de julio de 2009

Una noche en el balcón de Maia Morea

Mi nombre es Abel, tengo ocho años, soy adoptado y vivo en Capital Federal, San Telmo. Como a cualquiera que disfrute la naturaleza tanto como yo, me encantaría vivir en el campo y no en un departamento. Por más confortable reciclado y canchero que sea; no, la azotea no reemplaza la libertad de un jardín. Pero bueno, no me puedo quejar, mi familia adoptiva es realmente adorable. Mi mamá se llama Carolina, tiene casi treinta años (está con la crisis a flor de piel), es la luz de mi vida y la verdad no hago nada para disimularlo. Siempre se ríen de cómo la miro con ojitos de admiración y amor puro; yo me hago el desentendido y la sigo venerando como a una diosa del Olimpo. Mi papá se llama Eduardo, le dicen Edu, tiene treinta y pocos pero parece más grande. Trabaja mucho. Se va temprano a la mañana, yo siempre me despierto para despedirlo; y vuelve de noche, yo le salto encima para abrazarlo apenas atraviesa la puerta. Los fines de semana nos la pasamos jugando y yendo de acá para allá. Es mi ídolo. En este momento estoy mirando la tele con él. Es sábado y mamá se está preparando para ir al cumpleaños de su mejor amiga. Vamos todos. Papá se puso su camisa nueva y huele a su habitual perfume, ese perfume que me hace reconocerlo cada día antes de que pise el hall de entrada. Los dos estamos expectantes para ver cómo se vistió mamá. Me parece que se va a poner el vestido rojo. Sí, ¡se lo puso! Es una visión, está hermosa. Su piel suave y blanca brilla como nunca, se pintó los labios del mismo color que la ropa, se puso tacos muy altos y camina desfilando para nosotros, sus hombres. Papá no aguanta y la va a abrazar, yo me quedo mirándolos.


-Estás preciosa gorda.

-Intentando evadir los treinta- Se ríe. Amo cuando se ríe, tiene los dientes grandes y blanquísimos, y transmite alegría al instante. –Hoy le toca a Mecha, a mí me quedan dos meses de veinteañera todavía. ¿Vamos Abeluchis?

Me dice Abeluchis, Abu, Abutito, Cosita, me dice cualquier cosa menos mi nombre. Que me diga como quiera mientras que me quiera.

Son las ocho de la noche y salimos a la primavera porteña, está empezando a oscurecer. Vuelven los gloriosos días largos, gracias al cielo. ¡Y el calor! La semana pasada mamá me hizo cortar el pelo para estar más fresco. No consigo que entienda que el flequillo ese que me hace es horrible y muy incómodo. Una brisa nos acaricia las caras mientras caminamos. Lo de Mecha, la cumpleañera, es cerquita, tres cuadras para adelante y una para la derecha. Vamos muy seguido. Yo un día me escapé de su casa y volví a la mía solito. Toda una aventura. Por unos minutos me sentí el dueño de la calle. Conversaba con todos los que me cruzaba, hasta con la viejita que duerme en el hall de entrada del banco. Me ubiqué perfecto, pero cuando llegué al edificio estaba cerrado con llave y me tuve que quedar esperando a mis papás un rato largo. Llegaron con cara de preocupados. Me pegaron un reto espantoso. Nunca más me animé.

Llegamos. La casa está de fiesta, adornada con guirnaldas y globos de colores, carteles de Felíz Cumpleaños y platos suculentos por doquier, obviamente me enloquezco, quiero comerme todo. Desde la calle pude sentir el olor delicioso de las salchichas y papas fritas preparadas para la ocasión. Mamá me alza para que no me abalance directo a la comida. La fiesta es para gente grande como ellos y prudentemente me mandan a la cocina. Ahí me encuentro con el hijo de Mecha. Se llama Tomi, es de mi edad pero más grandote, rubio, de pelo lacio y suave; y tiene un tono grave de hombre que infunde respeto. No me lo banco mucho. Yo soy pequeñito, de pelo crespo y oscuro; mi voz es aguda y poco tolerable. Cuando jugamos a la lucha me gana, cuando vemos quién come más me gana; la verdad es que me humilla bastante. Para colmo cuando vamos de visita se la pasa encima de mi mamá.

