martes, 23 de marzo de 2010

Suicida en Buenos Aires, de Kadmillus Haimrich

Esta mañana desperté con ganas de no hacerlo de nuevo. Me resulta demasiado complicado transitar por esa sensación de renacer que es despertar, sin memoria, sin saber bien quién soy o dónde estoy. Mi cuerpo y mi mente necesitan algunos momentos para darme las coordenadas completas y precisas de mi existencia en la mañana, cada mañana. Mientras comía algo, me bañaba y vestía, mientras recorría en un inusual desorden los corredores del pequeño supermercado en el que suelo hacer las compras que abastecen mi alacena y refrigerador, mientras me asqueaba contando monedas, mientras salía de nuevo a correr, mientras sentí hambre y descubrí que estaba ya muy lejos de casa para volver corriendo también, mientras me castigué haciéndolo, mientras me di cuenta que mientras corría había estado llorando y mi camisa no estaba tan mojada por el sudor como por las lágrimas rotundas y gigantes que habían estado también corriendo por mi cuerpo, mientras al darme cuenta de todo eso para llegar a casa a llorar mientras como, mientras cago, mientras deseo parar de llorar y mientras me rindo al llanto, mientras recuerdo a Oliverio, mientras dejo de llorar, mientras me dan ganas de pasear por la costanera sur, mientras lo hice, pensé que lo único que puede aliviar mi delirio, mi estado desesperante de despertar cada día y tener que soportarme a mí mismo en un estado mental tan inferior, es acabar con mi vida.

Volví a casa y me dispuse a cocinar algo, como siempre, para uno. Si va a terminar mi vida, al menos debe hacerlo de una forma que valga la pena, al menos con la satisfacción de un buen almuerzo. Como era costumbre, preparé un suculento platillo, que hubiera alcanzado para varias personas, y comí, como era costumbre, solo. El pollo se abrió extrañamente sexy sobre la fuente metálica, vieja pero limpia. Su piel se movía sobre las carnes gruesas se maneras que nunca había visto bajo el efecto de ninguna sustancia. Las plantitas que se asomaban a la cocina me retaban a usarlas como aromatizantes y condimentos del plumífero muerto; lo hice, junto con algunas rodajas de manzana y naranja. La sal llovió por un rato y fue el último de los ingredientes del masaje espectacular. Por algunos segundos quise ser ese pollo sobre esa fuente. Bebí un buen sorbo de buen vino tinto, y recordé que era domingo. El otoño había llegado suculentamente y recordarlo por un momento me arrancó una sonrisa. El plumífero condimentado entró al horno sin mayor resistencia y mi rostro se frunció de nuevo. Iba a acabar con mi vida. El pollo iba a estar un buen rato en el horno, y el vino no me iba a abandonar en mi espera. Lavé mis manos con el agua menos agradable que haya rodado por mi piel, pues era ruda y gruesa, y me dirigí al salón de estar mientras desataba el delantal que siempre he usado para cocinar. El sofá ruso tapizado en un viejo terciopelo verde me esperaba acogedoramente. Ese sofá que tenía tantas historias, tantos recuerdos, que había estado en tantos lugares, que había rescatado de alguna morada ajena y donde la había conocido de verdad a alguna de esas ellas que había sido mía alguna extraña vez y de la que ahora sólo quedaba un viejo sillón. Cuando estuve a unos pocos centímetros de su siempre tierno terciopelo, algo me detuvo y me dirigí sin pensar al mesón de la entrada. Eran necesarias algunas tonadas en el ambiente y un poco de humo, así que puse la música a sonar y prendí un cigarrillo. Ya en mi sofá, esperé que pasara el tiempo, pero nada sucedía. El cigarrillo se consumía lentamente y mi respiración estaba muy próxima a lo inexistente. Mi vida acabaría aun así. Estaba revoloteando en mi cabeza la idea, y entre ahogadas carcajadas y tímidas lágrimas anónimas, no lograba decidir qué sentir al respecto.

