jueves, 11 de marzo de 2010

Cuento de Navidad n°1, de Fernando Álvarez

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Cuando el Colorado O'Henry dijo la primera palabra, yo supe que iba a contar un cuento de Navidad. No fue por la palabra en sí, a la que no recuerdo con exactitud, tal vez fue "quizás" o quizás fue "tal vez". Supongamos que fue esta última. Creo que tuvo que ver con que era de noche, llovía a cántaros, las calles eran un río y estábamos en un bar en el límite de Patricios, el Las Palmas que está en Caseros y Vélez Sárfield, del otro lado de la avenida empieza Barracas.
Pero mejor voy al asunto. El Colorado miraba cómo llovía, el inglés, el tano y yo mirábamos aburridos un partido de la liga italiana por televisión, no sé si era de la A, de la B o de la C, para como juegan es lo mismo. Sin mirarnos, dijo "tal vez no siempre el amor devuelve amor", o algo así.

Dejamos de mirar el televisor.
- Fíjense que hay mucho lugar común con el tema del amor ... - siguió - Yo conocí un muchacho de acá nomás, de Balvanera, que estaba muy enamorado, Cacho Lafuente se llama, hace bastante que no lo veo. Después de mucho tiempo de andar de a salto de mata, había conseguido un buen conchabo, era algo riesgoso pero ganaba mucha plata. La mujer, despejado el panorama económico, había empezado a pedirle un hijo. El problema era que uno de los dos no era fértil, nunca me enteré cuál. La mujer sufría mucho por esta situación. Es sabido que la mujer sufre más en estos casos. A él también la idea le gustaba: enseñarle a jugar a la pelota al nene y todo eso, pero sobre todo quería complacerla.
Él, en tren de comentar anécdotas del trabajo, le contaba de algún recién nacido y sin querer acrecentaba el deseo de la mujer. Creo que se llamaba Viviana. La cuestión es que le prometió que iba a conseguir un hijo. Lo que no podía garantizar, como es lógico, es si iba a ser nena o varón.
Resulta que la noche del 23 de diciembre fueron "de operativo", así le decían ellos, a un departamento en Coghlan o Colegiales, por allá ...

- ¡Qué barrios que no me gustan! - disgregó el inglés y tomó un largo trago de cerveza. El Colorado lo miró con cara de pocos amigos, si hay algo que detesta es que interrumpan un cuento. Y más si el que cuenta es él. Siguió después de un silencio intencionado y una mirada reprobadora.
- Cuando llegaron los recibieron a balazos, bala va, bala viene hasta que uno que iba con él consiguió meter una granada adentro y se acabó la resistencia, la puerta saltó de cuajo, entraron al living-comedor y encontraron lo que quedaba de una pareja joven.
Se pusieron a revisar para ver qué se podían llevar, porque a esos evidentemente no los iban a poder interrogar. Eran como treinta tipos cargando lo que quedaba sano, cuando uno de ellos que había ido al placard, que es donde la gente guarda la plata además de la ropa, se encontró con un nene de nueve años y, lo mejor de todo para Cacho, una morochita con una panza de nueve meses de embarazo. Lo de morochita era importante porque él era un pinche y jamás hubiera podido aspirar a un nene rubio, por ejemplo. Así que los sacaron a patadas en el culo del placard y a la embarazada la empujaron para que rodara por las escaleras.
Cuando Cacho vio que llegaba estropeada pero viva a la vereda se tranquilizó, le habrá parecido una buena señal o algo así. Los cargaron en los camiones junto con el calefón, la heladera y esas cosas y los llevaron.
Él quiso ir con ella para cuidarla, ¡ya imaginaba la cara que pondría su mujer cuando llegara con el bebé! ... Bueno, la hago corta, el asunto es que a la embarazada la hicieron parir antes de meterla en un tambor con cemento junto con el nene de nueve años y tirarla al río y Cacho, ilusionado, se fue a ver al Coronel para pedir al recién nacido. Había sido varón, para colmo, y se lo veía bien oscurito. Estaba emocionado. Imagínense, ¡iba a ser papá!

