martes, 23 de marzo de 2010

Suicida en Buenos Aires, de Kadmillus Haimrich

Esta mañana desperté con ganas de no hacerlo de nuevo. Me resulta demasiado complicado transitar por esa sensación de renacer que es despertar, sin memoria, sin saber bien quién soy o dónde estoy. Mi cuerpo y mi mente necesitan algunos momentos para darme las coordenadas completas y precisas de mi existencia en la mañana, cada mañana. Mientras comía algo, me bañaba y vestía, mientras recorría en un inusual desorden los corredores del pequeño supermercado en el que suelo hacer las compras que abastecen mi alacena y refrigerador, mientras me asqueaba contando monedas, mientras salía de nuevo a correr, mientras sentí hambre y descubrí que estaba ya muy lejos de casa para volver corriendo también, mientras me castigué haciéndolo, mientras me di cuenta que mientras corría había estado llorando y mi camisa no estaba tan mojada por el sudor como por las lágrimas rotundas y gigantes que habían estado también corriendo por mi cuerpo, mientras al darme cuenta de todo eso para llegar a casa a llorar mientras como, mientras cago, mientras deseo parar de llorar y mientras me rindo al llanto, mientras recuerdo a Oliverio, mientras dejo de llorar, mientras me dan ganas de pasear por la costanera sur, mientras lo hice, pensé que lo único que puede aliviar mi delirio, mi estado desesperante de despertar cada día y tener que soportarme a mí mismo en un estado mental tan inferior, es acabar con mi vida.

Volví a casa y me dispuse a cocinar algo, como siempre, para uno. Si va a terminar mi vida, al menos debe hacerlo de una forma que valga la pena, al menos con la satisfacción de un buen almuerzo. Como era costumbre, preparé un suculento platillo, que hubiera alcanzado para varias personas, y comí, como era costumbre, solo. El pollo se abrió extrañamente sexy sobre la fuente metálica, vieja pero limpia. Su piel se movía sobre las carnes gruesas se maneras que nunca había visto bajo el efecto de ninguna sustancia. Las plantitas que se asomaban a la cocina me retaban a usarlas como aromatizantes y condimentos del plumífero muerto; lo hice, junto con algunas rodajas de manzana y naranja. La sal llovió por un rato y fue el último de los ingredientes del masaje espectacular. Por algunos segundos quise ser ese pollo sobre esa fuente. Bebí un buen sorbo de buen vino tinto, y recordé que era domingo. El otoño había llegado suculentamente y recordarlo por un momento me arrancó una sonrisa. El plumífero condimentado entró al horno sin mayor resistencia y mi rostro se frunció de nuevo. Iba a acabar con mi vida. El pollo iba a estar un buen rato en el horno, y el vino no me iba a abandonar en mi espera. Lavé mis manos con el agua menos agradable que haya rodado por mi piel, pues era ruda y gruesa, y me dirigí al salón de estar mientras desataba el delantal que siempre he usado para cocinar. El sofá ruso tapizado en un viejo terciopelo verde me esperaba acogedoramente. Ese sofá que tenía tantas historias, tantos recuerdos, que había estado en tantos lugares, que había rescatado de alguna morada ajena y donde la había conocido de verdad a alguna de esas ellas que había sido mía alguna extraña vez y de la que ahora sólo quedaba un viejo sillón. Cuando estuve a unos pocos centímetros de su siempre tierno terciopelo, algo me detuvo y me dirigí sin pensar al mesón de la entrada. Eran necesarias algunas tonadas en el ambiente y un poco de humo, así que puse la música a sonar y prendí un cigarrillo. Ya en mi sofá, esperé que pasara el tiempo, pero nada sucedía. El cigarrillo se consumía lentamente y mi respiración estaba muy próxima a lo inexistente. Mi vida acabaría aun así. Estaba revoloteando en mi cabeza la idea, y entre ahogadas carcajadas y tímidas lágrimas anónimas, no lograba decidir qué sentir al respecto.

En mitad del pollo la música se silenció abruptamente. Prendí otro cigarrillo y salí un momento a la terraza. Otoño, puro. Volví tal vez demasiado pronto a comer y prendí la chimenea que pronto empezó a chirrear y crujir bajo el poder de la flama rojiza. No era el mejor pollo que me había comido, no era el mejor día que había vivido, no era el mejor otoño que había visto, pero igual me gustaba. Mis ojos se perdieron por algunos momentos en la copa de vino a punto de agotarse, en esa capa de vino ya casi transparente que queda en todo el cuerpo de la copa, en su interior, casi hasta la eternidad. Es realmente bello ver eso, y oír de fondo una buena tonada y los trozos de madera rendirse al poder del fuego. Mi camiseta clara y el buso en cuello V grisáceo sobre mi delgadísimo torso, mis desordenados cabellos inundando siempre por partes mi visión y una mediocre barba, los pantalones de pana un poco viejos y mis zapatos de tela favoritos hubiéramos podido ser un buen cuadro para la posteridad de un futuro que no se haría esperar mucho. Quise por un momento que alguien estuviera allí, lejos pero allí, para captar en una muy mala fotografía la forma en que mis pies estaban, lo estático de mi tronco sobre esa silla moderna y blanca como un huevo, las contorsiones de mi cabello y el juguetear de mi mano izquierda con la copa de vino, y mi mirada perdida, felizmente perdida, sin querer ser encontrada.

Esa tarde no fue nada placentera. Quise sacudirme un poco la perplejidad de esa loca idea, pero revoloteando en mi cabeza logró mutar en decisión. Definitivamente iba a acabar con mi vida, con la asquerosa sensación de ser un retardado mental por unos instantes, de tener que empezar cada día con esa sensación. De alguna forma me dije a mí mismo que morir por eso era poca cosa, que resultaba estúpido y estéril, pero me respondí que no importaba, y que lo había pensado mucho sin poder llegar a ninguna otra solución. No estaba dispuesto a dejar de dormir ese par de horas que dormía cada noche, pero tampoco a acostumbrarme y ceder ante la sensación de aquellos despertares; ya los había soportado mucho tiempo. Casi una treintena de años. De pronto me resultó sorprendente mi capacidad de aguantar algo tan insoportablemente incómodo, y me impulsé a idear un buen plan, estaba decidido, iba a terminar con mi vida.

De mi cuello aun colgaba esa piedrecita que años atrás me llegara por correo como regalo de un buen pero lejano amor. Mis manos me resultaban más satisfactorias en aquellos tiempos en que las crisis parecían siempre el fin del mundo y deseaba con resignación que algo surgiera de las más asquerosas y tremebundas profundidades de mi alma, y me abofeteara lo suficientemente fuerte para salir a caminar un poco, o fumar un cigarro sin que se mojara de mocos y lágrimas.

Ahora estaba más curtido, seco, muerto, pero me sentía a gusto conmigo mismo. Nunca iba a regresar, eso era lo único que había permanecido de aquellos tiempos, esa extraña repulsión por el pasado, por ese país y esas formas. Pero sin embargo tampoco pude nunca dejar de pensar qué hubiese sido seguir allá, morir más lento y haberme convertido en un sujeto más, preso de la mojigatería cultural y del despilfarro del espíritu del protestantismo. Recuerdo que una tarde me senté a escribir escuchando jazz, no recuerdo qué escribí, pero recuerdo haber escrito, y haberme sentido asqueado con lo que había escrito. Esa tarde hacía frío, era invierno, ya terminando, y había regresado de caminar un poco por el centro de la ciudad. Las cosas no estaban bien, atravesaba mi pobre existencia por una de esas crisis, de esas que parecen ser el fin del mundo y que me dieron tantas ganas de llorar y tanta resequedad de la resignación. Había estado leyendo por esos días alguna separata de literatura escandinava, y seguro que lo que habré escrito rondaba por los callejones oscuros del plagio de estilo o las reflexiones para siempre olvidadas sobre tierras y personas que nunca habría de conocer. En todo caso, la piedrecilla colgaba aun de mi cuello y mis manos me resultaban menos agradables que en esos tiempos; el tiempo había hecho de las suyas, mías.

Había visto morir amigos, literal y metafóricamente, amores, sueños y recuerdos. Pero ninguna de esas formas parecía lo suficientemente tentativa como para acabar con mi vida. Pensé en esos tiempos, cuando mis amigos empezaron a morir y mis manos aun me causaban algún agrado. Recuerdo haber recordado que no podía fumar porque el lugar donde vivía acogía también a sujetos intolerantes, comprensivamente cedí por algunos meses. Pero ahora a nadie le molestaba, porque no había nadie, ya no tenía quien me pidiera amablemente que no fumara o que me sugiriera entre eróticas caricias que lo dejara porque me iba a matar [lo que asesinaba cualquier pretensión de continuación en el erotismo]. Ahora podía fumar, y mientras rebuscaba en mis recuerdos e inventos de memoria las formas de muerte que hasta el momento había conocido, prendí esa pipa, la pipa, mi pipa, la única realmente mía, y salí a caminar. Algunas horas después descubrí que las calles de la ciudad habían estado sugiriéndome todo el tiempo miles de formas de morir, pero mi mente había estado confundida entre el sabor del ginebra y el delicioso humo de mi pipa. En un momento me di cuenta que había dejado de pensar en matarme, y que eso podía ser tan bueno como malo. No creía estar dispuesto a renunciar a la idea de no tener que despertar de nuevo. Mientras me reprimía por tan soberano descuido, casi muero atropellado por un lujoso auto que cruzaba a pocos centímetros del paso que estuve por dar en ese momento. Crucé la calle y me senté en el costado norte de la Plaza de la República; dándole la espalda al monumento, quise descubrir en ese atardecer de otoño porteño una razón para aguantar cada mañana el motivo de mi hasta ahora poco planeado suicidio. No acaeció ninguna razonablemente razonable.

