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La carrocería brilla, es mediodía y el auto avanza lento por el sendero. Levanta una pequeña nube de polvo que se eleva apenas a centímetros del piso y se dispersa cubriendo unos pocos pastos amarillentos por la sequía.
El árbol no tiene una hoja.
De la ventana del rancho asoma una cabeza de mujer que mira al auto.
La mano de una nena aparta la cortina que oficia de puerta y detiene el gesto un instante.
La nena dueña de la mano, desde el vano de la puerta mira alternativamente hacia dentro del rancho y hacia el auto.
Se escucha la voz de un hombre – Andá.-
La nena, con pollera celeste y camisa blanca, se acerca al auto que abre la puerta. Ella sube. El auto desanda el camino lentamente.
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