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Quiero contarles mi crimen, lo único realmente importante, trascendente que hice en mi estúpida vida, y que sin yo quererlo me llevó a la muerte. Por eso lo puedo contar. No pongan esa cara de espanto, o sí, porque el lugar innominado, espantoso donde estoy es el cementerio: un cajón que se va deshaciendo, mientras me pudro en este no ser, que es el morir. Y pensar que le dicen “pasar a mejor vida”.
Creí ser inteligente con mi vida de jolgorio, putas y tragos mientras el “otro” idiota me mantenía, esa rata de escritorio que pagaba mis cuentas, yendo todos los días a trabajar a una oficina; levantándose muy tempranito, acostándose también tempranito mientras yo me divertía: elegía la mejor, la más linda prostituta, y cuando estaba lo suficientemente borracha, le hacía lo que sobria no me hubiera permitido.
Todo comenzó cuando conocí a mi mujer, tan bella vivaz y alegre, pero esquiva. Debí casarme con ella para poder tenerla en mi cama todas las noches. Confieso que creí estar enamorado, tan adorable me parecía. Muy poco tiempo tardó en mostrar su lado oscuro.
La casa era un asco, me negaba su cuerpo muy a menudo, me humillaba; su lengua viperina era temible, soez, asquerosa.
Vicente Holgado, “el otro”, mi parte más sana y aburrida, (el cual sólo hablaba en español, algo muy raro, muchas veces no logré entenderlo). Olvidé contarles que soy francés y viví siempre en París. Bueno, Vicente, la conoció al final, después del “accidente”, cuando la paralítica pretendía gobernar el mundo y sobre todo a mí desde su patética silla de ruedas. Ocurrió que un día que no me permitía tocarla, aduciendo un falso dolor de cabeza, me llevó al límite de mi paciencia, forcejeamos, según ella la empujé por las escaleras, no recuerdo bien, siempre lo creí un accidente, pero deseaba su muerte y tal vez lo hice, ahora ya no importa.
Fue peor, su parálisis la volvió histérica y morbosa, siéndolo ya antes, su perversidad llegó a términos insospechados. Me pedía, (exigía en realidad), que me fuera de putas y al volver quería todos los detalles; desde la elección de la mujer y paso por paso, todo lo que le había hecho; a veces no le resultaba suficiente y muchas, inventé posturas y acciones repugnantes, de las que no era capaz (y eso que era capaz de muchas, pero insuficientes para ese despojo que se masturbaba frente a mí sin pudor).
El tiempo pasó, no había ya diversión en esas noches, siempre lo mismo; los mismos bares, las mismas mujeres, idénticas borracheras, una rutina que me tenía harto, tanto como lo estaba Holgado de su oficina, sus papeles y sus horarios.
Pero ella no me permitía descansar, me obligaba, amenazando siempre con mi intento de matarla y su decisión de denunciarme, si no hacía lo que deseaba.
Yo sabía que habían pasado demasiados años para que la tuvieran en cuenta y las discusiones eran tan feroces, que decidí acabar definitivamente con ella, matarla de una vez por todas. Estaba demasiado viejo para seguir soportando tanta iniquidad.
Aunque de joven llegué a creer que era divertido, para ser sincero, hasta llegué a disfrutar de su locura. Confieso que transpiraba de placer cuando le contaba, ella pedía más y aunque inventara, lo sentía real, y el verla en su impudicia me llevaba al paroxismo.
Ya no más, creo que tanto desgaste, sumado a los años, todo tan reglamentado, tan rutinario, me superó y además Vicente se había jubilado y el dinero no alcanzaba para nada.
Todo llevaba a la necesidad de su muerte. Quería descansar, fumarme un puro en mi sillón favorito, con un solo trago de vez en cuando, dormir de noche; me hacía falta el sol, el día o terminaría por enfermarme.
Preparé todo, lo planifiqué bien. Le diría a la policía que la había llevado de paseo en el auto y que se había desbarrancado cayendo al mar desde una colina, donde jamás la encontrarían, (pensaba enterrarla) y tirar al mar sólo la silla, la maldita silla de ruedas.
Tomé una de sus viejas medias de seda natural, que hacía siglos no usaba, me acerqué despacito, por detrás, se la puse al cuello y apreté, la silla giró bruscamente y sentí que en su último estertor, me clavaba las tijeras (que siempre llevaba sobre la falda, ¿cómo pude olvidarlo?), mientras me desgarraba las entrañas seguí apretando.
Ahora estoy contando esto desde mi tumba, en la que me acompaña Holgado, horrorizado de que toda su vida, haya sido sólo un subproducto de mis necesidades.
Relato escrito a partir del cuento de Juán José Millás La memoria de otro.
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