martes, 23 de marzo de 2010

Despertar, de Kadmillus Haimrich

Una mañana cualquiera de pronto dejó de ser cualquier mañana. Sus ojos se abrieron de repente pero su cuerpo quedó atónito, inmóvil. Intentó indagar en su mente qué sucedía y por qué se había despertado de tal forma. Por algunos momentos, estuvo solamente reconociendo los objetos que con el movimiento de sus ojos alcanzaba a abarcar, sin mover un músculo más que los que permiten la rotación de los globos oculares. Su respiración se normalizó, era insonora y lenta, cosa que no coincidía con su actividad mental, agitada y raramente inquieta. Habían pasado ya varios minutos y él, sin más, lo descubrió.

Después de buscar en su cabeza la razón de tal sobresalto matutino, que no fue un sobresalto propiamente dicho, pues no consistió sino en la apertura repentina y total de sus ojos (sin el sacudón de cabeza o la aceleración de la respiración o el saltito horizontal del cuerpo que comúnmente acompañan ese episodio) y decidir que todo estaba confuso, pero organizadamente confuso, decidió hacer un recorrido por otros lugares. Se trasladó al fondo de las cobijas y notó que sus pies estaban bien, apenas movió un poco uno o dos dedos levemente, y prosiguió sin moverse. El recorrido lo guiaba su mente, el conocimiento de sí mismo. Los genitales le dolían un poco, pero asumió que el sexo de la noche anterior podía causar ese dolor, como en otras ocasiones. No sentía frío y sus manos estaban bien. Sus mediocres conclusiones se rompieron con un sonoro pero seco glup!: tragó. Volvió a pensar en el aún desconocido motivo de su abrupto despertar, pero estuvo divagando largo rato en pensamientos que le hacían agua en pocos segundos, de esos que pronto se difuminan y se transforman en otros que pertenecen a un orden extrañamente lejanísimo.

Entre cansado y aburrido por no precisar aún una respuesta que le convenciera, pues no había tenido sueños particularmente perturbadores, ni estaba demasiado tarde para empezar sus quehaceres de ese día, intentó inclinar su cabeza hacia el frente, como intentando sentarse, y encontró en su pecho lo que alguna vez fue una hermosísima maraña de crespos cortos y rojizos. Por eso tal vez no había podido brincar, pensó, y se sumergió en una serie de hipótesis nuevas basadas en su nueva explicación. Ningún resultado lo alcanzó a convencer lo suficiente, y, por el contrario, cada incompletitud lo motivaba más y más a darse una respuesta satisfactoria. Casi que empezaba a divertirle el ejercicio. Su mujer, de la que hace algún tiempo se había empezado a sentir extrañamente distante, emitió un sonido, un extraño gemido que ya había dejado de parecerle encantador.

La habitación era significativamente más grande que muchas otras de su estilo. Había sentido mucha suerte de haber encontrado un lugar como ese por no tan alto precio. Un baño absolutamente equipado y suficientemente espacioso remataba la escena. El suelo estaba cubierto por un interesante tapete grueso y de largos pelos color marrón al que estaba desde siempre prohibido agredir con los zapatos. Una pared absolutamente vacía frente a una cama de un tamaño incitadoramente amplio y de una altura increíblemente baja pero con un espesor considerable invitaba al ventanal del fondo, que de piso a techo había carecido siempre de persianas o cortinas. Minimalista, cómodo, íntimo. Del otro lado una suerte de escritorio de lectura dejaba empolvar una computadora que desde que la había conocido a ella había dejado de usar. Algunos libros se apilaban en los rincones de los espacios más suyos. Esa mañana el cielo estaba despejado, azul, y el sol brillaba agradablemente; el prístino lugar estaba bellamente iluminado.

De nuevo algún pensamiento furtivo le hizo una comba y le recordó que andaba inútilmente en busca de una explicación. Algo, nunca pudo precisar qué, tal vez ese pensamiento, lo hizo detener su tiempo por un momento, al parecer había algo que podía parecer un escondite de más de una respuesta. Paralelamente, su pijama de pantalón y camisa a cuadros en un tono verdoso le resultó profundamente perturbante y deseó arrancársela de un tirón. El pasado, allí había hecho click algo, así que después de estirar un poco las piernas, todavía dentro de sus cobijas, emprendió el viaje con un suspiro que de nuevo inquietó un poco a su mujer. El detalle del pijama era uno que decididamente llevaría consigo. Pero cuando estuvo allí, a puertas de los recuerdos, no supo qué buscar; su pijama, claro. Antes no usaba pijama, de hecho, nunca había usado pijama. El contraste le asustó y decidió que era un buen indicio. El recuerdo de sus propios ojos abriéndose tan de repente en una mañana, que ya no era cualquier mañana, lo motivaba a seguir un rastro.

Ahí, echado sobre su cama bajo la cabeza de su mujer, con un bigote que realmente no le había gustado nunca y un rastro gris de capilaridades reproductoras de barba que cubría una amplia zona de su cara, se encontraba él pensando en qué tanto había cambiado, como su pijama, de algunos tiempos a esa mañana. Sacó una mano de las cobijas y la puso bajo su cabeza. Sus palabras ya no eran las mismas tampoco, y la forma en las que las usaba había cambiado también. Ahora tenía además una relación estable con una dama bella y sensual, lo que le pareció también un poco extraño, pensando en pretéritos ya lejanos. La mano derecha, que ahora sostenía su cabeza, le recordó tiempos en los que su cabello también había sido diferente. Lo conservaba un poco largo, pero cuidadosamente largo, sin que tocara nunca la espalda. Los objetos físicos seguían dándole pistas, pues la rabia que sentía estaba extrañamente relacionada con el pánico que le había causado haber abierto sus ojos así, como en esa mañana cualquiera.

Su bicicleta ya estaba absolutamente en desuso, y el cuarto oscuro del segundo piso se había ido construyendo lentamente en un desván que refugiaba, entre otras barbaridades, un árbol de navidad plástico desarmable. Sus ojos se movían de lado a lado como buscando en el lejano techo de la habitación una respuesta. Una vaga desesperación hizo, por fin, que su respiración abandonará el ritmo que llevaba, lento y placentero. De alguna forma conocía desde ahora su respuesta. Su voz había cambiado, y la auto-censura hacía parte de su protocolo de comportamiento. Pero una extraña pulsión de masoquismo lo llevó a saber de mil formas más lo mismo. La desesperación se convirtió en asco. Ahora era diplomático, conocía por experiencia propia las corbatas y ser políticamente correcto no le resultaba ya tan irónico, sonreía al portero porque sabía que así era más posible que lo dejara entrar sin someterse a los dispositivos de control, usaba la camisa por dentro del pantalón y pensaba con frecuencia en las desgracias del mundo.

