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Y nos volvimos a encontrar. Y viajaba mucho para verte. Y llegaba tarde en la noche. Cajicá. Y era complicado mirarte. Pero tus ojos y los míos hablaban de que era posible y de cómo y cuándo. Luego simplemente no estuviste más sola y alguien más estuvo en tus terrenos. Compartíamos tus risas, tus miradas, tus sonidos, mi presencia. Una llamada telefónica. Tus pasos alejándose y los míos queriendo seguirlos al rincón donde ocultas ahora tus conversaciones. Pero no. El alter que nos acompaña, que te acompaña y que fracciona la pureza de la proporción de mi estar contigo (de nuevo, empezando, creyendo, estando, por fin), intenta retenerme en alguna conversación idiota. No puedo dejar de sentirme incómodo. Algunas escenas perdidas y difuminadas. Tu regreso. Esos ojos que me revuelven el estómago. El asco de no poder evitar saber que algo sucede. Casi de oler qué sucede. De que, de nuevo, lo ocultes. Mi mirada termina los diálogos. La tuya finge seguir interesada. Asco de nuevo, no sabe fingir. Me siento descolocado, la incomodidad llega al borde. Se perdió una secuencia y me presiento corriendo tras de ti por una explicación que de antemano se que nunca llegará, que no existe, no para mí. Yéndonos, los tres. La calle. Alguien viene a sumarse. Pero mañana, para quedarse. No sólo siento incomodidad, parece ser que la genero. Comunicación en código a través mío. Mis pesadas, numerosas e insignificantes pero atesoradas pertenencias están en aquel departamento, chico. Quieres irte con el cuerpo que interrumpe nuestros diálogos. ¿Y mis cosas? Debo regresar y sacarlas. Quiero saber quién viene. Oí que llega a las 8, y que se puede quedar. Percibo la incomodidad de la posibilidad de tener que hablar del tema. Has decidido no subir al auto que ahora ya se ha llevado el otro cuerpo. Rapto tus llaves, y regreso por mis cosas. Tienes tus llaves de vuelta e insistes en irte. Nace la peor de las preguntas. Muere la peor de las respuestas. Ante tu silencio, insisto en recuperar mis pertenencias, las de mano, para poder regresar a casa. A mi casa. Por alguna extraña razón mi organismo vuelve a parir la peor de las preguntas. En un segundo, el encuentro de miradas, lo posible y lo imposible, la belleza y las ganas. Todo. Todo vuelve a aparecer, sólo para presenciar lo rápido que puede desaparecer. Para burlarse de mi minúscula existencia y del show más intenso de sufrimiento que un alma pudiese soportar con apenas una palabra. Una respuesta. Tus ojos ceden, entregan las llaves y, sin más, dicen su nombre. Él es el invitado. Mis ojos se abren de inmediato. Estoy bocabajo en mi lecho. Lejano. La incomodidad, tristeza y demás invitados de ese mundo también están acá. Apenas logro dar un par de pasos, y no puedo evitarlo, vomito todo. Y mis lágrimas no paran de salir. Ya, ahora, simplemente, no es posible. Sal de mis sueños, o respeta que son míos y déjame soñar lo que yo quiera. Y por favor, en ellos nunca más digas su nombre. El ardor en la boca del estómago (fisiológico, evidentemente), que me hace vomitar de tristeza, debe irse. Y ahora me pregunto cómo sacar tu imagen, la imagen de ti que en mis sueños construí, porque hasta esa imagen me lastima. En mis propios sueños. En estos días he pensado tanto en ti…
*Kadmillus Haimrich es un otrónimo. Escribe -a veces-; vive -cuando escribe.
sábado, 30 de enero de 2010
jueves, 3 de diciembre de 2009
La colina, de Martha Ocampo
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En la parte más alta de la pequeña colina los veo, su presencia me causa un escalofrío que recorre todo mi cuerpo; no es común encontrar, en esos parajes, jóvenes como ellos, con su fina ropa de verano. Él es moreno, de cuerpo delgado y de rostro muy agradable, su compañera es de piel muy clara, su aspecto es frágil y su largo cabello se agita con el helado viento de La Rumorosa. Sus ligeras ropas contrastan con las mías.