Iba empezando la noche y reaccioné cuando alguien me tocaba el hombro. Era yo mismo, tenía que decirme algo importante, pero me sorprendí de tal forma que no pude evitar despertarme. Hacía frío. Estaba apenas empezando a quedarme entredormido, así que no sufrí de nuevo el terror de esos despertares. Giré y, para mi desgracia, nada había cambiado; algunos focos ahora iluminaban la avenida más gruesa del mundo, por donde pasan algunos de los sujetos más obtusos del mundo, y algunas de las mujeres más patéticas del mundo; mientras el suicida menos suicida del mundo planeaba el suicidio más suicida del mundo, las horas se arrastraban como pequeños y gordos indigentes paralíticos frente a mí, pero sin gemir. Caminé de nuevo con rumbo a casa, frustrado por tener que vivir de nuevo un despertar de los de por la mañana. Recorrí calles que ya había recorrido buscando detalles que no había detallado, acompañado siempre del sabor de mi pipa y mis pasos pesados y contingentes, que me hacían pensar en el único amigo muerto y vivo que tuve. Deseé por un momento que sus pasos callados y su gabardina café de paño inglés acompañasen mi andar por un rato. Él había nacido en la misma ciudad que yo y en el mismo año, habíamos compartido algunos años de estudio y discusiones que nos llenaban las gargantas de alcohol y orgullo y carcajadas y sueños, pero también había muerto el mismo año que yo, el mismo día y a la misma hora. Había sido mi otro yo, y había dejado de serlo cuando un día cualquiera, cuando mis manos ya sólo me eran indiferentes, dejé de existir para el mundo. Había decidido cumplir en vida lo que quise cuando muriera, que nadie me extrañara, no tener ningún vínculo afectivo, o vínculo en absoluto con personas. Había conservado mi segundo nombre y un nuevo apellido, porque los de mis padres me unirían a ellos, escribía de vez en cuando y me veía con algunos estudiantes en sitios recónditos para contarles algo que ellos consignaban en libretas que rotulaban con mi nombre o con el nombre de su clase. Pagaba el alquiler de un alto piso en un viejísimo edificio cerca al centro y el resto del dinero lo gastaba en libros en idiomas que no entendía, las monedas que quedaban las ponía en un baúl antiguo que una vez alcé de algún rincón junto a un basurero.

Uno de mis pasos camino a casa renunció a ser, y caí sobre mi rodilla derecha en medio de la calle. Mi bufanda había tocado levemente el suelo, y yo odiaba que eso sucediera. Levanté la mirada y rectifiqué que nadie hubiese estado siguiéndome o fuera la causa de el tropiezo torpe e infantil. Mi pie simplemente renunció a dar el paso que ya había dado mil veces y conspiró en contra de mi verticalidad fisionómica. Cuando dirigí mi mirada al frente, vi una puerta que no recordaba haber visto en mis anteriores recorridos por el sector. Recordé de inmediato la vieja tabernucha donde el Lobo Estepario había conocido a la mayor de sus desgracias, pero me abalancé adentro de todas formas. Una estropeada puerta roja de madera gruesa estaba rematada con un pequeño y agonizante foco que colgaba sobre aquella, emitiendo, sólo de vez en cuando, una tenue luz. Las escaleras llevaban hacia arriba y el corredor hedía a viejo. Terminando las escaleras de cemento crudo, me hallé simplemente allí. Al fondo, una pequeñísima tarima esquinera y algunas mesas en el salón. La barra se dibujaba frente a mí como un sendero tentador. Una luz sobre el improvisado escenario y unas cuantas más emanaban de algunas pocas lamparitas sobre algunas de las mesas. Lo que vi no me defraudó mucho, ni a mi imaginación. Un viejo ciego tocaba un bello y lento blues en una vieja y ciega guitarra empolvada, su voz acompañaba de vez en cuando las lentas pero agradables tonadas con un gemido que encarnaba alguna palabra en inglés. Le di la espalda y me senté junto a la barra; tras un buen primer trago de ginebra, decidí buscar un lugar y prender un cigarro. Agarré un libro que vi sobre una pequeña mesa al pasar para matar el tiempo. El viejo ciego, negro y flaco como una vaca enferma, con una escuálida barba color ceniza de pelos retorcidos que se integraba al pelo que le quedaba en la parte de atrás de su cabeza me recordó a un profesor de poesía con el que solía caminar algunas veces. Habría sido él quien me enseñara a observar las palabras como pocos maestros de poesía harían, como entidades cerradas sobre sí mismas, con sentidos claros y determinados por el uso concreto, como materialidades deformables asquerosamente, pero que nunca dejarían de ser lo que cada una siempre ha sido. Sus textos siempre fueron así, con muy pocas metáforas y figuritas idiotas del lenguaje que, según él, sólo usaban los castrados mentales y los insípidos y traumados. Hablaban de las vaginas y de las nubes, pero sin igualar unas con las otras, de las ostras y de la sensación de volar dentro de un avión. Pero era imposible que fuera el mismo viejo negro ciego que rascaba cada vez más aburridamente la guitarra sin que nadie pareciera prestarle atención. Entre algunos murmullos apenas si se oían las notas que salían casi como la tos de esa vieja guitarra y los repentinos pero suaves gemidos del sujeto bizarro que la interpretaba. De pronto su barba dibujó una sonrisa diferente y cayó del sillón de cuero vinotinto que lo soportaba hasta hace un segundo. Sus ojos se abrieron al mismo tiempo que su cabeza dio un golpe seco en el suelo de madera.

Volví mi mirada sobre el libro que había tomado minutos antes de la mesita y vi que por mi muñeca revoloteaba una especie de cucaracha negruzca y enana, tal vez proveniente del libro. Si yo hubiese sido una cucaracha negruzca y enana seguramente también hubiese escogido una obra de Brecht traducida al hindi para vivir. Ojeé algunas páginas y recordé inmediatamente que el hindi no era uno de los idiomas que sabía leer. Había aprendido desde pequeño el mediocre idioma inglés, el francés vino después, junto con el alemán y el ruso, el italiano no era complicado, por lo que había decidido no estudiarlo pero sí saberlo. Deseché el librito rápidamente y me dispuse a salir. Un par de billetes cubrirían por mucho la cuenta así que los tiré sobre la mesa y salí. La calle estaba exactamente igual de oscura y solitaria que en el momento que la abandoné para entrar al lugar que nunca volvería, como tantos otros. Hacía un poco de frío, así que me dispuse a continuar mi camino con las manos en los bolsillos, pero mi pantalón de pana viejo no tenía bolsillos sino en la parte posterior, así que así fuese por unos momentos estaba condenado a caminar con las manos acariciándome las nalgas. Fruncí el ceño y procedí. No era cómodo, pero sólo pude dar unos pasos antes de encontrar en uno de los insulsos bolsillos un trozo de papel de maíz con una serie numérica escrita en él. A mi memoria no se le ocurrió nada, así que lo tuve por algunas cuadras más entre mis manos ya fuera de los bolsillos gracias a él. La forma de caminar que me es propia no es propia de mí mismo, y eso fue lo siguiente que pasó por mi cabeza. En alguna de las instituciones por las que había pasado, de todas formas todas son iguales, había conocido a un personaje que hubiera repudiado estéticamente a más no poder, de no ser por su forma de caminar; los pasos eran largos y pesados, sus piernas parecían permanecer rígidas todo el trayecto del paso cada paso, su espalda permanecía recta pero levemente inclinada al frente, unos 15 grados tal vez, sus brazos se sujetaban mutuamente por las muñecas por la espalda, y su mirada siempre estaba fija al frente aunque su cabeza se inclinaba tenuemente al frente también. Así caminaba yo, por él, esa noche con el papelito entre mis manos. Quise saber la hora pero fue algo que quise tan poco tiempo que no alcanzó a motivar que viera mi reloj. Los ocho dígitos se instalaron en mi mente y exigían alguna explicación, uno tras otro separados por puntos en tinta oscura sobre el trozo de papel amarillento. La probabilidad de que ese papel fuera de otra persona era tan ínfima que de sólo pensarlo me recorrió una leve disconformidad y unas ganas de vomitar repentinas, así que deseché también esa idea. Edades, fechas, posiciones de las letras en el alfabeto, códigos postales, nada concordaba. Cuando volví a repasar las opciones y le pedía un esfuerzo enorme a mi memoria y a mi asociación libre y descubría con resignación que ninguna de las dos estaba dispuesta a apiadarse de mí, la respuesta vino sorpresiva y repentinamente, como cuando caminando por una plaza cualquiera una paloma decide excretar sobre uno, era el teléfono de aquel otro personaje que empezó asistiendo a mis charlas con sospechosa regularidad, para convertirse en amante excepcional y terminar como cruel sicoanalista. Con un par de monedas y algo de suerte podía encontrarle en casa.

