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Estamos solos en la esquina. Carpincho levanta el brazo y el ómnibus se detiene. Él sube de un salto, saca el revólver y pega el grito. Paso por detrás de él, intentando desenganchar mi arma que se ha trabado en el cinturón. Cuando emboco el pasillo lo veo, y el corazón se me para. En uno de los lugares del fondo el Negrito está de pie, tiene una pistola y nos apunta. Siento que un escalofrío me sacude.
En ese momento se escucha un trueno.
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Los gritos de los pasajeros aturden. Doy media vuelta y salto por encima del cuerpo del Carpincho. Está tirado en el piso con un feo agujero en la cabeza. Se ha visto obligado a desparramar sus sesos a la sanfansón sobre el astillado parabrisas.
Se golpea mi cabeza contra el parante de la puerta, trastabillo en los escalones y caigo a la calle. Me levanto y corro.
- ¡Negro, acordate de cuando choreábamos juntos! - suplico, y no sé si estoy hablando a sólo pienso.
- No me va a tirar, no va a matar a su cuñado -, casi rezo. - Si aparece otro policía estoy sonado; este es el único que está casado con mi hermana.
No sé de qué me río, pero me río.
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Un golpe en la espalda me tira de cabeza contra un cantero.
... Es extraño, miro la sangre que corre y a mí mismo como si me viese desde arriba. Veo que el Negrito se acerca y mira mi cuerpo. En eso está cuando una linda mina que no es mi hermana baja del colectivo, corre, llora, lo abraza y lo besa. Todo junto. ¡La cornea a mi hermana! No me enojo; tengo la sensación de que aunque quisiera no podría enojarme. Sin saber hacia dónde, empiezo a moverme. Alcanzo a ver que un pasajero le da la gorra al Negrito mientras me alejo y me desimagino. A medida que me desdibujo descubro que soy luz y agrego claridad a esta soleada, hermosa mañana de primavera.
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