El Coronel no estaba, así que pidió hablar con el Mayor. Lo hicieron pasar apenas salió un Sargento que él no conocía y sin muchas vueltas pidió el pibe.
El Mayor mucho no lo tragaba porque él, como tantos otros, estaba allí por la plata, mientras que ellos, los de carrera en la Fuerza, aunque también se llevaban plata, estaban ahí por ideales. Así que con bastante desprecio le dijo que no se lo podía dar porque ya se lo había dado a ese Sargento que acababa de salir.
Cacho quedó de cama. ¡Al día siguiente era Navidad y él sin el regalito!
Salió desolado y tomó unas copas en un bar por ahí. Después se animó y volvió a la casa. Le contó todo a su mujer y se acostó a dormir la mona.
Al día siguiente ella había se había ido. Tiempo después me enteré que ella estaba viviendo con un Cabo y que tenían una nena morochita, nunca supe si natural o adoptada.
Cacho nunca se recuperó, siguió trabajando, pero chupaba mucho y al final era un peligro. Un día se le escapó un tiro y le metió un balazo en el culo a un compañero que iba adelante.
Así que se quedó sin trabajo. Con lo que había juntado compró un quiosco y ahí sigue, tiembla tanto que los pibes tienen que abarajar las monedas cuando les da el vuelto.

El Colorado se calló y nos quedamos mirando la noche detrás de la ventana.
En el bar apagaron el televisor y por un momento quedó todo en silencio.
Afuera la lluvia seguía como si nada.
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jueves, 4 de marzo de 2010

Detrás de una imagen, de Inés Kreplak

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"Qué cosa de repente se me ha
ido el suelo y está el vacío esperándome
nada me puede atajar nada firme
adelante mío no es que me caiga
se me ha ido el suelo y lo voy a seguir.

No te asustes, no, no te asustes
si ves que como respaldo lo tengo al viento
y no queda nada bajo mis pies
me voy a pique nomás
y aunque rompa el aire de un tajo,
no es que me caiga, es que voy pa' abajo
a tocar el fondo de lo que
soy de una vez."

[
A pique, Juan Quintero]


Un vidrio empañado por dentro, repleto de gotas por fuera. Detrás, un paisaje uniforme, recto, desolado. Plantas verdes, verdecitas, marrones y marroncitas. De vez en cuando algún árbol flaco, con algunas ramas semidesnudas, solitario en medio del llano.

Al lado del vidrio, del lado empañado, yo. Sobre el vidrio, yo, borrosa, empañada, llena de gotas sobre mi cara y casi casi espectral; por momentos con alguna planta verde o marroncita en lugares poco previsibles como bajo mi pera, o detrás de mi nariz. Pensaba, mientras me encontraba con mi imagen, si con tanta distorsión me presentaría ante el mundo. Si la desfiguración estaba siendo tan notoria en este caso. Podía también haber momentos en los que semejante distancia entre la realidad y la representación tuviera lugar entre lo que uno piensa y lo que transmite. Seguramente pasaba seguido, imperceptiblemente, la mayoría de las veces y en la mayoría de los casos. En algunas circunstancias una se encuentra con su imagen, se encuentra con lo que es, y no con lo que quisiera ser, allí la imperceptibilidad desaparece y lo que surge de pronto es una gran decepción.

