Uno y el viento
La memoria es arena, un desierto de arena
visitado por el viento y el ocasional viajero.
El asado nunca es el mismo, lo que hoy digo recordar
mañana cambiará.
Recordar es crear….
Moria Casan (Clepsidra y otros relatos)
Le parece recordar que el caniche toy corría, giraba y volvía a correr hasta detenerse a olisquear antiguos orines de otros perros allá en Valentín Alsina. También que ellos caminaban acompañándolo en su salida nocturna. Ambos fumaban cigarrillos, tabaco negro, en esa noche de verano, cuatro o cinco de enero, los bichos se arremolinaban en los focos del alumbrado, él cree recordar que en ese momento le contó algo de la búsqueda. Seguramente el otro, su padre, se habrá hecho el desinteresado y le habrá contestado monosílabos con la voz ronca mientras el catarro le silbaba en los bronquios. No llovía, hacía calor ¿eso es seguro?
Si fue así, Roberto, el padre, llevaría como de costumbre la nueve y el 38 con el percutor fallado al cinto y al llegar a la esquina donde se termina el asfalto, una cuadra antes de la villa, tiraría los consabidos dos tiros al aire, apenas por encima de los techos, llegarían puteadas desde las sombras y detrás una cortina musical, cumbia, chamamé, cachaca, esas cosas.
Esa noche su padre rió viendo como un par de morochas huían corriendo agachadas y él quiere creer que no lo acompañó en la risa como otras veces. Le parece recordar que miró a Roberto como a un extraño. En el ínterin, éste, el padre, habrá dicho, esto es seguro, alguna cosa acerca de “a estos negros cabeza”.
Muy probablemente fue en esa caminata que le contó que tenía que buscar a una mujer de la que no había noticias desde hacía cincuenta años. Una irlandesa. Algo le hizo ocultar parte de la historia. No dio nombres y no mencionó el dinero. Omitió decir que nadie le había encargado la búsqueda, que se enteró, él lo creía así en ese momento, de casualidad cuando estaba esperando solo en la oficina del “Fino” Aguilar, el antiguo compañero de Roberto, dueño de la agencia donde él, el hijo, trabajaba. Leyó un fax que no estaba destinado a él sino al Fino. Omitió también que había usado el mismo aparato para hacer una fotocopia que en ese momento llevaba en la billetera.
-El Fino si que la hizo bien, mirá, ahora le hacen encargos de afuera. Pelechó el turro. Siempre la fue de señor y era como la langosta, no dejaba nada. Te conté cuando se choreó una caña con reel y todo, ¡que hijo de puta!, habíamos ido a hacerle un allanamiento a uno que al final no tenía nada y cuando nos vamos me muestra debajo de la campera y se llevaba la caña. No iba a perder la oportunidad - El padre se reía de la historia contada ya otras veces, el lo acompañaba con una sonrisa.
Volvieron a la casa donde los esperaba su madre, Antonia, con la cena lista, le parece recordar que comieron niños envueltos con puré de papas; su hermana vendría tarde ¿de la facultad?, porque no recuerda que haya estado.
Fue en ese momento, de esto sí está casi seguro, que apareció ese comentario que siempre lo encontraba desprevenido aún cuando se repetía desde que tenía memoria. -¿Y cómo vas a hacer para encontrarla? – y dirigiéndose a Antonia – Tiene que encontrar a una irlandesa-.
No fueron las palabras esta vez, fue el tono, burlón, desdeñoso lo que hizo que se le cortara la respiración. Si al menos hubiese estado Jennifer, su hermana, aunque más no fuera para poder mirar a alguien.
Pero no, recuerda que esa noche estaba solo. Aunque no era época de clases o de exámenes ya. O tal vez todo esto pasó unos días antes y su hermana no estaba porque estudiaba para dar un examen o lo estaba rindiendo incluso. Si fuera así volvería tarde en un remisse porque el barrio era peligroso o no volvería y se quedaría estudiando en casa de alguna compañera… Estaba solo, aún más que de costumbre.
Terminó la cena. Roberto y Antonia seguían con sus charlas. El había pensado tratar de preguntarle indirectamente a Roberto cómo hubiese hecho para encontrar a la irlandesa pero no lo hizo y se alegró de no haberle dado más detalles del asunto cuando tenía la decisión de hacerlo. Después de ayudar a Antonia a secar los platos se despidió y se fue a su trabajo.