Vivía hace un par de años en lo que siempre pensé es una bodega-hangar en miniatura, hasta el inodoro estaba a la vista. Ahora las cosas eran diferentes, estaban los mismos muebles en diferente lugar y el espacio de la cocina parecía más amplio y limpio. Sus piernas inmensamente largas y los bucles desordenados de su pelo y la forma como jugueteaban con su monumental nariz siempre me resultaron morbosamente atractivos. Estaba durmiendo, pero poco le importó mi intempestiva aparición, hacía ya más de un año que ninguno sabía nada del otro, pero así funcionaban las cosas conmigo. Me ofreció un Bourbon y no me pude rehusar aunque coqueteaba con la botella de ginebra en su mesa de licores. Me preguntó venenosamente si venía porque tenía ganas de hablar de alguna de las sandeces de las que hablo en clase, o de tener sexo, o de una sesión terapéutica. Sonreí y la pregunta quedo respondida de inmediato. Se levantó de su sillón y prendió el radio y la chimenea. Puso un cenicero cerca al diván que yo ocupaba y volvió a su lugar. Quedamos en silencio escuchando un rato las profundas tonadas de Muddy Waters, Pat Metheny, B.B. King y Dave Brubeck y mi mente divagó por el diván divinamente. Rompió el melodioso silencio mi voz pidiendo algo de comer, algo ligero, y su semblante hizo ese gesto de disgusto y resignada aprobación que se hace cuando uno de verdad no quiere moverse, como cuando el gato ha encontrado por fin una excelente posición en mi regazo y yo decido ir a orinar, esa expresión del gato. Me preguntó si unas broquetas de setas y pollo era una buena opción, pero preferí unas mediterráneas al ajo. Me encantaba fastidiar su rostro haciendo aparecer esa expresión diabólica y sexy. Comimos, y la conversación se animó un poco. Hubo que cambiar los vasos de Bourbon por copas con vino tinto de excelente cepa, y su pantalón de jean azul claro, viejo y roto me excitó un poco; andaba sin medias ni zapatos y eso me agradaba, así que me uní a la regla indumentaria. Me quité de un tajo la bufanda y subí un poco el volumen de la música. Había estado pensando en hacer algún texto acerca de una reflexión filosófica de las formas de vida cotidiana de los filósofos checoslovacos de mediados de siglo, pero desalenté fuertemente su idea argumentando que estaba seguro de haber leído en ruso, único idioma que no conocía y yo sí, un informe que ya abordaba el tema e inauguraba un proyecto investigativo desde la filosofía y la sicología de esa misma temática. Accedió rápidamente a abortar el interés y yo decidí aunarlo a la lista de intereses para textos posteriores. Era uno de los mejores robos que había hecho, era perfecto, mentí ilustradamente, convencí con la mentira, y no había dejado cabos sueltos.

Tras un exquisito pero socialmente censurable bostezo, por mi cabeza pasó de nuevo la idea del suicidio. Me vi a mí mismo sentado en esa sala con su compañía, en esas condiciones, en esa conversación vacía, y sentí una extraña mezcla de vergüenza ajena de mí mismo, asco y risa, así que interrumpí abruptamente su relato posmoderno y odiosa y caprichosamente complejo conceptualmente y le dije que iba a suicidarme al salir de allí. No preguntó por qué ni cómo, pero ante su silencio despreciable respondí la primera de las preguntas nunca hechas. La carcajada no se hizo esperar, y es que creo que nadie me habría podido entender en ese sentido, como en muchos otros. Dejó bastante claro que le parecía una razón ridícula y absurda, entre otros adjetivos más complejos y cargados ideológicamente, y se convirtió de nuevo en sicoanalista al bombardearme con una ráfaga de preguntas acerca de mi vida personal, si es que algo podía considerarse como tal. La repulsión a su postura sólo se vio atenuada por el hecho de que en ese mismo momento sacó una pequeña bolsita transparente del bolsillo de su pantalón y se dispuso a armar un cigarro de marihuana. Ante mi aburridor silencio ante su arsenal de preguntas evidentemente clínicas y analíticas, léase enjuiciadoras y cargadas de moral, estalló de risa de nuevo, pero esta vez no pude evitar contagiarme. En ese momento ya reposaba sobre la alfombra y me miraba hacia arriba. Prendió el cigarrillo y se lo fumó rápidamente sin siquiera cometer la injuria de ofrecer una chupada. Me pidió que repitiera lo que había dicho, le repliqué que no había dicho nada, y me dejó claro que se refería a mis intenciones, así que repetí que al salir de ahí me iba a suicidar y el motivo de mi decisión. Esta vez no pudo reír. Yo estaba pensando absurdamente en que sabiendo que iba a estar muerto ya no tendría por qué estar pensando en el homólogo del pollo para el día siguiente, aunque se me antojaba profundamente saborear una ensalada oriental. Saqué del bolsillo mi cajetilla de cigarros, saqué uno, lo puse entre mis labios secos y roídos por el viento otoñal, lo prendí con los ojos bien abiertos y lancé la cajetilla sobre el sofá sin ofrecerle tampoco uno. Extendí mi brazo hacia la mesa y tomé de nuevo el vaso de Bourbon, ahora vacío, y lo llené de humo de cigarro. Me levanté y llené ambos vasos de nuevo, para luego beberlo relativamente rápido en medio de los sonidos ahora un poco más espesos de Keren Ann y Woven Hand. Me preguntó si había pensado en cómo hacerlo. La pregunta quedó, como el humo del cigarro, presente pero diluida en el ambiente, sin respuesta no por negligencia sino por la simple falta de una. Efectivamente había pensado en una, en varias, pero me rehusaba a decirle que había estado de espaldas al obelisco durante largo rato descartando posibilidades imaginarias, no podría soportar una carcajada suya más, a fin de cuentas yo quería suicidarme, no ser asesinado, que es muy diferente.

De haber podido llevarla a cabo, la ensalada oriental hubiera sido sencilla y rápida, algunos trozos de pollo sin piel, muchas raíces, unos cuantos hongos, una variedad no tan variada de algunos otros vegetales, todo salteado en aceite de oliva en un wok y sazonado con salsa de soya y un poco de jengibre y sésamo, una buena copa de vino blanco seco y con muy buena personalidad y carácter, y a comer. Pero no iría a ser posible. Los silencios de su hangar, la música y el sonido de la ciudad que no duerme me aburrieron. Me disculpé por haber ido tan tarde y haber irrumpido su sueño, me dijo que si acaso me estaba despidiendo y le ofendí oralmente mientras cerraba su puerta tras de mí. Aun no había pensado en la forma de llevar a cabo mi plan, pero recordé otra de las lecciones de aquel maestro de poesía de pelo quieto y mirada confusa, las palabras, por su simplicidad y su propiedad de ser cerradas sobre sí mismas como rocas, son fuertes, poderosas, pesadas, y por eso no se puede jugar con ellas, las palabras, la palabra, es una camisa de fuerza que uno mismo diseña, confecciona y usa por siempre, el destino se está labrando constantemente con las palabras de cada uno. Una bella figura cruzó mi cabeza, de nuevo hubiera querido que alguien estuviera allí, esta vez en mi imaginación, para retratar mediocremente esa imagen. Pensé en caer desde la superficie hacia las profundidades y así acabar con mi vida a la vez que cometía un absurdo y cumplía el sueño de la humanidad al sentir que volaba por un momento. Se trataba de una escena trágica que bien hubiera podido describir Lukács al referirse al héroe trágico. Pero algo dentro de mí sabía que no iba a ser capaz. Caminé un rato por la ciudad y aun estaba oscuro. Estaba decidido a no presenciar un amanecer más. No encontraba un escenario adecuado para mi escurridiza estrategia, y cuando estuve demasiado vencido por el sueño, volví a su bodega. Apenas toqué el timbre se abrió la puerta. Estaba de pie en frente mío, y todo sucedió en un segundo. Dijo que me entendía, que no podía soportar el instante de frío que está entre desnudarse y estar bajo el agua caliente de bañarse cada día y que odiaba las cáscaras de huevo. No me dejó entrar y no despegó su mirada de mis ojos. Tenía un revolver en cada mano, uno en su sien y el otro en mi frente. Abrió sus ojos y sonreímos juntos una milésima de segundo. Sólo habían transcurrido un par de segundos desde que había tocado el timbre, y había quedado claro que este era mi suicidio, irnos juntos. Mientras los cuerpos caían suavemente y afuera el sol volvía a reinar sobre el hemisferio occidental, quedaron de fondo las siguientes palabras acompañadas por un par de acordes de guitarra que se repetían acompañando las frases que me acompañarían desde ese momento, morí, pero en ese momento una ráfaga de viento traspasó el corredor e inflamó su hangar y yo, por fin, comprendí por qué esa ciudad era Buenos Aires, sentí, muriendo, buenos aires: “This is why I always wonder//I'm a pond full of regrets//I always try to not remember rather than forget//This is why I always whisper//When vagabonds are passing by//I tend to keep myself away from their goodbyes//Tide will rise and fall along the bay//and I'm not going anywhere//I'm not going anywhere//People come and go and walk away//but I'm not going anywhere//I'm not going anywhere//This is why I always whisper//I'm a river with a spell//I like to hear but not to listen,//I like to say but not to tell//This is why I always wonder//There's nothing new under the sun//I won't go anywhere so give my love to everyone//Tide will rise and fall along the bay//and I'm not going anywhere//I'm not going anywhere//People come and go and walk away//but I'm not going anywhere//I'm not going anywhere…” [Keren Ann – Not going anywhere].


*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.

Despertar, de Kadmillus Haimrich

Una mañana cualquiera de pronto dejó de ser cualquier mañana. Sus ojos se abrieron de repente pero su cuerpo quedó atónito, inmóvil. Intentó indagar en su mente qué sucedía y por qué se había despertado de tal forma. Por algunos momentos, estuvo solamente reconociendo los objetos que con el movimiento de sus ojos alcanzaba a abarcar, sin mover un músculo más que los que permiten la rotación de los globos oculares. Su respiración se normalizó, era insonora y lenta, cosa que no coincidía con su actividad mental, agitada y raramente inquieta. Habían pasado ya varios minutos y él, sin más, lo descubrió.