¡Uf! ¡Qué densidad! Se supone que simplemente estaba viajando a visitar a mis tíos abuelos que viven en el sur, que me invitaron a pasar una semana con ellos por las vacaciones de invierno. Hacía mucho que no los veía y estaban viejitos, había que aprovechar el tiempo que quedaba. Viajar siempre me ponía reflexiva, en general era una persona analítica, metida para adentro, pero muy observadora; de hecho me la pasaba catalogando, en las diversas muestras, las fallas que tiene el ser humano, lo cual no me hacía del todo feliz, pero al menos me alejaba de mi propia realidad. Y ahora me encontraba sentada desde hacía más de medio día en un mismo lugar, observando y padeciendo, en parte en mi cara y en el resto de mi cuerpo (el que no estaba reflejado en el vidrio), y en parte en mis sentimientos, donde sea que queden, la soledad y la desolación del horizonte. Sufría también el aroma a tristeza que se sentía en ese colectivo, y eso me hacía reflexionar aún más, sentir en carne viva lo que significa tener una melancolía flor de piel. ¿Flor de piel? Que término tan poco mío. ¡Qué estoy diciéndo! Una flor de piel. Trato de imaginármela, pero me la imagino fea, una flor dura, carente de la delicadeza y suavidad, desprovista de belleza y perfume. Una flor de mí.

En ese momento decidí levantarme de mi butaca. Noté por primera vez que tenía un compañero de asiento, lo vi sobresaltado por mi exabrupto. Estaba tan compenetrada en mis pensamientos que no sólo no había sentido que tenía una persona al lado, sino que tampoco me di cuenta de que podía molestar a alguien con mi intempestividad. Pedí perdón, algo nerviosa, pero desinteresadamente. No lo miré. Caminé por el angosto pasillo figurándome una y otra vez la flor más fea de todas, la visualizaba de diversos modos. Todos se me escurrían rápidamente, por suerte. El tapizado de los asientos de los que me iba sujetando, el movimiento del micro, los pozos en la ruta, los ronquidos de algunos pasajeros, las luces del camino, el olor a baño químico distraían mis sentidos, ni hablar del sabor amargo de la tristeza que traía en la boca desde mi asiento. Fui al baño. Las puertas de los baños de los micros siempre son difíciles de abrir, me parecía demasiado trabajo intelectual para semejante desesperación. Por terca terminé utilizando más fuerza de la necesaria para abrir esa puerta, que chocó contra la pared y volvió a cerrarse. Escuché un "¡shh!". Pensé sólo insultos, no dije ninguno. Abrí la puerta nuevamente, esta vez con algo más de maña, y entré al baño. Recomendación: si estás viajando en un micro de larga distancia y por mirar el paisaje llano, uniforme, infinito recordás todas tus tristezas y decidís levantarte para terminar con esa sucesión de pensamientos angustiantes, nunca, pero nunca, pero nunca (a menos que te guste el masoquismo) ... ¡nunca decidas ir al baño del micro! Desde la entrada se siente un olor que pone a prueba a cualquier estómago, mezcla de producto de limpieza barato con el paso de sucesivas personas que se dirigieron a aquel cubículo para orinar-defectar-devolver ... bueno, en definitiva todos sabemos para qué sirven los baños, pero seguro que no es el lugar más adecuado como centro de rehabilitación.
No hice mucho hincapié en el tamaño de aquel reducto, prefería no pensar en que estaba encerrada en un micro, incapaz de correr hasta ganarle a la desesperación y que sí o sí ella quedase atrás. Raudamente salí de aquel lugar. Me había distraído al menos un poco: parece que las cosas horribles ajenas, de nadie (o de todos), pueden ocultar las propias. Ya no visualizaba la flor horrible. Ya no visualizaba la flor-yo.

