lunes, 27 de julio de 2009

El café congelado, de Silvia Shapiro

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Todo está desierto.

El río Eufrates se está secando como tantos otros en el mundo.

Calles desoladas.

Nadie se anima a salir.

Tarde suspendieron las clases, los teatros cerrados, pan-demia, pan-ico, pan-tomima del casi te beso, casi te saludo, casi salgo, casi nos vemos.

En ese casi , casi no te conozco, entre viejos y nuevos hábitos a los que te tenés que acostumbrar, parecemos seres automatizados , duros como robot, almidonados como los guardapolvos de los 70, movimientos fríamente calculados, por nuestra salud y la de los nuestros, pensás que de continuar esto seguirás sola en la vida.

Imaginate que te presenten a alguien, ¿cómo harás para saludarlo? ¿con la mano, con un leve roce en la mejilla o ¿¡le pasarás un poco de alcohol antes de…acercarte?! Previamente rociado de lysoform: él y su auto.

O será él quien imponga los requisitos para el encuentro: guantes descartables, campera descartable que le pedirá a su padre médico…y si se gustan mucho… y perciben cierta atracción fatal…pero ¡ni piensen en concretarlo en la primera cita! Por un tiempo tu preocupación acerca de otros contagios u otros peligros quedarán gentilmente desplazados por la abstinencia de sexo.

En estos tiempos de cólera el amor queda en un segundo o tercer plano.

Los encuentros se tornan muy acotados: nada de lugares multitudinarios, nada de viajar en subte, nada de tocarse, uno nunca sabe con quién estuvo la persona que acabás de conocer, nada de mostrar confianza porque perdés. Nada de placeres, nada de nada.

Le buscás el lado positivo al asunto: igual aún no terminé la facu, es muy buen momento para abocarme al estudio, preparar esos finales que todavía no rendí y adelantar al máximo, tal vez entonces, cuando termine de rendir , en uno o dos meses, el virus amaine y sus deseos de verte también.

El amor en los tiempos de la gripe A h1n1

*Silvia Shapiro es docente, toma el taller presencial de narrativa.

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