sábado, 3 de julio de 2010

Encuentro, de Fabricio Laino Sanchís

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Dos miradas se cruzan, un par de ojos encuentra al otro. Ambos se detienen para contemplarse. La noche perpetua de estos lugares propicia el encuentro fortuito. De alguna manera se sienten atraídos. No es, desde luego, una cuestión de empatía; pero tampoco se trata de la simple consecución de un impulso libidinal. Ni siquiera se han visto; mejor dicho, no han visto a quien porta esos ojos. Estos son lo que importa, lo único que existe en esa vorágine intermitente de imágenes y sonidos. Los dos fijan su mirada en la retina ajena, como si cada uno pudiera reconocerse allí, en esa inmensidad azul o negra. No pueden comprender lo que sienten, pero es tan fuerte que parece trascender tiempo y espacio. Las luces se difuminan, los ruidos y la música se fusionan en un único sonido inconcebible, los cuerpos se esfuman: para cada mirada sólo queda la del otro, y nada más que la del otro.

De golpe, una luz se apaga, un cuerpo se desplaza, algo se interpone. Las formas recuperan su contorno, la melopea se disuelve en versos y voces y melodías. Todo vuelve a su lugar. El ensueño ha terminado; los ojos han desaparecido. La vida continúa, con la esperanza de volver a encontrarlos.
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