Volviendo a mi asiento me prometí evitar el autocastigo; debía llegar a Choele-Choel, el pueblo de mis tíos abuelos, lista para bajar las escaleras radiante, cargada de energía y paciencia para recibir no sólo muchos apretones de mejillas, tiradas de orejas, abrazos de esos que te hacen chocar las costillas unas contra otras, sino también para poder repetir con una sonrisa la respuesta a una pregunta formulada reiteradamente. Al llegar a la fila donde se encontraba mi asiento, miré por primera vez a mi compañero. Estaba durmiendo, era alto y muy flaco, sus piernas largas se descuajeringaban casi artísticamente para poder entrar en aquel lugar. Dormía con la boca abierta, pero esta vez eso no me pareció ridículo y antiestético como siempre. Más bien me pareció normal: estaba durmiendo, relajado; hasta sentí algo de envidia. La paz de los demás, cuando son capaces de transmitírmela, me conmueve. Lo estaba mirando demasiado, dudaba si debía saltarlo y así llegar a mi asiento sin despertarlo, corriendo el riesgo de clavarle un zapatillazo en el hígado, o despertarlo para que se corriera y me dejara pasar. Era admirable lo que él había hecho con sus piernas, no quería quebrar semejante armonía, pero conociéndome, mejor era romper con el arte y que me acusen de reaccionaria, que herir alguna parte de su cuerpo por torpeza. Tosí bajito. Nada. Volví a toser, un poco más fuerte. Nada. Sutílmente me acerqué unos pasitos hacia él. De repente sentí el ventarrón del aire acondicionado sin escalas ni interrupciones directamente sobre mi piel; estornudé, dejando escapar en aquel estornudo mi alma (y algunas cosas más). Otra vez quebré su paz de manera abrupta. A veces me parece que la vida me hace chistes muy previsibles: estornudar por primera vez en toda la travesía justo en el momento más inoportuno me parecía un gag gastado, ineficaz, pero lo peor de todo es que esto no era ficción. Otra vez pedí perdón, esta vez sí mirándolo a los ojos. No contestó, solo puso cara de estar llenando con saliva su boca pastosa.

Me acomodé en mi asiento. Tenía miedo de mirar de nuevo hacia la ventana. Largos segundos miré el tapizado del asiento de adelante; pispeaba de reojo la ventana y rápidamente volvía la cabeza a la posición inicial. Así estuve largo rato. Mi compañero había vuelto a dormirse y sus piernas se habían podido ubicar casi tan armónicamente como antes. El leve vaivén del colectivo lograba funcionar como una mecedora no tan placentera, aunque debo confesar que, a pesar de todas las alteraciones que venía sufriendo en mi cabeza desde la salida de la ciudad, el sueño estaba logrando hacerse sentir en mí. Olvidé por un momento todo lo ocurrido anteriormente y, de manera espontánea, volví a mirar hacia la ventana. Durante largos segundos no pensé ni noté nada. Quizás fuera eso producto del sueño. De repente pude divisar mi imagen frente a mí, otra vez distorsionada, deforme, fea. Detrás ahora predominaba la oscuridad, con alguna que otra luz a lo lejos, sobre el cielo. Mi imagen entonces ya no tenía plantas bajo las orejas ni detrás de la nariz. Esta vez mi reflejo tenía compañía. Cerca de mí, casi superpuesto, un hombre dormía plácidamente. Pensé que mi Reflejo al menos ahora no se sentiría tan solo, ni tan feo, ni tan triste. Eso me alegró. En ese mismo momento descubrí que mi Reflejo se ponía más lindo, más armonioso, que brillaba sobre el vidrio mojado por fuera y empañado por dentro.
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sábado, 27 de febrero de 2010