En mitad del pollo la música se silenció abruptamente. Prendí otro cigarrillo y salí un momento a la terraza. Otoño, puro. Volví tal vez demasiado pronto a comer y prendí la chimenea que pronto empezó a chirrear y crujir bajo el poder de la flama rojiza. No era el mejor pollo que me había comido, no era el mejor día que había vivido, no era el mejor otoño que había visto, pero igual me gustaba. Mis ojos se perdieron por algunos momentos en la copa de vino a punto de agotarse, en esa capa de vino ya casi transparente que queda en todo el cuerpo de la copa, en su interior, casi hasta la eternidad. Es realmente bello ver eso, y oír de fondo una buena tonada y los trozos de madera rendirse al poder del fuego. Mi camiseta clara y el buso en cuello V grisáceo sobre mi delgadísimo torso, mis desordenados cabellos inundando siempre por partes mi visión y una mediocre barba, los pantalones de pana un poco viejos y mis zapatos de tela favoritos hubiéramos podido ser un buen cuadro para la posteridad de un futuro que no se haría esperar mucho. Quise por un momento que alguien estuviera allí, lejos pero allí, para captar en una muy mala fotografía la forma en que mis pies estaban, lo estático de mi tronco sobre esa silla moderna y blanca como un huevo, las contorsiones de mi cabello y el juguetear de mi mano izquierda con la copa de vino, y mi mirada perdida, felizmente perdida, sin querer ser encontrada.

Esa tarde no fue nada placentera. Quise sacudirme un poco la perplejidad de esa loca idea, pero revoloteando en mi cabeza logró mutar en decisión. Definitivamente iba a acabar con mi vida, con la asquerosa sensación de ser un retardado mental por unos instantes, de tener que empezar cada día con esa sensación. De alguna forma me dije a mí mismo que morir por eso era poca cosa, que resultaba estúpido y estéril, pero me respondí que no importaba, y que lo había pensado mucho sin poder llegar a ninguna otra solución. No estaba dispuesto a dejar de dormir ese par de horas que dormía cada noche, pero tampoco a acostumbrarme y ceder ante la sensación de aquellos despertares; ya los había soportado mucho tiempo. Casi una treintena de años. De pronto me resultó sorprendente mi capacidad de aguantar algo tan insoportablemente incómodo, y me impulsé a idear un buen plan, estaba decidido, iba a terminar con mi vida.

De mi cuello aun colgaba esa piedrecita que años atrás me llegara por correo como regalo de un buen pero lejano amor. Mis manos me resultaban más satisfactorias en aquellos tiempos en que las crisis parecían siempre el fin del mundo y deseaba con resignación que algo surgiera de las más asquerosas y tremebundas profundidades de mi alma, y me abofeteara lo suficientemente fuerte para salir a caminar un poco, o fumar un cigarro sin que se mojara de mocos y lágrimas.

Ahora estaba más curtido, seco, muerto, pero me sentía a gusto conmigo mismo. Nunca iba a regresar, eso era lo único que había permanecido de aquellos tiempos, esa extraña repulsión por el pasado, por ese país y esas formas. Pero sin embargo tampoco pude nunca dejar de pensar qué hubiese sido seguir allá, morir más lento y haberme convertido en un sujeto más, preso de la mojigatería cultural y del despilfarro del espíritu del protestantismo. Recuerdo que una tarde me senté a escribir escuchando jazz, no recuerdo qué escribí, pero recuerdo haber escrito, y haberme sentido asqueado con lo que había escrito. Esa tarde hacía frío, era invierno, ya terminando, y había regresado de caminar un poco por el centro de la ciudad. Las cosas no estaban bien, atravesaba mi pobre existencia por una de esas crisis, de esas que parecen ser el fin del mundo y que me dieron tantas ganas de llorar y tanta resequedad de la resignación. Había estado leyendo por esos días alguna separata de literatura escandinava, y seguro que lo que habré escrito rondaba por los callejones oscuros del plagio de estilo o las reflexiones para siempre olvidadas sobre tierras y personas que nunca habría de conocer. En todo caso, la piedrecilla colgaba aun de mi cuello y mis manos me resultaban menos agradables que en esos tiempos; el tiempo había hecho de las suyas, mías.

