domingo, 4 de abril de 2010

Cuento de Navidad n°3, de Fernando Álvarez

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El Inglés tiene un puesto de venta de libros usados en el parque que está frente a la cárcel de Caseros. Ese día no había clientes, así que cuando me vio me propuso que nos sentáramos en un banco bajo un árbol. Era mediados de diciembre, el sol te derretía ... El aspecto de la cárcel vieja era decadente y el de la nueva, ese delirante rascacielos, era dantesco. Extremidades de seres humanos colgaban de los espacios entre reja y reja en las ventanas que daban a la sombra; sus dueños seguramente trataban de capturar algo de aire y asomaban afanosos su nariz al espacio exterior. Todo esfuerzo por respirar aire puro me parecía vano; desde donde yo estaba, a cien metros, podía oler el tufo de los miles de cuerpos que se derretían detrás de esas paredes.
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"Verá, mi amigo, - me dijo - todo depende del punto de vista ... Tomemos como ejemplo un piano y tres obreros. Al piano se lo quiere subir a un departamento; un obrero está en la terraza con los aparejos haciendo subir el piano, otro está en el departamento donde se lo quiere introducir, y el tercero está al nivel del piso y fue el que lo despachó, por así decirlo. Los tres lo ven distinto al piano. Es el mismo, pero es distinto, ¿comprende? - El Inglés se quedó mirándome, después movió suavemente la cabeza hacia arriba y hacia abajo mientras hacía con los labios un gesto que parecía querer decir "¡qué notable!"
"El lugar donde estamos es un observatorio privilegiado para ver el piano desde todos lados. Esto es, podríamos decir, un observatorio Picassiano, desde donde podemos ver la nariz y la nuca de alguien al mismo tiempo ... Solo estoy dando un par de vueltas, pero si tiene paciencia y espera que lleguen el señor Colorado y el señor Tano va a escuchar una historia de Navidad totalmente atípica, porque empieza en otoño ..."
- ¡Qué calor! - se escuchó decir al Tano a nuestra espalda.
- Llegan a tiempo, estaba por contar una historia de Navidad que me resulta interesante. Como bien sabrán, no todas lo son. - Esa patada fue directa al hígado del Colorado, con el cual entablaban por entonces una sorda lucha para ver quién contaba mejores cuentos.
De todas maneras el Colorado dejó pasar la alusión porque él cree que es un caballero.
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"Ustedes sabrán que en el edificio de la cárcel nueva que vemos aquí enfrente los presos están ordenados de acuerdo con su peligrosidad, desde los menos problemáticos en los primeros pisos a los más peligrosos en el último. Esto se hace, supongo, por una cuestión de seguridad, dado que, si quieren escapar, los del último piso la tienen mucho más difícil. Ya que no son ángeles, precisamente.
"Como recordarán, el año pasado vivimos el invierno más frío del siglo. Cuando instalé el puesto de venta de libros a mediados del otoño me sorprendió grandemente que los familiares de los del último piso fueran los que más vinieran a comprar, y si bien algunos compraban biblias, vendía mucha poesía e incluso filosofía. Recuerdo que mi primera clienta pidió un libro de Novalis. Y no soy prejuicioso pero la señora en cuestión no tenía el aspecto de alguien amante de los románticos alemanes. Al día siguiente cuando la vi aparecer de nuevo supuse que venía a devolvérmelo. Para mi sorpresa le escuché decir, "¿Tiene algo de un tal Olderin?"
Con el tiempo vino por más, y lo mejor del caso para mi modesto negocio es que me traía otras clientas. Lo último que ella me compró fue un texto de Heidegger; al marido le habrá dado por la fenomenología supongo.
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"A los sucesos que ocurrieron allí y que llevaron al desalojo de ese piso e incluso llevarán a demoler la cárcel los pude reconstruir con una mezcla de sospechas, testimonios y adivinación:
debo confesar que me intrigó tanto esta afición por la lectura que fui a ver a un vidente merecedor de mi confianza. Quería entender qué pasaba. Quiero decir, lo de las biblias era sencillo de entender, para una mente simple la espiral descendente "hacer el mal-arrepentirse" es "lógica". Pero lo otro ...
También debo decir que el primer modo en que me lo expliqué fue que se estaban drogando mucho, pero eso, amén de simplista, no cerraba. A las pruebas me remito, cada vez más gente se inyecta con lo que encuentra y proporcionalmente cada vez menos gente le da por la lectura de semejantes próceres. Y la explicación del adivino, qué sé yo ... si bien es muy poco pudorosa me pareció que era verdadera, porque ni siquiera le llegué a contar por qué motivo iba que apenas atravesé la puerta de su consultorio me dijo: "Es el metano." Así me dijo, sin agua va. Por supuesto que no entendí de qué me hablaba. Le dije que no venía por ningún encendedor ni por una cuestión de algún escape en la red de gas. Pero él me aclaró que los presos estaban teniendo un proceso de intelectualización acelerada producto del gas metano.
- Perdón, pero sigo sin entender - le contesté.
- Es simple: estamos en otoño, hace ya mucho frío y no se abren las ventanas, el aire caliente tiende a subir; dentro de esa cárcel de muchos pisos viven miles de presos y guardiacárceles."