Cuento de Navidad n°0, de Fernando Álvarez

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Esta historia la contó un muchacho de Patricios, el Colorado O'Henry, y, si bien no me imagino cómo puede haber visto lo que cuenta que vio, habría que creer que es cierta, porque este muchacho nunca fue de exagerar, mucho menos de mentir. Él me dijo que transcurría en Navidad así que podría decirse que es una de esas historias que se llaman precisamente así, historias de Navidad.
El lugar donde empieza es un bodegón, en Río de Janeiro, pequeño, de cinco o seis mesas. Las paredes están recubiertas de azulejitos azules. Las mesas son de hierro, redondas, las desvencijadas sillas hacen juego.
El bar está en una esquina, en la zona sur, en la parte vieja de la ciudad que está entre la rodoviaria y el puerto. Alrededor hay casitas modestas.
Explotan fuegos artificiales y las luces y el ruido irrumpen de cuando en cuando en el interior.
Una sola mesa está ocupada por un parroquiano, un hombre ya grande, de alrededor de 70 años. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata negra.
Detrás del mostrador está el dueño del bar, descendiente de japoneses.
El parroquiano bebe cachasa y habla solo.
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El parroquiano murmura para si: - ¿Cómo se llamaba? ... ¡Qué linda que era! ... ¡Preciosa! Bien carioca ... Qué lomo ... y qué gomas ... ¿Cómo se llamaba? ... Mayra no era ... ¿Cómo se llamaba? ... No, Maia tampoco ... ¡Qué cosa! ... - toma un trago de cachasa, se sacude, después se acomoda y dormita.
El dueño se acerca y lo zamarrea: - ¡Eh! ¡Argentino, nao dorma!
El parroquiano se sobresalta, finalmente señala el vaso y pide: - ¡Mais um! -. El dueño duda, finalmente trae la botella y sirve.
- ¡Salud! ¿Cómo no te avivaste de poner una tintorería?
El japonés se cabrea: - ¡Fala em portugueis!
- Hace unos días que no tengo ganas - contesta el viejo.
De pronto se escucha el ruido de unas puertas de auto al cerrarse e irrumpen en el boliche tres chicos y una chica, todos de alrededor de 20 años. Los varones van a comprar bebida al mostrador y la chica se sube a una mesa y se pone a bailar. Los chicos empiezan el batuque y la chica se saca la remera. Todos están muy excitados. El viejo, a quien nadie mira, empieza a cantar a gritos "Soplando en el viento"; se para y, tambaleando, se acerca a la chica y le agarra una teta. Los varones saltan y lo echan del bar a los empujones. El japonés aprovecha, echa a todos y baja la persiana.
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Los chicos enojados le pegan al viejo, lo tiran al piso y le dan un par de patadas más, después suben a un auto y se van. El viejo se levanta y camina al garete, tambaleante.
- No entienden, yo en una época supe hacer algunas estatuillas de arcilla. Me gusta la forma de la teta ... ¿Cómo se llamaban aquellos dos? ...
En la calle no hay gente. Él camina hasta que tropieza con el pie de un chico que está sentado en un rincón oscuro: - Perdón.
El chico irritado trata de sacárselo de encima: -¡Vai embora! -, le dice. Pero el viejo sin prestarle atención se sienta a su lado. El nene se pone a aspirar de una bolsita de plástico. El viejo sigue con sus rollos: - ¡Maysa! ... ¿Así se llamaba? Qué linda que era ... Yo tenía algo que hacer ... ¿qué era? ...
El chico empieza a dar señales de sentirse mal y el viejo no lo registra.
- ¿Cómo me olvidé? ¿Adónde me desvié?
El chico se va agarrándose de las paredes, tropieza y cae pero consigue levantarse y se aleja.
- ¿Qué me desvió? ¿O fui yo el que miró para otro lado?
Un mulato cruza la calle y encara al viejo.
- ¿Vocé vio a um meninho?
El viejo mira al costado y ve que el chico no está.
- Estaba acá. Debe haber ido para allá - señala.
El mulato camina en la dirección contraria a la que señaló el viejo.
- Siempre lo mismo, hablo y es como si pasara un carro ... ¿Cómo era que ...? ¿Adónde vivía?
Se escuchan tableteos de ametralladoras y ritos, después una explosión.
El viejo se despierta sobresaltado.
- Así no voy a poder dormir, mejor me voy.
Se para, se eleva y desaparece en el cielo.
Desde abajo se podía escuchar la voz del viejo a la distancia.
- No era Maysa, ¿cómo era? ...
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Así me lo contó el Colorado O'Henry, y yo lo repito tal cual; puede ser un poco exagerado, pero estoy seguro de que lo esencial es cierto porque el Colorado no es ningún mentiroso.
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jueves, 25 de febrero de 2010