Había visto morir amigos, literal y metafóricamente, amores, sueños y recuerdos. Pero ninguna de esas formas parecía lo suficientemente tentativa como para acabar con mi vida. Pensé en esos tiempos, cuando mis amigos empezaron a morir y mis manos aun me causaban algún agrado. Recuerdo haber recordado que no podía fumar porque el lugar donde vivía acogía también a sujetos intolerantes, comprensivamente cedí por algunos meses. Pero ahora a nadie le molestaba, porque no había nadie, ya no tenía quien me pidiera amablemente que no fumara o que me sugiriera entre eróticas caricias que lo dejara porque me iba a matar [lo que asesinaba cualquier pretensión de continuación en el erotismo]. Ahora podía fumar, y mientras rebuscaba en mis recuerdos e inventos de memoria las formas de muerte que hasta el momento había conocido, prendí esa pipa, la pipa, mi pipa, la única realmente mía, y salí a caminar. Algunas horas después descubrí que las calles de la ciudad habían estado sugiriéndome todo el tiempo miles de formas de morir, pero mi mente había estado confundida entre el sabor del ginebra y el delicioso humo de mi pipa. En un momento me di cuenta que había dejado de pensar en matarme, y que eso podía ser tan bueno como malo. No creía estar dispuesto a renunciar a la idea de no tener que despertar de nuevo. Mientras me reprimía por tan soberano descuido, casi muero atropellado por un lujoso auto que cruzaba a pocos centímetros del paso que estuve por dar en ese momento. Crucé la calle y me senté en el costado norte de la Plaza de la República; dándole la espalda al monumento, quise descubrir en ese atardecer de otoño porteño una razón para aguantar cada mañana el motivo de mi hasta ahora poco planeado suicidio. No acaeció ninguna razonablemente razonable.

Iba empezando la noche y reaccioné cuando alguien me tocaba el hombro. Era yo mismo, tenía que decirme algo importante, pero me sorprendí de tal forma que no pude evitar despertarme. Hacía frío. Estaba apenas empezando a quedarme entredormido, así que no sufrí de nuevo el terror de esos despertares. Giré y, para mi desgracia, nada había cambiado; algunos focos ahora iluminaban la avenida más gruesa del mundo, por donde pasan algunos de los sujetos más obtusos del mundo, y algunas de las mujeres más patéticas del mundo; mientras el suicida menos suicida del mundo planeaba el suicidio más suicida del mundo, las horas se arrastraban como pequeños y gordos indigentes paralíticos frente a mí, pero sin gemir. Caminé de nuevo con rumbo a casa, frustrado por tener que vivir de nuevo un despertar de los de por la mañana. Recorrí calles que ya había recorrido buscando detalles que no había detallado, acompañado siempre del sabor de mi pipa y mis pasos pesados y contingentes, que me hacían pensar en el único amigo muerto y vivo que tuve. Deseé por un momento que sus pasos callados y su gabardina café de paño inglés acompañasen mi andar por un rato. Él había nacido en la misma ciudad que yo y en el mismo año, habíamos compartido algunos años de estudio y discusiones que nos llenaban las gargantas de alcohol y orgullo y carcajadas y sueños, pero también había muerto el mismo año que yo, el mismo día y a la misma hora. Había sido mi otro yo, y había dejado de serlo cuando un día cualquiera, cuando mis manos ya sólo me eran indiferentes, dejé de existir para el mundo. Había decidido cumplir en vida lo que quise cuando muriera, que nadie me extrañara, no tener ningún vínculo afectivo, o vínculo en absoluto con personas. Había conservado mi segundo nombre y un nuevo apellido, porque los de mis padres me unirían a ellos, escribía de vez en cuando y me veía con algunos estudiantes en sitios recónditos para contarles algo que ellos consignaban en libretas que rotulaban con mi nombre o con el nombre de su clase. Pagaba el alquiler de un alto piso en un viejísimo edificio cerca al centro y el resto del dinero lo gastaba en libros en idiomas que no entendía, las monedas que quedaban las ponía en un baúl antiguo que una vez alcé de algún rincón junto a un basurero.

