jueves, 3 de marzo de 2011

Un rancho, un árbol y un auto que llega, de Fernando Alvarez

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La carrocería brilla, es mediodía y el auto avanza lento por el sendero. Levanta una pequeña nube de polvo que se eleva apenas a centímetros del piso y se dispersa cubriendo unos pocos pastos amarillentos por la sequía.
El árbol no tiene una hoja.
De la ventana del rancho asoma una cabeza de mujer que mira al auto.
La mano de una nena aparta la cortina que oficia de puerta y detiene el gesto un instante.
La nena dueña de la mano, desde el vano de la puerta mira alternativamente hacia dentro del rancho y hacia el auto.
Se escucha la voz de un hombre – Andá.-
La nena, con pollera celeste y camisa blanca, se acerca al auto que abre la puerta. Ella sube. El auto desanda el camino lentamente.

sábado, 3 de julio de 2010

Encuentro, de Fabricio Laino Sanchís

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Dos miradas se cruzan, un par de ojos encuentra al otro. Ambos se detienen para contemplarse. La noche perpetua de estos lugares propicia el encuentro fortuito. De alguna manera se sienten atraídos. No es, desde luego, una cuestión de empatía; pero tampoco se trata de la simple consecución de un impulso libidinal. Ni siquiera se han visto; mejor dicho, no han visto a quien porta esos ojos. Estos son lo que importa, lo único que existe en esa vorágine intermitente de imágenes y sonidos. Los dos fijan su mirada en la retina ajena, como si cada uno pudiera reconocerse allí, en esa inmensidad azul o negra. No pueden comprender lo que sienten, pero es tan fuerte que parece trascender tiempo y espacio. Las luces se difuminan, los ruidos y la música se fusionan en un único sonido inconcebible, los cuerpos se esfuman: para cada mirada sólo queda la del otro, y nada más que la del otro.

De golpe, una luz se apaga, un cuerpo se desplaza, algo se interpone. Las formas recuperan su contorno, la melopea se disuelve en versos y voces y melodías. Todo vuelve a su lugar. El ensueño ha terminado; los ojos han desaparecido. La vida continúa, con la esperanza de volver a encontrarlos.
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domingo, 20 de junio de 2010

Insomnio, por Marcelo Pérez Rivas

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La noche que me envuelve
y envuelve
con el canto de los grillos y las ranas.

Un camión que acelera
y a lo lejos ya
hace silbar sus ruedas sobre el pavimento.
(Dios sabrá a dónde se aleja.)

Algunas bocinas y motores
en el pueblo
y el ruido de una orquesta típica
que aporrea tangos
son la substancia
misteriosa
de mi insomnio.

(Las Heras, 21/11/77)

Marcelo Pérez Rivas
1935-2005

jueves, 27 de mayo de 2010

En la esquina, de Fernando Álvarez

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Estamos solos en la esquina. Carpincho levanta el brazo y el ómnibus se detiene. Él sube de un salto, saca el revólver y pega el grito. Paso por detrás de él, intentando desenganchar mi arma que se ha trabado en el cinturón. Cuando emboco el pasillo lo veo, y el corazón se me para. En uno de los lugares del fondo el Negrito está de pie, tiene una pistola y nos apunta. Siento que un escalofrío me sacude.
En ese momento se escucha un trueno.
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Los gritos de los pasajeros aturden. Doy media vuelta y salto por encima del cuerpo del Carpincho. Está tirado en el piso con un feo agujero en la cabeza. Se ha visto obligado a desparramar sus sesos a la sanfansón sobre el astillado parabrisas.
Se golpea mi cabeza contra el parante de la puerta, trastabillo en los escalones y caigo a la calle. Me levanto y corro.
- ¡Negro, acordate de cuando choreábamos juntos! - suplico, y no sé si estoy hablando a sólo pienso.
- No me va a tirar, no va a matar a su cuñado -, casi rezo. - Si aparece otro policía estoy sonado; este es el único que está casado con mi hermana.
No sé de qué me río, pero me río.
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Un golpe en la espalda me tira de cabeza contra un cantero.
... Es extraño, miro la sangre que corre y a mí mismo como si me viese desde arriba. Veo que el Negrito se acerca y mira mi cuerpo. En eso está cuando una linda mina que no es mi hermana baja del colectivo, corre, llora, lo abraza y lo besa. Todo junto. ¡La cornea a mi hermana! No me enojo; tengo la sensación de que aunque quisiera no podría enojarme. Sin saber hacia dónde, empiezo a moverme. Alcanzo a ver que un pasajero le da la gorra al Negrito mientras me alejo y me desimagino. A medida que me desdibujo descubro que soy luz y agrego claridad a esta soleada, hermosa mañana de primavera.
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jueves, 22 de abril de 2010