No sé como asciendo hasta la colina, estoy frente a ellos. No necesitan palabras para saber cómo se sienten. Ella está temerosa, y se esconde tras su pareja, Él la protege con su amor y su cuerpo. Ambos no saben por qué siempre caminan en círculo y terminan en la misma colina. Cada día que pasa se sienten más etéreos, más transparentes, más ligeros.
Mis botas térmicas, mi largo abrigo y mi bufanda como serpiente enroscada a mi cuello protegen mi cuerpo de la gélida nieve que cubre la zona. Sus voces sin sonido me dicen que desconocen porqué están atascados en esa colina. No encuentran su carro y no saben cuanto tiempo ha pasado desde que éste hizo un giro brusco sobre la carretera. Con toda la ternura de que soy capaz, balbuceo palabras de consuelo que suavicen lo que tengo que decirles. Busco los ojos de Él, tomo sus manos frías entre las mías y le digo que ellos no pertenecen al mundo material, que murieron hace algunos años. Los invito a la falda de la colina donde hay dos cruces con sus nombres. Les explico que su carro se volcó y ahí acabó su historia. La sorpresa y el asombro se reflejan en sus caras.
Ambos me miran a los ojos y me piden haga una oración para retirarse de la colina, pongo mis manos unidas sobre mi pecho, inclino mi cabeza, cierro los ojos y pido con todo mi corazón, que los jóvenes que me acompañan encuentren la paz. Siento golpes suaves y las voces de gratitud de mis nuevos amigos se van convirtiendo en ecos y rumores de viento. La cálida mano de mi hija me vuelve en sí y me pregunta muy intrigada, “¿con quiénes platicabas, mami?”
No, no fue un sueño, lo confirmo cada vez que paso por la colina y miro las cruces.
*Martha Ocampo es docente, toma cursos de narrativa por internet y vive en México.
En la parte más alta de la pequeña colina los veo, su presencia me causa un escalofrío que recorre todo mi cuerpo; no es común encontrar, en esos parajes, jóvenes como ellos, con su fina ropa de verano. Él es moreno, de cuerpo delgado y de rostro muy agradable, su compañera es de piel muy clara, su aspecto es frágil y su largo cabello se agita con el helado viento de La Rumorosa. Sus ligeras ropas contrastan con las mías.
No sé como asciendo hasta la colina, estoy frente a ellos. No necesitan palabras para saber cómo se sienten. Ella está temerosa, y se esconde tras su pareja, Él la protege con su amor y su cuerpo. Ambos no saben por qué siempre caminan en círculo y terminan en la misma colina. Cada día que pasa se sienten más etéreos, más transparentes, más ligeros.
Mis botas térmicas, mi largo abrigo y mi bufanda como serpiente enroscada a mi cuello protegen mi cuerpo de la gélida nieve que cubre la zona. Sus voces sin sonido me dicen que desconocen porqué están atascados en esa colina. No encuentran su carro y no saben cuanto tiempo ha pasado desde que éste hizo un giro brusco sobre la carretera. Con toda la ternura de que soy capaz, balbuceo palabras de consuelo que suavicen lo que tengo que decirles. Busco los ojos de Él, tomo sus manos frías entre las mías y le digo que ellos no pertenecen al mundo material, que murieron hace algunos años. Los invito a la falda de la colina donde hay dos cruces con sus nombres. Les explico que su carro se volcó y ahí acabó su historia. La sorpresa y el asombro se reflejan en sus caras.