Uno de mis pasos camino a casa renunció a ser, y caí sobre mi rodilla derecha en medio de la calle. Mi bufanda había tocado levemente el suelo, y yo odiaba que eso sucediera. Levanté la mirada y rectifiqué que nadie hubiese estado siguiéndome o fuera la causa de el tropiezo torpe e infantil. Mi pie simplemente renunció a dar el paso que ya había dado mil veces y conspiró en contra de mi verticalidad fisionómica. Cuando dirigí mi mirada al frente, vi una puerta que no recordaba haber visto en mis anteriores recorridos por el sector. Recordé de inmediato la vieja tabernucha donde el Lobo Estepario había conocido a la mayor de sus desgracias, pero me abalancé adentro de todas formas. Una estropeada puerta roja de madera gruesa estaba rematada con un pequeño y agonizante foco que colgaba sobre aquella, emitiendo, sólo de vez en cuando, una tenue luz. Las escaleras llevaban hacia arriba y el corredor hedía a viejo. Terminando las escaleras de cemento crudo, me hallé simplemente allí. Al fondo, una pequeñísima tarima esquinera y algunas mesas en el salón. La barra se dibujaba frente a mí como un sendero tentador. Una luz sobre el improvisado escenario y unas cuantas más emanaban de algunas pocas lamparitas sobre algunas de las mesas. Lo que vi no me defraudó mucho, ni a mi imaginación. Un viejo ciego tocaba un bello y lento blues en una vieja y ciega guitarra empolvada, su voz acompañaba de vez en cuando las lentas pero agradables tonadas con un gemido que encarnaba alguna palabra en inglés. Le di la espalda y me senté junto a la barra; tras un buen primer trago de ginebra, decidí buscar un lugar y prender un cigarro. Agarré un libro que vi sobre una pequeña mesa al pasar para matar el tiempo. El viejo ciego, negro y flaco como una vaca enferma, con una escuálida barba color ceniza de pelos retorcidos que se integraba al pelo que le quedaba en la parte de atrás de su cabeza me recordó a un profesor de poesía con el que solía caminar algunas veces. Habría sido él quien me enseñara a observar las palabras como pocos maestros de poesía harían, como entidades cerradas sobre sí mismas, con sentidos claros y determinados por el uso concreto, como materialidades deformables asquerosamente, pero que nunca dejarían de ser lo que cada una siempre ha sido. Sus textos siempre fueron así, con muy pocas metáforas y figuritas idiotas del lenguaje que, según él, sólo usaban los castrados mentales y los insípidos y traumados. Hablaban de las vaginas y de las nubes, pero sin igualar unas con las otras, de las ostras y de la sensación de volar dentro de un avión. Pero era imposible que fuera el mismo viejo negro ciego que rascaba cada vez más aburridamente la guitarra sin que nadie pareciera prestarle atención. Entre algunos murmullos apenas si se oían las notas que salían casi como la tos de esa vieja guitarra y los repentinos pero suaves gemidos del sujeto bizarro que la interpretaba. De pronto su barba dibujó una sonrisa diferente y cayó del sillón de cuero vinotinto que lo soportaba hasta hace un segundo. Sus ojos se abrieron al mismo tiempo que su cabeza dio un golpe seco en el suelo de madera.