De lunes a viernes garita, cumplía un turno de ocho horas por la noche cuidando una mansión en Martínez, los sábados y domingos vigilaba el interior de un depósito en Barracas y los turnos eran de doce. Le gustaba más la fábrica, podía dormir algunos ratos, tenía una cocina, radio, podía llevar alguna revista para leer y, a principio de mes la hacía entrar a la paraguaya, decía que se llamaba Leonor, pero eso nunca se sabe. Había encontrado un método para hacerla entrar discretamente y le parecía que nadie los había visto.
La garita en cambio le resultaba insoportable.
Pero en ese momento, el recordado, el del comentario sarcástico de su padre, seguramente no pensó en Leonor, ni en el depósito, ni en lo insoportable de la garita. Simplemente se fue, como tantas otras veces, con el rabo entre las piernas.
Esa noche leyó varias veces el papel que había copiado, cuando lo hubo memorizado lo rompió en pedazos pequeños y, hechos pequeñas bolitas, los tiro espaciadamente mientras hacia la caminata habitual controlando el parque de la casa. Solo guardó el membrete donde estaban los datos de los abogados irlandeses que pedían la información.
Empezó a esbozar su plan. Sabía que no tenía muchas posibilidades de triunfar en la búsqueda, probablemente solo contaba a su favor con una virtud: ser metódico. Él lo sabía, era lo que le permitía vivir cada mes, ayudar a su hermana e, incluso, ahorrar algún dinero.
Pensó a quién mandarían de la agencia a hacer la búsqueda, no llegó a ninguna conclusión, debería tener cuidado de no cruzarse con ellos porque podrían sospechar.
Ha pasado tiempo y recuerda todo esto mientras está de portero nocturno en un edificio de departamentos en Ipanema, frente a la bahía de Guanabara, mirando la entrada vidriada, por donde, cada vez que se abre la puerta entran los ruidos de la avenida, autos, voces, risas y, pocas veces, ya en la madrugada, cuando todo se calma, el sonido del mar.
Tiene mucho tiempo para recordar allí. Tiene muy poco que hacer, apenas abrir varias veces las puertas a los propietarios que entran y salen. Lo recuerda allí y eso es varios años después y en su caso una vida después. Otra vida en donde ya no están Roberto, Antonia, Jenny, y él ya no sabe si va a seguir llamándose Antonio o no. Es curioso, ahora siente apego por ese nombre que nunca le gustó. Lo que recuerda con absoluta precisión era el aburrimiento que tenía de hacer aquella vida, y lo que más lo enoja con él mismo es el haber creído que era la única posible.
Se pregunta si el Fino o Roberto lo estarán buscando. Tiene mucho tiempo para preguntarse y también para aventurar respuestas.
Ya no le importan esas personas que alguna vez fueron centrales en su vida, supone con razón que ni siquiera Jenny le importa. No espera nada, no desea nada. Por las mañanas cruza a la playa y después del baño en el mar y la corrida por la arena húmeda duerme debajo de una sombrilla. No recuerda los sueños al despertar, recién los empezará a recordar varios años más tarde así que en ese momento tampoco sabe quienes están en ellos. Por las tardes va a visitar a Iris, ella vive en la rua Vizconde de Carabelas, en Botafogo, habitualmente cenan algo juntos, por la noche vuelve a la portería.
Iris es suave y morena. Antonio, llamémoslo así mientras no decida tener otro nombre, prefiere no preguntar qué hace cuando no está con él. No se piden nada. Se dan lo que pueden.
Todavía no sabe que hacer con el dinero que trajo desde Buenos Aires, y el poco que sigue juntando en su nueva vida, algún día quizá deje la portería y se establezca en otro lado. Tal vez ella desee acompañarlo.
También puede ser que no cambie y siga entregado a esta vida que siente más relajada, a este devenir sin tanto esfuerzo. Siendo, solamente, sin pensarlo demasiado. Solo ocupado en sus recuerdos.
Antonio recuerda que dejó la garita cuando ya había amanecido y se apuró a ir al Registro Nacional de las Personas, no sabía qué cosa estaba empezando, sin embargo cree recordar que se sentía contento. Era el movimiento de su cuerpo el lo hacía sentir alegre. Tiene en su cabeza su imagen, la de él mismo caminando y silbando en el amanecer claro y fresco de ese día de verano. De camino compró una docena de facturas.