El inglés hizo allí una pausa, su piel amarronada se sonrojó.
- Lo voy a decir de una vez: lo que me dijo fue que los presos del último piso vivían en una nube de cuescos.
La carcajada del Tano fue un alarido, y aunque yo por naturaleza soy menos expresivo y el Colorado seguía en señorito no pudimos menos que sonreír y preguntar, "¿Qué cosa?"
- El adivino fue algo más grosero; me dijo que, como es vox populi, los intelectuales viven en una nube de ... pedos - al inglés se le achicó la voz al decir esto - y por ello los presos estaban siendo objeto de una estimulación acelerada de sus apetencias cognitivas. Me dijo también que esto seguramente se les iba a pasar en la primavera cuando abrieran las ventanas, y en eso tampoco se equivocó. Pero lo que no adivinó era cómo ese año en particular se iban a fusionar las ideas forjadas en los meses de frío con las arrastradas durante años de existencia más procaz.
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"La primera manifestación de lo que vendría se dio el 15 de junio. José "Ñandubay" Olmedo se subió a un banquito e improvisó una arenga que recibió el apoyo de sus, a la sazón, reflexivos compañeros de infortunio. Dijo algo así: "La pobreza que destruye a los pueblos que están al sur del ecuador se debe a que festejamos mal la Navidad. La Navidad es un rito que refiere al nacimiento, por eso en el norte se festeja en el solsticio de invierno, como una invocación a la tierra en el momento en que se la ve yerma, para que nazca de ella nuevamente la vida. Es contradictorio que festejemos el nacimiento cuando está por cosecharse: festejamos el nacimiento cuando se aproxima la muerte. Compañeros, propongo que seamos una avanzada y que empecemos a celebrar el nacimiento como esperanza. La Navidad del sud es el 21 de junio. ¡Propongo que armemos el arbolito!"
Los presos en menos que canta un gallo armaron uno. Yo tuve una afluencia extraordinaria de clientes, porque todos querían regalar libros.
El primero que puso el grito en el cielo fue el cura del penal, porque la novedad le había caído como una patada debajo de la sotana. En el festejo medio que se caldearon los ánimos porque el cura empezó a hablar de herejía y Ñandubay lo fulminó con un seco "¡No sea ignorante!"
El cura se ofendió a muerte y no desaprovechó la oportunidad de rezar en voz alta por el retorno a la grey del Señor de las ovejas descarriadas (y de maldecir por lo bajo a esos sinvergüenzas herejes), así como de presionar al director de la cárcel para que trasladara a varios, sobre todo a Ñandubay, cosa que el director no estaba dispuesto a hacer porque por él podían festejar todo el año Navidad mientras lo hicieran en paz y no se anduvieran matando, como era su costumbre.
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En agosto, para el veranito de San Juan, hubo indicadores preocupantes. Se abrieron un par de días las ventanas y eso coincidió con un sermón poco feliz del cura, en el que se dedicó a lanzar advertencias sobre lo caliente que resultaría el fuego del infierno, con miraditas por demás elocuentes en dirección a los presos que simulaban no prestarle atención. Uno que se sintió particularmente molesto sacó una navaja que guardaba en un bolsillo oculto del pantalón, pero otro al que todavía le duraba el efecto del metano lo detuvo.
Al día siguiente la tormenta de Santa Rosa trajo el frío y todo volvió a sus carriles. Ñandubay llegó a una reflexión que creyó importante mientras estaba sentado en el retrete. Pensó de pronto que la historia es un perro que se muerde la cola y se quedó allí un rato largo no sé si profundizando el pensamiento o disfrutando de la sobredosis. Hubo además enconadas polémicas alrededor del tema del no Yo y otros por el estilo, pero como ustedes comprenderán discutiendo estas cosas no hay ni muertos ni heridos. A veces alguno menos evolucionado dejaba escapar una bofetada, pero los demás intervenían y todo quedaba ahí.
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En noviembre las ventanas empezaron a estar abiertas todo el tiempo y el gas metano a dejar de hacer efecto en los presos. Se manifestaron algunos roces ... El 8 de diciembre el cura dio un sermón acerca de la Virgen, de la necesidad de llegar virgen al matrimonio, de los que morían en pecado e iban a dar con sus huesos al infierno. Un preso, al que le decían "Freddy Mercury" y que después de no pocas polémicas se cambió el apodo por el de "Ney Mattogrosso", creyó que estaba aludiendo directamente a su romance con un tal "Pibe Ametralladora" y le revoleó con un zapato mientras le gritaba: "¡Fascista!" El cura se puso rojo de rabia y mirándolo a Ñandubay empezó a gritar, "¡Hereje! ¡Vos y tus compinches son herejes!"
Es comprensible, él no sabía nada del gas metano.
El primer sillazo lo desmayó.
Después del motín quedaron 15 presos y dos guardias muertos, una recua de heridos y un cura incandescente conectado a las luces de un árbol de Navidad del que no lo pudieron despegar."
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El inglés me miró y me dijo: - Es como le dije al principio, depende de dónde se mire. Por ejemplo, desde mi punto de vista hubiera sido conveniente para todos que a la cárcel le hubieran puesto aire acondicionado.
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