El cielo está claro y despejado, el sol no aprieta tanto y el viento acaricia su pelo rubio. Timoteo luce decidido. Entra por primera vez. Siempre había prestado atención a las historias contadas acerca de ese lugar, aunque nunca se había animado a traspasar el umbral.
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Avanza. Sus zapatillas rozan el suelo con suavidad, sus pasos pacientes y decididos mutilan el sendero en busca de algo indefinido. Las piedritas del camino encarnan la suela, tatuando en su superficie un efecto moaré. El trino de los pájaros suena a despedida, triste y tardía. Bucea en su memoria, afloran esencias de recuerdos. Descarta las que no sirven, no obstante atesora las de su abuela Pancha, su sonrisa amplia y generosa, las tardes en el patio con bizcochos y mate, su despedida: yerta en el cajón, inerte e impávida. Las lágrimas desbordan su cuenca, recorren sus carnosas mejillas para morir en el abismo. Sus manos temblorosas secan su tristeza, mas la soledad de su alma no encuentra lenitivo alguno. En su andar meditabundo, esquiva obstáculos pedregosos. En uno de estos esquives, como sin mirar, observa una leyenda sobre una superficie fría que dice:
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Aquí mora para toda la eternidad
Doña Pancha Benítez. Nuestra amada abuela.
Pedro, Fede y Timoteo
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*Maximiliano Iozzi participa del taller presencial de narrativa.
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