Ella tampoco tenía la culpa, pero extrañaba eso que le había despertado; la coquetería, las ganas, la aventura, parecían cosas de otros tiempos. Quiso profundamente estar solo entre sus cobijas, sin pijama. Echarla a ella, desempolvar su bicicleta y sacar algunas fotos en algún parque para después hacer lo propio en el cuarto oscuro, pero lo supo sencillamente imposible. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su boca se secó y un escalofrío recorrió su tórax. Su mujer empezaba a despertar, pero su mirada seguía clavada en el techo blanco y lluvioso. Su respiración estaba muy próxima a los sollozos y su mujer giró la cabeza para mirarlo, como todas las mañanas. Sus orejas ya guardaban algunas lágrimas que habían escurrido por sus pómulos. Ella le preguntó cómo estaba, tras un borroso hola. No lo alcanzaba a ver bien. Él sólo pensaba en los zapatos tenis de otros tiempos y en algún acogedor árbol en el qué recostarse a leer en soledad por muchas horas seguidas, sin presiones para comer o volver a casa. Todo estaba claro, había crecido, no se había dado cuenta de cuándo había empezado a ser un ‘adulto’. Sintió miedo y un poco más de asco, está vez de sí mismo, de saberse tal cosa. Suspiró una vez más antes de bajar su mirada para responderle a su mujer.

Esa mañana, en ese momento, dejó de ser una mañana más y pasó a ser, junto a muchas otras, una mañana menos, una más como adulto, como escarabajo, como un asqueroso bicho que se lo había estado comiendo por dentro hasta manifestarse en una sorpresiva apertura de ojos una mañana cualquiera. Muchos años después aún habría de recordar esa mañana, nunca como una mañana cualquiera, y habría de seguir afeitándose sin mirar mucho su rostro en el espejo. Esa mañana, un otro Gregorio despertó también sintiendo y descubriendo que algo no estaba igual, que algo no estaba bien. Tras un pretexto idiota pero comprendido por su tolerante pareja, decidiría bañarse solo para llorar y vomitar un poco, pero al salir, encontraría que ella ya había decidido qué ropa debía usar ese día. Evidentemente sus zapatos tenis no estaban al pie de la cama. Era un adulto.

Entonces terminó ese largo y último suspiro asesino de lágrimas y, mientras su mujer se quitaba algunos intrusos bucles rojizos de su rostro, decidió rendirse ante sí mismo y sólo atinó a decirle entre una sonrisa llena de diplomacia y costumbre, te amo.

*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.

domingo, 21 de marzo de 2010

Cuento de Navidad n°2, de Fernando Álvarez

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Estábamos tomando unas cervezas con pickles y chucrut en el bar del alemán Tomasselli, ahí enfrente al parque, hacía calor, y el Tano arrancó a hablar con la boca llena; es de los que hacen mucho ruido al comer.
- Esta historia es verdadera, no como las que cuentan ustedes; el que vivió todo es un tío abuelo mío que vive en Trieste.
Resultaba un poco agresiva la introducción, pero nos dispusimos a escuchar.
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"Se llamaba Carlo y todo empezó cuando él tenía nueve años. Era el hijo menor de una familia judía tradicional de la ciudad, vivía en un palacio renacentista de esos de treinta habitaciones que ahora son hoteles.
Era la víspera de Navidad, y si bien ellos no la festejaban como si fuera el Yom Kippur, de todos modos él dice que ponían el arbolito, las pelotitas de colores, las quirnaldas y toda la boludez. Así que puede considerarse por derecho un cuento de los que nos interesan. Ese 24 de diciembre era muy frío, como 48 grados bajo cero; ustedes saben -está probado científicamente- que la gente de los países del norte resulta ser tan feliz porque pueden comer guiso de mondongo para Navidad.

"El asunto es que estaban albandando los garbanzos cuando golpean a la puerta de la casa de Carlo y él sale a atender.
La que llamaba era una mujer pobre; blanca, eso sí. Tenía como cuatro o cinco chicos alrededor y pedía ropa de abrigo a cambio de unos huevos de codorniz que llevaba. Seguramente era gente de campo de los alrededores, que habían estado juntándolos para que no les diera vergüenza pedir. Una mucama que había salido también a atender fue a consultar a la madre de Carlo y ésta le dijo que le regale ropa que ellos ya no usaban, y la mucama lo hizo.
La puerta se cerró y todo podría haber quedado allí pero a Carlos se le ocurrió una idea, corrió a buscar a su amigo Doménico, que eras hijo del mayordomo se la contó rápidamente. Corrieron los dos entonces detrás de la mujer que seguía su peregrinar y la alcanzaron como a las dos cuadras.
- Mi mamá dice que le dé los huevos - dijo Carlos. La mujer sorprendida se los dio. Ellos, a la vista de la pobre mujer y de sus hijos, se dedicaron con entusiasmo a tirar los huevos hacia el cielo y ver como se estrellaban en la mitad de la calle.
Pasó el tiempo, él creyó haber olvidado aquel episodio.

"Cuando ya era un joven llegó el nazismo. A los padres de Carlo se los llevaron a un campo de concentración, donde los mataron después de robarles hasta los dientes de oro, pero él alcanzó a escapar, se unió a la guerrilla de Tito y fue tal su valor e inteligencia que llegó a comandante de la columna Patisaninsky Surelevich, que era una de las más importantes.
Él cuenta que durante todo ese tiempo no tenía miedo de que lo agarren los alemanes o los nazis croatas y lo torturen y maten por judío o por partisano. Solo temía que apareciera la campesina y lo acusara de haberle pedido los huevos para romperlos. Así le había quedado en la cabeza aquella maldad gratuita de su infancia ... ¡lo que es la conciwencia!
Por supuesto que él trató de justificarse de distintos modos; incluso llegó a pensar que había salvado de la vergüenza a la mujer porque ella proponía un trueque y le habían respondido como si fuera una mendiga. De todos modos estas explicacioners lo aliviaban por poco tiempo, unos días después ya se había olvidado de la justificación y todo volvía a empezar.