Ambos me miran a los ojos y me piden haga una oración para retirarse de la colina, pongo mis manos unidas sobre mi pecho, inclino mi cabeza, cierro los ojos y pido con todo mi corazón, que los jóvenes que me acompañan encuentren la paz. Siento golpes suaves y las voces de gratitud de mis nuevos amigos se van convirtiendo en ecos y rumores de viento. La cálida mano de mi hija me vuelve en sí y me pregunta muy intrigada, “¿con quiénes platicabas, mami?”
No, no fue un sueño, lo confirmo cada vez que paso por la colina y miro las cruces.
*Martha Ocampo es docente, toma cursos de narrativa por internet y vive en México.
Etiquetas:
Cuentos,
Letra: L,
Talleres Beatriz Pustilnik
domingo, 8 de noviembre de 2009
Un boludo cualquiera, de Sergio Cohen
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Bueno, resulta que estaba demasiado tranquilo y no le molestaba exteriorizarlo para nada. Era como si las cosas hubieran perdido su medida usual y las miradas ya no fueran penetrantes sino líquidas y los cuerpos y las distancias y las vidas individuales se fundieran en una gran masa de sol, asfalto, hojas, cielo azul, edificios, nubes no porque no había, vigas y mucho más. Ya saben. Todo lo que uno ve si mira a su alrededor en la ciudad evitando leer carteles. En resumidas cuentas, sentía que él y todos eran parte de todo, aceptaba sin ningún problema el fenómeno de la multiplicidad, de lo distinto, hasta de lo deforme. Las formas de actuar y de ser - particulares, arbitrarias, injustificadas - de cada entidad le parecían solamente pinceladas dentro de un lienzo al que, por ser tan vasto y tan abstracto, no hacían otra cosa que sumarle texturas.
Entonces, no se le ocurrió mejor idea que empezar a caminar de a brincos, a veces girando en el eje horizontal antes de caer; otras, abriendo y cerrando las piernas o dando patadas voladoras en el aire, o también de costado, o de espaldas. Quería explotar todas las variaciones posibles del salto. Avanzaba mucho más lento de esta manera, pero no le importaba. No estaba apurado, realmente estaba nada más que de paseo. Comenzó a reparar menos en sus alrededores, pero tampoco era importante dado que recorría un camino habitual, no uno nuevo, y era un día como cualquiera de tantos otros de ese verano soleado. Y no es que no se fijara por dónde iba. Sucedía que, con tanto movimiento y variaciones en sus saltos, le era difícil entender o sacar impresiones de lo que lo rodeaba. Por esto se sorprendió al escuchar una voz:
- ¿Qué estás haciendo? - le dijo un joven con anteojos y remera a rayas, de apariencia intelectual, sentado en la entrada de un edificio.
- Nada más saltando ... ¿y vos?
- Yo estoy sentado, disfrutando del día. Lástima tener que cruzarme con personas como vos.
- ¿Por qué una lástima? ¿Te perturba lo que hago?
- La verdad es que sí. En un día tan lindo, tan tranquilo, en una ciudad tan elegante como ésta, es realmente engorroso encontrar energúmenos como vos saltando de cualquier manera.
- Disculpame, no quise ofenderte. Es que no se me ocurrió nada mejor para hacer.
- Por favor, pibe, hacenos el favor a todos de caminar como corresponde. O, si vas a saltar, al menos hacelo así (se para), con suavidad y delicadeza (da unos pasos de ballet) o con furia y firmeza (da los mismos saltos de ballet pero más rápido y con cara de enojado), o por qué no con melancolía y profundidad (los mismos pasos, esta vez muy lentos y con rostro compungido).
- A ver, dejame intentar ... (en vano intenta imitar los pasos del intelectual, que lo mira con desprecio al ver su falta de habilidad motriz)
- ¡Mal! ¡Horrible! Te pido que te retires ahora y en lo posible nunca más te cruces por ...
Se fue caminando de prisa, dejando al intelectual con la frase por la mitad.