Cuento de Navidad n°4, de Fernando Álvarez

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No sé en qué momento me apareció el recuerdo. Una historia que lejanamente en el tiempo me fue contada ... el que me la contó, ¿quién era? ¿cómo la conocía? No lo sé. Sin embargo, la memoria me devolvió aquel cuento. Tal vez fuera por el calor o por la sensación de agobio.
La recordé una noche que caminábamos los cuatro - el Colorado, el Inglés, el Tano y yo - por Los Patos hacia Avenida Caseros. Íbamos en busca de un bar con aire acondicionado. Hacía un calor pesado, denso, más o menos como el que hace en Navidad.
No tuve que hacer mucho esfuerzo para que me escucharan, porque ninguno tenía ganas de hablar.

"¿Saben lo que es un "bendito"? Es casi un rancho. Solo un ala de techo sostenida por unos troncos, sin paredes. Se usa en el campo. Esta historia transcurrió ahí. En las cercanías de una ciudad el litoral.
En ese lugar vivía una familia: marido, mujer y diez o doce hijos. Todos trabajaban temporariamente en la recolección de legumbres. Era nochebuena, habían comido el acostumbrado guiso inventado. No había más luz que la que daba una luna en cuarto creciente y un montón de estrellas.
El sonido de las chicharras se había apagado, los mosquitos picaban a destajo; como todos estaban muy acostumbrados, no se inmutaban por eso.
A lo lejos, sobre el horizonte, se veía el reflejo de la luz de la ciudad y de vez en cuando algunos fuegos artificiales.

"Mirar al cielo iguala a los hombres, pero vaya uno a saber en qué piensan cuando lo hacen. Los chicos y la madre se acostaron en sus jergones y quedó el padre solo en el patio de tierra.
Pasó un buen rato y el hombre empezó a sentir que los ojos se le cerraban por el sueño. Antes de acostarse sacó el bolsillo doce caramelos Sugus, se acercó a las rotosas zapatillas de sus hijos y dejó uno en cada par. Después se acomodó junto a su mujer y se durmió.
Pasó un buen rato, los chicos entre cuchicheos se levantaron; sólo los dos menores se quedaron dormidos.
Fueron a las zapatillas y cada cual comió su caramelo.
Los dos mayores, entre risas quedas, desenvolvieron también los tesoros que estaban en las zapatillas de los que dormían y los comieron. Después tomaron del piso un poco de caca de gallina y la dejaron a cambio ..."

Mis amigos no emitieron ningún comentario. Entramos en el bar. El súbito fresco y el olor de café me cambiaron el ánimo.