Encaró hacia el mostrador en medio de un gentío y se acercó a un empleado viejo, con cara de aburrido, puso el paquete con facturas sobre el mostrador.
-Esto es para el café. Quería hacerle una consulta. Ando buscando a una persona de la que no tengo ninguna pista-
-Ajá. Anote el nombre en este papel y ponga cien pesos abajo del paquete de facturas-
…Ahora espere.
Una mujer algo mayor lo miraba constantemente al punto de hacerlo sentir incómodo. Se daba cuenta que ella hacía un esfuerzo para disimular el interés e intentaba desviar la vista pero a los pocos segundos volvía a mirarlo.
¿Qué habrá visto? Piensa hoy, ¿sabrá algo de mí que yo desconozco? ¿Lo habrá visto a él en mí?
Salió de las oficinas con un dato. Jean Dashwood Último domicilio conocido Colonia siquiátrica Open Door. No sabía si ponerse contento, la fecha del registro era 9 junio de 1957.
Recuerda que el taxi lo dejó en la puerta y recuerda que un largo camino rojo a través de un descuidado jardín lo llevó hasta las construcciones de lo que supuso el hospicio. El viento soplaba fuerte ese día y lo obligaba a esforzarse para caminar. Como había llovido no volaba tierra y los pequeños pedazos de ladrillo que afirmaban el camino crujían debajo de sus zapatos. Se veían algunos pájaros picoteando aquí y allá y se escuchaban a otros tantos piar desde la copa de los pocos árboles. El cielo continuaba viéndose gris plomizo.
Un loco le salió al cruce y le pidió cigarrillos.
Ya en las construcciones se acercó a un cartel en donde se leía Administración. Un hombre de guardapolvo blanco recibió a Antonio y a la consabida docena de facturas.
-Busco a Jean Dashwood, el último dato de ella es que estaba internada en este lugar en 1957-
-No hay registros de esa época, se puede buscar en los últimos años, a lo mejor hay algo ahí aunque lo dudo. Yo trabajo aquí desde hace años y no recuerdo a nadie con ese apellido…Fíjese acá- y le alcanzó unos libros llenos de tierra, el primero, por orden cronológico, empezaba en el año 1983. - Tampoco queda gente trabajando de ese tiempo. – y refiriéndose a los libros -Mírelos tranquilo-
Antonio leyó nombre tras nombre año por año. Al finalizar pidió permiso para lavarse las manos. El hombre del guardapolvo le indicó con un gesto una puerta.
-De esa época solamente queda una interna, creo que entró en el año 52, se llama Eva Pérez
Antonio ya lavado volvió sobre sus pasos.
-¿Valdrá la pena preguntarle a ella?-
-Quien sabe… venga por acá.-
Caminaron por largos pasillos que se veían limpios. Se acercaron a un lugar en el que se veía a un grupo de mujeres formando una hilera frente a una puerta.
-Verá, ella es un poco particular. Cree que es la reencarnación de Eva Perón… permiso, permiso. – Esto último dirigido a las mujeres que estaban haciendo cola. El hombre abrió e irrumpieron en la habitación.
Una mujer de piel negra los miró con aire indiferente. Estaba sentada sobre un sillón de mimbre, tenía blanco y enrulado el pelo y lo peinaba en un rodete.. A su lado una mujer con guardapolvo de enfermera, arrodillada sobre una frazada doblada, parecía rezar.
-Andate Edelmira- la negra mano tocó la frente e hizo una breve cruz- Lo tenés que echar.
Buscalo a tu hermano.
-Usted dirá- Antonio reparó que con la ida de Edelmira había quedado solo con la anciana.
Se sintió incómodo enfrentando la mirada de la mujer, ciertamente avergonzado.
-Acercate, no importa que no creas. Ahora vas a creer.-
Recuerda que salió confundido, que sintió el contraste, apenas unas pocas horas antes, al emprender el viaje, se había sentido lleno de entusiasmo tanto como quizás nunca había experimentado.
Es extraño que aquello no le despierte sentimiento alguno en la actualidad, ahora que está recordando mientras acaricia con la yema del índice de su mano derecha la suave piel de la entrepierna de Iris, que duerme a su lado desnuda, delgada, morena sobre la sábana blanca. Siente la humedad de su cuerpo en ese enero de calor denso que solo cede al amanecer. Iris murmura en sueños y él detiene el gesto, no quiere despertarla, desea estar así.