Dobló la esquina y siguió saltando a su modo. El encuentro lo había vuelto más pendiente de lo que estarían pensando los transeúntes al verlo pasar. Por tanto, se hacía un hueco en el remolino de sus movimientos, para observar alguna que otra cara. Y, por suerte, al poco tiempo encontró la de una viejita que le sonrió amable. Entonces rió y siguió saltando a su modo, despreocupado.
(2006)
Bueno, resulta que estaba demasiado tranquilo y no le molestaba exteriorizarlo para nada. Era como si las cosas hubieran perdido su medida usual y las miradas ya no fueran penetrantes sino líquidas y los cuerpos y las distancias y las vidas individuales se fundieran en una gran masa de sol, asfalto, hojas, cielo azul, edificios, nubes no porque no había, vigas y mucho más. Ya saben. Todo lo que uno ve si mira a su alrededor en la ciudad evitando leer carteles. En resumidas cuentas, sentía que él y todos eran parte de todo, aceptaba sin ningún problema el fenómeno de la multiplicidad, de lo distinto, hasta de lo deforme. Las formas de actuar y de ser - particulares, arbitrarias, injustificadas - de cada entidad le parecían solamente pinceladas dentro de un lienzo al que, por ser tan vasto y tan abstracto, no hacían otra cosa que sumarle texturas.
Entonces, no se le ocurrió mejor idea que empezar a caminar de a brincos, a veces girando en el eje horizontal antes de caer; otras, abriendo y cerrando las piernas o dando patadas voladoras en el aire, o también de costado, o de espaldas. Quería explotar todas las variaciones posibles del salto. Avanzaba mucho más lento de esta manera, pero no le importaba. No estaba apurado, realmente estaba nada más que de paseo. Comenzó a reparar menos en sus alrededores, pero tampoco era importante dado que recorría un camino habitual, no uno nuevo, y era un día como cualquiera de tantos otros de ese verano soleado. Y no es que no se fijara por dónde iba. Sucedía que, con tanto movimiento y variaciones en sus saltos, le era difícil entender o sacar impresiones de lo que lo rodeaba. Por esto se sorprendió al escuchar una voz:
- ¿Qué estás haciendo? - le dijo un joven con anteojos y remera a rayas, de apariencia intelectual, sentado en la entrada de un edificio.
- Nada más saltando ... ¿y vos?
- Yo estoy sentado, disfrutando del día. Lástima tener que cruzarme con personas como vos.
- ¿Por qué una lástima? ¿Te perturba lo que hago?
- La verdad es que sí. En un día tan lindo, tan tranquilo, en una ciudad tan elegante como ésta, es realmente engorroso encontrar energúmenos como vos saltando de cualquier manera.
- Disculpame, no quise ofenderte. Es que no se me ocurrió nada mejor para hacer.
- Por favor, pibe, hacenos el favor a todos de caminar como corresponde. O, si vas a saltar, al menos hacelo así (se para), con suavidad y delicadeza (da unos pasos de ballet) o con furia y firmeza (da los mismos saltos de ballet pero más rápido y con cara de enojado), o por qué no con melancolía y profundidad (los mismos pasos, esta vez muy lentos y con rostro compungido).
- A ver, dejame intentar ... (en vano intenta imitar los pasos del intelectual, que lo mira con desprecio al ver su falta de habilidad motriz)
- ¡Mal! ¡Horrible! Te pido que te retires ahora y en lo posible nunca más te cruces por ...
Se fue caminando de prisa, dejando al intelectual con la frase por la mitad.
Dobló la esquina y siguió saltando a su modo. El encuentro lo había vuelto más pendiente de lo que estarían pensando los transeúntes al verlo pasar. Por tanto, se hacía un hueco en el remolino de sus movimientos, para observar alguna que otra cara. Y, por suerte, al poco tiempo encontró la de una viejita que le sonrió amable. Entonces rió y siguió saltando a su modo, despreocupado.