Después de buscar en su cabeza la razón de tal sobresalto matutino, que no fue un sobresalto propiamente dicho, pues no consistió sino en la apertura repentina y total de sus ojos (sin el sacudón de cabeza o la aceleración de la respiración o el saltito horizontal del cuerpo que comúnmente acompañan ese episodio) y decidir que todo estaba confuso, pero organizadamente confuso, decidió hacer un recorrido por otros lugares. Se trasladó al fondo de las cobijas y notó que sus pies estaban bien, apenas movió un poco uno o dos dedos levemente, y prosiguió sin moverse. El recorrido lo guiaba su mente, el conocimiento de sí mismo. Los genitales le dolían un poco, pero asumió que el sexo de la noche anterior podía causar ese dolor, como en otras ocasiones. No sentía frío y sus manos estaban bien. Sus mediocres conclusiones se rompieron con un sonoro pero seco glup!: tragó. Volvió a pensar en el aún desconocido motivo de su abrupto despertar, pero estuvo divagando largo rato en pensamientos que le hacían agua en pocos segundos, de esos que pronto se difuminan y se transforman en otros que pertenecen a un orden extrañamente lejanísimo.

Entre cansado y aburrido por no precisar aún una respuesta que le convenciera, pues no había tenido sueños particularmente perturbadores, ni estaba demasiado tarde para empezar sus quehaceres de ese día, intentó inclinar su cabeza hacia el frente, como intentando sentarse, y encontró en su pecho lo que alguna vez fue una hermosísima maraña de crespos cortos y rojizos. Por eso tal vez no había podido brincar, pensó, y se sumergió en una serie de hipótesis nuevas basadas en su nueva explicación. Ningún resultado lo alcanzó a convencer lo suficiente, y, por el contrario, cada incompletitud lo motivaba más y más a darse una respuesta satisfactoria. Casi que empezaba a divertirle el ejercicio. Su mujer, de la que hace algún tiempo se había empezado a sentir extrañamente distante, emitió un sonido, un extraño gemido que ya había dejado de parecerle encantador.

La habitación era significativamente más grande que muchas otras de su estilo. Había sentido mucha suerte de haber encontrado un lugar como ese por no tan alto precio. Un baño absolutamente equipado y suficientemente espacioso remataba la escena. El suelo estaba cubierto por un interesante tapete grueso y de largos pelos color marrón al que estaba desde siempre prohibido agredir con los zapatos. Una pared absolutamente vacía frente a una cama de un tamaño incitadoramente amplio y de una altura increíblemente baja pero con un espesor considerable invitaba al ventanal del fondo, que de piso a techo había carecido siempre de persianas o cortinas. Minimalista, cómodo, íntimo. Del otro lado una suerte de escritorio de lectura dejaba empolvar una computadora que desde que la había conocido a ella había dejado de usar. Algunos libros se apilaban en los rincones de los espacios más suyos. Esa mañana el cielo estaba despejado, azul, y el sol brillaba agradablemente; el prístino lugar estaba bellamente iluminado.

De nuevo algún pensamiento furtivo le hizo una comba y le recordó que andaba inútilmente en busca de una explicación. Algo, nunca pudo precisar qué, tal vez ese pensamiento, lo hizo detener su tiempo por un momento, al parecer había algo que podía parecer un escondite de más de una respuesta. Paralelamente, su pijama de pantalón y camisa a cuadros en un tono verdoso le resultó profundamente perturbante y deseó arrancársela de un tirón. El pasado, allí había hecho click algo, así que después de estirar un poco las piernas, todavía dentro de sus cobijas, emprendió el viaje con un suspiro que de nuevo inquietó un poco a su mujer. El detalle del pijama era uno que decididamente llevaría consigo. Pero cuando estuvo allí, a puertas de los recuerdos, no supo qué buscar; su pijama, claro. Antes no usaba pijama, de hecho, nunca había usado pijama. El contraste le asustó y decidió que era un buen indicio. El recuerdo de sus propios ojos abriéndose tan de repente en una mañana, que ya no era cualquier mañana, lo motivaba a seguir un rastro.

Ahí, echado sobre su cama bajo la cabeza de su mujer, con un bigote que realmente no le había gustado nunca y un rastro gris de capilaridades reproductoras de barba que cubría una amplia zona de su cara, se encontraba él pensando en qué tanto había cambiado, como su pijama, de algunos tiempos a esa mañana. Sacó una mano de las cobijas y la puso bajo su cabeza. Sus palabras ya no eran las mismas tampoco, y la forma en las que las usaba había cambiado también. Ahora tenía además una relación estable con una dama bella y sensual, lo que le pareció también un poco extraño, pensando en pretéritos ya lejanos. La mano derecha, que ahora sostenía su cabeza, le recordó tiempos en los que su cabello también había sido diferente. Lo conservaba un poco largo, pero cuidadosamente largo, sin que tocara nunca la espalda. Los objetos físicos seguían dándole pistas, pues la rabia que sentía estaba extrañamente relacionada con el pánico que le había causado haber abierto sus ojos así, como en esa mañana cualquiera.

Su bicicleta ya estaba absolutamente en desuso, y el cuarto oscuro del segundo piso se había ido construyendo lentamente en un desván que refugiaba, entre otras barbaridades, un árbol de navidad plástico desarmable. Sus ojos se movían de lado a lado como buscando en el lejano techo de la habitación una respuesta. Una vaga desesperación hizo, por fin, que su respiración abandonará el ritmo que llevaba, lento y placentero. De alguna forma conocía desde ahora su respuesta. Su voz había cambiado, y la auto-censura hacía parte de su protocolo de comportamiento. Pero una extraña pulsión de masoquismo lo llevó a saber de mil formas más lo mismo. La desesperación se convirtió en asco. Ahora era diplomático, conocía por experiencia propia las corbatas y ser políticamente correcto no le resultaba ya tan irónico, sonreía al portero porque sabía que así era más posible que lo dejara entrar sin someterse a los dispositivos de control, usaba la camisa por dentro del pantalón y pensaba con frecuencia en las desgracias del mundo.

Ella tampoco tenía la culpa, pero extrañaba eso que le había despertado; la coquetería, las ganas, la aventura, parecían cosas de otros tiempos. Quiso profundamente estar solo entre sus cobijas, sin pijama. Echarla a ella, desempolvar su bicicleta y sacar algunas fotos en algún parque para después hacer lo propio en el cuarto oscuro, pero lo supo sencillamente imposible. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su boca se secó y un escalofrío recorrió su tórax. Su mujer empezaba a despertar, pero su mirada seguía clavada en el techo blanco y lluvioso. Su respiración estaba muy próxima a los sollozos y su mujer giró la cabeza para mirarlo, como todas las mañanas. Sus orejas ya guardaban algunas lágrimas que habían escurrido por sus pómulos. Ella le preguntó cómo estaba, tras un borroso hola. No lo alcanzaba a ver bien. Él sólo pensaba en los zapatos tenis de otros tiempos y en algún acogedor árbol en el qué recostarse a leer en soledad por muchas horas seguidas, sin presiones para comer o volver a casa. Todo estaba claro, había crecido, no se había dado cuenta de cuándo había empezado a ser un ‘adulto’. Sintió miedo y un poco más de asco, está vez de sí mismo, de saberse tal cosa. Suspiró una vez más antes de bajar su mirada para responderle a su mujer.

Esa mañana, en ese momento, dejó de ser una mañana más y pasó a ser, junto a muchas otras, una mañana menos, una más como adulto, como escarabajo, como un asqueroso bicho que se lo había estado comiendo por dentro hasta manifestarse en una sorpresiva apertura de ojos una mañana cualquiera. Muchos años después aún habría de recordar esa mañana, nunca como una mañana cualquiera, y habría de seguir afeitándose sin mirar mucho su rostro en el espejo. Esa mañana, un otro Gregorio despertó también sintiendo y descubriendo que algo no estaba igual, que algo no estaba bien. Tras un pretexto idiota pero comprendido por su tolerante pareja, decidiría bañarse solo para llorar y vomitar un poco, pero al salir, encontraría que ella ya había decidido qué ropa debía usar ese día. Evidentemente sus zapatos tenis no estaban al pie de la cama. Era un adulto.

Entonces terminó ese largo y último suspiro asesino de lágrimas y, mientras su mujer se quitaba algunos intrusos bucles rojizos de su rostro, decidió rendirse ante sí mismo y sólo atinó a decirle entre una sonrisa llena de diplomacia y costumbre, te amo.

*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.

domingo, 21 de marzo de 2010

Cuento de Navidad n°2, de Fernando Álvarez

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Estábamos tomando unas cervezas con pickles y chucrut en el bar del alemán Tomasselli, ahí enfrente al parque, hacía calor, y el Tano arrancó a hablar con la boca llena; es de los que hacen mucho ruido al comer.
- Esta historia es verdadera, no como las que cuentan ustedes; el que vivió todo es un tío abuelo mío que vive en Trieste.
Resultaba un poco agresiva la introducción, pero nos dispusimos a escuchar.
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"Se llamaba Carlo y todo empezó cuando él tenía nueve años. Era el hijo menor de una familia judía tradicional de la ciudad, vivía en un palacio renacentista de esos de treinta habitaciones que ahora son hoteles.
Era la víspera de Navidad, y si bien ellos no la festejaban como si fuera el Yom Kippur, de todos modos él dice que ponían el arbolito, las pelotitas de colores, las quirnaldas y toda la boludez. Así que puede considerarse por derecho un cuento de los que nos interesan. Ese 24 de diciembre era muy frío, como 48 grados bajo cero; ustedes saben -está probado científicamente- que la gente de los países del norte resulta ser tan feliz porque pueden comer guiso de mondongo para Navidad.

