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Parecen estar todos tensionados, se arremolinan, algo trascendental está por suceder, algunos trotan, otros modulan la voz, aquel otro hace una pirueta, la otra elonga de manera que pareciera que su cuerpo va a estirarse de tal forma que ya no será el mismo; y no será el mismo, ninguno va a ser el mismo después del precalentamiento y luego de la función, la transformación va a ser de adentro hacia fuera abarcando todo el espacio con lo que contiene. El director termina de dar las últimas indicaciones a los técnicos de sonido, luces, vestuario, escenografía, es una gran maquinaria puesta al servicio de una función más. Que el público sabrá, o podrá apreciar según sus gustos y pulsiones, se huele en el aire, nervios, ansiedad y mucha adrenalina.
El momento del maquillaje no es menos extraño, rostros transformados, metamorfoseados por la base, algún color extraño, esas ojeras, alguna mueca, parecen locos, alguien da un grito, otras, grititos casi histéricos.
Las puertas de la sala se abren, en el ambiente “se da sala”, ingresa el público, es mucho. Está cada actor en su posición, con toda su energía equilibrada, cada uno en su interior controla el peso del cuerpo, da una última afinada a la voz por lo bajo, miran de soslayo parte del público, algún conocido, rostros expectantes, ávidos, hay que dominarlos, a pura prepotencia, confianza, encanto: parecen seres que esperan para devorar a los actores; estalla la función, cada actor como si fuera una mecanismo de reloj, fijando el tiempo en las rutinas, empieza con las acciones que le tocan al personaje que encarna, ¿los nervios? Los nervios ya se anularon ocupándose de lo que hay que hacer: actuar. La función ya empezó.
*Rubén Ramírez es actor. Integra el taller presencial de narrativa.
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