viernes, 14 de agosto de 2009

Recuerdos de infancia, de Liliana Salistre

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¡Qué difícil resulta escribir sobre los tiempos en el que no existía la tristeza! ¿O eso también es mentira? Sí existía, de manera diferente.
Yo aún no tenía tanta muerte adentro y además no era totalmente responsable de mis actos. Siempre dije que tuve una infancia muy feliz. Ahora que no sé definir la felicidad, puedo afirmar que no fue para nada aburrida.

Nací en una casa grande, casi laberíntica, siempre llena de gente. Parientes en desgracia, como el pobre tío Miguel, al que abandonó la mujer, después que tuvo el tifus o la meningitis, (no sé bien) y quedó medio tarado. Se le quemó la cabeza, decían. La tía Ida, (ella nació estúpida), y además era muy mala, siempre nos andaba pellizcando. Doña Isabel, tía también, pero no legal, porque convivió con el tío Luis, uno que murió de cáncer, la dejó en la miseria y no se casó con ella porque era morochota y "goy". Con ella vino su hija Chola (prima al fin), quien tenía a su vez un chico, producto de algún viajante, (mi hermano le decía bastardito con corona).
El pibe (Roberto), era como de mi edad, siempre quería anotarse para jugar y nosotros (los muy canallas), lo dejábamos afuera; él se vengaba botoneándonos con Chola, ella se lo decía a mi mamá, que nos ponía los puntos, tratándonos de discriminatorios. Esos eran los fijos, después los primos o primas, que se separaban, o les agarraba “surmenage” y venían a joder con sus hijos. Recuerdo, cuando la epidemia de polio (nos colgaban un medallón de alcanfor, para evitar el contagio), que aterrizó la tía Anita con sus tres retoños y me tocó compartir la cama con mi prima Marta, lo que me produjo mucho miedo; continuamente miraba si se me ponían moradas las uñas (no se quién me dijo que era uno de los primeros síntomas).
Al final los huerfanitos parecíamos mi hermano y yo, los menos atendidos, los más castigados por las travesuras, una verdadera injusticia, que mi padre llamaba solidaridad.

La mejor hora era a la siesta, cuando hasta los perros dormían y podía escaparme a casa de mis amigas, a treparnos a los árboles, comer naranjas verdes, andar en bici; en el pueblucho polvoriento y caliente, puro chañar y tunas, que me tocó en suerte.
Tampoco éramos santos y nos mandábamos nuestras hazañas : tirarle piedras a la puerta del tío Miguel para despertarlo, y que nos corriera enfurecido por todo el pueblo. O ponerle bichos en la cama a la tía Ida. Después vendría el castigo. Era la ley.

Papá nos quería diferentes a los otros chicos del pueblo y compraba todas las colecciones “Robin Hood”. Para mí “Mujercitas” y “Hombrecitos”. Para mi hermano “Tarzán”, “Bomba”, “Sandokán”, que el jamás tocaba. Mientras yo deliraba con ellos. Pasó a Mark Twain y terminé convertida en una lectora compulsiva.
Mi madre no estaba de acuerdo con tanta lectura y me obligaba a ir a jugar. Los juegos de nena me aburrían horriblemente; me gustaban la pelota, las bochas, las las bolitas: me gané el título de varonera.
La primera y última muñeca que me regalaron, era más alta que yo, caminaba y decía mamá. Terminó destripada por mi curiosidad científica; sólo quería saber de dónde salía el sonido. Al fin de cuentas, era mía.

Pensándolo un poco, éramos unos niños terribles, nos quedaba chica la palabra traviesos pues cometíamos actos rayanos en el vandalismo. Una tarde, a instancias de mamá, (fue su culpa), con mi mejor amiga, nos fuimos al rancho a jugar a las visitas. El rancho era de adobe, (como cualquier otro) y estaba al fondo del patio enorme. Había sido construido para protegernos de las tormentas severas que volaban los techos. Allí nos guarecíamos cuando llegaban, y si era de noche, me llevaban en brazos, envuelta en frazadas, y creo que nunca más sentí esa sensación de protección absoluta.
Volviendo a aquella tarde, nos llevamos sin permiso: sábanas como cortinas, el juego de porcelana para servir el té (que mamá no usaba nunca, a menos que las visitas fueran importantes), un calentador con kerosén para hervir el agua y galletitas del negocio ... Nunca supe bien como ocurrió, lo cierto es que se volcó la pava, el calentador siguió el envión, el querosén derramado se prendió, el fuego llegó a las sábanas y del rancho quedaron las cenizas.
Ahora entiendo el lío y la paliza, pero a fin de cuentas fue un accidente, provocado por la insistencia de mi mamá, con eso de jugar a cosas de nenas. Quedé tan resentida por la injusticia, que me imaginaba, fantaseaba y hasta llegué a soñar, con prenderle fuego a la casa, bien de madrugada, cuando todos dormían y en el sueño me sentaba en el patio, en un banquito y la veía quemarse. Me sentí algo asustada por el placer que me producía.

Un día (después de quedarnos sin rancho), enojada con mi madre, sus continuos reproches y con el mundo cruel e injusto, decidí marcharme para siempre. Así se lo comuniqué a ella, y me contestó: andáte. Hice mi mochilita, ya me extrañaría la insensible, porque nunca más volvería a verme. Estaba atardeciendo y rumbeé para el lado del cementerio; (el viejo siempre decía que miedo se les tiene a los vivos, no a los muertos). Quedaba lejos, llegué cansada y ya noche cerrada. Me acomodé en una cripta con escaleritas. Me imaginé muerta, con todos llorando por mí; “apenitas ocho añitos”; “se nos fue la chiquita tan inteligente”, “un poco salvajita y varonera , pero buena en el fondo”. Me veía en un cajón blanco, con mi vestidito de fiesta, como el de una novia, quietita y pálida.
Sin darme cuenta, me fui quedando dormida y me despertó un ruido de sirenas policiales. Ahí sí que me asusté, la había hecho gorda. Me encontró el cuidador del cementerio, y esa fue la primera vez que ví a mi madre descontrolada, llorando a gritos. Ella siempre tan tranquila, tan Señora maestra. Al fin lo había logrado, ya podía dejar mis dudas respecto a su amor hacia mí. Y a pesar del castigo posterior, supe por fin, que me quería mucho.


*Liliana Salistre es meteoróloga. Participa de los talleres presenciales de narrativa.

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