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Odio esa planta. No me gustó cuando llegó aquí en un principio y menos me gusta ahora. Detesto la evolución que tuvo. Se la puede ver ahí, toda crecida, con sus flores de invierno, con todo su verde. Pareciera burlarse de mí.
A veces pienso que es sólo una pobre planta, un ser vivo que, como todos, no tiene la entera responsabilidad de ser como es. Justo después, me recuerdo que no hay que andar sintiendo así por la vida, generando pensamientos negativos que se retroalimenten. Entonces le doy alguna posibilidad de reivindicarse.
Pasan dos o tres días como máximo y me vuelve a hacer lo mismo, lo de siempre. Llego a la oficina antes que nadie, como es constumbre, y la tengo ahí, mirándome con esa cara de planta de mierda, en su masetero francés, sobre su ventana toda iluminada. Me genera una ira tan grande. Unas ganas indescriptibles de tirarla de una vez por todas desde este puto onceavo piso que tan linda vista tiene. Lo habría hecho hace mucho tiempo si no fuera de Juampi. Así que me consuelo gritándole por unos minutos mis mejores insultos, aprovechando que el resto del mundo aun no se muestra.
En segundo lugar, al trabajo, casi siempre llega Mara, que a pesar de venir temprano tiene esa apariencia de estar tan apurada y nerviosa. Desde el día en que la conocí, unos cinco años atrás, hasta hoy no la vi sonreír ni una vez. Me gusta cuando llega. Si bien toda la energía que aporta al lugar es de lo más negativa, me identifico con ella. Estoy pensando en reclutarla para que se sume a mi plan de revolución personal. Pero tal vez sea un poco floja.
Esta mañana, más o menos a las 7:45 o 7:47, entró por la puerta, se sirvió un vaso de café frío del día anterior y lo tomó en dos tragos largos. Solo después se acercó a saludarme. Lo hace por compromiso, preferiría no tener que hacerlo pero así funciona la oficina. El odio está permitido y todos se saludan.
Sé que no le caigo muy bien porque una vez se lo pregunté. Me dijo que no era personal, pero que un tecnócrata como yo jamás podría llegar a simpatizarle. No entendí lo que quizo decir. Aun así me pareció justo.
Exactamente a las 7:55 entraron Carlitos y Vera Goldman, que como siempre intentaron aparentar haberse encontrado en el camino, lo que a nadie nunca le hace desviar de la evidente realidad de que han estado cogiendo toda la noche. Se les ve en las caras. En esas ojeras, en esas sonrisas cansadas, mezcladas con una sensación de tranquilidad y confianza. Claramente se aman. Vera no podría admitirlo. Si Raúl se enterara los echaría sin titubear. No quiere relaciones afuera de la oficina y es bastante estricto en ese sentido. Por eso todos llevamos nombres falsos, para no fomentar el interés ni la amistad. Imagino que a Carlitos no le importaría demasiado, que preferiría entregarse a su amor sin medir las consecuencias. Se ve que es un romántico. Algo de noble lleva. Aunque no deja de tener un pésimo gusto. Lo quiero lejos. Es un hombre terriblemente apestoso. Si no son sus pies, es la boca, si no es su saco es el pelo. Su compañía es espantosa. Solo una mujer tan fea como Vera podría tolerarla. Jamás conocí pareja tan horrenda.
Entre las 7:58 y las 8:03 terminaron de llegar los demás. Primero Juampi, una persona muy alegre a la cual la timidez no pareciera surtirle efecto alguno y que, aparte, tiene la costumbre de hacer toda clase de chistes constantemente. Ni bien entró a la oficina saludó a todos uno por uno haciendo comentarios de rutina y se acercó a Carlitos para decirle, "maestro, ¿qué te pasó en la cabeza? Preferible que el peluquero te sacara una oreja a dejarte así, eh ... no, mentira, te estoy jodiendo, te queda bien. Estás con más facha que nunca." Carlitos le respondió "es lo que hay" y ahí acabó la conversación.
Da la sensación de que para Juampi la vida misma fuera un chiste.
Debo admitir que alguna u otra vez me ha hecho reír, y que lo considero relativamente creativo. Es solo que no lo puedo tolerar mucho tiempo. Sé que no es un hombre mal intencionado y que en parte no lo puede evitar, pero su exceso de humor incoherente me termina dando dolores de cabeza. Son demasiados chistes, y no todos ellos graciosos o con sentido. Lo que me gusta de él es que bromea con todos. Incluso con Mara, a quien irónicamente apodó "cara de feliz cunpleaños". Ella lo odia con toda su alma. Dudo si lo mataría o no de tener la oportunidad de salir impune.