domingo, 4 de abril de 2010

Cuento de Navidad n°3, de Fernando Álvarez

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El Inglés tiene un puesto de venta de libros usados en el parque que está frente a la cárcel de Caseros. Ese día no había clientes, así que cuando me vio me propuso que nos sentáramos en un banco bajo un árbol. Era mediados de diciembre, el sol te derretía ... El aspecto de la cárcel vieja era decadente y el de la nueva, ese delirante rascacielos, era dantesco. Extremidades de seres humanos colgaban de los espacios entre reja y reja en las ventanas que daban a la sombra; sus dueños seguramente trataban de capturar algo de aire y asomaban afanosos su nariz al espacio exterior. Todo esfuerzo por respirar aire puro me parecía vano; desde donde yo estaba, a cien metros, podía oler el tufo de los miles de cuerpos que se derretían detrás de esas paredes.
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"Verá, mi amigo, - me dijo - todo depende del punto de vista ... Tomemos como ejemplo un piano y tres obreros. Al piano se lo quiere subir a un departamento; un obrero está en la terraza con los aparejos haciendo subir el piano, otro está en el departamento donde se lo quiere introducir, y el tercero está al nivel del piso y fue el que lo despachó, por así decirlo. Los tres lo ven distinto al piano. Es el mismo, pero es distinto, ¿comprende? - El Inglés se quedó mirándome, después movió suavemente la cabeza hacia arriba y hacia abajo mientras hacía con los labios un gesto que parecía querer decir "¡qué notable!"
"El lugar donde estamos es un observatorio privilegiado para ver el piano desde todos lados. Esto es, podríamos decir, un observatorio Picassiano, desde donde podemos ver la nariz y la nuca de alguien al mismo tiempo ... Solo estoy dando un par de vueltas, pero si tiene paciencia y espera que lleguen el señor Colorado y el señor Tano va a escuchar una historia de Navidad totalmente atípica, porque empieza en otoño ..."
- ¡Qué calor! - se escuchó decir al Tano a nuestra espalda.
- Llegan a tiempo, estaba por contar una historia de Navidad que me resulta interesante. Como bien sabrán, no todas lo son. - Esa patada fue directa al hígado del Colorado, con el cual entablaban por entonces una sorda lucha para ver quién contaba mejores cuentos.
De todas maneras el Colorado dejó pasar la alusión porque él cree que es un caballero.
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"Ustedes sabrán que en el edificio de la cárcel nueva que vemos aquí enfrente los presos están ordenados de acuerdo con su peligrosidad, desde los menos problemáticos en los primeros pisos a los más peligrosos en el último. Esto se hace, supongo, por una cuestión de seguridad, dado que, si quieren escapar, los del último piso la tienen mucho más difícil. Ya que no son ángeles, precisamente.
"Como recordarán, el año pasado vivimos el invierno más frío del siglo. Cuando instalé el puesto de venta de libros a mediados del otoño me sorprendió grandemente que los familiares de los del último piso fueran los que más vinieran a comprar, y si bien algunos compraban biblias, vendía mucha poesía e incluso filosofía. Recuerdo que mi primera clienta pidió un libro de Novalis. Y no soy prejuicioso pero la señora en cuestión no tenía el aspecto de alguien amante de los románticos alemanes. Al día siguiente cuando la vi aparecer de nuevo supuse que venía a devolvérmelo. Para mi sorpresa le escuché decir, "¿Tiene algo de un tal Olderin?"
Con el tiempo vino por más, y lo mejor del caso para mi modesto negocio es que me traía otras clientas. Lo último que ella me compró fue un texto de Heidegger; al marido le habrá dado por la fenomenología supongo.
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"A los sucesos que ocurrieron allí y que llevaron al desalojo de ese piso e incluso llevarán a demoler la cárcel los pude reconstruir con una mezcla de sospechas, testimonios y adivinación:
debo confesar que me intrigó tanto esta afición por la lectura que fui a ver a un vidente merecedor de mi confianza. Quería entender qué pasaba. Quiero decir, lo de las biblias era sencillo de entender, para una mente simple la espiral descendente "hacer el mal-arrepentirse" es "lógica". Pero lo otro ...
También debo decir que el primer modo en que me lo expliqué fue que se estaban drogando mucho, pero eso, amén de simplista, no cerraba. A las pruebas me remito, cada vez más gente se inyecta con lo que encuentra y proporcionalmente cada vez menos gente le da por la lectura de semejantes próceres. Y la explicación del adivino, qué sé yo ... si bien es muy poco pudorosa me pareció que era verdadera, porque ni siquiera le llegué a contar por qué motivo iba que apenas atravesé la puerta de su consultorio me dijo: "Es el metano." Así me dijo, sin agua va. Por supuesto que no entendí de qué me hablaba. Le dije que no venía por ningún encendedor ni por una cuestión de algún escape en la red de gas. Pero él me aclaró que los presos estaban teniendo un proceso de intelectualización acelerada producto del gas metano.
- Perdón, pero sigo sin entender - le contesté.
- Es simple: estamos en otoño, hace ya mucho frío y no se abren las ventanas, el aire caliente tiende a subir; dentro de esa cárcel de muchos pisos viven miles de presos y guardiacárceles."
