viernes, 11 de septiembre de 2009

El premio, de Maximiliano Iozzi

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Lucas encendió la computadora. Mientras esperó que cargara Windows, leyó la primera página de la sección cultural del diario que siempre acostumbraba leer y encontró esta nota:

"El escritor argentino Lucas Almada fue el ganador del XII certamen literario de relato breve Villa de Colindres."

Sonrió y el pecho se le infló como un pez globo, mientras abría el procesador de texto para continuar escribiendo el último capítulo de su próxima novela. En la pantalla se leía:

... Gustavo escuchó que golpeaban la puerta; preguntó, "¿quién es?" - "Carta para Gustavo Bertola", dijeron del otro lado. Abrió confiadamente y recibió una puñalada mortal en su vientre.

Lucas cerró los ojos cansados de escribir y se acercó a la heladera, de donde sacó una cerveza helada, mientras tocaban a la puerta. Cuando preguntó quién era, se le congeló la sangre al escuchar, "carta para Lucas Almada." Pero mientras sonreía pensó, "lo malo pasa sólo en mis libros"; abrió la puerta y un puñal lo atravesó, desangrándose sobre la alfombra que decía Home Sweet Home.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La señorita Norma, de Lidia Dumett

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Guardapolvo tan tableado, tan blanco, tan almidonado. Y dos moños que sujetaban mis trenzas. Allí estaba yo en el primer pupitre de segundo grado.
Allí en el frente estaba ella tan rubia, tan pintada, ¡tan maestra!
Su guardapolvo blanco, puesto al descuido, contrastaba con el de otras señoritas muy bien vestidas, muy bien peinadas.
Sólo tenía una gran armonía: su boca grande pintada de rojo y sus uñas largas al tono.
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"¡A ver esa letra Lidia! ¡Hay que mejorarla!" ... Las letras se dibujan, las letras se pintan, las letras ... las palabras ... todo hay que dibujar.
Y yo volvía a casa con un cuaderno especial, donde con su escritura de maestra que dibuja escribiendo, colocaba en el extremo de arriba una frase que yo tenía que imitar: una vez, diez veces, veinte veces. Y el ritual se repetía al otro día. Y al día siguiente.
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Una vez -¿como premio?- me invitó a tomar el té a su casa. ¡Mi maestra!
¡La maestra!
Me senté junto a ella, tímida y sonriente por demasiado feliz mientras, con gesto maternal, untaba con jalea las tostadas que crujían bajo mis dientes.
Lanzó una carcajada para decirme que las tostadas cantaban, scrunch ... scrunch ...
Scrunch ... y las masticaba con exageración, casi seguro para vencer mi timidez.
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Así era en nuestra aula: más que maestra, artesana feliz .Manchada de lápiz labial y tiza, su cara traducía el placer de estar entre nosotros.
Con movimientos rápidos, con nuestros nombres en sus labios sin equivocarse, enseñando a dividir, enseñando a escribir, enseñando a leer ...
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Cuando aún hoy me dicen tenés letra de maestra … Sí, pienso, la de mi maestra de segundo grado. La de la señorita Norma. Norma Gossman. Imitada ¡tantas veces! en mis juegos infantiles. ¿Imitada en alguna otra etapa de mi vida?
Tal vez, sí.
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*Lidia Dumett es docente y toma el taller de narrativa por internet.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Pancha, de Maximiliano Iozzi

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El cielo está claro y despejado, el sol no aprieta tanto y el viento acaricia su pelo rubio. Timoteo luce decidido. Entra por primera vez. Siempre había prestado atención a las historias contadas acerca de ese lugar, aunque nunca se había animado a traspasar el umbral.
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Avanza. Sus zapatillas rozan el suelo con suavidad, sus pasos pacientes y decididos mutilan el sendero en busca de algo indefinido. Las piedritas del camino encarnan la suela, tatuando en su superficie un efecto moaré. El trino de los pájaros suena a despedida, triste y tardía. Bucea en su memoria, afloran esencias de recuerdos. Descarta las que no sirven, no obstante atesora las de su abuela Pancha, su sonrisa amplia y generosa, las tardes en el patio con bizcochos y mate, su despedida: yerta en el cajón, inerte e impávida. Las lágrimas desbordan su cuenca, recorren sus carnosas mejillas para morir en el abismo. Sus manos temblorosas secan su tristeza, mas la soledad de su alma no encuentra lenitivo alguno. En su andar meditabundo, esquiva obstáculos pedregosos. En uno de estos esquives, como sin mirar, observa una leyenda sobre una superficie fría que dice:
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Aquí mora para toda la eternidad
Doña Pancha Benítez. Nuestra amada abuela.
Pedro, Fede y Timoteo
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*Maximiliano Iozzi participa del taller presencial de narrativa.