Después de Juampi, llegó Violeta. Una vieja cascarrabias insatisfecha con su pasado y resentida con su presente. Todos la detestamos. Excepto Juampi, que bromea con ella y de vez en cuando la hace reír o enojar. Es una auténtica chupasangre, una criatura rebalsada de veneno siempre dispuesta a morder. La mujer con la capacidad de reconocer defectos ajenos y señalarlos más aguda que nunca he visto.
Ni bien completo el grupo, comenzamos con nuestras distintas tareas rutinarias, las razones por las que a cada uno de nosotros le pagan. Pero solo con el grupo completo, pues a ninguno se le ocurriría hacer nada productivo antes de ver sentado al resto en sus sillas acolchonadas, con esas ruedas que se deslizan por la alfombra como patín sobre hielo.
El trabajo es muy sencillo. Nosotros somos lo que aquí llaman "acomodadores". Nuestra función es ordenar por fecha y orden alfabético distintos documentos o quién sabe qué. Sobres que tienen un nombre, una fecha, y nosotros acomodamos en distintos cajones. Son exactamente 27 cajones por mesa y persona, uno por cada letra. Los mismos son vaciados periódicamente y a cambio recibimos una nueva pila de sobres a la mañana siguiente. En cuanto al contenido de estos sobres, no tenemos permitido preguntar. Sabemos que de abrir alguno estaríamos en graves problemas. En varias oportunidades se me ha cruzado por la cabeza hacerlo, a veces la curiosidad se vuelve demasiado tentadora. Por eso tengo mi plan. Aquí hay muchas cámaras y los guardias de seguridad tienen la única responsabilidad de vigilar las distintas oficinas por intermedio de ellas. Son tipos serios. En una época nos hacían trabajar con ellos al lado, espiándonos a cada rato. Era bastante incómodo. En ese entonces, Raúl, nuestro superior directo, que solo viene una vez por semana, nos informó que a él le habían dicho que para que pudiéramos trabajar más a gusto, y por lo tanto más eficientemente, esos hombres armados, vestidos para la guerra, iban a empezar a observarnos a través de un número de cámaras que nunca nos fue revelado. Hoy en día, nos hacen usar armas incluso a nosotros. No entiendo del todo por qué, pero al llegar al edificio cada mañana nos dan una a cada uno, que es devuelta sin excepción antes de abandonar el predio. Todos aquí andan armados. Desde porteros a empleados de limpieza, e incluso Raúl, que a pesar de su actitud severa y su rol misterioso, sospecho fuertemente nunca se atrevería a desenfundar su pistola. Lo único que tengo claro de este lugar es de que se trata de alguna clase de mafia. No sé si del gobierno o privada, pero sí muy importante. Aun no me acostumbré a vivir con la duda. Pero el sueldo es tan alto que hace que acepte este trabajo tan absurdo. Y también tengo mi plan.
A eso de las 9:53 o 9:54, después de rápidamente haber terminado con su trabajo del día, Vera tomó su abrigo, su bolso y se despidió del grupo, caminando naturalmente a través de la puerta de entrada y salida, en dirección a quién sabe dónde.
Carlitos la miró desaparecer como si fuera la última vez que iba a verla. Con los ojos cargados de emoción y rebeldía. A mí me gustó que se fuera. No me agrada la energía que se genera cuando ellos están juntos. En cierta ocasión pensé que podía ser alguna suerte de celos pero mirándolos mejor descarté la posibilidad. Vera es demasiado fea y Carlitos demasiado apestoso para generarme algún tipo de afinidad.
Poco después, a las 10:05, a Juampi le tocó por primera vez un sobre cuyo nombre empezaba con la letra "X". Pareciera algo irrelevante, pero eso es algo que aquí no sucede muy a menudo. No es que haya mucho para decir al respecto, pero como le sucedió a él, armó un alboroto. En seguida empezó a hablar fuerte y hacer chistes sobre cualquier otro tema. La novedad rompió con la monotonía de su silencio. Gracias a eso, todos nos distrajimos, y con Mara cruzamos una mirada. Tan solo un par de segundos. En seguida intentamos continuar con lo nuestro, mientras Juampi no dejaba de molestar. Pero yo no pude hacerlo muy concentradamente. No conseguí sacarme mi plan de revolución personal de la cabeza. Pensé en si decirle a Mara o no. En cómo podría reaccionar. Seguramente diciéndome que soy un loco y contándoles a todos. O quizás sin tomarme en serio, ignorándome como de costumbre. Pensé un poco en las consecuencias, en las probabilidades de salir victorioso o satisfecho. También pensé en si me animaría a seguir con el plan sin arrepentirme en algún momento. Cuando estaba convenciéndome de que sí, me distraje con esa puta planta.