El inglés hizo allí una pausa, su piel amarronada se sonrojó.
- Lo voy a decir de una vez: lo que me dijo fue que los presos del último piso vivían en una nube de cuescos.
La carcajada del Tano fue un alarido, y aunque yo por naturaleza soy menos expresivo y el Colorado seguía en señorito no pudimos menos que sonreír y preguntar, "¿Qué cosa?"
- El adivino fue algo más grosero; me dijo que, como es vox populi, los intelectuales viven en una nube de ... pedos - al inglés se le achicó la voz al decir esto - y por ello los presos estaban siendo objeto de una estimulación acelerada de sus apetencias cognitivas. Me dijo también que esto seguramente se les iba a pasar en la primavera cuando abrieran las ventanas, y en eso tampoco se equivocó. Pero lo que no adivinó era cómo ese año en particular se iban a fusionar las ideas forjadas en los meses de frío con las arrastradas durante años de existencia más procaz.
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"La primera manifestación de lo que vendría se dio el 15 de junio. José "Ñandubay" Olmedo se subió a un banquito e improvisó una arenga que recibió el apoyo de sus, a la sazón, reflexivos compañeros de infortunio. Dijo algo así: "La pobreza que destruye a los pueblos que están al sur del ecuador se debe a que festejamos mal la Navidad. La Navidad es un rito que refiere al nacimiento, por eso en el norte se festeja en el solsticio de invierno, como una invocación a la tierra en el momento en que se la ve yerma, para que nazca de ella nuevamente la vida. Es contradictorio que festejemos el nacimiento cuando está por cosecharse: festejamos el nacimiento cuando se aproxima la muerte. Compañeros, propongo que seamos una avanzada y que empecemos a celebrar el nacimiento como esperanza. La Navidad del sud es el 21 de junio. ¡Propongo que armemos el arbolito!"
Los presos en menos que canta un gallo armaron uno. Yo tuve una afluencia extraordinaria de clientes, porque todos querían regalar libros.
El primero que puso el grito en el cielo fue el cura del penal, porque la novedad le había caído como una patada debajo de la sotana. En el festejo medio que se caldearon los ánimos porque el cura empezó a hablar de herejía y Ñandubay lo fulminó con un seco "¡No sea ignorante!"
El cura se ofendió a muerte y no desaprovechó la oportunidad de rezar en voz alta por el retorno a la grey del Señor de las ovejas descarriadas (y de maldecir por lo bajo a esos sinvergüenzas herejes), así como de presionar al director de la cárcel para que trasladara a varios, sobre todo a Ñandubay, cosa que el director no estaba dispuesto a hacer porque por él podían festejar todo el año Navidad mientras lo hicieran en paz y no se anduvieran matando, como era su costumbre.
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En agosto, para el veranito de San Juan, hubo indicadores preocupantes. Se abrieron un par de días las ventanas y eso coincidió con un sermón poco feliz del cura, en el que se dedicó a lanzar advertencias sobre lo caliente que resultaría el fuego del infierno, con miraditas por demás elocuentes en dirección a los presos que simulaban no prestarle atención. Uno que se sintió particularmente molesto sacó una navaja que guardaba en un bolsillo oculto del pantalón, pero otro al que todavía le duraba el efecto del metano lo detuvo.
Al día siguiente la tormenta de Santa Rosa trajo el frío y todo volvió a sus carriles. Ñandubay llegó a una reflexión que creyó importante mientras estaba sentado en el retrete. Pensó de pronto que la historia es un perro que se muerde la cola y se quedó allí un rato largo no sé si profundizando el pensamiento o disfrutando de la sobredosis. Hubo además enconadas polémicas alrededor del tema del no Yo y otros por el estilo, pero como ustedes comprenderán discutiendo estas cosas no hay ni muertos ni heridos. A veces alguno menos evolucionado dejaba escapar una bofetada, pero los demás intervenían y todo quedaba ahí.
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En noviembre las ventanas empezaron a estar abiertas todo el tiempo y el gas metano a dejar de hacer efecto en los presos. Se manifestaron algunos roces ... El 8 de diciembre el cura dio un sermón acerca de la Virgen, de la necesidad de llegar virgen al matrimonio, de los que morían en pecado e iban a dar con sus huesos al infierno. Un preso, al que le decían "Freddy Mercury" y que después de no pocas polémicas se cambió el apodo por el de "Ney Mattogrosso", creyó que estaba aludiendo directamente a su romance con un tal "Pibe Ametralladora" y le revoleó con un zapato mientras le gritaba: "¡Fascista!" El cura se puso rojo de rabia y mirándolo a Ñandubay empezó a gritar, "¡Hereje! ¡Vos y tus compinches son herejes!"
Es comprensible, él no sabía nada del gas metano.
El primer sillazo lo desmayó.
Después del motín quedaron 15 presos y dos guardias muertos, una recua de heridos y un cura incandescente conectado a las luces de un árbol de Navidad del que no lo pudieron despegar."
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El inglés me miró y me dijo: - Es como le dije al principio, depende de dónde se mire. Por ejemplo, desde mi punto de vista hubiera sido conveniente para todos que a la cárcel le hubieran puesto aire acondicionado.
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martes, 30 de marzo de 2010

