miércoles, 9 de marzo de 2011

Beagle, de Fernando Alvarez

A pesar de que pudo imaginar los acontecimientos posteriores con total exactitud no sintió nada, ni pena ni alegría, ni satisfacción ni remordimiento. Nada.
Sabía que el contendiente no estaba a su altura. Sólo un linyera que vivía en una plaza. Incluso en algún momento pensó “pobre tipo”, pero fue apenas un pensamiento al que no lo acompañaba sensación alguna. Casi un decir.
De todas maneras, no lo podía dejar pasar. Aunque el perro le importara una mierda.
Lo fue a buscar personalmente y se negó a volver a casa. "Tenés que ser muy boludo para preferir quedarte con este zaparrastroso", pensó en ese momento. Lo llamó varias veces:
¡Meridien!, ¡Meridien!- El hijo de puta no le daba cinco de bola, seguía corriendo un palito que le tiraba el croto.
Encima el tipo lo verdugueó: ¿Meridien le puso al perro? - y aguantó la risa.
Igual no le importó demasiado, apenas le molestó la sorna con la que lo trataba. Lo miró para recordar su cara, solamente para eso. Le gustaba, sentía que era como hacerse cargo.

Ahora debía conseguir un par de vagos que pegaran los carteles que había hecho. En una librería compró un par de frascos de pegamento, caminó hasta Lavalle, encaró al primero de los que estaban repartiendo tarjetas de sauna y le ofreció 20 pesos por el encargo. Le preguntó si tenía algún amigo que se quisiera ganar unos pesos y el otro dijo que tenía por lo menos 10. Se los dejó con instrucciones precisas de donde pegarlos, tenía que ser alrededor de plaza Libertad.
Ahí sí se despreocupó. Todo tenía que salir según lo previsto.
Era sábado al mediodía, estaba soleado y fresco, sintió ganas de almorzar, entró en La Estancia, el maitre lo saludó: Buenos días, señor López, le dijo. El ya no prestaba atención a eso. Cuando vivía en los suburbios había ensoñado con ese lugar. Lo había hecho en populares noches de cine de acción y, a la salida, pizza con fainá parado en La Roma. Noches de micro 10 repleto para volver a Domínico.
Almorzó algo liviano y caminó hasta la plaza donde constató que habían sido pegados los carteles. Ya no podía haber marcha atrás.
¿Cuánto tendría que esperar?
Nunca le había gustado ese perro baboso, era sólo un pasaporte para ganar respetabilidad. Tenía un perro de raza y más que eso tenía un gran campeón.
Lo compró solamente porque le recordaba dónde había empezado su fortuna. Era Beagle porque no existía la raza Malvinas. Hubiese comprado un Malvinas aunque fuese una cuchara.
Dos días. Eso demoraron. Al tercero lo llamaron de la comisaría. Meridien estaba en la guardia y andaba babeando como de costumbre. El policía lo hizo pasar al despacho del comisario.

- ¿Sabe qué hubo una pelea por su perro?- El comisario tenía la piel aceitunada, eso y un bigote finísimo le daban aspecto de cantante de boleros.

- No, no lo sabía

- Hubo un muerto, un linyera que vivía en plaza Libertad. Acuchillado. Dicen que el perro lo defendió y lastimó bastante al asesino. Suponemos que todo fue por la recompensa. Mil dólares son muchos dólares ¿Tiene papeles?

López mostró los papeles del perro y el comisario le dijo que se lo podía llevar. El se paró, y encaró la salida.

-¿No se olvida de algo?

Volvió sobre sus pasos y dejó los mil dólares sobre el escritorio.
Salió con Meridien de la comisaría, lo llevó a una veterinaria y lo dejó para que lo vendieran.
¿El linyera habrá alcanzado a entender lo que estaba pasando? Seguramente no. Esa certeza le provocó cierta decepción. Ultimamente vivir le dejaba gusto a poco y no sabía qué cosa hacer para remediarlo.

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