(2006)
martes, 20 de octubre de 2009
Una imagen y dos textos, de Luciano Alajarín
Mis manos dicen, al igual que mis ojos hablan. Mi nariz escucha y mi boca calla ¿Mis orejas? Se ocultan y desde su escondite gritan, aúllan, gimen y lloran. Mi cuerpo está superpoblado de voces y estalla en multiplicidades. Soy inaprensible para mí y para todos. Por eso bailo esta danza que me resulta inevitable. O mejor dicho, esta danza me baila y nos confunde con el todo, nos quita el esqueleto para dejarnos hechos una masa ingobernable, indecible, indescifrable. Quieren que les explique si soy varón o mujer, si mi pelo es pelo, si mi piel es piel, si respiro o estoy muert….
* * *
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¿Cuántas veces se puede uno equivocar en el mismo punto de las relaciones? Te pregunto porque esta foto me la saco por tercera vez en la vida, bajo las mismas circunstancias, en un lapso que no debe superar los 30 años. (Corrés con ventaja al saber que sos la tercera en recibirla. Supongo que conocer la jurisprudencia debe alivianar la culpa.) Ha sido desde mi primer matrimonio la postal de despedida. Fue curioso encontrarme nuevamente montando la misma escena. No es que no me haya cuestionado la posibilidad de otra forma de narrar mis sensaciones. Lo he pensado y revisado cada una de las veces al menos unos 4 o 5 días y la conclusión en los tres casos ha sido la misma: es, sin dudas, la manera más precisa de decirte “chau”. Creo haber encontrado en la síntesis de esta imagen el nexo justo entre lo que dejamos atrás y lo que nos vendrá.
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Aunque te escriba con naturalidad, no deja de sorprenderme el hecho de encontrar formas en la vida que no cambian. El movimiento de lo real me tiene bastante acostumbrado a giros, cambios constantes. Así y todo, algo parece quedar quieto, inmutable, permanente ¿O es la miopía afectiva la que me impide ver los cambios, el crecimiento? Quizás este haya sido mi reiterado error. No verte y no verme por completo. Vuelvo a descubrir que estoy siempre resguardado y que ese es el pretexto perfecto para el resguardo del otro. Así empieza a rodar la bola de desconfianza y abre las grietas que nos van cercando hasta que nos resulta imposible avanzar sin caer.
viernes, 11 de septiembre de 2009
El premio, de Maximiliano Iozzi
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Lucas encendió la computadora. Mientras esperó que cargara Windows, leyó la primera página de la sección cultural del diario que siempre acostumbraba leer y encontró esta nota:
"El escritor argentino Lucas Almada fue el ganador del XII certamen literario de relato breve Villa de Colindres."
Sonrió y el pecho se le infló como un pez globo, mientras abría el procesador de texto para continuar escribiendo el último capítulo de su próxima novela. En la pantalla se leía:
... Gustavo escuchó que golpeaban la puerta; preguntó, "¿quién es?" - "Carta para Gustavo Bertola", dijeron del otro lado. Abrió confiadamente y recibió una puñalada mortal en su vientre.
Lucas cerró los ojos cansados de escribir y se acercó a la heladera, de donde sacó una cerveza helada, mientras tocaban a la puerta. Cuando preguntó quién era, se le congeló la sangre al escuchar, "carta para Lucas Almada." Pero mientras sonreía pensó, "lo malo pasa sólo en mis libros"; abrió la puerta y un puñal lo atravesó, desangrándose sobre la alfombra que decía Home Sweet Home.
Lucas encendió la computadora. Mientras esperó que cargara Windows, leyó la primera página de la sección cultural del diario que siempre acostumbraba leer y encontró esta nota:
"El escritor argentino Lucas Almada fue el ganador del XII certamen literario de relato breve Villa de Colindres."
Sonrió y el pecho se le infló como un pez globo, mientras abría el procesador de texto para continuar escribiendo el último capítulo de su próxima novela. En la pantalla se leía:
... Gustavo escuchó que golpeaban la puerta; preguntó, "¿quién es?" - "Carta para Gustavo Bertola", dijeron del otro lado. Abrió confiadamente y recibió una puñalada mortal en su vientre.
