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Bueno, resulta que estaba demasiado tranquilo y no le molestaba exteriorizarlo para nada. Era como si las cosas hubieran perdido su medida usual y las miradas ya no fueran penetrantes sino líquidas y los cuerpos y las distancias y las vidas individuales se fundieran en una gran masa de sol, asfalto, hojas, cielo azul, edificios, nubes no porque no había, vigas y mucho más. Ya saben. Todo lo que uno ve si mira a su alrededor en la ciudad evitando leer carteles. En resumidas cuentas, sentía que él y todos eran parte de todo, aceptaba sin ningún problema el fenómeno de la multiplicidad, de lo distinto, hasta de lo deforme. Las formas de actuar y de ser - particulares, arbitrarias, injustificadas - de cada entidad le parecían solamente pinceladas dentro de un lienzo al que, por ser tan vasto y tan abstracto, no hacían otra cosa que sumarle texturas.
Entonces, no se le ocurrió mejor idea que empezar a caminar de a brincos, a veces girando en el eje horizontal antes de caer; otras, abriendo y cerrando las piernas o dando patadas voladoras en el aire, o también de costado, o de espaldas. Quería explotar todas las variaciones posibles del salto. Avanzaba mucho más lento de esta manera, pero no le importaba. No estaba apurado, realmente estaba nada más que de paseo. Comenzó a reparar menos en sus alrededores, pero tampoco era importante dado que recorría un camino habitual, no uno nuevo, y era un día como cualquiera de tantos otros de ese verano soleado. Y no es que no se fijara por dónde iba. Sucedía que, con tanto movimiento y variaciones en sus saltos, le era difícil entender o sacar impresiones de lo que lo rodeaba. Por esto se sorprendió al escuchar una voz:
- ¿Qué estás haciendo? - le dijo un joven con anteojos y remera a rayas, de apariencia intelectual, sentado en la entrada de un edificio.
- Nada más saltando ... ¿y vos?
- Yo estoy sentado, disfrutando del día. Lástima tener que cruzarme con personas como vos.
- ¿Por qué una lástima? ¿Te perturba lo que hago?
- La verdad es que sí. En un día tan lindo, tan tranquilo, en una ciudad tan elegante como ésta, es realmente engorroso encontrar energúmenos como vos saltando de cualquier manera.
- Disculpame, no quise ofenderte. Es que no se me ocurrió nada mejor para hacer.
- Por favor, pibe, hacenos el favor a todos de caminar como corresponde. O, si vas a saltar, al menos hacelo así (se para), con suavidad y delicadeza (da unos pasos de ballet) o con furia y firmeza (da los mismos saltos de ballet pero más rápido y con cara de enojado), o por qué no con melancolía y profundidad (los mismos pasos, esta vez muy lentos y con rostro compungido).
- A ver, dejame intentar ... (en vano intenta imitar los pasos del intelectual, que lo mira con desprecio al ver su falta de habilidad motriz)
- ¡Mal! ¡Horrible! Te pido que te retires ahora y en lo posible nunca más te cruces por ...
Se fue caminando de prisa, dejando al intelectual con la frase por la mitad.
Dobló la esquina y siguió saltando a su modo. El encuentro lo había vuelto más pendiente de lo que estarían pensando los transeúntes al verlo pasar. Por tanto, se hacía un hueco en el remolino de sus movimientos, para observar alguna que otra cara. Y, por suerte, al poco tiempo encontró la de una viejita que le sonrió amable. Entonces rió y siguió saltando a su modo, despreocupado.
(2006)
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