miércoles, 26 de agosto de 2009

La montaña de zapatos, por Cecilia Wanjrot

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Cuando era niña, tenía alrededor de 12 años, papá caminaba rápido y me costaba seguirlo: era alto, buen mozo, de tez blanca y ojos celestes que mi hermano y yo heredamos.
Vestía siempre un pantalón oscuro y una camisa celeste: manga corta en el verano, manga larga en el invierno.

A pocas cuadras de donde yo vivía había una casa baja, en Remedios de Escalada de San Martín, daba a la calle, su puerta estaba siempre abierta, tenía una ventana de uno por uno que daba mucha luminosidad a la habitación.
Funcionaba como un negocio porque al entrar, nos encontrábamos con una montaña de zapatos de todo tipo, modelo y color, sin cajas, apilados: sandalias, zapatos de hombre, de mujer, de niño, de cuero ó de gamuza.

Yo quería zapatos de gamuza roja; me zambullí dentro de la pila tratando de encontrar lo que deseaba, pero no era fácil ya que podía encontrar algunos del mismo pie o de números distintos, o de cualquier otro modelo. De todas formas, era una diversión para mí, mientras tanto papá se entretenía hablando con el dueño.

Encontré un solo zapato rojo que me sujetaba el empeine, de punta redonda: modelo al que hoy lo llaman Guillermina; me zambullí otra vez a la búsqueda del tesoro, tenía que encontrar el par, es decir, ¡el del otro pie! Después de mucho revolver, lo vi.: “aquí está, qué suerte” exclamé, pero no, éste era del mismo pie que ya tenía, qué decepción, seguí buscando, desarmando febrilmente con mis manos la montaña.

Saqué uno negro, uno azul, una sandalia roja, quería llegar al fondo, hasta visualizar mi tesoro tan buscado; no sé cuanto tiempo me llevó, al fin grité con júbilo: “LO ENCONTRÉ, LO ENCONTRÉ”, efectivamente, éste sí era el zapato rojo de gamuza del otro pie.

Ya los tenía en mi poder, ahora llegaba la peor parte: la del regateo que a mí no me gustaba; mi ansiedad crecía, quería irme ya, pero papá no aflojaba, yo lo tironeaba de la camisa, así nos podíamos ir, quería que terminara con el juego de la oferta y la demanda, pero qué judío aceptaba el precio que le daban; si no pedía un descuento, no se quedaba satisfecho.

Finalmente llegaron a un acuerdo, el dueño envolvió mis zapatos tan queridos en una hoja de papel de diario viejo.

Abracé el paquete a mi pecho, feliz con ellos, los de gamuza roja; el corazón me latía de felicidad.


Hoy me doy cuenta de que esa casa, ese hombre, ese negocio, fueron los precursores de los outlet del presente, ¿quién podía comprar en una zapatería de la Avenida Corrientes? para nosotros era como ir al centro; la más conocida se llamaba VIAR. Después de muchos años pude comprar ahí algún par de zapatos, ninguno tan deseado como aquellos zapatos de gamuza roja.


*Cecilia toma clases individuales de narrativa.

El crimen, por Liliana Salistre

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Quiero contarles mi crimen, lo único realmente importante, trascendente que hice en mi estúpida vida, y que sin yo quererlo me llevó a la muerte. Por eso lo puedo contar. No pongan esa cara de espanto, o sí, porque el lugar innominado, espantoso donde estoy es el cementerio: un cajón que se va deshaciendo, mientras me pudro en este no ser, que es el morir. Y pensar que le dicen “pasar a mejor vida”.

