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Cuando el Colorado O'Henry dijo la primera palabra, yo supe que iba a contar un cuento de Navidad. No fue por la palabra en sí, a la que no recuerdo con exactitud, tal vez fue "quizás" o quizás fue "tal vez". Supongamos que fue esta última. Creo que tuvo que ver con que era de noche, llovía a cántaros, las calles eran un río y estábamos en un bar en el límite de Patricios, el Las Palmas que está en Caseros y Vélez Sárfield, del otro lado de la avenida empieza Barracas.
Pero mejor voy al asunto. El Colorado miraba cómo llovía, el inglés, el tano y yo mirábamos aburridos un partido de la liga italiana por televisión, no sé si era de la A, de la B o de la C, para como juegan es lo mismo. Sin mirarnos, dijo "tal vez no siempre el amor devuelve amor", o algo así.
Dejamos de mirar el televisor.
- Fíjense que hay mucho lugar común con el tema del amor ... - siguió - Yo conocí un muchacho de acá nomás, de Balvanera, que estaba muy enamorado, Cacho Lafuente se llama, hace bastante que no lo veo. Después de mucho tiempo de andar de a salto de mata, había conseguido un buen conchabo, era algo riesgoso pero ganaba mucha plata. La mujer, despejado el panorama económico, había empezado a pedirle un hijo. El problema era que uno de los dos no era fértil, nunca me enteré cuál. La mujer sufría mucho por esta situación. Es sabido que la mujer sufre más en estos casos. A él también la idea le gustaba: enseñarle a jugar a la pelota al nene y todo eso, pero sobre todo quería complacerla.
Él, en tren de comentar anécdotas del trabajo, le contaba de algún recién nacido y sin querer acrecentaba el deseo de la mujer. Creo que se llamaba Viviana. La cuestión es que le prometió que iba a conseguir un hijo. Lo que no podía garantizar, como es lógico, es si iba a ser nena o varón.
Resulta que la noche del 23 de diciembre fueron "de operativo", así le decían ellos, a un departamento en Coghlan o Colegiales, por allá ...
- ¡Qué barrios que no me gustan! - disgregó el inglés y tomó un largo trago de cerveza. El Colorado lo miró con cara de pocos amigos, si hay algo que detesta es que interrumpan un cuento. Y más si el que cuenta es él. Siguió después de un silencio intencionado y una mirada reprobadora.
- Cuando llegaron los recibieron a balazos, bala va, bala viene hasta que uno que iba con él consiguió meter una granada adentro y se acabó la resistencia, la puerta saltó de cuajo, entraron al living-comedor y encontraron lo que quedaba de una pareja joven.
Se pusieron a revisar para ver qué se podían llevar, porque a esos evidentemente no los iban a poder interrogar. Eran como treinta tipos cargando lo que quedaba sano, cuando uno de ellos que había ido al placard, que es donde la gente guarda la plata además de la ropa, se encontró con un nene de nueve años y, lo mejor de todo para Cacho, una morochita con una panza de nueve meses de embarazo. Lo de morochita era importante porque él era un pinche y jamás hubiera podido aspirar a un nene rubio, por ejemplo. Así que los sacaron a patadas en el culo del placard y a la embarazada la empujaron para que rodara por las escaleras.
Cuando Cacho vio que llegaba estropeada pero viva a la vereda se tranquilizó, le habrá parecido una buena señal o algo así. Los cargaron en los camiones junto con el calefón, la heladera y esas cosas y los llevaron.
Él quiso ir con ella para cuidarla, ¡ya imaginaba la cara que pondría su mujer cuando llegara con el bebé! ... Bueno, la hago corta, el asunto es que a la embarazada la hicieron parir antes de meterla en un tambor con cemento junto con el nene de nueve años y tirarla al río y Cacho, ilusionado, se fue a ver al Coronel para pedir al recién nacido. Había sido varón, para colmo, y se lo veía bien oscurito. Estaba emocionado. Imagínense, ¡iba a ser papá!
El Coronel no estaba, así que pidió hablar con el Mayor. Lo hicieron pasar apenas salió un Sargento que él no conocía y sin muchas vueltas pidió el pibe.
El Mayor mucho no lo tragaba porque él, como tantos otros, estaba allí por la plata, mientras que ellos, los de carrera en la Fuerza, aunque también se llevaban plata, estaban ahí por ideales. Así que con bastante desprecio le dijo que no se lo podía dar porque ya se lo había dado a ese Sargento que acababa de salir.
Cacho quedó de cama. ¡Al día siguiente era Navidad y él sin el regalito!
Salió desolado y tomó unas copas en un bar por ahí. Después se animó y volvió a la casa. Le contó todo a su mujer y se acostó a dormir la mona.
Al día siguiente ella había se había ido. Tiempo después me enteré que ella estaba viviendo con un Cabo y que tenían una nena morochita, nunca supe si natural o adoptada.
Cacho nunca se recuperó, siguió trabajando, pero chupaba mucho y al final era un peligro. Un día se le escapó un tiro y le metió un balazo en el culo a un compañero que iba adelante.
Así que se quedó sin trabajo. Con lo que había juntado compró un quiosco y ahí sigue, tiembla tanto que los pibes tienen que abarajar las monedas cuando les da el vuelto.
El Colorado se calló y nos quedamos mirando la noche detrás de la ventana.
En el bar apagaron el televisor y por un momento quedó todo en silencio.
Afuera la lluvia seguía como si nada.
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