"Y siguió así mucho tiempo, tanto que pasó la guerra y él, como partisano titista de la primera hora, integró el gobierno, ocupó cargos importantísimos; después pasó mucho más tiempo, murió Tito, y los yugoslavos empezaron a agarrarse a los tiros.
Fue en ese momento de plena efervescencia de los nacionalismos que él, que en definitiva era una buena persona, quiso calmar las aguas y su ocasional interlocutor le respondió - ¡No rompás los huevos! ¡Vos decís eso porque sos tano!
Es el día de hoy que no sabe cómo vió todo claro. Hizo las valijas, se fue a Trieste y puso una trattoria. A la noche él hace un número, toca la verdulera y canta Se parliemo de lo' carnicero, Funiculí, funiculá y esas cosas. ¿Me creés si te digo que la especialidad de la casa son las tortillas?"
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Se produjo un largo silencio ... tan largo que parecieron dos.
- ¿No les gustó? - osó preguntar el inconsciente.
- Ese no es un cuento. Un cuento tiene un final, no un chiste. - dijo con algo de desprecio el inglés.
Sin embargo yo lo veo. Si todos tenemos en la familia un revolucionario rompehuevos que terminó de animador de cantina, ¿o no?

viernes, 19 de marzo de 2010

A.R., de Kadmillus Haimrich

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Me gustan los huevos revueltos con jamón y queso … si hay tocineta muchísimo mejor …
Me gustan los días grises y lluviosos, aunque son tristes.
Me encanta el frío aunque sea mucho … por eso me gusta mucho el invierno.
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Me encantan los besos …
soy consentida …
soy supremamente llorona …
soy una persona muy triste.
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Me gusta comer después de ir a rumbear,
Me gusta hablar sentada en mi cama durante toda la noche y seguir y seguir …
me encanta tomar vino y jugar jenga,
me encantan las chimeneas.
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Soy fan de la luna llena,
me gusta comerme el arroz frío de la olla en que lo hicieron …
cuando ya lo sacan de la olla ya no me gusta.
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Me gusta mucho la grasa que queda de la carne cuando uno la prepara frita o asada …
aunque debo decirlo, es asqueroso.
Me encanta el sundae de arequipe con papas a la francesa de McDonalds …
Me gusta comerme los pétalos de las rosas …
me encantan las películas de Disney.
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Amo a Tim Burton y a Jack del Extraño mundo de Jack …
Soy muy feliz en mi cama… como que me siento segura e insegura,
a veces siento que no estoy sola …
y por eso por las noches no puedo dormir si no tengo el tele prendido …
Si me despierto a la madrugada tengo que prenderlo para poder volver a dormir.
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Me encantan las papas saladas … con guacamole,
y la fritanga.
Me gustan mucho las faldas y los vestidos,
me gusta maquillarme y ponerme tacones
aunque aun no los manejo bien.
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Soy muy muy muy miedosa …
aunque no lo parezca … me refugio mucho en la gente, así no se den cuenta …
Prefiero que no se den cuenta …
Casi nunca duermo bajo las cobijas
porque me da calor …
porque me da pereza tender la cama al otro día.
Siempre uso tangas …
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Me gusta la moda … siempre quise ser diseñadora de modas.
Me encanta el spaguetti
y las pastas en general.
Soy muy mala cocinera, yo lo sé … pero me gustaría aprender a cocinar rico algún día.
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A veces pienso que no voy a ejercer mi carrera …
que voy a terminar en algo loco como de chef o músico o algo así,
cuando estoy nerviosa o pensativa me quito los cueritos de las uñas …
Me encanta el rosado y los chocolates …
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Quisiera viajar mucho por el mundo mochileando ...
no me importaría trabajar en lo que fuera … sería genial.
Amo a Fito … eso ya lo sabes pero te lo reitero.
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Un pintor … Van Gogh.
Una canción … Brillante sobre el mic de Fito.
Un libro … Crimen y castigo de Dostoyevski.
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Amo a Garfield,
me encantan las montañas rusas,
las papas a la francesa con queso cheddar derretido y calientico y trocitos de tocineta refrita,
las alitas BBQ,
la malteada de nuez de macadamia de El Corral,
el sushi.
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Me encantan las bufandas,
no me gustan las frutas,
no me gusta hacer deporte … pero a veces salgo a correr por las mañanas o en las noches.
Detesto madrugar,
quiero ser alguien cuando crezca,
aunque no sé aun cuál alguien.
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Soy muy muy muy egocéntrica,
pero no lo demuestro.
Nunca me han operado de nada,
soy alérgica a la penicilina …
me dan miedo las inyecciones,
soy racista,
nunca saldría con alguien más bajito que yo,
siempre me enfermo cuando estoy de viaje.
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Conozco muchos sitios espectaculares …
Una ciudad … Praga …
Y París … pero porque fue mi sueño desde pequeña.
Soy muy vaga … pero sé que soy muy inteligente …
Amo la oscuridad … pero le tengo miedo.
Nunca he probado drogas …
y les tengo miedo también.
Me gustan mucho las flores,
cualquier flor.
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Creo que no soy fotogénica … aunque sé que soy bonita.
Soy muy torpe,
soy muy tímida …
y si me gusta alguien … soy peor de torpe y de tímida.
Le tengo miedo a todas las cosas oscuras … pero todas me intrigan.
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No rezo todas las noches …
pero durante el día siempre hablo con el de arriba …
de lo que sea.
Me encanta el tiempo que voy en los buses,
creo que es el que más aprovecho durante el día …
siempre y cuando vaya sola.
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No colecciono nada …
pero tengo monedas de todos los lugares donde he ido.
Guardo recuerdos de la gente por canciones,
abrazo a mi Garfield todas las noches antes de dormir …
y hablo con él un rato …
de lo que sea.
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Me enamoro muy muy muy muy muy fácil …
soy muy tonta para eso,
y dura mucho tiempo que se me pase el amor …
Me enamoro de bobadas …
soy una persona de detalles tontos,
me encanta tener mucha mucha mucha ropa …
toda diferente.
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Me gusta dormir mucho por las mañanas,
casi nunca me acuesto temprano,
hago muchas locuras cuando alguien realmente me gusta …
y sé que puedo obtener algo de ahí …
Me he robado los carros de mis padres y de mi hermano por eso,
me he volado de la casa …
he dicho muchas mentiras,
me fui para USA detrás de uno.
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Siempre hago cosas por la gente …
casi nunca espero nada de esa gente,
espero siempre que me amen mucho,
quiero un Volswagen Newbettle … verde, algún día.
No me gusta manejar carro mecánico, prefiero los automáticos,
soy supremamente asquienta con la sangre,
no me gustan los hospitales,
me gustan mucho los cafés,
y los verdes.
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Me gustan en general los músicos,
quiero un mico
porque me encantan,
pienso que después de lo que pasó va a ser muy difícil cuando tenga hijos,
pero quiero mucho tenerlos.
Me intentaron violar y abandoné el derecho …
de lo contrario estaría graduándome como abogada.
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He ido al sicólogo muchas veces,
creo que estoy muy loca,
pero eso me encanta.
Sé que siempre hay alguien con la palabra precisa para hacerme sentir bien …
y por eso siempre llamo o busco a la persona que sé que no lo hace …
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Me gusta mucho que me digan cosas bonitas,
no me gustan los tipos que se creen muy importantes …
eso les quita la mística … y me desencanto.
Sé que mis padres han sufrido mucho conmigo …
y sé que aun no superan y no perdonan lo que me pasó,
creo que por eso son así.
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Nunca más volví a verlo … pero me da terror encontrármelo.
Me gusta mucho el arequipe,
y queso doble crema derretido,
y el queso parmesano … el que ya viene rayadito …
el queso azul pero si es parte de un ingrediente en alguna comida.
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Soy muy novelera,
en televisión y en libros,
escribo muchas cosas … que expresan todo lo que voy sintiendo
y se convierten como en unas historias muy locas a veces.
Nadie las lee, sólo yo.
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Amo a mi ortodoncista … me encanta ir a verlo … es que es genial,
escondo cosas (objetos) por todos los lados de mi cuarto …
quiero llenar una pared de mi cuarto con fotos,
quisiera no ser tan perezosa … pero el sueño de las mañanas es el mejor …
quisiera todas las mañanas despertarme al lado de alguien que me amara por el resto de los días, no me gusta el sexo …
pero lo disfruto,
bastante …
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Creo que estoy enamorada de muchos niños … así formo el perfecto en mi cabeza,
soy una persona frustrada en la guitarra …
siempre quise aprender bien y nunca se dio,
me encantaría ponerle música a mis letras.
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Quiero irme a vivir a Europa,
y en un lugar donde caiga nieve.
No me cae mal nadie … pero sí me han hecho mucho daño desde muy pequeña …
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- En cambio yo no tendría mucho más qué decir … sino que aun sabiendo que nada va a cambiar, o tal vez por eso mismo, me encanta cada cosa de las que dices te componen … que siento que las cosas son muy injustas … que cada renglón de más que pones, es un poco más lo que me desconcierta al verme tan en frente de algo que … en fin … que te quiero (-) … y que eso me mortifica mucho en este momento … Pero sobre todo, que no me hagas caso, que lo que pasa es que digo locuras, que no me creas que no me creas … y que por ahora no quiero llorar más por ti.
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*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El oficinista, de Conrado Negrin Barcellos