Volví mi mirada sobre el libro que había tomado minutos antes de la mesita y vi que por mi muñeca revoloteaba una especie de cucaracha negruzca y enana, tal vez proveniente del libro. Si yo hubiese sido una cucaracha negruzca y enana seguramente también hubiese escogido una obra de Brecht traducida al hindi para vivir. Ojeé algunas páginas y recordé inmediatamente que el hindi no era uno de los idiomas que sabía leer. Había aprendido desde pequeño el mediocre idioma inglés, el francés vino después, junto con el alemán y el ruso, el italiano no era complicado, por lo que había decidido no estudiarlo pero sí saberlo. Deseché el librito rápidamente y me dispuse a salir. Un par de billetes cubrirían por mucho la cuenta así que los tiré sobre la mesa y salí. La calle estaba exactamente igual de oscura y solitaria que en el momento que la abandoné para entrar al lugar que nunca volvería, como tantos otros. Hacía un poco de frío, así que me dispuse a continuar mi camino con las manos en los bolsillos, pero mi pantalón de pana viejo no tenía bolsillos sino en la parte posterior, así que así fuese por unos momentos estaba condenado a caminar con las manos acariciándome las nalgas. Fruncí el ceño y procedí. No era cómodo, pero sólo pude dar unos pasos antes de encontrar en uno de los insulsos bolsillos un trozo de papel de maíz con una serie numérica escrita en él. A mi memoria no se le ocurrió nada, así que lo tuve por algunas cuadras más entre mis manos ya fuera de los bolsillos gracias a él. La forma de caminar que me es propia no es propia de mí mismo, y eso fue lo siguiente que pasó por mi cabeza. En alguna de las instituciones por las que había pasado, de todas formas todas son iguales, había conocido a un personaje que hubiera repudiado estéticamente a más no poder, de no ser por su forma de caminar; los pasos eran largos y pesados, sus piernas parecían permanecer rígidas todo el trayecto del paso cada paso, su espalda permanecía recta pero levemente inclinada al frente, unos 15 grados tal vez, sus brazos se sujetaban mutuamente por las muñecas por la espalda, y su mirada siempre estaba fija al frente aunque su cabeza se inclinaba tenuemente al frente también. Así caminaba yo, por él, esa noche con el papelito entre mis manos. Quise saber la hora pero fue algo que quise tan poco tiempo que no alcanzó a motivar que viera mi reloj. Los ocho dígitos se instalaron en mi mente y exigían alguna explicación, uno tras otro separados por puntos en tinta oscura sobre el trozo de papel amarillento. La probabilidad de que ese papel fuera de otra persona era tan ínfima que de sólo pensarlo me recorrió una leve disconformidad y unas ganas de vomitar repentinas, así que deseché también esa idea. Edades, fechas, posiciones de las letras en el alfabeto, códigos postales, nada concordaba. Cuando volví a repasar las opciones y le pedía un esfuerzo enorme a mi memoria y a mi asociación libre y descubría con resignación que ninguna de las dos estaba dispuesta a apiadarse de mí, la respuesta vino sorpresiva y repentinamente, como cuando caminando por una plaza cualquiera una paloma decide excretar sobre uno, era el teléfono de aquel otro personaje que empezó asistiendo a mis charlas con sospechosa regularidad, para convertirse en amante excepcional y terminar como cruel sicoanalista. Con un par de monedas y algo de suerte podía encontrarle en casa.

Vivía hace un par de años en lo que siempre pensé es una bodega-hangar en miniatura, hasta el inodoro estaba a la vista. Ahora las cosas eran diferentes, estaban los mismos muebles en diferente lugar y el espacio de la cocina parecía más amplio y limpio. Sus piernas inmensamente largas y los bucles desordenados de su pelo y la forma como jugueteaban con su monumental nariz siempre me resultaron morbosamente atractivos. Estaba durmiendo, pero poco le importó mi intempestiva aparición, hacía ya más de un año que ninguno sabía nada del otro, pero así funcionaban las cosas conmigo. Me ofreció un Bourbon y no me pude rehusar aunque coqueteaba con la botella de ginebra en su mesa de licores. Me preguntó venenosamente si venía porque tenía ganas de hablar de alguna de las sandeces de las que hablo en clase, o de tener sexo, o de una sesión terapéutica. Sonreí y la pregunta quedo respondida de inmediato. Se levantó de su sillón y prendió el radio y la chimenea. Puso un cenicero cerca al diván que yo ocupaba y volvió a su lugar. Quedamos en silencio escuchando un rato las profundas tonadas de Muddy Waters, Pat Metheny, B.B. King y Dave Brubeck y mi mente divagó por el diván divinamente. Rompió el melodioso silencio mi voz pidiendo algo de comer, algo ligero, y su semblante hizo ese gesto de disgusto y resignada aprobación que se hace cuando uno de verdad no quiere moverse, como cuando el gato ha encontrado por fin una excelente posición en mi regazo y yo decido ir a orinar, esa expresión del gato. Me preguntó si unas broquetas de setas y pollo era una buena opción, pero preferí unas mediterráneas al ajo. Me encantaba fastidiar su rostro haciendo aparecer esa expresión diabólica y sexy. Comimos, y la conversación se animó un poco. Hubo que cambiar los vasos de Bourbon por copas con vino tinto de excelente cepa, y su pantalón de jean azul claro, viejo y roto me excitó un poco; andaba sin medias ni zapatos y eso me agradaba, así que me uní a la regla indumentaria. Me quité de un tajo la bufanda y subí un poco el volumen de la música. Había estado pensando en hacer algún texto acerca de una reflexión filosófica de las formas de vida cotidiana de los filósofos checoslovacos de mediados de siglo, pero desalenté fuertemente su idea argumentando que estaba seguro de haber leído en ruso, único idioma que no conocía y yo sí, un informe que ya abordaba el tema e inauguraba un proyecto investigativo desde la filosofía y la sicología de esa misma temática. Accedió rápidamente a abortar el interés y yo decidí aunarlo a la lista de intereses para textos posteriores. Era uno de los mejores robos que había hecho, era perfecto, mentí ilustradamente, convencí con la mentira, y no había dejado cabos sueltos.