La mucama nos da algo de comer especial para nosotros y sale al living a distribuir bandejas llenas y recoger vacías. Está repleto de gente. Parecen estar pasándola muy bien. Cuando Tomi termina la comida de su plato empieza a robar la del mío desencadenando la primer batalla de la noche. En el momento en que los empujones se tornan más bruscos entra mamá con un cigarrillo en una mano, con la otra nos separa.


-Pero ché, ¿será posible? ¡Compórtense!

Nos invita a acompañarla al balcón de atrás mientras fuma, los dos vamos contentos. Los balcones son realmente lugares fascinantes. Uno está afuera pero está adentro; y da para ver cosas extraordinarias. Desde el de casa he llegado a ver: vecinos desnudos jugando a la lucha (¿a quién se le ocurriría?), un ladrón en pleno robo, mucha gente llorando; no sé si notaron que a las personas les gusta llorar mirando por la ventana, bueno, y mucho más.

Este balcón es bastante grande, entramos cómodos los tres. Tiene baranda de hierro negro con un diseño antiguo. Las baldosas son blancas y están gastadas y viejas. Hay un tender vacío y una única mesa con un cenicero. Mientras mamá fuma mirando las estrellas, con Tomi apuntamos a la calle riéndonos de los que pasan caminando.

-A ver quién encuentra al más raro…

La competencia es inevitable.

-Mirá la ropa de ése.

-Mirá los zapatos de aquél.

-Los pelos de esa mujer.

Por dentro estamos rogando para que mamá nos deje solos así podemos empezar a gritarles desaforadamente nuestras ocurrencias a los peatones. Las plegarias son respondidas, el celular suena y mi madre entra. Adoro ese aparatito. No me dejan tener uno, pero ya voy a conseguirlo. Upa, mamá cerró la puerta, debe haber sido un acto reflejo… Mejor, así no nos escucha. Y ahí comienza la verborragia de insultos.

-Te falta la nariz colorada y sos un payaso, ¡mirá la camisa que te pusiste!

- Con esa peluca directo a una fiesta de disfraces, ¿no?

-¡Qué culo! ¡Culaso! ¡Araña pollito!

- ¡Aflojale a los postres, gorda!

Algunas de nuestras víctimas levantan la cabeza desconcertadas en busca de su agraviante, pero no encuentra a nadie, nosotros nos escondemos en el momento justo.

-¿Buscando a Popeye, Olivia? ¿O buscando comida?

-¡Qué mandíbula! ¡Parecés un cenicero de mocos!

-¡Tarzán de maceta!

-¡Aquaman de pecera!

El pequeño hombre que camina debajo de nuestros pies para en seco. Mira en nuestra dirección y devuelve el insulto. La cosa se pone fea. Tomi no se asusta sino que se motiva y el ping pong es cada vez más duro.

-¡Callate gato!- Y así como si nada Tomi se acomoda al borde del balcón y comienza a mear; el líquido amarillo alcanza al desorbitado señor que salta de rabia. Yo me paralizo, esa imagen es muy fuerte. El tema del pis en su lugar es de suma importancia en mi casa. Y ahí estaba mi compañero transgrediendo todas las reglas. Intento pararlo pero, ¿para qué? Más se entusiasma.

-Por gato.

La sangre del enano hierve, y empieza a tocar los timbres del portero. Mientras tanto Tomi convierte los insultos en un canto de burla que repite, y repite, y repite. A mí se me revuelve cada vez más el estómago hasta que…

-¿Podés parar de una vez? Nos van a retar.

No sé muy bien de dónde salió eso, pero me impuse, Tomi para. No me libro de la cargada, soy una gallina, un maricón, etc., pero por lo menos para.

-Ya no me divierte este juego.