Lucas cerró los ojos cansados de escribir y se acercó a la heladera, de donde sacó una cerveza helada, mientras tocaban a la puerta. Cuando preguntó quién era, se le congeló la sangre al escuchar, "carta para Lucas Almada." Pero mientras sonreía pensó, "lo malo pasa sólo en mis libros"; abrió la puerta y un puñal lo atravesó, desangrándose sobre la alfombra que decía Home Sweet Home.
Etiquetas:
Cuentos,
Letra: E,
Talleres Beatriz Pustilnik
domingo, 6 de septiembre de 2009
La señorita Norma, de Lidia Dumett
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Guardapolvo tan tableado, tan blanco, tan almidonado. Y dos moños que sujetaban mis trenzas. Allí estaba yo en el primer pupitre de segundo grado.
Allí en el frente estaba ella tan rubia, tan pintada, ¡tan maestra!
Su guardapolvo blanco, puesto al descuido, contrastaba con el de otras señoritas muy bien vestidas, muy bien peinadas.
Sólo tenía una gran armonía: su boca grande pintada de rojo y sus uñas largas al tono.
.
"¡A ver esa letra Lidia! ¡Hay que mejorarla!" ... Las letras se dibujan, las letras se pintan, las letras ... las palabras ... todo hay que dibujar.
Y yo volvía a casa con un cuaderno especial, donde con su escritura de maestra que dibuja escribiendo, colocaba en el extremo de arriba una frase que yo tenía que imitar: una vez, diez veces, veinte veces. Y el ritual se repetía al otro día. Y al día siguiente.
.
Una vez -¿como premio?- me invitó a tomar el té a su casa. ¡Mi maestra!
¡La maestra!
Me senté junto a ella, tímida y sonriente por demasiado feliz mientras, con gesto maternal, untaba con jalea las tostadas que crujían bajo mis dientes.
Lanzó una carcajada para decirme que las tostadas cantaban, scrunch ... scrunch ...
Scrunch ... y las masticaba con exageración, casi seguro para vencer mi timidez.
.
Así era en nuestra aula: más que maestra, artesana feliz .Manchada de lápiz labial y tiza, su cara traducía el placer de estar entre nosotros.
Con movimientos rápidos, con nuestros nombres en sus labios sin equivocarse, enseñando a dividir, enseñando a escribir, enseñando a leer ...
.
Cuando aún hoy me dicen tenés letra de maestra … Sí, pienso, la de mi maestra de segundo grado. La de la señorita Norma. Norma Gossman. Imitada ¡tantas veces! en mis juegos infantiles. ¿Imitada en alguna otra etapa de mi vida?
Tal vez, sí.
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*Lidia Dumett es docente y toma el taller de narrativa por internet.
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Guardapolvo tan tableado, tan blanco, tan almidonado. Y dos moños que sujetaban mis trenzas. Allí estaba yo en el primer pupitre de segundo grado.
Allí en el frente estaba ella tan rubia, tan pintada, ¡tan maestra!
Su guardapolvo blanco, puesto al descuido, contrastaba con el de otras señoritas muy bien vestidas, muy bien peinadas.
Sólo tenía una gran armonía: su boca grande pintada de rojo y sus uñas largas al tono.
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"¡A ver esa letra Lidia! ¡Hay que mejorarla!" ... Las letras se dibujan, las letras se pintan, las letras ... las palabras ... todo hay que dibujar.
Y yo volvía a casa con un cuaderno especial, donde con su escritura de maestra que dibuja escribiendo, colocaba en el extremo de arriba una frase que yo tenía que imitar: una vez, diez veces, veinte veces. Y el ritual se repetía al otro día. Y al día siguiente.
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Una vez -¿como premio?- me invitó a tomar el té a su casa. ¡Mi maestra!
¡La maestra!