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Odio esa planta. No me gustó cuando llegó aquí en un principio y menos me gusta ahora. Detesto la evolución que tuvo. Se la puede ver ahí, toda crecida, con sus flores de invierno, con todo su verde. Pareciera burlarse de mí.

A veces pienso que es sólo una pobre planta, un ser vivo que, como todos, no tiene la entera responsabilidad de ser como es. Justo después, me recuerdo que no hay que andar sintiendo así por la vida, generando pensamientos negativos que se retroalimenten. Entonces le doy alguna posibilidad de reivindicarse.
Pasan dos o tres días como máximo y me vuelve a hacer lo mismo, lo de siempre. Llego a la oficina antes que nadie, como es constumbre, y la tengo ahí, mirándome con esa cara de planta de mierda, en su masetero francés, sobre su ventana toda iluminada. Me genera una ira tan grande. Unas ganas indescriptibles de tirarla de una vez por todas desde este puto onceavo piso que tan linda vista tiene. Lo habría hecho hace mucho tiempo si no fuera de Juampi. Así que me consuelo gritándole por unos minutos mis mejores insultos, aprovechando que el resto del mundo aun no se muestra.

En segundo lugar, al trabajo, casi siempre llega Mara, que a pesar de venir temprano tiene esa apariencia de estar tan apurada y nerviosa. Desde el día en que la conocí, unos cinco años atrás, hasta hoy no la vi sonreír ni una vez. Me gusta cuando llega. Si bien toda la energía que aporta al lugar es de lo más negativa, me identifico con ella. Estoy pensando en reclutarla para que se sume a mi plan de revolución personal. Pero tal vez sea un poco floja.
Esta mañana, más o menos a las 7:45 o 7:47, entró por la puerta, se sirvió un vaso de café frío del día anterior y lo tomó en dos tragos largos. Solo después se acercó a saludarme. Lo hace por compromiso, preferiría no tener que hacerlo pero así funciona la oficina. El odio está permitido y todos se saludan.
Sé que no le caigo muy bien porque una vez se lo pregunté. Me dijo que no era personal, pero que un tecnócrata como yo jamás podría llegar a simpatizarle. No entendí lo que quizo decir. Aun así me pareció justo.

Exactamente a las 7:55 entraron Carlitos y Vera Goldman, que como siempre intentaron aparentar haberse encontrado en el camino, lo que a nadie nunca le hace desviar de la evidente realidad de que han estado cogiendo toda la noche. Se les ve en las caras. En esas ojeras, en esas sonrisas cansadas, mezcladas con una sensación de tranquilidad y confianza. Claramente se aman. Vera no podría admitirlo. Si Raúl se enterara los echaría sin titubear. No quiere relaciones afuera de la oficina y es bastante estricto en ese sentido. Por eso todos llevamos nombres falsos, para no fomentar el interés ni la amistad. Imagino que a Carlitos no le importaría demasiado, que preferiría entregarse a su amor sin medir las consecuencias. Se ve que es un romántico. Algo de noble lleva. Aunque no deja de tener un pésimo gusto. Lo quiero lejos. Es un hombre terriblemente apestoso. Si no son sus pies, es la boca, si no es su saco es el pelo. Su compañía es espantosa. Solo una mujer tan fea como Vera podría tolerarla. Jamás conocí pareja tan horrenda.

Entre las 7:58 y las 8:03 terminaron de llegar los demás. Primero Juampi, una persona muy alegre a la cual la timidez no pareciera surtirle efecto alguno y que, aparte, tiene la costumbre de hacer toda clase de chistes constantemente. Ni bien entró a la oficina saludó a todos uno por uno haciendo comentarios de rutina y se acercó a Carlitos para decirle, "maestro, ¿qué te pasó en la cabeza? Preferible que el peluquero te sacara una oreja a dejarte así, eh ... no, mentira, te estoy jodiendo, te queda bien. Estás con más facha que nunca." Carlitos le respondió "es lo que hay" y ahí acabó la conversación.
Da la sensación de que para Juampi la vida misma fuera un chiste.
Debo admitir que alguna u otra vez me ha hecho reír, y que lo considero relativamente creativo. Es solo que no lo puedo tolerar mucho tiempo. Sé que no es un hombre mal intencionado y que en parte no lo puede evitar, pero su exceso de humor incoherente me termina dando dolores de cabeza. Son demasiados chistes, y no todos ellos graciosos o con sentido. Lo que me gusta de él es que bromea con todos. Incluso con Mara, a quien irónicamente apodó "cara de feliz cunpleaños". Ella lo odia con toda su alma. Dudo si lo mataría o no de tener la oportunidad de salir impune.
Después de Juampi, llegó Violeta. Una vieja cascarrabias insatisfecha con su pasado y resentida con su presente. Todos la detestamos. Excepto Juampi, que bromea con ella y de vez en cuando la hace reír o enojar. Es una auténtica chupasangre, una criatura rebalsada de veneno siempre dispuesta a morder. La mujer con la capacidad de reconocer defectos ajenos y señalarlos más aguda que nunca he visto.
Ni bien completo el grupo, comenzamos con nuestras distintas tareas rutinarias, las razones por las que a cada uno de nosotros le pagan. Pero solo con el grupo completo, pues a ninguno se le ocurriría hacer nada productivo antes de ver sentado al resto en sus sillas acolchonadas, con esas ruedas que se deslizan por la alfombra como patín sobre hielo.