Tormenta, de Sergio Cohen

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Y esperan que mienta.
Que diga que sé
cuanto gané y perdí,
cuanto les traje y cuanto me llevé
cuantas veces huí,
cuantas veces amé.
Ni siquiera puedo decir
que ha llovido lo suficiente
para forzar mi mente
a hablar sin contradecir
los silencios de un corazón
marcando un pulso acelerado.
Aunque en verdad no haya razón,
si ya no llueve,
si ya ha parado.
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jueves, 18 de febrero de 2010

Tanto, de Sergio Cohen

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Tanto

Tanto cargué sobre mis espaldas.
Creía que mientras más cargara
más hombre sería.
Llevaba a cuestas
increíbles logros y brutos desaciertos.
Hombres y mujeres, gigantesca y pequeña gente
caminaba sobre mi lomo fatigado
debatiendo, rememorando o celebrando
aquel pasado siempre presente

De pronto un día,
para mi horrorizada sorpresa,
de entre medio del tumulto
vi asomarse
dos primordios de alas.

En un principio, nadie reparó en ellos
pero poco a poco,
habrá sido incomodidad o desconcierto,
mi espalada se fue despoblando,
toda esa ilustre historia, esos altísimos saberes,
me abandonaron paulatinamente,
hasta quedar prácticamente solo, yo, con mis primordios,
y un par de amigos ausentes.
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Las alas nunca crecieron,
hace falta aclararlo,
pero mi espalda, agradecida,
día a día me lo recuerda:
Tanto cargamos y tan poco nos llevamos
que en vez de cargarlo detrás,
adelante es mejor buscarlo.
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viernes, 12 de febrero de 2010

365, de Kadmillus Haimrich


Y vi sus rostros alejándose
pero eran mis pies los que se movían,
cada uno con las emociones mudas
estampilladas ciegamente en los rostros que contenían las lágrimas,
esas lágrimas.

Y vi mis pasos yéndose
mientras quería no dejarlos más,
deseando poder llevarme siempre esas miradas
y así irme yéndonos y no sólo irme.

Recuerdo la forma en que miré sus rostros
que pronto se convirtieron en cuerpos
formados al final del principio de mi trayecto
y no puedo detener desear estar en ese instante
de nuevo, una vez más, por un momento más.

Buenos deseos, buenas partidas, promesas de reencuentros, sonrisas y abrazos fuertes como los golpes más fuertes que nos suele dar la existencia.
Todos sentires hipócritas, que escondían simplemente ese deseo infame de arrancarnos mutuamente de ese irnos,
de ese partir de allí,
de esa inefable mirada que se pierde entre mis pasos y sus manos ondeando, allá.

Recuerdo y veo de nuevo sus olores,
siento sus brazos en mi torso nervioso
y tembalndo de nuevo quiero, con todo mi cuerpo,
un beso más, un abrazo más,
un no te vayas más.
E irme de nuevo.

Ha pasado, pero recuerdo y siento ese frío que recorrió mi cuerpo
al sentirme abandonado, por fin, a mi suerte y pasos,
al albedrío del fracaso inmanente de emprender el camino,
al perderme en los pasos que no se deciden más.

Recuerdo esas miradas, allí y las ausentes,
que me dijeron lo que las palabras no se atreven,
lo que no son capaces.
Pero ahora no hay con quién compartir ese sentir
que quedó allí, nacido agonizante muerto y enterrado para siempre en ese eterno y efímero momento,
en el eterno suspiro que fue partir y darme cuenta de la ausencia de mí que es su ausencia.

Y así dejaste de estar, y tú y tú y él y ella y ellos también;
así dejaron de estar, estando;
y así dejaron de estar, yo;
y así dejé de estar en sus ojos y en sus voces;
y así he estado estando, dejando de estar.

Miles de pasos han sido ya sin mí,
suyos y míos,
pero ya no nuestros.
No hubo más nosotros, absolutamente otros,
en la ruptura nos inventamos de nuevo
y, para mí, simplemente, no es suficiente;
necesito esas miradas, contenedoras mentirosas de lágrimas imposibles,
esos brazos que no me sueltan más
y que aprietan fuerte mi partida y me exprimen en el acá que pronto dejará de ser.
Que ahora ya ha dejado de ser,
que ya no será más,
que fue, ¿qué fue?.