"El asunto es que estaban albandando los garbanzos cuando golpean a la puerta de la casa de Carlo y él sale a atender.
La que llamaba era una mujer pobre; blanca, eso sí. Tenía como cuatro o cinco chicos alrededor y pedía ropa de abrigo a cambio de unos huevos de codorniz que llevaba. Seguramente era gente de campo de los alrededores, que habían estado juntándolos para que no les diera vergüenza pedir. Una mucama que había salido también a atender fue a consultar a la madre de Carlo y ésta le dijo que le regale ropa que ellos ya no usaban, y la mucama lo hizo.
La puerta se cerró y todo podría haber quedado allí pero a Carlos se le ocurrió una idea, corrió a buscar a su amigo Doménico, que eras hijo del mayordomo se la contó rápidamente. Corrieron los dos entonces detrás de la mujer que seguía su peregrinar y la alcanzaron como a las dos cuadras.
- Mi mamá dice que le dé los huevos - dijo Carlos. La mujer sorprendida se los dio. Ellos, a la vista de la pobre mujer y de sus hijos, se dedicaron con entusiasmo a tirar los huevos hacia el cielo y ver como se estrellaban en la mitad de la calle.
Pasó el tiempo, él creyó haber olvidado aquel episodio.

"Cuando ya era un joven llegó el nazismo. A los padres de Carlo se los llevaron a un campo de concentración, donde los mataron después de robarles hasta los dientes de oro, pero él alcanzó a escapar, se unió a la guerrilla de Tito y fue tal su valor e inteligencia que llegó a comandante de la columna Patisaninsky Surelevich, que era una de las más importantes.
Él cuenta que durante todo ese tiempo no tenía miedo de que lo agarren los alemanes o los nazis croatas y lo torturen y maten por judío o por partisano. Solo temía que apareciera la campesina y lo acusara de haberle pedido los huevos para romperlos. Así le había quedado en la cabeza aquella maldad gratuita de su infancia ... ¡lo que es la conciwencia!
Por supuesto que él trató de justificarse de distintos modos; incluso llegó a pensar que había salvado de la vergüenza a la mujer porque ella proponía un trueque y le habían respondido como si fuera una mendiga. De todos modos estas explicacioners lo aliviaban por poco tiempo, unos días después ya se había olvidado de la justificación y todo volvía a empezar.

"Y siguió así mucho tiempo, tanto que pasó la guerra y él, como partisano titista de la primera hora, integró el gobierno, ocupó cargos importantísimos; después pasó mucho más tiempo, murió Tito, y los yugoslavos empezaron a agarrarse a los tiros.
Fue en ese momento de plena efervescencia de los nacionalismos que él, que en definitiva era una buena persona, quiso calmar las aguas y su ocasional interlocutor le respondió - ¡No rompás los huevos! ¡Vos decís eso porque sos tano!
Es el día de hoy que no sabe cómo vió todo claro. Hizo las valijas, se fue a Trieste y puso una trattoria. A la noche él hace un número, toca la verdulera y canta Se parliemo de lo' carnicero, Funiculí, funiculá y esas cosas. ¿Me creés si te digo que la especialidad de la casa son las tortillas?"
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Se produjo un largo silencio ... tan largo que parecieron dos.
- ¿No les gustó? - osó preguntar el inconsciente.
- Ese no es un cuento. Un cuento tiene un final, no un chiste. - dijo con algo de desprecio el inglés.
Sin embargo yo lo veo. Si todos tenemos en la familia un revolucionario rompehuevos que terminó de animador de cantina, ¿o no?

viernes, 19 de marzo de 2010

A.R., de Kadmillus Haimrich

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Me gustan los huevos revueltos con jamón y queso … si hay tocineta muchísimo mejor …
Me gustan los días grises y lluviosos, aunque son tristes.
Me encanta el frío aunque sea mucho … por eso me gusta mucho el invierno.
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Me encantan los besos …
soy consentida …
soy supremamente llorona …
soy una persona muy triste.
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Me gusta comer después de ir a rumbear,
Me gusta hablar sentada en mi cama durante toda la noche y seguir y seguir …
me encanta tomar vino y jugar jenga,
me encantan las chimeneas.
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Soy fan de la luna llena,
me gusta comerme el arroz frío de la olla en que lo hicieron …
cuando ya lo sacan de la olla ya no me gusta.
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Me gusta mucho la grasa que queda de la carne cuando uno la prepara frita o asada …
aunque debo decirlo, es asqueroso.
Me encanta el sundae de arequipe con papas a la francesa de McDonalds …
Me gusta comerme los pétalos de las rosas …
me encantan las películas de Disney.
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Amo a Tim Burton y a Jack del Extraño mundo de Jack …
Soy muy feliz en mi cama… como que me siento segura e insegura,
a veces siento que no estoy sola …
y por eso por las noches no puedo dormir si no tengo el tele prendido …
Si me despierto a la madrugada tengo que prenderlo para poder volver a dormir.
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Me encantan las papas saladas … con guacamole,
y la fritanga.
Me gustan mucho las faldas y los vestidos,
me gusta maquillarme y ponerme tacones
aunque aun no los manejo bien.
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Soy muy muy muy miedosa …
aunque no lo parezca … me refugio mucho en la gente, así no se den cuenta …
Prefiero que no se den cuenta …
Casi nunca duermo bajo las cobijas
porque me da calor …
porque me da pereza tender la cama al otro día.
Siempre uso tangas …
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Me gusta la moda … siempre quise ser diseñadora de modas.
Me encanta el spaguetti
y las pastas en general.
Soy muy mala cocinera, yo lo sé … pero me gustaría aprender a cocinar rico algún día.
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A veces pienso que no voy a ejercer mi carrera …
que voy a terminar en algo loco como de chef o músico o algo así,
cuando estoy nerviosa o pensativa me quito los cueritos de las uñas …
Me encanta el rosado y los chocolates …
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Quisiera viajar mucho por el mundo mochileando ...
no me importaría trabajar en lo que fuera … sería genial.
Amo a Fito … eso ya lo sabes pero te lo reitero.
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Un pintor … Van Gogh.
Una canción … Brillante sobre el mic de Fito.
Un libro … Crimen y castigo de Dostoyevski.
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Amo a Garfield,
me encantan las montañas rusas,
las papas a la francesa con queso cheddar derretido y calientico y trocitos de tocineta refrita,
las alitas BBQ,
la malteada de nuez de macadamia de El Corral,
el sushi.
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Me encantan las bufandas,
no me gustan las frutas,
no me gusta hacer deporte … pero a veces salgo a correr por las mañanas o en las noches.
Detesto madrugar,
quiero ser alguien cuando crezca,
aunque no sé aun cuál alguien.
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Soy muy muy muy egocéntrica,
pero no lo demuestro.
Nunca me han operado de nada,
soy alérgica a la penicilina …
me dan miedo las inyecciones,
soy racista,
nunca saldría con alguien más bajito que yo,
siempre me enfermo cuando estoy de viaje.
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Conozco muchos sitios espectaculares …
Una ciudad … Praga …
Y París … pero porque fue mi sueño desde pequeña.
Soy muy vaga … pero sé que soy muy inteligente …
Amo la oscuridad … pero le tengo miedo.
Nunca he probado drogas …
y les tengo miedo también.
Me gustan mucho las flores,
cualquier flor.
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Creo que no soy fotogénica … aunque sé que soy bonita.
Soy muy torpe,
soy muy tímida …
y si me gusta alguien … soy peor de torpe y de tímida.
Le tengo miedo a todas las cosas oscuras … pero todas me intrigan.
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No rezo todas las noches …
pero durante el día siempre hablo con el de arriba …
de lo que sea.
Me encanta el tiempo que voy en los buses,
creo que es el que más aprovecho durante el día …
siempre y cuando vaya sola.
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No colecciono nada …
pero tengo monedas de todos los lugares donde he ido.
Guardo recuerdos de la gente por canciones,
abrazo a mi Garfield todas las noches antes de dormir …
y hablo con él un rato …
de lo que sea.
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Me enamoro muy muy muy muy muy fácil …
soy muy tonta para eso,
y dura mucho tiempo que se me pase el amor …
Me enamoro de bobadas …
soy una persona de detalles tontos,
me encanta tener mucha mucha mucha ropa …
toda diferente.
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Me gusta dormir mucho por las mañanas,
casi nunca me acuesto temprano,
hago muchas locuras cuando alguien realmente me gusta …
y sé que puedo obtener algo de ahí …
Me he robado los carros de mis padres y de mi hermano por eso,
me he volado de la casa …
he dicho muchas mentiras,
me fui para USA detrás de uno.
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Siempre hago cosas por la gente …
casi nunca espero nada de esa gente,
espero siempre que me amen mucho,
quiero un Volswagen Newbettle … verde, algún día.
No me gusta manejar carro mecánico, prefiero los automáticos,
soy supremamente asquienta con la sangre,
no me gustan los hospitales,
me gustan mucho los cafés,
y los verdes.
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Me gustan en general los músicos,
quiero un mico
porque me encantan,
pienso que después de lo que pasó va a ser muy difícil cuando tenga hijos,
pero quiero mucho tenerlos.
Me intentaron violar y abandoné el derecho …
de lo contrario estaría graduándome como abogada.
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He ido al sicólogo muchas veces,
creo que estoy muy loca,
pero eso me encanta.
Sé que siempre hay alguien con la palabra precisa para hacerme sentir bien …
y por eso siempre llamo o busco a la persona que sé que no lo hace …
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Me gusta mucho que me digan cosas bonitas,
no me gustan los tipos que se creen muy importantes …
eso les quita la mística … y me desencanto.
Sé que mis padres han sufrido mucho conmigo …
y sé que aun no superan y no perdonan lo que me pasó,
creo que por eso son así.
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Nunca más volví a verlo … pero me da terror encontrármelo.
Me gusta mucho el arequipe,
y queso doble crema derretido,
y el queso parmesano … el que ya viene rayadito …
el queso azul pero si es parte de un ingrediente en alguna comida.
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Soy muy novelera,
en televisión y en libros,
escribo muchas cosas … que expresan todo lo que voy sintiendo
y se convierten como en unas historias muy locas a veces.
Nadie las lee, sólo yo.
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Amo a mi ortodoncista … me encanta ir a verlo … es que es genial,
escondo cosas (objetos) por todos los lados de mi cuarto …
quiero llenar una pared de mi cuarto con fotos,
quisiera no ser tan perezosa … pero el sueño de las mañanas es el mejor …
quisiera todas las mañanas despertarme al lado de alguien que me amara por el resto de los días, no me gusta el sexo …
pero lo disfruto,
bastante …
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Creo que estoy enamorada de muchos niños … así formo el perfecto en mi cabeza,
soy una persona frustrada en la guitarra …
siempre quise aprender bien y nunca se dio,
me encantaría ponerle música a mis letras.
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Quiero irme a vivir a Europa,
y en un lugar donde caiga nieve.
No me cae mal nadie … pero sí me han hecho mucho daño desde muy pequeña …
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- En cambio yo no tendría mucho más qué decir … sino que aun sabiendo que nada va a cambiar, o tal vez por eso mismo, me encanta cada cosa de las que dices te componen … que siento que las cosas son muy injustas … que cada renglón de más que pones, es un poco más lo que me desconcierta al verme tan en frente de algo que … en fin … que te quiero (-) … y que eso me mortifica mucho en este momento … Pero sobre todo, que no me hagas caso, que lo que pasa es que digo locuras, que no me creas que no me creas … y que por ahora no quiero llorar más por ti.
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*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.