Ahora estoy viendo a quién matar primero, si a Carlitos o a Juampi. Decidí no proponerle a Mara unírseme, y matarla también. No podría permitir el riesgo de que ella me difame, tratándome como a un loco o diciéndoselo a todos. Creo que eso me rompería el corazón. Tal vez por estar enamorado de ella. No lo sé. No es momento de romanticismos.
Es ahora. Me paro, tomo el revólver, y le disparo a Carlitos instintivamente. La bala se mete en su pecho, hundiéndose con una suavidad tal que me viene ligeramente a la memoria la imagen de un clavadista saltando al agua de cabeza, y la puntuación de un diez. Se cae de su silla, y junto con él algunos sobres que se cubren rápidamente con sangre. Creo que ya lo maté; si sigo con esta eficacia, las balas de mi pistola me bastarán para matar al resto del grupo y no tendré que tomar otra prestada. Como esperaba, la puerta de entrada y salida se cerró ni bien disparé, haciendo caer la misma barra rectangular de acero que cae a mis espaldas cuando me toca salir último de la oficina. Van a esperar que nos matemos los unos a los otros para ahorrarse el trabajo. A ninguno lo dejarían vivir después de esto. Acabo de sentenciarlos a todos.
Violeta me dice que soy un hijo de puta e intenta sacar su pistola. No le doy tiempo y le disparo justo en el ojo derecho. Continúa viva en el suelo, revolcándose de dolor, gritándome desesperadamente una y otra vez, "hijo de puta". Camino hacia ella y le doy el tiro de gracia. Esta vieja bruja se va con su sarcasmo ácido a pudrirse al infierno.
Juampi está escondido debajo de su mesa como un perfecto cobarde. Es una suerte que haya matado primero a Carlitos, seguramente él hubiera dado más resistencia, aunque sea para volver a ver a Vera. Mara está callada. Me mira con cara de espanto y llora silenciosamente. No parece tener intención de moverse de su silla o de decir palabra alguna. Voy dando pasos largos hasta la mesa de Juampi. Ahora no hace chistes. Está rogando por su vida, tomándose los tobillos con las manos, formando una imperfecta y temblorosa bola de miedo. Por un momento llega a conmoverme un poco. Entonces me dice que no siga con esto, que estoy loco. No puedo dejar que me difame así, yo loco no soy. Le pego un medido disparo en la frente. Se le forma un pequeño agujero y golpea la cabeza contra el suelo. La sangre empieza a brotar de la herida lentamente, dejando una mancha roja en la alfombra que no hace más que incrementarse.
Me queda Mara. Me le acerco. Le digo: "es una pena que no te simpaticen los tecnócratas como yo, podríamos haber sido una buena pareja. Creo que estoy enamorado de vos". Le vacío los cuatro cartuchos restantes en el pecho. Está tirada en el suelo, muerta. Pero sus lágrimas siguen fluyendo. Se mezclan con su sangre. Mi amor por ella es mayor que nunca.
Siento un olor a gas muy intenso. Van a matarme cómodamente. Tan solo abriendo una llave o apretando un botón. Tengo que apurarme, si no todo habrá sido en vano.
Con esfuerzo me dirijo a la máquina de café. Detrás de ella hay un sobre que en una ocasión con mucho cuidado conseguí ocultar. Está lleno de polvo. En el momento en que vi el nombre, me llamó tanto la atención que tuve que esconderlo e idear este plan para poder mirarlo tranquilo. Le saco el polvo. Se lee claro Delfín azul 11/07/1989. Lo abro. En él está escrito "Juguete del hijo de Romeo Costello en el cual fueron trasladados 500 gramos de heroína pura de Suecia a Venezuela. Para más información, ver la fecha de Romeo Costello."
No puedo evitar sentirme insatisfecho. Esperaba algo más. Quizás algo más poético, o aunque sea más extenso. El gas no me deja pensar claro. Estoy perdiendo fuerzas. No puedo estar parado. Me dejo caer en la alfombra, sentado. Me acuesto. Miro a la izquierda, mis ojos se están cerrando. Ya falta poco.
Lo último que veo es esa planta, haciéndome lo de siempre, poniéndome esa cara de planta de mierda en su masetero francés. La odio. Si tan solo no fuera de Juampi. ¿Qué digo? Estoy delirando, Juampi está muerto. Creo que yo también.
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