Vuelve a recordar sus pasos desandando el camino, ya lo ha hecho otras veces, pensando en que esa mujer estaba loca y que sin embargo le había dado la respuesta que él había ido a buscar. ¿Adonde lo iba a conducir? Era la única posibilidad, al menos por ahora.
-
-Cuidate de lo creés, es ahí donde te podés perder. Andate nomás–
¿Qué creía, qué creyó después? Aún hoy no lo sabe. Aún hoy.
Recuerda que volviendo a Buenos Aires se alarmó cuando le pareció ver en
Por el momento no lo iba a saber, la descarga de adrenalina lo dejó tenso, recién cuando, ya acomodado en el ómnibus, se sintió cansado e intentó dormir se dio cuenta de eso.
Viajó meditando que haría en caso de que se hubieran percatado de que él había empezado por la suya una búsqueda encargada a la agencia. El Fino no se destacaba por ser comprensivo. Recuerda que se le instaló un nudo en el estómago que demoró tiempo en irse.
-¡Qué ingenuo que era! pensará de sí mismo.
Pero eso será varios años después de este momento en el que está recordando sentado en la cama, con la espalda apoyada sobre la pared que ya se ha calentado con el calor del cuerpo e Iris durmiendo a su lado respira suavemente, tanto que apenas se mueve su cuerpo desnudo. Pensará así cuando haya cambiado del todo, cuando pueda hacerlo, pero no ahora, en este momento. No.
En este momento recordando eso se dirá ¡Qué gil que fui!, porque así ve su vida pasada, la de antes de que empezara a cambiar, como la vida de un gil que se comía todos los amagues.
-¡Que gil que era! O peor aún, ¡Qué pelotudo! Así, sin mucha piedad, se piensa a sí mismo.
Claro que no siempre recuerda en situación de relax. Cierta mañana, estando a orillas del mar se distrajo y una ola lo sepultó. Escapó como pudo del apuro no sin dejar de tragar algo de agua y de sentirse tonto. Ya en la arena, todavía agitado, recordó aquella tarde que, estando parado frente a la puerta de su casa vio a Jennifer doblar la esquina caminando y dirigirse hacia él y segundos más tarde ver como pasaba el auto del Fino y se alejaba detrás de la sonrisa de ella que decía hola mientras se acercaba. La sorpresa fue tan grande que casi no pudo articular palabra, cree recordar que Jenni lo saludó sin percatarse de que él acababa de entender. Digo cree porque ahora él no está muy seguro del recuerdo que se le presentó así. Recordó estando en medio de una situación de ridículo y todavía con gusto a sal y granos de arena en su boca. No sabe que fue lo que disparó la asociación en ese momento, ¿tal vez la sensación de haberse sentido un tonto? Tal vez, o quizás los recuerdos son libres, y no vienen a la cabeza cuando algo del momento presente los dispara sino cuando la propia conciencia no soporta más y libera la válvula porque es necesario comprender. De todas maneras sabe que fue en ese momento que cayó en cuenta de que, como el mundo, él también había vivido equivocado.
Todos estos recuerdos se suceden en su cabeza sin estar acompañados de sentimientos ni sensaciones nítidas, a veces como en el caso anterior, un leve rubor por sentirse tonto. Una ligera vergüenza que se disipa cuando un carioca cerca suyo, hace un chiste al pasar porque él también fue sorprendido por la ola.