Tras un exquisito pero socialmente censurable bostezo, por mi cabeza pasó de nuevo la idea del suicidio. Me vi a mí mismo sentado en esa sala con su compañía, en esas condiciones, en esa conversación vacía, y sentí una extraña mezcla de vergüenza ajena de mí mismo, asco y risa, así que interrumpí abruptamente su relato posmoderno y odiosa y caprichosamente complejo conceptualmente y le dije que iba a suicidarme al salir de allí. No preguntó por qué ni cómo, pero ante su silencio despreciable respondí la primera de las preguntas nunca hechas. La carcajada no se hizo esperar, y es que creo que nadie me habría podido entender en ese sentido, como en muchos otros. Dejó bastante claro que le parecía una razón ridícula y absurda, entre otros adjetivos más complejos y cargados ideológicamente, y se convirtió de nuevo en sicoanalista al bombardearme con una ráfaga de preguntas acerca de mi vida personal, si es que algo podía considerarse como tal. La repulsión a su postura sólo se vio atenuada por el hecho de que en ese mismo momento sacó una pequeña bolsita transparente del bolsillo de su pantalón y se dispuso a armar un cigarro de marihuana. Ante mi aburridor silencio ante su arsenal de preguntas evidentemente clínicas y analíticas, léase enjuiciadoras y cargadas de moral, estalló de risa de nuevo, pero esta vez no pude evitar contagiarme. En ese momento ya reposaba sobre la alfombra y me miraba hacia arriba. Prendió el cigarrillo y se lo fumó rápidamente sin siquiera cometer la injuria de ofrecer una chupada. Me pidió que repitiera lo que había dicho, le repliqué que no había dicho nada, y me dejó claro que se refería a mis intenciones, así que repetí que al salir de ahí me iba a suicidar y el motivo de mi decisión. Esta vez no pudo reír. Yo estaba pensando absurdamente en que sabiendo que iba a estar muerto ya no tendría por qué estar pensando en el homólogo del pollo para el día siguiente, aunque se me antojaba profundamente saborear una ensalada oriental. Saqué del bolsillo mi cajetilla de cigarros, saqué uno, lo puse entre mis labios secos y roídos por el viento otoñal, lo prendí con los ojos bien abiertos y lancé la cajetilla sobre el sofá sin ofrecerle tampoco uno. Extendí mi brazo hacia la mesa y tomé de nuevo el vaso de Bourbon, ahora vacío, y lo llené de humo de cigarro. Me levanté y llené ambos vasos de nuevo, para luego beberlo relativamente rápido en medio de los sonidos ahora un poco más espesos de Keren Ann y Woven Hand. Me preguntó si había pensado en cómo hacerlo. La pregunta quedó, como el humo del cigarro, presente pero diluida en el ambiente, sin respuesta no por negligencia sino por la simple falta de una. Efectivamente había pensado en una, en varias, pero me rehusaba a decirle que había estado de espaldas al obelisco durante largo rato descartando posibilidades imaginarias, no podría soportar una carcajada suya más, a fin de cuentas yo quería suicidarme, no ser asesinado, que es muy diferente.