Y vi sus rostros alejándose
pero son mis pasos
los que se siguen,
interminablemente,
alejando.


*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.

sábado, 30 de enero de 2010

MAP, de Kadmillus Haimrich

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Y nos volvimos a encontrar. Y viajaba mucho para verte. Y llegaba tarde en la noche. Cajicá. Y era complicado mirarte. Pero tus ojos y los míos hablaban de que era posible y de cómo y cuándo. Luego simplemente no estuviste más sola y alguien más estuvo en tus terrenos. Compartíamos tus risas, tus miradas, tus sonidos, mi presencia. Una llamada telefónica. Tus pasos alejándose y los míos queriendo seguirlos al rincón donde ocultas ahora tus conversaciones. Pero no. El alter que nos acompaña, que te acompaña y que fracciona la pureza de la proporción de mi estar contigo (de nuevo, empezando, creyendo, estando, por fin), intenta retenerme en alguna conversación idiota. No puedo dejar de sentirme incómodo. Algunas escenas perdidas y difuminadas. Tu regreso. Esos ojos que me revuelven el estómago. El asco de no poder evitar saber que algo sucede. Casi de oler qué sucede. De que, de nuevo, lo ocultes. Mi mirada termina los diálogos. La tuya finge seguir interesada. Asco de nuevo, no sabe fingir. Me siento descolocado, la incomodidad llega al borde. Se perdió una secuencia y me presiento corriendo tras de ti por una explicación que de antemano se que nunca llegará, que no existe, no para mí. Yéndonos, los tres. La calle. Alguien viene a sumarse. Pero mañana, para quedarse. No sólo siento incomodidad, parece ser que la genero. Comunicación en código a través mío. Mis pesadas, numerosas e insignificantes pero atesoradas pertenencias están en aquel departamento, chico. Quieres irte con el cuerpo que interrumpe nuestros diálogos. ¿Y mis cosas? Debo regresar y sacarlas. Quiero saber quién viene. Oí que llega a las 8, y que se puede quedar. Percibo la incomodidad de la posibilidad de tener que hablar del tema. Has decidido no subir al auto que ahora ya se ha llevado el otro cuerpo. Rapto tus llaves, y regreso por mis cosas. Tienes tus llaves de vuelta e insistes en irte. Nace la peor de las preguntas. Muere la peor de las respuestas. Ante tu silencio, insisto en recuperar mis pertenencias, las de mano, para poder regresar a casa. A mi casa. Por alguna extraña razón mi organismo vuelve a parir la peor de las preguntas. En un segundo, el encuentro de miradas, lo posible y lo imposible, la belleza y las ganas. Todo. Todo vuelve a aparecer, sólo para presenciar lo rápido que puede desaparecer. Para burlarse de mi minúscula existencia y del show más intenso de sufrimiento que un alma pudiese soportar con apenas una palabra. Una respuesta. Tus ojos ceden, entregan las llaves y, sin más, dicen su nombre. Él es el invitado. Mis ojos se abren de inmediato. Estoy bocabajo en mi lecho. Lejano. La incomodidad, tristeza y demás invitados de ese mundo también están acá. Apenas logro dar un par de pasos, y no puedo evitarlo, vomito todo. Y mis lágrimas no paran de salir. Ya, ahora, simplemente, no es posible. Sal de mis sueños, o respeta que son míos y déjame soñar lo que yo quiera. Y por favor, en ellos nunca más digas su nombre. El ardor en la boca del estómago (fisiológico, evidentemente), que me hace vomitar de tristeza, debe irse. Y ahora me pregunto cómo sacar tu imagen, la imagen de ti que en mis sueños construí, porque hasta esa imagen me lastima. En mis propios sueños. En estos días he pensado tanto en ti…

*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.