El trabajo es muy sencillo. Nosotros somos lo que aquí llaman "acomodadores". Nuestra función es ordenar por fecha y orden alfabético distintos documentos o quién sabe qué. Sobres que tienen un nombre, una fecha, y nosotros acomodamos en distintos cajones. Son exactamente 27 cajones por mesa y persona, uno por cada letra. Los mismos son vaciados periódicamente y a cambio recibimos una nueva pila de sobres a la mañana siguiente. En cuanto al contenido de estos sobres, no tenemos permitido preguntar. Sabemos que de abrir alguno estaríamos en graves problemas. En varias oportunidades se me ha cruzado por la cabeza hacerlo, a veces la curiosidad se vuelve demasiado tentadora. Por eso tengo mi plan. Aquí hay muchas cámaras y los guardias de seguridad tienen la única responsabilidad de vigilar las distintas oficinas por intermedio de ellas. Son tipos serios. En una época nos hacían trabajar con ellos al lado, espiándonos a cada rato. Era bastante incómodo. En ese entonces, Raúl, nuestro superior directo, que solo viene una vez por semana, nos informó que a él le habían dicho que para que pudiéramos trabajar más a gusto, y por lo tanto más eficientemente, esos hombres armados, vestidos para la guerra, iban a empezar a observarnos a través de un número de cámaras que nunca nos fue revelado. Hoy en día, nos hacen usar armas incluso a nosotros. No entiendo del todo por qué, pero al llegar al edificio cada mañana nos dan una a cada uno, que es devuelta sin excepción antes de abandonar el predio. Todos aquí andan armados. Desde porteros a empleados de limpieza, e incluso Raúl, que a pesar de su actitud severa y su rol misterioso, sospecho fuertemente nunca se atrevería a desenfundar su pistola. Lo único que tengo claro de este lugar es de que se trata de alguna clase de mafia. No sé si del gobierno o privada, pero sí muy importante. Aun no me acostumbré a vivir con la duda. Pero el sueldo es tan alto que hace que acepte este trabajo tan absurdo. Y también tengo mi plan.

A eso de las 9:53 o 9:54, después de rápidamente haber terminado con su trabajo del día, Vera tomó su abrigo, su bolso y se despidió del grupo, caminando naturalmente a través de la puerta de entrada y salida, en dirección a quién sabe dónde.
Carlitos la miró desaparecer como si fuera la última vez que iba a verla. Con los ojos cargados de emoción y rebeldía. A mí me gustó que se fuera. No me agrada la energía que se genera cuando ellos están juntos. En cierta ocasión pensé que podía ser alguna suerte de celos pero mirándolos mejor descarté la posibilidad. Vera es demasiado fea y Carlitos demasiado apestoso para generarme algún tipo de afinidad.

Poco después, a las 10:05, a Juampi le tocó por primera vez un sobre cuyo nombre empezaba con la letra "X". Pareciera algo irrelevante, pero eso es algo que aquí no sucede muy a menudo. No es que haya mucho para decir al respecto, pero como le sucedió a él, armó un alboroto. En seguida empezó a hablar fuerte y hacer chistes sobre cualquier otro tema. La novedad rompió con la monotonía de su silencio. Gracias a eso, todos nos distrajimos, y con Mara cruzamos una mirada. Tan solo un par de segundos. En seguida intentamos continuar con lo nuestro, mientras Juampi no dejaba de molestar. Pero yo no pude hacerlo muy concentradamente. No conseguí sacarme mi plan de revolución personal de la cabeza. Pensé en si decirle a Mara o no. En cómo podría reaccionar. Seguramente diciéndome que soy un loco y contándoles a todos. O quizás sin tomarme en serio, ignorándome como de costumbre. Pensé un poco en las consecuencias, en las probabilidades de salir victorioso o satisfecho. También pensé en si me animaría a seguir con el plan sin arrepentirme en algún momento. Cuando estaba convenciéndome de que sí, me distraje con esa puta planta.

Ahora estoy viendo a quién matar primero, si a Carlitos o a Juampi. Decidí no proponerle a Mara unírseme, y matarla también. No podría permitir el riesgo de que ella me difame, tratándome como a un loco o diciéndoselo a todos. Creo que eso me rompería el corazón. Tal vez por estar enamorado de ella. No lo sé. No es momento de romanticismos.

Es ahora. Me paro, tomo el revólver, y le disparo a Carlitos instintivamente. La bala se mete en su pecho, hundiéndose con una suavidad tal que me viene ligeramente a la memoria la imagen de un clavadista saltando al agua de cabeza, y la puntuación de un diez. Se cae de su silla, y junto con él algunos sobres que se cubren rápidamente con sangre. Creo que ya lo maté; si sigo con esta eficacia, las balas de mi pistola me bastarán para matar al resto del grupo y no tendré que tomar otra prestada. Como esperaba, la puerta de entrada y salida se cerró ni bien disparé, haciendo caer la misma barra rectangular de acero que cae a mis espaldas cuando me toca salir último de la oficina. Van a esperar que nos matemos los unos a los otros para ahorrarse el trabajo. A ninguno lo dejarían vivir después de esto. Acabo de sentenciarlos a todos.
Violeta me dice que soy un hijo de puta e intenta sacar su pistola. No le doy tiempo y le disparo justo en el ojo derecho. Continúa viva en el suelo, revolcándose de dolor, gritándome desesperadamente una y otra vez, "hijo de puta". Camino hacia ella y le doy el tiro de gracia. Esta vieja bruja se va con su sarcasmo ácido a pudrirse al infierno.

Juampi está escondido debajo de su mesa como un perfecto cobarde. Es una suerte que haya matado primero a Carlitos, seguramente él hubiera dado más resistencia, aunque sea para volver a ver a Vera. Mara está callada. Me mira con cara de espanto y llora silenciosamente. No parece tener intención de moverse de su silla o de decir palabra alguna. Voy dando pasos largos hasta la mesa de Juampi. Ahora no hace chistes. Está rogando por su vida, tomándose los tobillos con las manos, formando una imperfecta y temblorosa bola de miedo. Por un momento llega a conmoverme un poco. Entonces me dice que no siga con esto, que estoy loco. No puedo dejar que me difame así, yo loco no soy. Le pego un medido disparo en la frente. Se le forma un pequeño agujero y golpea la cabeza contra el suelo. La sangre empieza a brotar de la herida lentamente, dejando una mancha roja en la alfombra que no hace más que incrementarse.
Me queda Mara. Me le acerco. Le digo: "es una pena que no te simpaticen los tecnócratas como yo, podríamos haber sido una buena pareja. Creo que estoy enamorado de vos". Le vacío los cuatro cartuchos restantes en el pecho. Está tirada en el suelo, muerta. Pero sus lágrimas siguen fluyendo. Se mezclan con su sangre. Mi amor por ella es mayor que nunca.
Siento un olor a gas muy intenso. Van a matarme cómodamente. Tan solo abriendo una llave o apretando un botón. Tengo que apurarme, si no todo habrá sido en vano.