Me senté junto a ella, tímida y sonriente por demasiado feliz mientras, con gesto maternal, untaba con jalea las tostadas que crujían bajo mis dientes.
Lanzó una carcajada para decirme que las tostadas cantaban, scrunch ... scrunch ...
Scrunch ... y las masticaba con exageración, casi seguro para vencer mi timidez.
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Así era en nuestra aula: más que maestra, artesana feliz .Manchada de lápiz labial y tiza, su cara traducía el placer de estar entre nosotros.
Con movimientos rápidos, con nuestros nombres en sus labios sin equivocarse, enseñando a dividir, enseñando a escribir, enseñando a leer ...
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Cuando aún hoy me dicen tenés letra de maestra … Sí, pienso, la de mi maestra de segundo grado. La de la señorita Norma. Norma Gossman. Imitada ¡tantas veces! en mis juegos infantiles. ¿Imitada en alguna otra etapa de mi vida?
Tal vez, sí.
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*Lidia Dumett es docente y toma el taller de narrativa por internet.
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Cuentos,
Letra: L,
Talleres Beatriz Pustilnik
sábado, 5 de septiembre de 2009
Pancha, de Maximiliano Iozzi
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El cielo está claro y despejado, el sol no aprieta tanto y el viento acaricia su pelo rubio. Timoteo luce decidido. Entra por primera vez. Siempre había prestado atención a las historias contadas acerca de ese lugar, aunque nunca se había animado a traspasar el umbral.
.
Avanza. Sus zapatillas rozan el suelo con suavidad, sus pasos pacientes y decididos mutilan el sendero en busca de algo indefinido. Las piedritas del camino encarnan la suela, tatuando en su superficie un efecto moaré. El trino de los pájaros suena a despedida, triste y tardía. Bucea en su memoria, afloran esencias de recuerdos. Descarta las que no sirven, no obstante atesora las de su abuela Pancha, su sonrisa amplia y generosa, las tardes en el patio con bizcochos y mate, su despedida: yerta en el cajón, inerte e impávida. Las lágrimas desbordan su cuenca, recorren sus carnosas mejillas para morir en el abismo. Sus manos temblorosas secan su tristeza, mas la soledad de su alma no encuentra lenitivo alguno. En su andar meditabundo, esquiva obstáculos pedregosos. En uno de estos esquives, como sin mirar, observa una leyenda sobre una superficie fría que dice:
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*Maximiliano Iozzi participa del taller presencial de narrativa.
El cielo está claro y despejado, el sol no aprieta tanto y el viento acaricia su pelo rubio. Timoteo luce decidido. Entra por primera vez. Siempre había prestado atención a las historias contadas acerca de ese lugar, aunque nunca se había animado a traspasar el umbral.
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Avanza. Sus zapatillas rozan el suelo con suavidad, sus pasos pacientes y decididos mutilan el sendero en busca de algo indefinido. Las piedritas del camino encarnan la suela, tatuando en su superficie un efecto moaré. El trino de los pájaros suena a despedida, triste y tardía. Bucea en su memoria, afloran esencias de recuerdos. Descarta las que no sirven, no obstante atesora las de su abuela Pancha, su sonrisa amplia y generosa, las tardes en el patio con bizcochos y mate, su despedida: yerta en el cajón, inerte e impávida. Las lágrimas desbordan su cuenca, recorren sus carnosas mejillas para morir en el abismo. Sus manos temblorosas secan su tristeza, mas la soledad de su alma no encuentra lenitivo alguno. En su andar meditabundo, esquiva obstáculos pedregosos. En uno de estos esquives, como sin mirar, observa una leyenda sobre una superficie fría que dice:
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Aquí mora para toda la eternidad
Doña Pancha Benítez. Nuestra amada abuela.
Pedro, Fede y Timoteo
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*Maximiliano Iozzi participa del taller presencial de narrativa.
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Cuentos,
Letra: P,
Talleres Beatriz Pustilnik
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