Creí ser inteligente con mi vida de jolgorio, putas y tragos mientras el “otro” idiota me mantenía, esa rata de escritorio que pagaba mis cuentas, yendo todos los días a trabajar a una oficina; levantándose muy tempranito, acostándose también tempranito mientras yo me divertía: elegía la mejor, la más linda prostituta, y cuando estaba lo suficientemente borracha, le hacía lo que sobria no me hubiera permitido.

Todo comenzó cuando conocí a mi mujer, tan bella vivaz y alegre, pero esquiva. Debí casarme con ella para poder tenerla en mi cama todas las noches. Confieso que creí estar enamorado, tan adorable me parecía. Muy poco tiempo tardó en mostrar su lado oscuro.

La casa era un asco, me negaba su cuerpo muy a menudo, me humillaba; su lengua viperina era temible, soez, asquerosa.

Vicente Holgado, “el otro”, mi parte más sana y aburrida, (el cual sólo hablaba en español, algo muy raro, muchas veces no logré entenderlo). Olvidé contarles que soy francés y viví siempre en París. Bueno, Vicente, la conoció al final, después del “accidente”, cuando la paralítica pretendía gobernar el mundo y sobre todo a mí desde su patética silla de ruedas. Ocurrió que un día que no me permitía tocarla, aduciendo un falso dolor de cabeza, me llevó al límite de mi paciencia, forcejeamos, según ella la empujé por las escaleras, no recuerdo bien, siempre lo creí un accidente, pero deseaba su muerte y tal vez lo hice, ahora ya no importa.

Fue peor, su parálisis la volvió histérica y morbosa, siéndolo ya antes, su perversidad llegó a términos insospechados. Me pedía, (exigía en realidad), que me fuera de putas y al volver quería todos los detalles; desde la elección de la mujer y paso por paso, todo lo que le había hecho; a veces no le resultaba suficiente y muchas, inventé posturas y acciones repugnantes, de las que no era capaz (y eso que era capaz de muchas, pero insuficientes para ese despojo que se masturbaba frente a mí sin pudor).

El tiempo pasó, no había ya diversión en esas noches, siempre lo mismo; los mismos bares, las mismas mujeres, idénticas borracheras, una rutina que me tenía harto, tanto como lo estaba Holgado de su oficina, sus papeles y sus horarios.

Pero ella no me permitía descansar, me obligaba, amenazando siempre con mi intento de matarla y su decisión de denunciarme, si no hacía lo que deseaba.

Yo sabía que habían pasado demasiados años para que la tuvieran en cuenta y las discusiones eran tan feroces, que decidí acabar definitivamente con ella, matarla de una vez por todas. Estaba demasiado viejo para seguir soportando tanta iniquidad.

Aunque de joven llegué a creer que era divertido, para ser sincero, hasta llegué a disfrutar de su locura. Confieso que transpiraba de placer cuando le contaba, ella pedía más y aunque inventara, lo sentía real, y el verla en su impudicia me llevaba al paroxismo.

Ya no más, creo que tanto desgaste, sumado a los años, todo tan reglamentado, tan rutinario, me superó y además Vicente se había jubilado y el dinero no alcanzaba para nada.

Todo llevaba a la necesidad de su muerte. Quería descansar, fumarme un puro en mi sillón favorito, con un solo trago de vez en cuando, dormir de noche; me hacía falta el sol, el día o terminaría por enfermarme.

Preparé todo, lo planifiqué bien. Le diría a la policía que la había llevado de paseo en el auto y que se había desbarrancado cayendo al mar desde una colina, donde jamás la encontrarían, (pensaba enterrarla) y tirar al mar sólo la silla, la maldita silla de ruedas.

Tomé una de sus viejas medias de seda natural, que hacía siglos no usaba, me acerqué despacito, por detrás, se la puse al cuello y apreté, la silla giró bruscamente y sentí que en su último estertor, me clavaba las tijeras (que siempre llevaba sobre la falda, ¿cómo pude olvidarlo?), mientras me desgarraba las entrañas seguí apretando.