Esto de la falta de sensaciones que acompañen sus recuerdos tiene una excepción y son aquellos en los que aparece “el Chueco Fangio”. Cuando eso pasa siente un malestar que se le instala en el cuerpo y tarda en irse. Necesita recurrir a la lectura, ese hábito que adquirió precisamente mientras buscaba a Jean Dashwood. Imaginar otras vidas le permite olvidar momentáneamente la suya, lo hace mientras el cuerpo y la cabeza se reacomodan y puede volver a poner sus sensaciones en sordina. En ocasiones la lectura lo lleva más allá y sigue con ella incapaz de frenar la curiosidad por aquello que se mueve y respira en las páginas que pasan frente a sus ojos. Curiosamente respecto de las historias de los libros él siente angustias y temores, amores y odios que no se permite en su vida. Salvo como decía, cuando el recuerdo trae el nombre o la imagen del Chueco y rápidamente aparece en su cabeza el cuerpo torturado tal como lo vio en el fondo de su casa, esa noche que se acercó con sigilo para encontrar a Roberto, su ¿padre? cavando una tumba donde ocultar los huesos quebrados, la cara desfigurada de su amigo, ahora lo recuerda como su único amigo, que yace tirado sobre la tierra a un costado del naranjo como un fruto caído más de esos que ya maduros penden de las ramas. Esta imagen produce en su memoria una sensación de extrañeza porque esas naranjas casi rojas de maduras no concuerdan, como si una imagen de naturaleza en plenitud no pudiese estar acompañando a esa otra, la de la crueldad extrema, la del desarticulado cuerpo que aún sangra en su recuerdo. Recuerda también que de pronto vio a Antonia, que se acercó con un termo y un mate para ofrecérselo a Roberto
Recuerda que salió, tratando de no producir el menor ruido en ello. Recuerda también que en su cabeza se repetía la ¿mentirosa? pregunta que probablemente repetirá lo que quede de su vida.
¿Por qué lo metí en esto?
Mentirosa porque fue a sabiendas aún cuando, él quiere creer, el desdichado sabía en que se metía. Era la manera en que siempre habían ganado jugando al futbol, el Chueco arrastraba las marcas y el entraba solo para hacer el gol. El habilidoso, siempre había sido el otro, él era el oportuno. Y así había sido una vez más, solo que esta vez el Chueco Fangio no había recibido una patada de algún defensor rústico sino que le habían dado el pase libre, para siempre.
Necesito que me ayudes, a vos no te conocen.¿No estás cansado de verla pasar? Vamos y vamos.-
-¿50 y 50?-
-Menos lo que gasté, que no fue mucho, yo no soy como vos, yo la cuido. ¿Qué decís?-
-O vos sos muy buen amigo o me estoy metiendo en un quilombo bárbaro-
-y…riesgo hay. -
El se cuenta esa conversación una y otra, aún cuando está cansado de escucharla.
Fangio ya no vive, solo es recuerdo.
-No hay que hacer alharaca, hay que andar con pie de plomo. El Fino no es ningún pelotudo y tiene alrededor a dos o tres que son capaces de cualquier cosa.-
Nunca pensó que también iba a meterse Roberto en el asunto.
¿Con él hubiera hecho lo mismo que hizo con Fangio?
Recuerda, se recuerda, preguntándose porqué Roberto no lo quiere, porqué los castigos, el desprecio. La burla cuando conseguía ser buen alumno, Calculín le decía, y el castigo desmesurado cuando era aplazado, -una semana encerrado en la pieza te vas a quedar por pelotudo-. Recuerda, se recuerda y siente necesidad de hacer una respiración profunda. ¿Era tan obvio todo? ¿Cómo no se dio cuenta? Recuerda que se sentía culpable, estaba seguro de que él era el culpable, solo él, lo creyó desde que tenía siete años.
Sí, si Roberto lo encontraba le hubiera hecho lo mismo que le hizo a Fangio. Quiere creer eso, que Roberto no se hubiera apiadado de él Ahora estaría él pudriéndose abajo del naranjo.
Después, tiempo después, otro amanecer en la bahía de Guanabara, otro día, otro nadar en el mar, hacer ejercicio en las barras, dormir debajo de una sombrilla. El pelo decolorado por el sol y el agua salada, la piel marrón oscuro, el cuerpo magro, mucho más fibroso que cuando vivía en Buenos Aires. Simulando manejar poco el idioma para no hablar demasiado, solo con Iris le gusta comunicarse, a veces consigue pasar un rato concentrado en su charla. El resto del tiempo recuerda.
Claro que el no cuenta nunca sus recuerdos, solo una parte de ellos apenas tres o cuatro cosas a la madre del Chueco para justificar el dinero que le estaba dando, “es del Chueco, el me dijo que se lo diera y que lo use porque él puede tardar en volver”, algo que calmara la angustia, la necesidad de saber de su hijo que tenía esa mujer que infinidad de veces les había dado la merienda sobre esa misma mesa, sobre el mismo mantel de hule ya viejo, en esa misma cocina donde vuelve a estar cuando recuerda. Contarle solo la búsqueda de Jean Dashwood y su hijo, y mentir que habían negociado los datos y que habían cobrado por ello. No decir nada de porqué lo había llamado al Chueco para compartir la recompensa.