Cuando quiero empujar la puerta para entrar, ésta se resiste. Intento llegar a la manija pero es de ésas que sólo abren desde adentro. Me asomo al vidrio y no veo a nadie en la cocina. No se escuchan ruidos. ¿Hace cuánto tiempo estamos en el balcón? Pasaron horas seguro. ¿Dónde está todo el mundo? Me pongo en puntas de pie en una posición incomodísima que me deja ver el living. Descubro con terror que está completamente vacío. No sólo eso sino que también está re ordenadito. ¿Cómo puede ser que el departamento se haya vaciado sin que lo notáramos? ¿La mucama tuvo hasta tiempo de limpiar? Confundido me siento en el piso. Tomi sigue observando atento al furioso enano. El balcón de repente me parece más chico que antes, el hierro negro me recuerda a los barrotes de la cárcel que vi en un programa de televisión ayer. La brisa primaveral es ahora un viento helado del que no tengo cómo protegerme. Los ruidos del tráfico porteño me hacen temblar de miedo.

-Tomi, estamos atrapados. Se fueron. Nos dejaron.

La reacción de Tomi ante nuestra situación es de desespero total, empieza a dar empujones y saltos en la puerta intentando abrirla. Cuando ve que no es posible, recurre a un llanto estridente que no hace más que despertar el odio de los vecinos que dormían. Pero nadie nos ayuda. Yo observo atento a la calle a ver si pasa algún buen samaritano pero nada. De repente el barrio se vació por completo. Los personajes que circulan cada tanto son demasiado sospechosos como para pedirles socorro. Cuando Tomi me asegura que se tira, que se arroja, que no le importan los cuatro pisos que nos separan de la vereda, me preocupo. Me doy cuenta de que es más débil de lo que aparenta. Me sorprende lo bien que disimula sus fragilidad en la vida cotidiana. Me acerco a él para tranquilizarlo, diciéndole cosas que no sólo lo reconfortan a él sino a mí mismo. Tomo la posta.

-Cuando se den cuenta de que no estamos se van a sentir unos nabos… Imaginate la cara de Mecha y de mamá…

Logro una risita mezclada con un escalofrío en mi compañero de celda.

-Juntémonos, así nos damos calorcito.

Nuestros cuerpos empiezan a recobrar una temperatura habitual cuando Tomi empieza a llorar desconsolado.

-Yo sé por qué me dejaron acá afuera; hoy volvimos de la plaza con mamá y yo estaba súper embarrado, ensucié el living, el baño, su cuarto… y mamá me cagó a pedos, me dijo que le iba a arruinar su fiesta, que no me quería tener cerca… es mi culpa… y ahora me dejó acá… y ni sé si va a volver, seguro que no vuelve.

-¿Decís que no vuelven? No, no puede ser. Mis papás no me dejarían acá. No, no, estás equivocado; no pueden dejar de querernos así de un momento para el otro… ¿O sí?

Los segundos, los minutos, las horas, el tiempo pierde consistencia, para nosotros pasan años en este frío balcón. Cuando el desconsuelo no puede ser más grande, el frío más profundo, el miedo más intenso, creo vislumbrar un vestido rojo en la esquina. Al mismo tiempo los primeros rayos del sol de la madrugada se cuelan entre los edificios. ¿Es? ¿Mamá? ¿Es? Tomi duerme y no me animo a despertarlo hasta no tener la certeza de que… ¡Sí! ¡Es!

-¡Tomi! ¡Tomi! Despertate, volvieron, están viniendo, ¡ahí están!

Los minutos que demora la puerta del balcón celda en abrirse son eternos; pero finalmente ahí están. Le salto a encima mamá llorando de alegría, ella me alza y me abraza con fuerza.

-Chiquitito… Abeluchis, estás temblando. Bueno, bueno… Ya llegué, ya estoy acá.

-Parece que hubieran sufrido como personas, ¿no?- Comenta Mecha mientras acaricia a su Golden Retriever, su Tomi.

Mi nombre es Abel, tengo ocho años, soy un Schnauzer miniatura que vive en San Telmo.

*Maia Morea es actriz, Lic. en arte dramático de la Universidad del Salvador.

Vive actualmente en Brasil y toma el curso de narrativa por internet.

1 comentario:

  1. Este cuento me parecio muy bueno y tierno, es la primera vez que un cuento me impacta de esta manera. Muchas Gracias por compartir unos minutos tan magico. Gracias!!!!!!!!!

    Mario

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