Con esfuerzo me dirijo a la máquina de café. Detrás de ella hay un sobre que en una ocasión con mucho cuidado conseguí ocultar. Está lleno de polvo. En el momento en que vi el nombre, me llamó tanto la atención que tuve que esconderlo e idear este plan para poder mirarlo tranquilo. Le saco el polvo. Se lee claro Delfín azul 11/07/1989. Lo abro. En él está escrito "Juguete del hijo de Romeo Costello en el cual fueron trasladados 500 gramos de heroína pura de Suecia a Venezuela. Para más información, ver la fecha de Romeo Costello."
No puedo evitar sentirme insatisfecho. Esperaba algo más. Quizás algo más poético, o aunque sea más extenso. El gas no me deja pensar claro. Estoy perdiendo fuerzas. No puedo estar parado. Me dejo caer en la alfombra, sentado. Me acuesto. Miro a la izquierda, mis ojos se están cerrando. Ya falta poco.

Lo último que veo es esa planta, haciéndome lo de siempre, poniéndome esa cara de planta de mierda en su masetero francés. La odio. Si tan solo no fuera de Juampi. ¿Qué digo? Estoy delirando, Juampi está muerto. Creo que yo también.

jueves, 11 de marzo de 2010

Cuento de Navidad n°1, de Fernando Álvarez

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Cuando el Colorado O'Henry dijo la primera palabra, yo supe que iba a contar un cuento de Navidad. No fue por la palabra en sí, a la que no recuerdo con exactitud, tal vez fue "quizás" o quizás fue "tal vez". Supongamos que fue esta última. Creo que tuvo que ver con que era de noche, llovía a cántaros, las calles eran un río y estábamos en un bar en el límite de Patricios, el Las Palmas que está en Caseros y Vélez Sárfield, del otro lado de la avenida empieza Barracas.
Pero mejor voy al asunto. El Colorado miraba cómo llovía, el inglés, el tano y yo mirábamos aburridos un partido de la liga italiana por televisión, no sé si era de la A, de la B o de la C, para como juegan es lo mismo. Sin mirarnos, dijo "tal vez no siempre el amor devuelve amor", o algo así.

Dejamos de mirar el televisor.
- Fíjense que hay mucho lugar común con el tema del amor ... - siguió - Yo conocí un muchacho de acá nomás, de Balvanera, que estaba muy enamorado, Cacho Lafuente se llama, hace bastante que no lo veo. Después de mucho tiempo de andar de a salto de mata, había conseguido un buen conchabo, era algo riesgoso pero ganaba mucha plata. La mujer, despejado el panorama económico, había empezado a pedirle un hijo. El problema era que uno de los dos no era fértil, nunca me enteré cuál. La mujer sufría mucho por esta situación. Es sabido que la mujer sufre más en estos casos. A él también la idea le gustaba: enseñarle a jugar a la pelota al nene y todo eso, pero sobre todo quería complacerla.
Él, en tren de comentar anécdotas del trabajo, le contaba de algún recién nacido y sin querer acrecentaba el deseo de la mujer. Creo que se llamaba Viviana. La cuestión es que le prometió que iba a conseguir un hijo. Lo que no podía garantizar, como es lógico, es si iba a ser nena o varón.
Resulta que la noche del 23 de diciembre fueron "de operativo", así le decían ellos, a un departamento en Coghlan o Colegiales, por allá ...

- ¡Qué barrios que no me gustan! - disgregó el inglés y tomó un largo trago de cerveza. El Colorado lo miró con cara de pocos amigos, si hay algo que detesta es que interrumpan un cuento. Y más si el que cuenta es él. Siguió después de un silencio intencionado y una mirada reprobadora.
- Cuando llegaron los recibieron a balazos, bala va, bala viene hasta que uno que iba con él consiguió meter una granada adentro y se acabó la resistencia, la puerta saltó de cuajo, entraron al living-comedor y encontraron lo que quedaba de una pareja joven.
Se pusieron a revisar para ver qué se podían llevar, porque a esos evidentemente no los iban a poder interrogar. Eran como treinta tipos cargando lo que quedaba sano, cuando uno de ellos que había ido al placard, que es donde la gente guarda la plata además de la ropa, se encontró con un nene de nueve años y, lo mejor de todo para Cacho, una morochita con una panza de nueve meses de embarazo. Lo de morochita era importante porque él era un pinche y jamás hubiera podido aspirar a un nene rubio, por ejemplo. Así que los sacaron a patadas en el culo del placard y a la embarazada la empujaron para que rodara por las escaleras.
Cuando Cacho vio que llegaba estropeada pero viva a la vereda se tranquilizó, le habrá parecido una buena señal o algo así. Los cargaron en los camiones junto con el calefón, la heladera y esas cosas y los llevaron.
Él quiso ir con ella para cuidarla, ¡ya imaginaba la cara que pondría su mujer cuando llegara con el bebé! ... Bueno, la hago corta, el asunto es que a la embarazada la hicieron parir antes de meterla en un tambor con cemento junto con el nene de nueve años y tirarla al río y Cacho, ilusionado, se fue a ver al Coronel para pedir al recién nacido. Había sido varón, para colmo, y se lo veía bien oscurito. Estaba emocionado. Imagínense, ¡iba a ser papá!

El Coronel no estaba, así que pidió hablar con el Mayor. Lo hicieron pasar apenas salió un Sargento que él no conocía y sin muchas vueltas pidió el pibe.
El Mayor mucho no lo tragaba porque él, como tantos otros, estaba allí por la plata, mientras que ellos, los de carrera en la Fuerza, aunque también se llevaban plata, estaban ahí por ideales. Así que con bastante desprecio le dijo que no se lo podía dar porque ya se lo había dado a ese Sargento que acababa de salir.
Cacho quedó de cama. ¡Al día siguiente era Navidad y él sin el regalito!
Salió desolado y tomó unas copas en un bar por ahí. Después se animó y volvió a la casa. Le contó todo a su mujer y se acostó a dormir la mona.
Al día siguiente ella había se había ido. Tiempo después me enteré que ella estaba viviendo con un Cabo y que tenían una nena morochita, nunca supe si natural o adoptada.
Cacho nunca se recuperó, siguió trabajando, pero chupaba mucho y al final era un peligro. Un día se le escapó un tiro y le metió un balazo en el culo a un compañero que iba adelante.
Así que se quedó sin trabajo. Con lo que había juntado compró un quiosco y ahí sigue, tiembla tanto que los pibes tienen que abarajar las monedas cuando les da el vuelto.

El Colorado se calló y nos quedamos mirando la noche detrás de la ventana.
En el bar apagaron el televisor y por un momento quedó todo en silencio.
Afuera la lluvia seguía como si nada.
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jueves, 4 de marzo de 2010

Detrás de una imagen, de Inés Kreplak

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"Qué cosa de repente se me ha
ido el suelo y está el vacío esperándome
nada me puede atajar nada firme
adelante mío no es que me caiga
se me ha ido el suelo y lo voy a seguir.