Brasilia, de Sergio Cohen

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Las ruedas giran, y no se detienen. O al menos así lo veo yo ahora. Antes creía en la fuerza (propia) que tiene un instante y cuando lo hacía (en esos entonces) me sentía repleto de vigor atemporal, era el otro quien me hacía apurar, recordándome compromisos carentes de ninguna importancia. Hoy sólo observo girar. Igual que el pobre amigo que nunca conocí pero siempre tuve, que un día sintió cómo ya no le alcanzaba la vida ni para proponerse (a si mismo) un cambio. Y de golpe se encontró vistiendo nuevas ropas de épocas antiguas en un nuevo lugar (brasilia) que nada tenía que ver con la precaria cueva donde habitaba. Igual que él, lo mismo va para mí arriba de este micro yendo exactamente a donde pensé que iría. Y lo más curioso es que nunca lo sospeché (siquiera) y también que sé (también sé) exactamente lo que vendrá después.

Alguien que habla por despecho, está equivocado. Desde una frágil y tonta soberbia, violentamente expresada, hacia un mundo de errores sin propósito ni porqué, busca ciego, tanteando, como si estuviera seguro. ¿Seguro de qué?, pregunto yo. Para los perfeccionistas las incertezas no están implícitas. Y así viven aclarando lo inevitable y (lo) absurdo. Para nada. En silencio estaba un hombre solo, y bastó que otro se acercara y le preguntara qué (era lo que) estaba haciendo. Al ver que era nada, le recomendó que buscara algún motivo para estar ansioso y el hombre le agradeció falsamente, y así su calma se vio interrumpida.
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Yo y quién. Muchas veces intentamos perseguir alguna cosa, sin tentarnos según el parecer, las exigencias de cada momento. Por esto fue que le dije algo que debía recordarme luego, pero lo olvidó y después (yo) me olvidé quién era (él), aquello fue a parar al mismo lugar a donde irá esta reja de nubes sobre la luna llena. De la misma forma que casi todo, se transformará en evocación de un recuerdo.
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Las nubes forman un inexplicable y hermoso entramado alrededor de la luna y más allá de los árboles, pero prefiero hablar del juego que consiste en inventar un motivo y un personaje o varios, para luego divertirse nombrando los pensamientos, (las) sensaciones, describiendo las situaciones que de aquello derivan. Sólo porque aquí no hay motivo ni personaje, y el cambio únicamente es lo que anhelo.
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Imagino a Andrea sentada en la recepción del museo aborigen, siendo reprendida por un viejo extranjero de esos que nunca mueren, regresando a su hogar para dar de comer a sus tres hijos y a sus perros (, recibiendo el compasivo afecto de un ex policía que hace las cuentas de marido, aunque no la ama, ni ella a él). Andrea, soñando despierta, olvidándome un poco más cada día. Pero yo guardo el recuerdo de que me dijo que le hubiera gustado ser un delfín o al menos llamarse Delfina.
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¡Oh! y los verdes prados de la Patagonia donde buscaban los hombres altos algún fruto para recolectar. Cuántas veces se los habrá imaginado, recorriendo el bosque, sacudiendo las ramas de los árboles, llenando el morral de cuero. Volvían a la aldea, cansados pero con ánimos de jugar, de hacer deporte. Y eso hacían, hasta que el sol bajaba y uno de ellos se sorprendía al darse cuenta de que su mujer había partido hacia otra aldea. Recibió muchos consuelos, sus amigos intentaron aconsejarlo (de las más diversas maneras), pero él nunca volvió a sentirse respetado por nadie. Y con razón.