miércoles, 17 de marzo de 2010

El oficinista, de Conrado Negrin Barcellos

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Odio esa planta. No me gustó cuando llegó aquí en un principio y menos me gusta ahora. Detesto la evolución que tuvo. Se la puede ver ahí, toda crecida, con sus flores de invierno, con todo su verde. Pareciera burlarse de mí.

A veces pienso que es sólo una pobre planta, un ser vivo que, como todos, no tiene la entera responsabilidad de ser como es. Justo después, me recuerdo que no hay que andar sintiendo así por la vida, generando pensamientos negativos que se retroalimenten. Entonces le doy alguna posibilidad de reivindicarse.
Pasan dos o tres días como máximo y me vuelve a hacer lo mismo, lo de siempre. Llego a la oficina antes que nadie, como es constumbre, y la tengo ahí, mirándome con esa cara de planta de mierda, en su masetero francés, sobre su ventana toda iluminada. Me genera una ira tan grande. Unas ganas indescriptibles de tirarla de una vez por todas desde este puto onceavo piso que tan linda vista tiene. Lo habría hecho hace mucho tiempo si no fuera de Juampi. Así que me consuelo gritándole por unos minutos mis mejores insultos, aprovechando que el resto del mundo aun no se muestra.

En segundo lugar, al trabajo, casi siempre llega Mara, que a pesar de venir temprano tiene esa apariencia de estar tan apurada y nerviosa. Desde el día en que la conocí, unos cinco años atrás, hasta hoy no la vi sonreír ni una vez. Me gusta cuando llega. Si bien toda la energía que aporta al lugar es de lo más negativa, me identifico con ella. Estoy pensando en reclutarla para que se sume a mi plan de revolución personal. Pero tal vez sea un poco floja.
Esta mañana, más o menos a las 7:45 o 7:47, entró por la puerta, se sirvió un vaso de café frío del día anterior y lo tomó en dos tragos largos. Solo después se acercó a saludarme. Lo hace por compromiso, preferiría no tener que hacerlo pero así funciona la oficina. El odio está permitido y todos se saludan.
Sé que no le caigo muy bien porque una vez se lo pregunté. Me dijo que no era personal, pero que un tecnócrata como yo jamás podría llegar a simpatizarle. No entendí lo que quizo decir. Aun así me pareció justo.

Exactamente a las 7:55 entraron Carlitos y Vera Goldman, que como siempre intentaron aparentar haberse encontrado en el camino, lo que a nadie nunca le hace desviar de la evidente realidad de que han estado cogiendo toda la noche. Se les ve en las caras. En esas ojeras, en esas sonrisas cansadas, mezcladas con una sensación de tranquilidad y confianza. Claramente se aman. Vera no podría admitirlo. Si Raúl se enterara los echaría sin titubear. No quiere relaciones afuera de la oficina y es bastante estricto en ese sentido. Por eso todos llevamos nombres falsos, para no fomentar el interés ni la amistad. Imagino que a Carlitos no le importaría demasiado, que preferiría entregarse a su amor sin medir las consecuencias. Se ve que es un romántico. Algo de noble lleva. Aunque no deja de tener un pésimo gusto. Lo quiero lejos. Es un hombre terriblemente apestoso. Si no son sus pies, es la boca, si no es su saco es el pelo. Su compañía es espantosa. Solo una mujer tan fea como Vera podría tolerarla. Jamás conocí pareja tan horrenda.

Entre las 7:58 y las 8:03 terminaron de llegar los demás. Primero Juampi, una persona muy alegre a la cual la timidez no pareciera surtirle efecto alguno y que, aparte, tiene la costumbre de hacer toda clase de chistes constantemente. Ni bien entró a la oficina saludó a todos uno por uno haciendo comentarios de rutina y se acercó a Carlitos para decirle, "maestro, ¿qué te pasó en la cabeza? Preferible que el peluquero te sacara una oreja a dejarte así, eh ... no, mentira, te estoy jodiendo, te queda bien. Estás con más facha que nunca." Carlitos le respondió "es lo que hay" y ahí acabó la conversación.
Da la sensación de que para Juampi la vida misma fuera un chiste.
Debo admitir que alguna u otra vez me ha hecho reír, y que lo considero relativamente creativo. Es solo que no lo puedo tolerar mucho tiempo. Sé que no es un hombre mal intencionado y que en parte no lo puede evitar, pero su exceso de humor incoherente me termina dando dolores de cabeza. Son demasiados chistes, y no todos ellos graciosos o con sentido. Lo que me gusta de él es que bromea con todos. Incluso con Mara, a quien irónicamente apodó "cara de feliz cunpleaños". Ella lo odia con toda su alma. Dudo si lo mataría o no de tener la oportunidad de salir impune.
Después de Juampi, llegó Violeta. Una vieja cascarrabias insatisfecha con su pasado y resentida con su presente. Todos la detestamos. Excepto Juampi, que bromea con ella y de vez en cuando la hace reír o enojar. Es una auténtica chupasangre, una criatura rebalsada de veneno siempre dispuesta a morder. La mujer con la capacidad de reconocer defectos ajenos y señalarlos más aguda que nunca he visto.
Ni bien completo el grupo, comenzamos con nuestras distintas tareas rutinarias, las razones por las que a cada uno de nosotros le pagan. Pero solo con el grupo completo, pues a ninguno se le ocurriría hacer nada productivo antes de ver sentado al resto en sus sillas acolchonadas, con esas ruedas que se deslizan por la alfombra como patín sobre hielo.

El trabajo es muy sencillo. Nosotros somos lo que aquí llaman "acomodadores". Nuestra función es ordenar por fecha y orden alfabético distintos documentos o quién sabe qué. Sobres que tienen un nombre, una fecha, y nosotros acomodamos en distintos cajones. Son exactamente 27 cajones por mesa y persona, uno por cada letra. Los mismos son vaciados periódicamente y a cambio recibimos una nueva pila de sobres a la mañana siguiente. En cuanto al contenido de estos sobres, no tenemos permitido preguntar. Sabemos que de abrir alguno estaríamos en graves problemas. En varias oportunidades se me ha cruzado por la cabeza hacerlo, a veces la curiosidad se vuelve demasiado tentadora. Por eso tengo mi plan. Aquí hay muchas cámaras y los guardias de seguridad tienen la única responsabilidad de vigilar las distintas oficinas por intermedio de ellas. Son tipos serios. En una época nos hacían trabajar con ellos al lado, espiándonos a cada rato. Era bastante incómodo. En ese entonces, Raúl, nuestro superior directo, que solo viene una vez por semana, nos informó que a él le habían dicho que para que pudiéramos trabajar más a gusto, y por lo tanto más eficientemente, esos hombres armados, vestidos para la guerra, iban a empezar a observarnos a través de un número de cámaras que nunca nos fue revelado. Hoy en día, nos hacen usar armas incluso a nosotros. No entiendo del todo por qué, pero al llegar al edificio cada mañana nos dan una a cada uno, que es devuelta sin excepción antes de abandonar el predio. Todos aquí andan armados. Desde porteros a empleados de limpieza, e incluso Raúl, que a pesar de su actitud severa y su rol misterioso, sospecho fuertemente nunca se atrevería a desenfundar su pistola. Lo único que tengo claro de este lugar es de que se trata de alguna clase de mafia. No sé si del gobierno o privada, pero sí muy importante. Aun no me acostumbré a vivir con la duda. Pero el sueldo es tan alto que hace que acepte este trabajo tan absurdo. Y también tengo mi plan.

A eso de las 9:53 o 9:54, después de rápidamente haber terminado con su trabajo del día, Vera tomó su abrigo, su bolso y se despidió del grupo, caminando naturalmente a través de la puerta de entrada y salida, en dirección a quién sabe dónde.
Carlitos la miró desaparecer como si fuera la última vez que iba a verla. Con los ojos cargados de emoción y rebeldía. A mí me gustó que se fuera. No me agrada la energía que se genera cuando ellos están juntos. En cierta ocasión pensé que podía ser alguna suerte de celos pero mirándolos mejor descarté la posibilidad. Vera es demasiado fea y Carlitos demasiado apestoso para generarme algún tipo de afinidad.