Recordar que dio ese dinero lo hace sentir mejor, abona su creencia (quiere creerlo), que no es hijo de Antonia y Roberto, que Jennifer no es su hermana, que la que fue su familia no es su familia.
El fue capaz de dar la mitad del dinero que tenía ahorrado, más lo que pudo manotear en los cajones de la cómoda y los dólares del embute que Roberto tenía para rajar de apuro. Se llevó lo que pudo después de ver la escena al pie del naranjo, se dio cuenta que tenía que huir, que ya las cartas estaban echadas, habían cantado falta envido y truco y el tenía tres cuatros en la mano.
Quiere creer que ese gesto lo diferencia y le quita importancia a aquellas cosas que prefiere no recordar, y que sin embargo recuerda, a cada instante, mientras está despierto.
- Y lo curioso es que así empecé a leer, yo nunca había leído libros y me gustó, se me pegó este gusto por leer - recuerda que trató de darle un tono distendido a la charla en esa cocina donde se sentía más a gusto que en la de su casa, donde nadie le recriminaba nada y lo miranban con afecto. Aún hoy lo hace esa mujer en el recuerdo del día en que está hablando del Chueco, simulando no saber que está dos metros bajo tierra en el fondo de su casa, o la casa de Roberto y Antonia como prefiere pensar ahora. Avergonzado de su cobardía, de no atreverse a denunciarlos. Suponiendo que como huyó, el acusado será él.
-Llegué a la escuela que me había señalado la señora, es una de curas irlandeses. En la biblioteca estuve revisando los anuarios, faltaban los de algunos años y en los que había no encontré el apellido Dashwood.
Ya me iba y en ese momento dos pibes le gritaron a un gordito de lentes -¡Dashwood!-
¿Vos sos Dashwood?- le pregunté.- Me miró con odio. Yo estoy buscando a un Dashwood, por eso te pregunto.
Me dicen Dashwood por el del cuento.
¿Qué cuento?
-El que nos dieron a leer –.
Era “Los oficios terrestres” de un tal Rodolfo Walsh .
Volví a entrar preguntando por la biblioteca. Tuve que leer todo lo que ese hombre había escrito para ver si encontraba alguna pista.
Se quedó en silencio un momento. No le contó que cuando se enteró que el autor había desencriptado mensajes cifrados de
-Si, estoy lo más bien, pero se me hace tarde. El Chueco me dijo que gaste tranquila la plata, el tiene más y a lo mejor tarda un tiempo en volver. Me voy a tener que ir. Lo único, le pido que no comente nada, él se fue y usted no sabe adonde y yo no estuve acá. Tenga cuidado, hay varios que nos envidian la plata, que no se enteren que usted tiene.-
Y después se fue, cuidándose de no ser visto.
Nunca le dijo a la madre del Chueco ni a nadie que siguió a ese hombre, a ese tal Rodolfo Walsh, por una calle de
Anduvo hasta Liniers y ahí subió a un ómnibus que lo llevó a Jujuy, todo esto lo recuerda borrosamente, no recuerda paisajes, el último recuerdo es la casa, la que fue suya allá en Valentín Alsina, en otro planeta, en otra vida.
En
Se apartó sin apuro recobrando la calma de su corazón, respirando profundo para tratar de sacarle el jugo a ese aire flaco. Por fin se sentó en un comedor, y se sorprendió al descubrir que comía con apetito. Fue en ese momento que decidió el destino final de su viaje, recuerda que se rió por lo complicado que se le presentaba el derrotero elegido, a él, que nunca había ido más allá de la laguna de Lobos. Ahí pensó en Río de Janeiro. Ahora está agradecido, mientras mira llover sobre
Por supuesto que el quiere recordar momentos alegres pero le resulta difícil porque vuelven y vuelven las imágenes del Chueco, el naranjo, Roberto paleando, y Antonia con el pelo rubio batido, el batón floreado y el termo y el mate que va de una mano a otra.
Trata de leer. Lo intenta, muchas veces no puede. Aún así trata de concentrarse hasta que llegue la mañana, cuando está en la playa sale a nadar, se interna en el mar. Vuelve extenuado, antes de dormir bajo la sombrilla a veces piensa, es solo un pensamiento, si alguna vez será capaz de nadar hasta el África.
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