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Voy a agarrar todo el amor que tengo por vos, a apresarlo (bien fuerte) con las manos y comprimirlo hasta hacer de él una piedrita. La voy a guardar en una pequeñísima caja, bajo llave, que pondré en un cajón, también bajo llave, dentro de un aparador en un cuarto al que nunca le di ningún uso. Voy a cerrar esa puerta (también) con llave y después me voy a tragar, con un rico vaso de agua bien fría, las tres llaves. Creo que a eso le llaman rencor, pero también podría ser miedo.
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Ahora veo a Delfina sin rencor ni miedo por nada ni por nadie, nadando desnuda en aguas cristalinas. Su limpieza me hace pensar (recordar) que no hay nada que limpie tan bien el alma como un poema y eso es lo que verdaderamente me hace falta:
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Días de furiosa transparencioa,
alquien oyó una música brotando del charco,
mientras la esencia, porosa, cruje debajo del pasto
y los gorriones anuncian el trigésimo tercer round.
La Mugre y la Nada se debaten
el trono de Reina del Polvo.
En la arboleda crece el murmullo,
los troncos laten, nerviosos,
se toman de las raíces.
La contienda se suspende:
pies de niño sobre la orilla,
caminan sin dejar huellas.
Un duende, de pronto, advierte
que los grillos canten para que ahuyenten
a la mariposa que sonríe, cómplice.
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Noches de luna llena y yo creía que todo era digno de ser contado excepto este previsible viaje en micro. Pero las nubes que formaban flechas y el cielo que parecía una enorme laguna de agua lunar justo cuando, en otro hemisferio, los niños de la tribu se maravillaban viendo a Delfina tomando sol en la orilla de enfrente. El sol iluminaba a todos por igual, incluso a aquel tipo que, al salir de su casa listo para ir al trabajo, se preguntó si todo aquello, la ropa que llevaba puesta, su maletín cargado de papeles importantes (sólo) para otras personas, si el tiempo, los días, si todo aquello tendría la exclusiva finalidad de coger. Decidió faltar sin aviso e ir a buscarse en el mostrador del bar que frecuentaba de chico, en años, según creía, más inocentes. Pidió un vaso de caña y, mientras esperaba que le sirvieran, observó en la tele un poco (fragmento) del documental que estaban pasando, acerca de unas aldeas indígenas en el sur del país. Allí comprendió que lo que estaba haciendo también lo hacía por la exclusiva, omnipresente, razón. Por ella. Se hacía creer (a sí mismo) que no importaba si era ella, o ellas o a fin de cuentas ninguna, pero ella se presentaba tan clara y en verdad era el deseo de unir su cuerpo con el suyo lo que le daba (las) fuerzas (para seguir) hasta el ocaso solitario e irremediable. No lo supo, pero quizás podría (podía) ser amor.

La noche avanza y no puedo distinguir si lo que ven mis ojos es un lago gigantesco, si es el cielo o el mundo que se acaba. Por fin, el viento se llevó las nubes cadavéricas; mis pupilas se llenan de azul claro, y ya me siento listo otra vez. El pensamiento se esfuma. Vencida por el cansancio, la mente se dispersa y empiezo a dormir sin soñar nada. Por fin, la oscuridad me deja y estoy preparado, de nuevo, para no saber.