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Cuando era niña, tenía alrededor de 12 años, papá caminaba rápido y me costaba seguirlo: era alto, buen mozo, de tez blanca y ojos celestes que mi hermano y yo heredamos.
Vestía siempre un pantalón oscuro y una camisa celeste: manga corta en el verano, manga larga en el invierno.
A pocas cuadras de donde yo vivía había una casa baja, en Remedios de Escalada de San Martín, daba a la calle, su puerta estaba siempre abierta, tenía una ventana de uno por uno que daba mucha luminosidad a la habitación.
Funcionaba como un negocio porque al entrar, nos encontrábamos con una montaña de zapatos de todo tipo, modelo y color, sin cajas, apilados: sandalias, zapatos de hombre, de mujer, de niño, de cuero ó de gamuza.
Yo quería zapatos de gamuza roja; me zambullí dentro de la pila tratando de encontrar lo que deseaba, pero no era fácil ya que podía encontrar algunos del mismo pie o de números distintos, o de cualquier otro modelo. De todas formas, era una diversión para mí, mientras tanto papá se entretenía hablando con el dueño.
Encontré un solo zapato rojo que me sujetaba el empeine, de punta redonda: modelo al que hoy lo llaman Guillermina; me zambullí otra vez a la búsqueda del tesoro, tenía que encontrar el par, es decir, ¡el del otro pie! Después de mucho revolver, lo vi.: “aquí está, qué suerte” exclamé, pero no, éste era del mismo pie que ya tenía, qué decepción, seguí buscando, desarmando febrilmente con mis manos la montaña.
Saqué uno negro, uno azul, una sandalia roja, quería llegar al fondo, hasta visualizar mi tesoro tan buscado; no sé cuanto tiempo me llevó, al fin grité con júbilo: “LO ENCONTRÉ, LO ENCONTRÉ”, efectivamente, éste sí era el zapato rojo de gamuza del otro pie.
Ya los tenía en mi poder, ahora llegaba la peor parte: la del regateo que a mí no me gustaba; mi ansiedad crecía, quería irme ya, pero papá no aflojaba, yo lo tironeaba de la camisa, así nos podíamos ir, quería que terminara con el juego de la oferta y la demanda, pero qué judío aceptaba el precio que le daban; si no pedía un descuento, no se quedaba satisfecho.
Finalmente llegaron a un acuerdo, el dueño envolvió mis zapatos tan queridos en una hoja de papel de diario viejo.
Abracé el paquete a mi pecho, feliz con ellos, los de gamuza roja; el corazón me latía de felicidad.
Hoy me doy cuenta de que esa casa, ese hombre, ese negocio, fueron los precursores de los outlet del presente, ¿quién podía comprar en una zapatería de la Avenida Corrientes? para nosotros era como ir al centro; la más conocida se llamaba VIAR. Después de muchos años pude comprar ahí algún par de zapatos, ninguno tan deseado como aquellos zapatos de gamuza roja.
*Cecilia toma clases individuales de narrativa.
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