De haber podido llevarla a cabo, la ensalada oriental hubiera sido sencilla y rápida, algunos trozos de pollo sin piel, muchas raíces, unos cuantos hongos, una variedad no tan variada de algunos otros vegetales, todo salteado en aceite de oliva en un wok y sazonado con salsa de soya y un poco de jengibre y sésamo, una buena copa de vino blanco seco y con muy buena personalidad y carácter, y a comer. Pero no iría a ser posible. Los silencios de su hangar, la música y el sonido de la ciudad que no duerme me aburrieron. Me disculpé por haber ido tan tarde y haber irrumpido su sueño, me dijo que si acaso me estaba despidiendo y le ofendí oralmente mientras cerraba su puerta tras de mí. Aun no había pensado en la forma de llevar a cabo mi plan, pero recordé otra de las lecciones de aquel maestro de poesía de pelo quieto y mirada confusa, las palabras, por su simplicidad y su propiedad de ser cerradas sobre sí mismas como rocas, son fuertes, poderosas, pesadas, y por eso no se puede jugar con ellas, las palabras, la palabra, es una camisa de fuerza que uno mismo diseña, confecciona y usa por siempre, el destino se está labrando constantemente con las palabras de cada uno. Una bella figura cruzó mi cabeza, de nuevo hubiera querido que alguien estuviera allí, esta vez en mi imaginación, para retratar mediocremente esa imagen. Pensé en caer desde la superficie hacia las profundidades y así acabar con mi vida a la vez que cometía un absurdo y cumplía el sueño de la humanidad al sentir que volaba por un momento. Se trataba de una escena trágica que bien hubiera podido describir Lukács al referirse al héroe trágico. Pero algo dentro de mí sabía que no iba a ser capaz. Caminé un rato por la ciudad y aun estaba oscuro. Estaba decidido a no presenciar un amanecer más. No encontraba un escenario adecuado para mi escurridiza estrategia, y cuando estuve demasiado vencido por el sueño, volví a su bodega. Apenas toqué el timbre se abrió la puerta. Estaba de pie en frente mío, y todo sucedió en un segundo. Dijo que me entendía, que no podía soportar el instante de frío que está entre desnudarse y estar bajo el agua caliente de bañarse cada día y que odiaba las cáscaras de huevo. No me dejó entrar y no despegó su mirada de mis ojos. Tenía un revolver en cada mano, uno en su sien y el otro en mi frente. Abrió sus ojos y sonreímos juntos una milésima de segundo. Sólo habían transcurrido un par de segundos desde que había tocado el timbre, y había quedado claro que este era mi suicidio, irnos juntos. Mientras los cuerpos caían suavemente y afuera el sol volvía a reinar sobre el hemisferio occidental, quedaron de fondo las siguientes palabras acompañadas por un par de acordes de guitarra que se repetían acompañando las frases que me acompañarían desde ese momento, morí, pero en ese momento una ráfaga de viento traspasó el corredor e inflamó su hangar y yo, por fin, comprendí por qué esa ciudad era Buenos Aires, sentí, muriendo, buenos aires: “This is why I always wonder//I'm a pond full of regrets//I always try to not remember rather than forget//This is why I always whisper//When vagabonds are passing by//I tend to keep myself away from their goodbyes//Tide will rise and fall along the bay//and I'm not going anywhere//I'm not going anywhere//People come and go and walk away//but I'm not going anywhere//I'm not going anywhere//This is why I always whisper//I'm a river with a spell//I like to hear but not to listen,//I like to say but not to tell//This is why I always wonder//There's nothing new under the sun//I won't go anywhere so give my love to everyone//Tide will rise and fall along the bay//and I'm not going anywhere//I'm not going anywhere//People come and go and walk away//but I'm not going anywhere//I'm not going anywhere…” [Keren Ann – Not going anywhere].


*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.

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