martes, 20 de octubre de 2009

Una imagen y dos textos, de Luciano Alajarín

Mis manos dicen, al igual que mis ojos hablan. Mi nariz escucha y mi boca calla ¿Mis orejas? Se ocultan y desde su escondite gritan, aúllan, gimen y lloran. Mi cuerpo está superpoblado de voces y estalla en multiplicidades. Soy inaprensible para mí y para todos. Por eso bailo esta danza que me resulta inevitable. O mejor dicho, esta danza me baila y nos confunde con el todo, nos quita el esqueleto para dejarnos hechos una masa ingobernable, indecible, indescifrable. Quieren que les explique si soy varón o mujer, si mi pelo es pelo, si mi piel es piel, si respiro o estoy muert…
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¿Cuántas veces se puede uno equivocar en el mismo punto de las relaciones? Te pregunto porque esta foto me la saco por tercera vez en la vida, bajo las mismas circunstancias, en un lapso que no debe superar los 30 años. (Corrés con ventaja al saber que sos la tercera en recibirla. Supongo que conocer la jurisprudencia debe alivianar la culpa.) Ha sido desde mi primer matrimonio la postal de despedida. Fue curioso encontrarme nuevamente montando la misma escena. No es que no me haya cuestionado la posibilidad de otra forma de narrar mis sensaciones. Lo he pensado y revisado cada una de las veces al menos unos 4 o 5 días y la conclusión en los tres casos ha sido la misma: es, sin dudas, la manera más precisa de decirte “chau”. Creo haber encontrado en la síntesis de esta imagen el nexo justo entre lo que dejamos atrás y lo que nos vendrá.
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Aunque te escriba con naturalidad, no deja de sorprenderme el hecho de encontrar formas en la vida que no cambian. El movimiento de lo real me tiene bastante acostumbrado a giros, cambios constantes. Así y todo, algo parece quedar quieto, inmutable, permanente ¿O es la miopía afectiva la que me impide ver los cambios, el crecimiento? Quizás este haya sido mi reiterado error. No verte y no verme por completo. Vuelvo a descubrir que estoy siempre resguardado y que ese es el pretexto perfecto para el resguardo del otro. Así empieza a rodar la bola de desconfianza y abre las grietas que nos van cercando hasta que nos resulta imposible avanzar sin caer.

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