Poco después, a las 10:05, a Juampi le tocó por primera vez un sobre cuyo nombre empezaba con la letra "X". Pareciera algo irrelevante, pero eso es algo que aquí no sucede muy a menudo. No es que haya mucho para decir al respecto, pero como le sucedió a él, armó un alboroto. En seguida empezó a hablar fuerte y hacer chistes sobre cualquier otro tema. La novedad rompió con la monotonía de su silencio. Gracias a eso, todos nos distrajimos, y con Mara cruzamos una mirada. Tan solo un par de segundos. En seguida intentamos continuar con lo nuestro, mientras Juampi no dejaba de molestar. Pero yo no pude hacerlo muy concentradamente. No conseguí sacarme mi plan de revolución personal de la cabeza. Pensé en si decirle a Mara o no. En cómo podría reaccionar. Seguramente diciéndome que soy un loco y contándoles a todos. O quizás sin tomarme en serio, ignorándome como de costumbre. Pensé un poco en las consecuencias, en las probabilidades de salir victorioso o satisfecho. También pensé en si me animaría a seguir con el plan sin arrepentirme en algún momento. Cuando estaba convenciéndome de que sí, me distraje con esa puta planta.

Ahora estoy viendo a quién matar primero, si a Carlitos o a Juampi. Decidí no proponerle a Mara unírseme, y matarla también. No podría permitir el riesgo de que ella me difame, tratándome como a un loco o diciéndoselo a todos. Creo que eso me rompería el corazón. Tal vez por estar enamorado de ella. No lo sé. No es momento de romanticismos.

Es ahora. Me paro, tomo el revólver, y le disparo a Carlitos instintivamente. La bala se mete en su pecho, hundiéndose con una suavidad tal que me viene ligeramente a la memoria la imagen de un clavadista saltando al agua de cabeza, y la puntuación de un diez. Se cae de su silla, y junto con él algunos sobres que se cubren rápidamente con sangre. Creo que ya lo maté; si sigo con esta eficacia, las balas de mi pistola me bastarán para matar al resto del grupo y no tendré que tomar otra prestada. Como esperaba, la puerta de entrada y salida se cerró ni bien disparé, haciendo caer la misma barra rectangular de acero que cae a mis espaldas cuando me toca salir último de la oficina. Van a esperar que nos matemos los unos a los otros para ahorrarse el trabajo. A ninguno lo dejarían vivir después de esto. Acabo de sentenciarlos a todos.
Violeta me dice que soy un hijo de puta e intenta sacar su pistola. No le doy tiempo y le disparo justo en el ojo derecho. Continúa viva en el suelo, revolcándose de dolor, gritándome desesperadamente una y otra vez, "hijo de puta". Camino hacia ella y le doy el tiro de gracia. Esta vieja bruja se va con su sarcasmo ácido a pudrirse al infierno.

Juampi está escondido debajo de su mesa como un perfecto cobarde. Es una suerte que haya matado primero a Carlitos, seguramente él hubiera dado más resistencia, aunque sea para volver a ver a Vera. Mara está callada. Me mira con cara de espanto y llora silenciosamente. No parece tener intención de moverse de su silla o de decir palabra alguna. Voy dando pasos largos hasta la mesa de Juampi. Ahora no hace chistes. Está rogando por su vida, tomándose los tobillos con las manos, formando una imperfecta y temblorosa bola de miedo. Por un momento llega a conmoverme un poco. Entonces me dice que no siga con esto, que estoy loco. No puedo dejar que me difame así, yo loco no soy. Le pego un medido disparo en la frente. Se le forma un pequeño agujero y golpea la cabeza contra el suelo. La sangre empieza a brotar de la herida lentamente, dejando una mancha roja en la alfombra que no hace más que incrementarse.
Me queda Mara. Me le acerco. Le digo: "es una pena que no te simpaticen los tecnócratas como yo, podríamos haber sido una buena pareja. Creo que estoy enamorado de vos". Le vacío los cuatro cartuchos restantes en el pecho. Está tirada en el suelo, muerta. Pero sus lágrimas siguen fluyendo. Se mezclan con su sangre. Mi amor por ella es mayor que nunca.
Siento un olor a gas muy intenso. Van a matarme cómodamente. Tan solo abriendo una llave o apretando un botón. Tengo que apurarme, si no todo habrá sido en vano.

Con esfuerzo me dirijo a la máquina de café. Detrás de ella hay un sobre que en una ocasión con mucho cuidado conseguí ocultar. Está lleno de polvo. En el momento en que vi el nombre, me llamó tanto la atención que tuve que esconderlo e idear este plan para poder mirarlo tranquilo. Le saco el polvo. Se lee claro Delfín azul 11/07/1989. Lo abro. En él está escrito "Juguete del hijo de Romeo Costello en el cual fueron trasladados 500 gramos de heroína pura de Suecia a Venezuela. Para más información, ver la fecha de Romeo Costello."
No puedo evitar sentirme insatisfecho. Esperaba algo más. Quizás algo más poético, o aunque sea más extenso. El gas no me deja pensar claro. Estoy perdiendo fuerzas. No puedo estar parado. Me dejo caer en la alfombra, sentado. Me acuesto. Miro a la izquierda, mis ojos se están cerrando. Ya falta poco.

Lo último que veo es esa planta, haciéndome lo de siempre, poniéndome esa cara de planta de mierda en su masetero francés. La odio. Si tan solo no fuera de Juampi. ¿Qué digo? Estoy delirando, Juampi está muerto. Creo que yo también.

jueves, 11 de marzo de 2010

Cuento de Navidad n°1, de Fernando Álvarez

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Cuando el Colorado O'Henry dijo la primera palabra, yo supe que iba a contar un cuento de Navidad. No fue por la palabra en sí, a la que no recuerdo con exactitud, tal vez fue "quizás" o quizás fue "tal vez". Supongamos que fue esta última. Creo que tuvo que ver con que era de noche, llovía a cántaros, las calles eran un río y estábamos en un bar en el límite de Patricios, el Las Palmas que está en Caseros y Vélez Sárfield, del otro lado de la avenida empieza Barracas.
Pero mejor voy al asunto. El Colorado miraba cómo llovía, el inglés, el tano y yo mirábamos aburridos un partido de la liga italiana por televisión, no sé si era de la A, de la B o de la C, para como juegan es lo mismo. Sin mirarnos, dijo "tal vez no siempre el amor devuelve amor", o algo así.

Dejamos de mirar el televisor.
- Fíjense que hay mucho lugar común con el tema del amor ... - siguió - Yo conocí un muchacho de acá nomás, de Balvanera, que estaba muy enamorado, Cacho Lafuente se llama, hace bastante que no lo veo. Después de mucho tiempo de andar de a salto de mata, había conseguido un buen conchabo, era algo riesgoso pero ganaba mucha plata. La mujer, despejado el panorama económico, había empezado a pedirle un hijo. El problema era que uno de los dos no era fértil, nunca me enteré cuál. La mujer sufría mucho por esta situación. Es sabido que la mujer sufre más en estos casos. A él también la idea le gustaba: enseñarle a jugar a la pelota al nene y todo eso, pero sobre todo quería complacerla.
Él, en tren de comentar anécdotas del trabajo, le contaba de algún recién nacido y sin querer acrecentaba el deseo de la mujer. Creo que se llamaba Viviana. La cuestión es que le prometió que iba a conseguir un hijo. Lo que no podía garantizar, como es lógico, es si iba a ser nena o varón.
Resulta que la noche del 23 de diciembre fueron "de operativo", así le decían ellos, a un departamento en Coghlan o Colegiales, por allá ...

- ¡Qué barrios que no me gustan! - disgregó el inglés y tomó un largo trago de cerveza. El Colorado lo miró con cara de pocos amigos, si hay algo que detesta es que interrumpan un cuento. Y más si el que cuenta es él. Siguió después de un silencio intencionado y una mirada reprobadora.
- Cuando llegaron los recibieron a balazos, bala va, bala viene hasta que uno que iba con él consiguió meter una granada adentro y se acabó la resistencia, la puerta saltó de cuajo, entraron al living-comedor y encontraron lo que quedaba de una pareja joven.
Se pusieron a revisar para ver qué se podían llevar, porque a esos evidentemente no los iban a poder interrogar. Eran como treinta tipos cargando lo que quedaba sano, cuando uno de ellos que había ido al placard, que es donde la gente guarda la plata además de la ropa, se encontró con un nene de nueve años y, lo mejor de todo para Cacho, una morochita con una panza de nueve meses de embarazo. Lo de morochita era importante porque él era un pinche y jamás hubiera podido aspirar a un nene rubio, por ejemplo. Así que los sacaron a patadas en el culo del placard y a la embarazada la empujaron para que rodara por las escaleras.
Cuando Cacho vio que llegaba estropeada pero viva a la vereda se tranquilizó, le habrá parecido una buena señal o algo así. Los cargaron en los camiones junto con el calefón, la heladera y esas cosas y los llevaron.
Él quiso ir con ella para cuidarla, ¡ya imaginaba la cara que pondría su mujer cuando llegara con el bebé! ... Bueno, la hago corta, el asunto es que a la embarazada la hicieron parir antes de meterla en un tambor con cemento junto con el nene de nueve años y tirarla al río y Cacho, ilusionado, se fue a ver al Coronel para pedir al recién nacido. Había sido varón, para colmo, y se lo veía bien oscurito. Estaba emocionado. Imagínense, ¡iba a ser papá!

El Coronel no estaba, así que pidió hablar con el Mayor. Lo hicieron pasar apenas salió un Sargento que él no conocía y sin muchas vueltas pidió el pibe.
El Mayor mucho no lo tragaba porque él, como tantos otros, estaba allí por la plata, mientras que ellos, los de carrera en la Fuerza, aunque también se llevaban plata, estaban ahí por ideales. Así que con bastante desprecio le dijo que no se lo podía dar porque ya se lo había dado a ese Sargento que acababa de salir.
Cacho quedó de cama. ¡Al día siguiente era Navidad y él sin el regalito!
Salió desolado y tomó unas copas en un bar por ahí. Después se animó y volvió a la casa. Le contó todo a su mujer y se acostó a dormir la mona.
Al día siguiente ella había se había ido. Tiempo después me enteré que ella estaba viviendo con un Cabo y que tenían una nena morochita, nunca supe si natural o adoptada.
Cacho nunca se recuperó, siguió trabajando, pero chupaba mucho y al final era un peligro. Un día se le escapó un tiro y le metió un balazo en el culo a un compañero que iba adelante.
Así que se quedó sin trabajo. Con lo que había juntado compró un quiosco y ahí sigue, tiembla tanto que los pibes tienen que abarajar las monedas cuando les da el vuelto.