No te asustes, no, no te asustes
si ves que como respaldo lo tengo al viento
y no queda nada bajo mis pies
me voy a pique nomás
y aunque rompa el aire de un tajo,
no es que me caiga, es que voy pa' abajo
a tocar el fondo de lo que
soy de una vez."

[
A pique, Juan Quintero]


Un vidrio empañado por dentro, repleto de gotas por fuera. Detrás, un paisaje uniforme, recto, desolado. Plantas verdes, verdecitas, marrones y marroncitas. De vez en cuando algún árbol flaco, con algunas ramas semidesnudas, solitario en medio del llano.

Al lado del vidrio, del lado empañado, yo. Sobre el vidrio, yo, borrosa, empañada, llena de gotas sobre mi cara y casi casi espectral; por momentos con alguna planta verde o marroncita en lugares poco previsibles como bajo mi pera, o detrás de mi nariz. Pensaba, mientras me encontraba con mi imagen, si con tanta distorsión me presentaría ante el mundo. Si la desfiguración estaba siendo tan notoria en este caso. Podía también haber momentos en los que semejante distancia entre la realidad y la representación tuviera lugar entre lo que uno piensa y lo que transmite. Seguramente pasaba seguido, imperceptiblemente, la mayoría de las veces y en la mayoría de los casos. En algunas circunstancias una se encuentra con su imagen, se encuentra con lo que es, y no con lo que quisiera ser, allí la imperceptibilidad desaparece y lo que surge de pronto es una gran decepción.

¡Uf! ¡Qué densidad! Se supone que simplemente estaba viajando a visitar a mis tíos abuelos que viven en el sur, que me invitaron a pasar una semana con ellos por las vacaciones de invierno. Hacía mucho que no los veía y estaban viejitos, había que aprovechar el tiempo que quedaba. Viajar siempre me ponía reflexiva, en general era una persona analítica, metida para adentro, pero muy observadora; de hecho me la pasaba catalogando, en las diversas muestras, las fallas que tiene el ser humano, lo cual no me hacía del todo feliz, pero al menos me alejaba de mi propia realidad. Y ahora me encontraba sentada desde hacía más de medio día en un mismo lugar, observando y padeciendo, en parte en mi cara y en el resto de mi cuerpo (el que no estaba reflejado en el vidrio), y en parte en mis sentimientos, donde sea que queden, la soledad y la desolación del horizonte. Sufría también el aroma a tristeza que se sentía en ese colectivo, y eso me hacía reflexionar aún más, sentir en carne viva lo que significa tener una melancolía flor de piel. ¿Flor de piel? Que término tan poco mío. ¡Qué estoy diciéndo! Una flor de piel. Trato de imaginármela, pero me la imagino fea, una flor dura, carente de la delicadeza y suavidad, desprovista de belleza y perfume. Una flor de mí.

En ese momento decidí levantarme de mi butaca. Noté por primera vez que tenía un compañero de asiento, lo vi sobresaltado por mi exabrupto. Estaba tan compenetrada en mis pensamientos que no sólo no había sentido que tenía una persona al lado, sino que tampoco me di cuenta de que podía molestar a alguien con mi intempestividad. Pedí perdón, algo nerviosa, pero desinteresadamente. No lo miré. Caminé por el angosto pasillo figurándome una y otra vez la flor más fea de todas, la visualizaba de diversos modos. Todos se me escurrían rápidamente, por suerte. El tapizado de los asientos de los que me iba sujetando, el movimiento del micro, los pozos en la ruta, los ronquidos de algunos pasajeros, las luces del camino, el olor a baño químico distraían mis sentidos, ni hablar del sabor amargo de la tristeza que traía en la boca desde mi asiento. Fui al baño. Las puertas de los baños de los micros siempre son difíciles de abrir, me parecía demasiado trabajo intelectual para semejante desesperación. Por terca terminé utilizando más fuerza de la necesaria para abrir esa puerta, que chocó contra la pared y volvió a cerrarse. Escuché un "¡shh!". Pensé sólo insultos, no dije ninguno. Abrí la puerta nuevamente, esta vez con algo más de maña, y entré al baño. Recomendación: si estás viajando en un micro de larga distancia y por mirar el paisaje llano, uniforme, infinito recordás todas tus tristezas y decidís levantarte para terminar con esa sucesión de pensamientos angustiantes, nunca, pero nunca, pero nunca (a menos que te guste el masoquismo) ... ¡nunca decidas ir al baño del micro! Desde la entrada se siente un olor que pone a prueba a cualquier estómago, mezcla de producto de limpieza barato con el paso de sucesivas personas que se dirigieron a aquel cubículo para orinar-defectar-devolver ... bueno, en definitiva todos sabemos para qué sirven los baños, pero seguro que no es el lugar más adecuado como centro de rehabilitación.
No hice mucho hincapié en el tamaño de aquel reducto, prefería no pensar en que estaba encerrada en un micro, incapaz de correr hasta ganarle a la desesperación y que sí o sí ella quedase atrás. Raudamente salí de aquel lugar. Me había distraído al menos un poco: parece que las cosas horribles ajenas, de nadie (o de todos), pueden ocultar las propias. Ya no visualizaba la flor horrible. Ya no visualizaba la flor-yo.

Volviendo a mi asiento me prometí evitar el autocastigo; debía llegar a Choele-Choel, el pueblo de mis tíos abuelos, lista para bajar las escaleras radiante, cargada de energía y paciencia para recibir no sólo muchos apretones de mejillas, tiradas de orejas, abrazos de esos que te hacen chocar las costillas unas contra otras, sino también para poder repetir con una sonrisa la respuesta a una pregunta formulada reiteradamente. Al llegar a la fila donde se encontraba mi asiento, miré por primera vez a mi compañero. Estaba durmiendo, era alto y muy flaco, sus piernas largas se descuajeringaban casi artísticamente para poder entrar en aquel lugar. Dormía con la boca abierta, pero esta vez eso no me pareció ridículo y antiestético como siempre. Más bien me pareció normal: estaba durmiendo, relajado; hasta sentí algo de envidia. La paz de los demás, cuando son capaces de transmitírmela, me conmueve. Lo estaba mirando demasiado, dudaba si debía saltarlo y así llegar a mi asiento sin despertarlo, corriendo el riesgo de clavarle un zapatillazo en el hígado, o despertarlo para que se corriera y me dejara pasar. Era admirable lo que él había hecho con sus piernas, no quería quebrar semejante armonía, pero conociéndome, mejor era romper con el arte y que me acusen de reaccionaria, que herir alguna parte de su cuerpo por torpeza. Tosí bajito. Nada. Volví a toser, un poco más fuerte. Nada. Sutílmente me acerqué unos pasitos hacia él. De repente sentí el ventarrón del aire acondicionado sin escalas ni interrupciones directamente sobre mi piel; estornudé, dejando escapar en aquel estornudo mi alma (y algunas cosas más). Otra vez quebré su paz de manera abrupta. A veces me parece que la vida me hace chistes muy previsibles: estornudar por primera vez en toda la travesía justo en el momento más inoportuno me parecía un gag gastado, ineficaz, pero lo peor de todo es que esto no era ficción. Otra vez pedí perdón, esta vez sí mirándolo a los ojos. No contestó, solo puso cara de estar llenando con saliva su boca pastosa.

