jueves, 3 de diciembre de 2009

La colina, de Martha Ocampo

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En la parte más alta de la pequeña colina los veo, su presencia me causa un escalofrío que recorre todo mi cuerpo; no es común encontrar, en esos parajes, jóvenes como ellos, con su fina ropa de verano. Él es moreno, de cuerpo delgado y de rostro muy agradable, su compañera es de piel muy clara, su aspecto es frágil y su largo cabello se agita con el helado viento de La Rumorosa. Sus ligeras ropas contrastan con las mías.

No sé como asciendo hasta la colina, estoy frente a ellos. No necesitan palabras para saber cómo se sienten. Ella está temerosa, y se esconde tras su pareja, Él la protege con su amor y su cuerpo. Ambos no saben por qué siempre caminan en círculo y terminan en la misma colina. Cada día que pasa se sienten más etéreos, más transparentes, más ligeros.

Mis botas térmicas, mi largo abrigo y mi bufanda como serpiente enroscada a mi cuello protegen mi cuerpo de la gélida nieve que cubre la zona. Sus voces sin sonido me dicen que desconocen porqué están atascados en esa colina. No encuentran su carro y no saben cuanto tiempo ha pasado desde que éste hizo un giro brusco sobre la carretera. Con toda la ternura de que soy capaz, balbuceo palabras de consuelo que suavicen lo que tengo que decirles. Busco los ojos de Él, tomo sus manos frías entre las mías y le digo que ellos no pertenecen al mundo material, que murieron hace algunos años. Los invito a la falda de la colina donde hay dos cruces con sus nombres. Les explico que su carro se volcó y ahí acabó su historia. La sorpresa y el asombro se reflejan en sus caras.

Ambos me miran a los ojos y me piden haga una oración para retirarse de la colina, pongo mis manos unidas sobre mi pecho, inclino mi cabeza, cierro los ojos y pido con todo mi corazón, que los jóvenes que me acompañan encuentren la paz. Siento golpes suaves y las voces de gratitud de mis nuevos amigos se van convirtiendo en ecos y rumores de viento. La cálida mano de mi hija me vuelve en sí y me pregunta muy intrigada, “¿con quiénes platicabas, mami?”
No, no fue un sueño, lo confirmo cada vez que paso por la colina y miro las cruces.


*Martha Ocampo es docente, toma cursos de narrativa por internet y vive en México.

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