El Colorado se calló y nos quedamos mirando la noche detrás de la ventana.
En el bar apagaron el televisor y por un momento quedó todo en silencio.
Afuera la lluvia seguía como si nada.
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jueves, 4 de marzo de 2010

Detrás de una imagen, de Inés Kreplak

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"Qué cosa de repente se me ha
ido el suelo y está el vacío esperándome
nada me puede atajar nada firme
adelante mío no es que me caiga
se me ha ido el suelo y lo voy a seguir.

No te asustes, no, no te asustes
si ves que como respaldo lo tengo al viento
y no queda nada bajo mis pies
me voy a pique nomás
y aunque rompa el aire de un tajo,
no es que me caiga, es que voy pa' abajo
a tocar el fondo de lo que
soy de una vez."

[
A pique, Juan Quintero]


Un vidrio empañado por dentro, repleto de gotas por fuera. Detrás, un paisaje uniforme, recto, desolado. Plantas verdes, verdecitas, marrones y marroncitas. De vez en cuando algún árbol flaco, con algunas ramas semidesnudas, solitario en medio del llano.

Al lado del vidrio, del lado empañado, yo. Sobre el vidrio, yo, borrosa, empañada, llena de gotas sobre mi cara y casi casi espectral; por momentos con alguna planta verde o marroncita en lugares poco previsibles como bajo mi pera, o detrás de mi nariz. Pensaba, mientras me encontraba con mi imagen, si con tanta distorsión me presentaría ante el mundo. Si la desfiguración estaba siendo tan notoria en este caso. Podía también haber momentos en los que semejante distancia entre la realidad y la representación tuviera lugar entre lo que uno piensa y lo que transmite. Seguramente pasaba seguido, imperceptiblemente, la mayoría de las veces y en la mayoría de los casos. En algunas circunstancias una se encuentra con su imagen, se encuentra con lo que es, y no con lo que quisiera ser, allí la imperceptibilidad desaparece y lo que surge de pronto es una gran decepción.

¡Uf! ¡Qué densidad! Se supone que simplemente estaba viajando a visitar a mis tíos abuelos que viven en el sur, que me invitaron a pasar una semana con ellos por las vacaciones de invierno. Hacía mucho que no los veía y estaban viejitos, había que aprovechar el tiempo que quedaba. Viajar siempre me ponía reflexiva, en general era una persona analítica, metida para adentro, pero muy observadora; de hecho me la pasaba catalogando, en las diversas muestras, las fallas que tiene el ser humano, lo cual no me hacía del todo feliz, pero al menos me alejaba de mi propia realidad. Y ahora me encontraba sentada desde hacía más de medio día en un mismo lugar, observando y padeciendo, en parte en mi cara y en el resto de mi cuerpo (el que no estaba reflejado en el vidrio), y en parte en mis sentimientos, donde sea que queden, la soledad y la desolación del horizonte. Sufría también el aroma a tristeza que se sentía en ese colectivo, y eso me hacía reflexionar aún más, sentir en carne viva lo que significa tener una melancolía flor de piel. ¿Flor de piel? Que término tan poco mío. ¡Qué estoy diciéndo! Una flor de piel. Trato de imaginármela, pero me la imagino fea, una flor dura, carente de la delicadeza y suavidad, desprovista de belleza y perfume. Una flor de mí.

En ese momento decidí levantarme de mi butaca. Noté por primera vez que tenía un compañero de asiento, lo vi sobresaltado por mi exabrupto. Estaba tan compenetrada en mis pensamientos que no sólo no había sentido que tenía una persona al lado, sino que tampoco me di cuenta de que podía molestar a alguien con mi intempestividad. Pedí perdón, algo nerviosa, pero desinteresadamente. No lo miré. Caminé por el angosto pasillo figurándome una y otra vez la flor más fea de todas, la visualizaba de diversos modos. Todos se me escurrían rápidamente, por suerte. El tapizado de los asientos de los que me iba sujetando, el movimiento del micro, los pozos en la ruta, los ronquidos de algunos pasajeros, las luces del camino, el olor a baño químico distraían mis sentidos, ni hablar del sabor amargo de la tristeza que traía en la boca desde mi asiento. Fui al baño. Las puertas de los baños de los micros siempre son difíciles de abrir, me parecía demasiado trabajo intelectual para semejante desesperación. Por terca terminé utilizando más fuerza de la necesaria para abrir esa puerta, que chocó contra la pared y volvió a cerrarse. Escuché un "¡shh!". Pensé sólo insultos, no dije ninguno. Abrí la puerta nuevamente, esta vez con algo más de maña, y entré al baño. Recomendación: si estás viajando en un micro de larga distancia y por mirar el paisaje llano, uniforme, infinito recordás todas tus tristezas y decidís levantarte para terminar con esa sucesión de pensamientos angustiantes, nunca, pero nunca, pero nunca (a menos que te guste el masoquismo) ... ¡nunca decidas ir al baño del micro! Desde la entrada se siente un olor que pone a prueba a cualquier estómago, mezcla de producto de limpieza barato con el paso de sucesivas personas que se dirigieron a aquel cubículo para orinar-defectar-devolver ... bueno, en definitiva todos sabemos para qué sirven los baños, pero seguro que no es el lugar más adecuado como centro de rehabilitación.
No hice mucho hincapié en el tamaño de aquel reducto, prefería no pensar en que estaba encerrada en un micro, incapaz de correr hasta ganarle a la desesperación y que sí o sí ella quedase atrás. Raudamente salí de aquel lugar. Me había distraído al menos un poco: parece que las cosas horribles ajenas, de nadie (o de todos), pueden ocultar las propias. Ya no visualizaba la flor horrible. Ya no visualizaba la flor-yo.

Volviendo a mi asiento me prometí evitar el autocastigo; debía llegar a Choele-Choel, el pueblo de mis tíos abuelos, lista para bajar las escaleras radiante, cargada de energía y paciencia para recibir no sólo muchos apretones de mejillas, tiradas de orejas, abrazos de esos que te hacen chocar las costillas unas contra otras, sino también para poder repetir con una sonrisa la respuesta a una pregunta formulada reiteradamente. Al llegar a la fila donde se encontraba mi asiento, miré por primera vez a mi compañero. Estaba durmiendo, era alto y muy flaco, sus piernas largas se descuajeringaban casi artísticamente para poder entrar en aquel lugar. Dormía con la boca abierta, pero esta vez eso no me pareció ridículo y antiestético como siempre. Más bien me pareció normal: estaba durmiendo, relajado; hasta sentí algo de envidia. La paz de los demás, cuando son capaces de transmitírmela, me conmueve. Lo estaba mirando demasiado, dudaba si debía saltarlo y así llegar a mi asiento sin despertarlo, corriendo el riesgo de clavarle un zapatillazo en el hígado, o despertarlo para que se corriera y me dejara pasar. Era admirable lo que él había hecho con sus piernas, no quería quebrar semejante armonía, pero conociéndome, mejor era romper con el arte y que me acusen de reaccionaria, que herir alguna parte de su cuerpo por torpeza. Tosí bajito. Nada. Volví a toser, un poco más fuerte. Nada. Sutílmente me acerqué unos pasitos hacia él. De repente sentí el ventarrón del aire acondicionado sin escalas ni interrupciones directamente sobre mi piel; estornudé, dejando escapar en aquel estornudo mi alma (y algunas cosas más). Otra vez quebré su paz de manera abrupta. A veces me parece que la vida me hace chistes muy previsibles: estornudar por primera vez en toda la travesía justo en el momento más inoportuno me parecía un gag gastado, ineficaz, pero lo peor de todo es que esto no era ficción. Otra vez pedí perdón, esta vez sí mirándolo a los ojos. No contestó, solo puso cara de estar llenando con saliva su boca pastosa.

Me acomodé en mi asiento. Tenía miedo de mirar de nuevo hacia la ventana. Largos segundos miré el tapizado del asiento de adelante; pispeaba de reojo la ventana y rápidamente volvía la cabeza a la posición inicial. Así estuve largo rato. Mi compañero había vuelto a dormirse y sus piernas se habían podido ubicar casi tan armónicamente como antes. El leve vaivén del colectivo lograba funcionar como una mecedora no tan placentera, aunque debo confesar que, a pesar de todas las alteraciones que venía sufriendo en mi cabeza desde la salida de la ciudad, el sueño estaba logrando hacerse sentir en mí. Olvidé por un momento todo lo ocurrido anteriormente y, de manera espontánea, volví a mirar hacia la ventana. Durante largos segundos no pensé ni noté nada. Quizás fuera eso producto del sueño. De repente pude divisar mi imagen frente a mí, otra vez distorsionada, deforme, fea. Detrás ahora predominaba la oscuridad, con alguna que otra luz a lo lejos, sobre el cielo. Mi imagen entonces ya no tenía plantas bajo las orejas ni detrás de la nariz. Esta vez mi reflejo tenía compañía. Cerca de mí, casi superpuesto, un hombre dormía plácidamente. Pensé que mi Reflejo al menos ahora no se sentiría tan solo, ni tan feo, ni tan triste. Eso me alegró. En ese mismo momento descubrí que mi Reflejo se ponía más lindo, más armonioso, que brillaba sobre el vidrio mojado por fuera y empañado por dentro.
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