Ahora estoy contando esto desde mi tumba, en la que me acompaña Holgado, horrorizado de que toda su vida, haya sido sólo un subproducto de mis necesidades.


Relato escrito a partir del cuento de Juán José Millás La memoria de otro.

sábado, 15 de agosto de 2009

El micromercado de las palabras, de Silvia Shapiro

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Mi mañana comienza muy tranquila ya que he dispuesto vivir en el microcosmos de mi microemprendimiento.

Me tomo el micro que me traslada al microcentro y eso produce en mí una alegría imposible de transmitir ya que por razones de fuerza no micro no debe hacerse de público conocimiento por peligro a resultar micronizado mi microproyecto y ¡adiós a la microfotografía!

Sigo la ruta de la microfilmación, hoy el microbio está listo para su microcopia; aunque no sea redituable para mi microeconomía, el microbiólogo micromanipulador quiso cobrarme por la microproducción, a pesar de ello, apareció con su microscopio y anunciando por micrófono expresó no haber encontrado en su microcircuito el microchip que acompaña a la microcinta. Me dije: ¡Qué microencefálico!
¡Ahora a generar el microclima para mantener el microbio hasta la próxima microoportunidad!

En medio de la microdecepción por frenar mi microemprendimiento visualicé a micrómetro de distancia el generoso microondas y me tomo microminutos para tomar un microcafé mientras terminaba de escribir mi microrelato.

Y pensar que intentaba sólo por hoy no pensar en MACRO.

La microproducción:

La microfilmación del microbio por el famoso microbiólogo logró favorecer la microeconomía de mi microemprendimiento en microminutos a micrómetros del microcentro. Las micropartículas microfilmadas beneficiaron mi microimaginación al escribir un microcuento.


*Silvia Shapiro es docente, toma los cursos presenciales de narrativa.

Aparentes recuerdos, de Rubén Ramírez

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Luego de contar los hechos y darle mis datos al policía, éste me miró … de forma holgada por encima de sus lentes, quizá tratando de ver en mí si era un loco lindo o uno peligroso, al constatar lo primero, me dijo: “mire Vicente Holgado, por qué no va al psicólogo con estos relatos alucinatorios” de inmediato me di cuenta del error gravísimo que había cometido, ir con esta fantasía indiscutible a la policía.

Salí casi corriendo de la comisaría y me sumergí en mis vacilaciones, o falsos recuerdos, porque lo real era que nunca sentí que me hubiesen pasado en forma efectiva. Cómo iba a hacer público algo semejante, poco menos lindante con lo sobrenatural, pero yo estaba casi obsesionado con estas imágenes que me abrumaban y que parecía por momentos que me iban a delatar.

De camino a casa me llamó la atención un prostíbulo, que miré de reojo, las prostitutas se me ofrecían y aligeré el paso, camino y pienso, la arpía me esperaba, no podía conciliar su imagen con las otras, las de mis auténticas alucinaciones. Apresuré el paso para evitar una discusión, pienso y camino. Al llegar, mi esposa estaba sentada con las tijeras sobre su regazo como si sostuviera un bebé; manejaba el mundo, mi mundo, pareció que no hubiese oído mi entrada, me escurrí en forma rápida hacia su dormitorio, esto la incomodó, pues yo nunca hacía estos movimientos, llegué a su habitación para apoderarme de sus medias de seda, oía el chirrido de la silla de ruedas que se aproximaba, la espera tras la puerta se hizo eterna, de repente apareció y me abalancé sobre ella enroscándole las medias al cuello, la contuve así por espacio de unos minutos, cuando consideré que el trabajo estaba hecho me dejé caer sobre la cama, entrecerré los ojos, por mi cabeza pasaban miles de imágenes sin saber cuáles eran verdaderas; no sé si las tijeras hundiéndose en mi estómago o el sabor a tierra en mi boca me hicieron percibir sólo por un fugaz instante parte de la realidad.


Texto construido a partir del trabajo realizado sobre el análisis del cuento de Juan José Millás, Memoria del otro (Ella imagina)

*Rubén Ramírez es actor.