Me acomodé en mi asiento. Tenía miedo de mirar de nuevo hacia la ventana. Largos segundos miré el tapizado del asiento de adelante; pispeaba de reojo la ventana y rápidamente volvía la cabeza a la posición inicial. Así estuve largo rato. Mi compañero había vuelto a dormirse y sus piernas se habían podido ubicar casi tan armónicamente como antes. El leve vaivén del colectivo lograba funcionar como una mecedora no tan placentera, aunque debo confesar que, a pesar de todas las alteraciones que venía sufriendo en mi cabeza desde la salida de la ciudad, el sueño estaba logrando hacerse sentir en mí. Olvidé por un momento todo lo ocurrido anteriormente y, de manera espontánea, volví a mirar hacia la ventana. Durante largos segundos no pensé ni noté nada. Quizás fuera eso producto del sueño. De repente pude divisar mi imagen frente a mí, otra vez distorsionada, deforme, fea. Detrás ahora predominaba la oscuridad, con alguna que otra luz a lo lejos, sobre el cielo. Mi imagen entonces ya no tenía plantas bajo las orejas ni detrás de la nariz. Esta vez mi reflejo tenía compañía. Cerca de mí, casi superpuesto, un hombre dormía plácidamente. Pensé que mi Reflejo al menos ahora no se sentiría tan solo, ni tan feo, ni tan triste. Eso me alegró. En ese mismo momento descubrí que mi Reflejo se ponía más lindo, más armonioso, que brillaba sobre el vidrio mojado por fuera y empañado por dentro.
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sábado, 27 de febrero de 2010

Cuento de Navidad n°0, de Fernando Álvarez

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Esta historia la contó un muchacho de Patricios, el Colorado O'Henry, y, si bien no me imagino cómo puede haber visto lo que cuenta que vio, habría que creer que es cierta, porque este muchacho nunca fue de exagerar, mucho menos de mentir. Él me dijo que transcurría en Navidad así que podría decirse que es una de esas historias que se llaman precisamente así, historias de Navidad.
El lugar donde empieza es un bodegón, en Río de Janeiro, pequeño, de cinco o seis mesas. Las paredes están recubiertas de azulejitos azules. Las mesas son de hierro, redondas, las desvencijadas sillas hacen juego.
El bar está en una esquina, en la zona sur, en la parte vieja de la ciudad que está entre la rodoviaria y el puerto. Alrededor hay casitas modestas.
Explotan fuegos artificiales y las luces y el ruido irrumpen de cuando en cuando en el interior.
Una sola mesa está ocupada por un parroquiano, un hombre ya grande, de alrededor de 70 años. Viste traje oscuro, camisa blanca y corbata negra.
Detrás del mostrador está el dueño del bar, descendiente de japoneses.
El parroquiano bebe cachasa y habla solo.
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El parroquiano murmura para si: - ¿Cómo se llamaba? ... ¡Qué linda que era! ... ¡Preciosa! Bien carioca ... Qué lomo ... y qué gomas ... ¿Cómo se llamaba? ... Mayra no era ... ¿Cómo se llamaba? ... No, Maia tampoco ... ¡Qué cosa! ... - toma un trago de cachasa, se sacude, después se acomoda y dormita.
El dueño se acerca y lo zamarrea: - ¡Eh! ¡Argentino, nao dorma!
El parroquiano se sobresalta, finalmente señala el vaso y pide: - ¡Mais um! -. El dueño duda, finalmente trae la botella y sirve.
- ¡Salud! ¿Cómo no te avivaste de poner una tintorería?
El japonés se cabrea: - ¡Fala em portugueis!
- Hace unos días que no tengo ganas - contesta el viejo.
De pronto se escucha el ruido de unas puertas de auto al cerrarse e irrumpen en el boliche tres chicos y una chica, todos de alrededor de 20 años. Los varones van a comprar bebida al mostrador y la chica se sube a una mesa y se pone a bailar. Los chicos empiezan el batuque y la chica se saca la remera. Todos están muy excitados. El viejo, a quien nadie mira, empieza a cantar a gritos "Soplando en el viento"; se para y, tambaleando, se acerca a la chica y le agarra una teta. Los varones saltan y lo echan del bar a los empujones. El japonés aprovecha, echa a todos y baja la persiana.
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Los chicos enojados le pegan al viejo, lo tiran al piso y le dan un par de patadas más, después suben a un auto y se van. El viejo se levanta y camina al garete, tambaleante.
- No entienden, yo en una época supe hacer algunas estatuillas de arcilla. Me gusta la forma de la teta ... ¿Cómo se llamaban aquellos dos? ...
En la calle no hay gente. Él camina hasta que tropieza con el pie de un chico que está sentado en un rincón oscuro: - Perdón.
El chico irritado trata de sacárselo de encima: -¡Vai embora! -, le dice. Pero el viejo sin prestarle atención se sienta a su lado. El nene se pone a aspirar de una bolsita de plástico. El viejo sigue con sus rollos: - ¡Maysa! ... ¿Así se llamaba? Qué linda que era ... Yo tenía algo que hacer ... ¿qué era? ...
El chico empieza a dar señales de sentirse mal y el viejo no lo registra.
- ¿Cómo me olvidé? ¿Adónde me desvié?
El chico se va agarrándose de las paredes, tropieza y cae pero consigue levantarse y se aleja.
- ¿Qué me desvió? ¿O fui yo el que miró para otro lado?
Un mulato cruza la calle y encara al viejo.
- ¿Vocé vio a um meninho?
El viejo mira al costado y ve que el chico no está.
- Estaba acá. Debe haber ido para allá - señala.
El mulato camina en la dirección contraria a la que señaló el viejo.
- Siempre lo mismo, hablo y es como si pasara un carro ... ¿Cómo era que ...? ¿Adónde vivía?
Se escuchan tableteos de ametralladoras y ritos, después una explosión.
El viejo se despierta sobresaltado.
- Así no voy a poder dormir, mejor me voy.
Se para, se eleva y desaparece en el cielo.
Desde abajo se podía escuchar la voz del viejo a la distancia.
- No era Maysa, ¿cómo era? ...
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Así me lo contó el Colorado O'Henry, y yo lo repito tal cual; puede ser un poco exagerado, pero estoy seguro de que lo esencial es cierto porque el Colorado no es ningún mentiroso.
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