sábado, 15 de agosto de 2009

Fantasía de un amor, de Liliana Salistre

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Ocurrió a fines de los 80, en los años en que entonces creía, era más vulnerable a los amores prohibidos. Después de haber roto casi todas las reglas, cumplido casi todos los mandatos, una mujer ya “vivida”, se me presentó esta casi imposible oportunidad.

Como siempre andaba metida en política, adicta a ella, me había adherido en Caracas a “La Comisión Venezolana de Solidaridad con Nicaragua”, juntábamos alimentos no perecederos, colchones, ropa y medicamentos. Estos últimos fueron los responsables, porque su fecha de vencimiento, nos obligó a clasificarlos y darnos cuenta de que había que enviarlos con rapidez o “botarlos”. Hacía falta bastante dinero, y por supuesto no teníamos nada. Se nos ocurrió la idea de un concierto dado por algún cantautor solidario, a fin de recaudar fondos y barajamos nombres: Silvio no vendría hasta el año entrante si le daban visa, igual ocurría con Pablo y los locales no tendrían igual poder de convocatoria. Yo agregué a Serrat. Y vino al poco tiempo.

Todas nos hemos enamorado de algún actor y hemos fantaseado con él, no fui la excepción, pero respecto a Joan Manuel, era casi obsesiva, en mi casa me habían prohibido sus discos y con razón, los ponía todo el tiempo pero en ese momento preciso estaba separada de mi esposo, y se venía el concierto, al cual me había invitado un “etarra”, converso, con el que tenía “algo”.

Los compañeros me dijeron que la idea fue mía y, por lo tanto, yo debía pedir el concierto; guardando las formas para que no adivinaran mi alborozo, acepté.

Costó averiguar dónde se hospedaba (qué hotel 5 estrellas) y conseguir la carta de la Sra. Castillo (viuda de Miguel Otero Silva), presidenta de cuanta comisión le brindara prestigio y también de la nuestra. Me aconsejaron (gentes de la cultura que lo conocían), que la carta la dejara para el final, no era muy amante del protocolo.

Llegó la hora señalada y fui, siempre muy corta de vista, debía encontrarlo en la “piscina” del hotel Tamanaco; sin los anteojos, me di la vuelta olímpica a la misma, mirando lo más de cerca posible las panzas (la mayoría gordas) de los “gringos” y sus caras. No estaba.

Vencida, “caballero del honor/ sube a la grupa conmigo…”, se me vino a la cabeza esa canción. Casi me pongo los lentes, pero decidí seguir a ciegas y gastarme mis últimos 20 bolívares, en una gaseosa, me moría de sed y de bronca. Acercándome a los quinchos, lo vi ¿Cómo no se me ocurrió antes que estaba tomando? El discursito preparado se me olvidó por completo, lo que no impidió que me acercara a él (rodeado por 4 o 5 amigos), sentado en una banqueta altísima, con la camisa abierta, en shorts y hojotas, un tipo absolutamente diferente al que uno ve en el escenario, sin maquillaje, y sin embargo infinitamente más atractivo. Desde abajo le tendí mi mano y estúpidamente pregunté: ¿Joan Manuel Serrat? -me la estrechó- y dijo con socarronería “así me bautizaron”- me miró de pies a cabeza y continuó-“lo siento mucho, pero mi médico me prohibió dar autógrafos, a alumnas”-volvió a mirarme casi groseramente- y continuó- “o profesoras, tengo que tocar la guitarra esta noche y no puedo cansarme la mano, además no tengo “birome”. La magia se había hecho trizas y en mi mejor tono patoteril le contesté, metiendo la mano en la cartera “yo sí tengo, pero como no pensaba pedirte un autógrafo, te la podés meter en…” Los que se habían reído de su “chiste”, esta vez soltaron la carcajada. No me dejó terminar la frase, se bajó de la banqueta, arrimó otra, e invitándome a sentarme con un gesto exageradamente caballeresco expresó “que poco sentido del humor tienen las mujeres argentinas, ven, siéntate y cuéntame qué deseas”. Allí caí en que me había pescado el tonito de entrada. Aún enojada, pero con sentido del deber, acepté su invitación. Para no hacerla tan larga, le expliqué la razón, y para mi sorpresa, aceptó, sólo que se marchaba el domingo por la noche y no el martes como habíamos creído, por lo cual señaló el domingo a la mañana como único día posible. Nosotros contábamos con el aula magna de la Universidad, y el fin de semana no teníamos la llave. Cosas de Venezuela. Se extrañó, lo lamentamos juntos, de veras quería dar el concierto y continuamos conversando, “cubas libres” de por medio. Yo estaba en el limbo, lo que hablamos no viene a cuento, fue acerca de él, que cuál canción me gustaba más, si era o no mejor que Silvio en canciones de amor y si me había gustado su elección en “Querido Pablo” y ahí patiné. La había escuchado poco antes y ni siquiera lo reconocí, tan mala me pareció su interpretación de “Yo pisaré las calles nuevamente”. Le dije que su elección era excelente y la canción preciosa. Como no comió vidrio insistió “Ya sé que es preciosa, por eso la elegí, estoy preguntándote sobre mí, si te gustó como la canté” Le contesté que me gustaba más cantada por Pablo. Se ofendió tanto, me dijo que él jamás desafinaba, que era perfecto cantando a pesar de estar sordo de un oído, que era un genio, como Beethoven. A esto acoté, que Beethoven no cantaba, y terminamos todos riéndonos a carcajadas. No tengo noción del tiempo que pasó, sólo que en un momento arrimó su banqueta a la mía y me preguntó con mucha dulzura si quería que me regalara un disco dedicado, no con un autógrafo, con una dedicatoria. Por supuesto acepté y entonces agregó “los tengo en mi dormitorio”. Lo miré, mientras pensaba mi respuesta, sus ojos y su sonrisa eran cautivadores, todo él lo era. “Siempre te quise, pero me quedo con los sueños, gracias” contesté “que lástima, a mí me gustan más las realidades”, me respondió sin dejar de sonreír.

Me despedí, él me abrazó y me besó, me pidió un besito suave en la boca y se lo di. Una verdadera venganza la suya. Llegué a mi casa y no paré de llorar en toda la noche. Cuando se lo conté a mis amigas venezolanas, me trataron de idiota. Nunca me lo perdonaron y lo peor de todo, nunca me lo perdoné.


*Liliana es meteoróloga. Participa de los talleres presenciales de narrativa.

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